08/10/2022

El pañuelo de seda

CONCURSO DE RELATOS 33ªEd. EL GRAN GATSBY de Scott Fitzgerald
Blog: El Tintero de Oro
Secuela de «El lechero»

El amor entre Josephine Barkley y Lawrence Humble fue un chispazo desde la primera vez en la que se cruzaron sus miradas. Una pasión carnal donde cualquier momento era bueno para encontrarse. Un amor de besos dulces o salvajes, de caricias por encima y por debajo de la ropa. Un amor donde los amantes no cuestionaban su durabilidad porque simplemente se dejaban llevar. 

Mientras tanto, Arthur Barkley, últimamente demasiado ocupado intentando encontrar las mejores sedas para sus sombreros. Quería dejar de confeccionarlos con piel de castor, ya que andaban escaseando y su precio se desorbitaba, y no quería tener que mezclarlo con piel de conejo para abaratar costes, pues eso sería una deshonra para sí mismo. Era el mejor sombrerero de la zona, y tenía que seguir así por honor a su familia. Su abuelo había empezado este noble arte de vestir las cabezas con más solera, y su padre lo continuó. Aquella era su herencia, su vida. Sin olvidar a su adorada esposa, Josephine. 

Debido a su tenacidad, Arthur pasó dos largos meses en Francia buscando su preciada seda, y al volver, advirtió que el vientre de su mujer estaba ligeramente abultado. Ella le dijo que debía estar enferma porque se notaba rara desde hacía unos cuatro meses y medio, cuando dejó de menstruar. Él abrió los ojos como platos y empezó a reír con lágrimas cargadas de emoción. 

—¿Pero, qué pasa Arthur? No he dicho nada gracioso —preguntó extrañada Josephine. 

—Mi bella esposa… haré llamar al doctor para que venga, pero creo fervientemente que vas a hacerme padre. 

—¿Qué? ¿Pero cómo puede ser eso posible? 

—¡Ay! Sigues siendo tan inocente como cuando  eras una niña. Pues eso se debe a nuestras noches de amor marital. Para eso se casa la gente, para tener descendencia. ¡Qué alegría! ¡Por fin! Ya creía que no podrías darme un heredero para la familia. 

Arthur abrazó fuertemente a su mujer y hundió la nariz en su pelo. Su esposa le haría padre según las cuentas, cuando ella tuviera la magnífica edad de veinticuatro  años, y él sesenta y cuatro, y por fin podría dedicarse en cuerpo y alma a esa criatura los pocos años que le quedaran de vida. Y es que como bien solía decir él, nunca es tarde si la dicha es buena. Y tanta era la dicha que, no se acordó hasta después de la cena de entregarle el regalo que había traído desde París a su esposa. Un magnífico pañuelo de seda color mostaza, salpicado con pequeñas flores en morado y rojo y un ligero toque verde de sus diminutas hojas. Un estampado muy adecuado para una joven dama, además de ser ese amarillo oscuro el color favorito de  Josephine, que lo vestía siempre que podía. A ella le encantó y en profundo agradecimiento, le dio un dulce beso a su marido en la mejilla. De veras sentía una gran estima por aquel hombre, pero ni mucho menos era lo que sentía por Lawrence. 

Al día siguiente, el doctor Simons confirmó el estado de buena esperanza en el que se encontraba Josephine, y estimó que el niño nacería entre marzo y abril del siguiente año, pues faltaban unos cinco meses para salir de cuentas y ahora mismo corría el mes de octubre. 

En los siguientes meses el vientre de Josephine creció mucho, a veces parecía estancarse, y de pronto, al levantarse por la mañana, era como si se hubiera inflado como un globo durante la noche. La noticia del embarazo no mermó los encuentros entre los amantes, si bien, todo era más calmado. Asumieron que el niño era de Lawrence y no de Arthur, pues al marido le costaba horrores tener bajo control y mantener su gallardía, resultando ser todo unos pequeños fogonazos de fogueo, según ella. 

Todo parecía ideal. Los amantes, amándose. El marido, engañado. Contando a todo el mundo lo agradecido que estaba a estas alturas de la vida. Pero mientras el bebé crecía dentro de Josephine, también lo hacían los rumores sobre que se veía a escondidas con el joven Lawrence, de la lechería Humble. Arthur quiso hacer oídos sordos creyendo que eran chismes de alcahuetas envidiosos. Pero claro, tanto se lo decían, tanto se lo advertían, que empezó a estar ojo avizor a las señales entre su mujer y el lechero. 

Advirtió que llevaba dos días sin ver a su mujer sin el pañuelo de seda. Cosa extraña, pues lo había llevado cada día sin falta desde que lo recibiera. Aquella mañana, las náuseas y mareos habían dejado a Josephine en cama y Arthur había decidido quedarse en casa. El papeleo podía hacerlo allí, ya que el negocio estaba en buenas manos.

A media mañana, Lawrence entró por atrás, desde la cocina, con la excusa de traer la leche. Arthur le pilló subiendo las escaleras hacia la primera planta de la mansión, pañuelo de seda en mano. 

—¿A dónde vas con ese pañuelo? —gritó Arthur. 

Lawrence no supo qué decir. Ambos estaban en lo alto de la escalera cuando Arthur se abalanzó para golpearle y rodaron escaleras abajo. Cuando Josephine fue a ver alertada por el barullo, Lawrence estaba con el cuello partido por la caída y Arthur dejando esta vida a través de la sangre que emanaba de su oído. 

Cuando el niño creció, Josephine dudaba sobre el padre, pues el pequeño Joseph tenía la mirada de Arthur y el hoyuelo de Lawrence.


29/09/2022

El libro de Vosuel

Reto: Y el libro se hizo carne
de Libros.com


Arquinos y Arelia estaban muy orgullosos de su hijo Vosuel. Gracias a su esfuerzo y tesón recopilando todos los cuentos y leyendas de la comarca de Darasta, y de las otras comarcas del pequeño país de Bastús. 

No fue fácil. Durante muchos meses, Vosuel fue por las distintas ciudades y aldeas en busca de esas historias que hasta entonces, se iban transmitiendo entre generaciones por tradición oral. Las fue transcribiendo en sus libretas para poder crear el que sería el primer libro de su país, y de su mundo. 

El planeta Hibuxe era muy similar a la Tierra aunque allí el cielo era rosa, el agua verde y la tierra azul. Su tamaño, atmósfera y fuerza de gravedad hacían posible la vida de los humanos provenientes de su cada vez más devastado planeta. 

Uno de esos migrantes espaciales era Johan Gutenberg, descendiente directo del inventor de la imprenta, y de su hijo, quien inventó la tipografía. 

Vosuel y Johan se conocieron en un mercado de víveres, telas y artilugios varios, al punto de cumplirse un año de las andanzas de Vosuel en busca de historias. Johan no pudo resistirse a entablar conversación con aquella persona que buscaba escribir un libro. Se presentó, y tras tomar varios tragos en una cantina del pueblo, los dos hombres, contentos y achispados, estrecharon sus manos tras acordar que imprimirían el libro de Vosuel. Johan sabía cómo hacer una imprenta, y entonces «Leyendas, cuentos e historias de Bastús» vería la luz.

La noticia dio la vuelta al mundo. El primer libro de la historia del planeta Hibuxe estaba disponible y la gente se apuntaba a clases de alfabetización para poder leer el libro, pero también para escribir. 

Hasta entonces, solo la gente adinerada podía hacerlo, pero ahora la cultura estaría más cerca de todos. 

23/09/2022

Cristalitos en el suelo

Reto: Mientras escribo (versos)
de Libros.com


Cristalitos en el suelo 
De mi vaso de café
He empezado este día
Con mal paso y con mal pie. 

Cristalitos en el suelo, 
Cristalitos en el alma, 
Para mí ya no hay consuelo 
No queda pa' mí más calma. 

Cristalitos en el suelo
De mi vaso de café
Suelo negro, hoja en blanco
Y de escribir ya me olvidé.

Cristalitos en el suelo
Cristalitos en la herida, 
Yo me estiro de los pelos
Con manos atadas por invisible brida
Un bloqueo que me impide escribir
Qué puedo hacer con mi vida
Todo es un sinvivir. 

Cristalitos en el suelo
De mi vaso de café
Recojo, limpio y friego
Este desastre de mi traspié. 
¿Y si a la cama me vuelvo 
para despertarme después?

Cristalitos en el suelo
De mi vaso de café
Voy a escribir sobre ello
Y del bloqueo me desharé. 

Cristalitos en el suelo
De mi vaso de café.

16/09/2022

El cuaderno nuevo

Reto: Problemas creativos
de Libros.com


Al entrar en aquella tiendecita abarrotada de toda clase de enseres, tenía en mente comprar unas cosas para escribir mis relatos. Soy alguien a quien le gusta el gesto de coger el bolígrafo y escribir, hacer fluir la tinta, formar letras, sílabas, frases, historias... De pronto lo vi, un cuaderno de páginas completamente blancas, sin rayas ni cuadrículas, de tapas también blancas, en donde una frase en azul decía lo siguiente: Escribe tus sueños. También compré un par de pegamentos en barra, gomas de borrar y una regla. Todo lo metió la amable tendera en una preciosa bolsa rosa con letras negras donde ponía el nombre de la tienda, Papelería Corazón.

Al llegar a casa, dejé las cosas encima de mi escritorio, me duché, cené y vi un poco la televisión hasta que me caía de sueño en el sofá, así que me fui a la cama. Había sido un largo y agotador día.

Durante la noche, soñé con una isla, gente y zombis. Todo comenzaba cuando un hombre era picado por una extraña medusa, haciendo que el caos se apoderase en poco tiempo de la playa, extendiéndose al resto de la isla. No sé por qué, lo más llamativo del sueño fue ver muchos pareos salir volando con el viento porque sus dueños los perdían en los ataques. 

Por la mañana, me desperté como nueva y fui a coger el cuaderno blanco para meterlo en mi bolso, por si se me ocurría algo que escribir, poder hacerlo en él. 

Me quedé pasmada. La libreta estaba abierta por la primera página y había algo escrito... 

«Era un caluroso día de playa, tranquilo hasta que un hombre fue atacado por una extraña medusa...».

No entendía nada. Yo no había escrito aquello, ni tan siquiera era mi letra. Y vivo sola.

10/09/2022

Con G de Anónimo


Microrreto: ¡Cita a la vista!

   
Francia, 1416.
Su nombre era Griselda, pero eso apenas importaba. 
Nadie en el batallón se dirigía a ella por ese nombre. Ni siquiera sabían que fuese «ella» en lugar de «él». Sabía como hacer para que no se enterasen. Delgada y sin grandes atributos, Griselda se cortó un día su larga melena castaña, se agencíó unas prendas de su hermano el mayor y dejó su casa y su familia un día, antes de despuntar el alba.
Ella quería ser libre, luchar por la libertad de su país, y en casa, eso era una quimera imposible. Siendo la segunda de siete hermanos, la primera chica, su vida ya estaba decidida por sus padres y la sociedad. Cuidaría de los pequeños y ayudaría con las tareas. Cocinaría, mantendría la lumbre, se encargaría de las gallinas, zurciría y remendaría las ropas de todos, y si se terciaba, haría trabajos para otros para traer a casa algo de jornal, hasta que un día algún hombre se fijase ella, a poder ser bien posicionado, ya que era una joven muy bella, la desposara y formase su propia familia. 
Pero Griselda no quería esa vida para ella. Con dieciséis años quería ser libre. Quería estar mano a mano con los hombres, no supeditada a ellos. Ese era su gran secreto, tenía que mantener lo más alejado posible su lado femenino, aunque se le fuesen los ojos detrás de algún compañero de batalla.
Para ellos, era Gris. Para muchos, solo G. Para la historia, un anónimo más.

Basado en la siguiente cita de Virginia Woolf:
«Durante la mayor parte de la historia,
Anónimo era una mujer»


01/09/2022

Primer día de escuela

Reto: La revuelta al cole
de Libros.com

Me llamo Magdalena, y tenía siete años cuando eché una última mirada a mi nueva madre. Había tenido mucha suerte de haber sido adoptada por la familia Echevarría-López.

Sor Matilde y yo, íbamos por los pasillos del enorme edificio donde nuestros pasos resonaban. Estaba muy nerviosa porque era la primera vez que iba a la escuela y porque estrenaba tantas cosas bonitas: uniforme, cartera, cuadernillos... Con mis calcetines blancos calados y mis lustrosas merceditas azul marino, mi lazo del pelo, del mismo color, que olía a colonia de lavanda. Lo estaba viviendo todo como un sueño.

La hermana golpeó rápidamente tres veces una puerta con los nudillos y una voz dio su permiso para entrar. Sor Blanca sería quien me enseñaría el abecedario, a hacer cuentas, a coser y a cantar en el coro.

Cómo me hubiese gustado que mis padres estuviesen allí para verme. Aunque yo creía fervientemente que me veían desde el cielo. Es lo que me habían contado, que estaban allí arriba desde que su carro se salió de la carretera cuando el burro que tiraba de él, dio un mal paso, se partió una pata y murieron todos en la cuneta. Hasta muchos años más tarde, cuando ya peinaba canas, nadie se atrevió a contarme la realidad sobre sus muertes. Que padre, madre y Perico, el burro, tenían disparos de bala en la cabeza. Les habían ejecutado y enterrado en alguna fosa común en donde lo muertos de la guerra esperan a ser encontrados por su gente.

Nací en la década de los treinta del siglo XX y corría el año 1940 cuando comencé a estudiar. Ahora soy la anciana de una gran familia con hijos, nietos y bisnietos que, tuvo la suerte de estudiar en aquellos tiempos, cuando no todo el mundo podía permitírselo.

26/08/2022

Hashtag #yoestuveallí


Reto: Tú me «hashtags»
de Libros.com
🏆 RELATO GANADOR 🏆


Año 2065

—¡Bisa! ¡Bisa! ¡Cuéntanos más historias del hashtag ese de cosas del pasado!
—Os las cuento si me dais un beso cada uno.

Los tres niños besaron dulcemente a su bisabuela. Pareciera que se fuera a romper de lo chiquita y frágil que se veía, pero allí estaba ella, sentada en su mecedora con una manta de cuadros sobre sus rodillas y radiante de felicidad por tener a los niños a su lado.
—Cuéntanos en todos los sitios en los que has estado sin dejarte ninguno. ¿Vale, bisa? —dijo Leo, el más mayor con trece años—. Se ha ido la luz y estamos aburridos.

La mujer cogió aire y suspiró.
—Veréis, yo estaba en Berlín cuando el muro que separaba el este del oeste de Alemania, cayó. Mis padres habían emigrado y por eso vivíamos allí por aquel entonces. Después, cuando íbamos mejor de dinero, volvimos aquí. Vuestro tatarabuelo encontró un trabajo estable en Barcelona. Justamente se celebraban los Juegos Olímpicos, y yo fui una de los voluntarios. Y estuve muy cerca del anterior rey, que era el abanderado. 
—¿El padre de la reina Leonor, verdad? —preguntó Lena, que con tan sólo once años, se sabía cualquier cosa relacionada con las monarquías europeas. 
—Ese mismo, mi dulce flor. También estuve en Nueva York cuando pasó el atentado de las Torres Gemelas. Madre mía, eso fue un mazazo para todo el mundo. Pero eso no es todo. También estuve en Egipto cuando se puso la última piedra de la última pirámide. 
—¿De verdad, bisabuela? ¿Y viste dinosaurios? —saltó Lenon emocionado, de siete años.
—No soy tan vieja. Aunque viví una temporada con los Neanderthales, pero enfermaron todos y murieron. Una pena.

Entonces entró Leandro, nieto de la bisa y padre de los niños.
—Abuela, ¿ya estás inventando historias otra vez?

21/08/2022

Un ángel caído

Reto: La memoria guarda fotografías
de Libros.com


Ángela era una chica simpática y divertida a la que le encantaba la música. Ponía la radio para poder moverse al ritmo de "Bailando" de Alaska y los Pegamoides. Yo era muy pequeña y apenas me acuerdo de aquellos tiempos. Era mi tía, nueve años mayor que yo, a la que seguía a todas partes. Le gustaba llevar pelo y maquillaje a la moda, aquellos años 80, qué transgresores eran los nacidos en los sesenta. La Movida Madrileña dio buena cuenta de ello. 

Ángela dejó el colegio porque no le gustaba estudiar y se apuntó a una academia de peluquería. Pero mi tía, siempre inquieta y con ganas de pasarlo bien, se saltaba las clases. Mi padre, policía, haciendo guardia en la garita del cuartel, la vio alguna vez, y cuando le llamaba la atención, ella simplemente ponía alguna excusa peregrina.

—No. Es que tengo que llevar toallas a una peluquería... —decía sin sonrojarse. 

Empezó a frecuentar malas compañías. Deó la academia de peluquería y dejó nuestra pequeña ciudad para estar dando tumbos por la península. Por suerte, no tuvo hijos. Se ganaba la vida vendiendo su cuerpo para costearse sus adicciones, hasta que murió a la edad de veintisiete años. 

Una tarde sonó el teléfono de casa. Estaba yo sola porque mis padres estaban trabajando. Llamaban desde una comisaría de una ciudad costera. Habían encontrado el cuerpo de mi tía. La habían matado, aunque su estado terminal por el sida que tenía, tampoco le auguraba mucha más esperanza de vida. Su maltrecho cuerpo estaba en las últimas. 

Ella es uno de los ángeles caídos de aquella época. Una buena chica que jamás hizo daño a nadie pero que fue nefasta eligiendo amistades. 

A.R.R. Descansa en paz. 

18/08/2022

Trazos de tiza en el suelo

Reto: La memoria guarda fotografías
de Libros.com
🏆 RELATO GANADOR 🏆


Solo llevaba cuatro horas dormida cuando mi teléfono sonó en la penumbra de  habitación. La noche anterior fue complicada.  ¿Sería la luna llena? No sé. El caso es, que cuando eres la única que se dedica a estas cosas en el pequeño condado, te debes a ello y tienes que estar disponible 24/7.
En poco más de media hora, un agente estaba levantando el cordón policial para dejarme pasar. La maldita prensa estaba allí. ¿Cómo podían enterarse tan rápido? Ya podrían llegar antes y atrapar al culpable de paso, y no dedicarse solamente a molestar. 
Hice fotos al padre de familia que yacía bocabajo en la cocina. Le habían golpeado y después degollado. Fotografié el cuerpo de la madre que estaba en la cama, donde la sangre no dejaba distinguir el dibujo de las sábanas. Quien la mató, colocó su cabeza sobre la mesita de noche. 
La familia Stan tenía tres hijos. Al mediano, un niño de doce años, le habían asfixiado con su propia almohada. 
La hija mayor, de diecisiete, estaba sentada en el suelo, apoyada contra un pequeño armario cerrado con un candado. A ella también la habían decapitado, dejándole la cabeza sobre su regazo. 
Cuando se pudo levantar el cadáver de la chica, se escucharon gimoteos provenientes del armario. Al romper el candado, encontramos a la pequeña Lizzy de cuatro años, aferrada a su peluche y sorbiéndose los mocos después de tanto llorar. Ella hizo lo que su hermana le había dicho. Que se escondiese y se quedase muy quieta. En la autopsia a la hermana mayor, se encontró la llave del candado entre sus jugos gástricos. 
Soy Margaret y fotografío muertes trágicas. Asesinato, suicidio o accidente, lo dictamina el forense. Pero las víctimas son personas y no simples trazos de tiza en el suelo. 

14/08/2022

Música en la siesta

 
Reto: Orgasmatrón
de Libros.com


Es agosto pero eso no importa. Tenemos aire acondicionado y sábanas limpias que huelen a jabón de Marsella.

Me dices que si me acuerdo de Radio Futura, y yo hábilmente te digo:

Ven a la escuela de calor...

Sé lo que tengo que hacer para conseguir que tú estés loco por mí.

Ven a mi lado y comprueba el tejido, mas cuida esas manos, chico...

Enlazo con Danza Invisible:

Sabor de amor, todo me sabe a ti.

Comerte sería un placer porque nada me gusta más que tú...

Labios de fresa, sabor de amor, pulpa de la fruta de la pasión...

Los dos sabemos que la canción no se refiere al placer de comer fruta en verano precisamente, y tú ya entendiste el juego y te arrancas por Raimundo Amador:

¡Ay! Qué gustito pa' mis orejas... Enterradito entre tus piernas... 

Y yo paso a Rocío Jurado:

Y el clavel al verte, cariño mío, se ha puesto tan encendío que está quemando mi piel...

Y en aquella hora indeterminada de la siesta, de un día cualquiera entre semana, continuamos con nuestro festival de canciones hasta terminar con Lía, de Ana Belén:

Lía con tus brazos un nudo de dos lazos que me ate a tu pecho, amor. Lía con tus besos la parte de mis sesos que manda en mi corazón...

Y sin esperarlo pero buscándolo, apareció en ración doble.

Tú y yo en aquella habitación de un hotel del que olvidé su nombre.

Es agosto, pero eso no importa porque hemos bebido de nuestras fuentes y estamos saciados hasta la próxima. 

Nos quedamos dormidos bajo el rumor del aire acondicionado, y escuchando la banda sonora de «Cincuenta sombras de Grey».

Y pienso que cuando me tocas, siempre llego al climax con la magia de tu boca y de tus manos.