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29/10/2026

Sasa, el payaso

Relato presentado a
Noche de Terror 10 (La sonrisa pintada)



Mientras muchos se quejaban porque parecían ser invisibles para los demás, ella era todo lo contrario: la diana perfecta para todo tipo de insultos y humillaciones. Nadie se dignaba a defenderla, ni siquiera los profesores. Pero Fani había aprendido que llorar delante de la gente no servía para nada, ya que en casa, la situación no era mejor. Su tía Lidia, la única familia que tenía, la consideraba una carga inmunda, reprochándole en cuanto podía, la muerte de sus propios padres.
En el instituto los insultos resonaban en el recreo.
—¡Burra! 
—¡Mema!
—¡Inútil!
—¡Fea!
—¡Desgraciada!
—¡Dejadme en paz de una vez! ¡Juro que os arrepentiréis un día de esto! —Bramó Fani.
—¿Y qué vas a hacer, payasa? Eso es lo que eres, la bufona sin padres a la que nadie quiere —dijo Candy, la cabecilla de las acosadoras.
Fani agachó la cabeza y se fue a una esquina. Tampoco lloró aquella vez, pero la rabia que llenaba gota a gota su paciencia, estaba a punto de rebosar.

A los trece años, la vida suele ser complicada por el loco cóctel de las hormonas adolescentes. Para Fani era mucho peor que para cualquiera.

Aquella misma tarde de finales de octubre, la llegada de un circo lleno de color y fanfarria atrajo su atención. Sus pies dejaron de arrastrarse mientras se dirigía a casa, y corrieron para detenerse a ver la carpa de colores y las caravanas de los artistas.

Sin saber cómo, sus pies la llevaron a encontrarse con un payaso de rostro blanco, sonrisa enorme y unos ojos extrañamente tristes.
—¡Hola, Fani! Has venido a verme para solucionar tus problemillas, ¿verdad? Te estaba esperando.
—¡Hola! ¿Pero cómo sabes mi nombre?
—¡Ay, niña! Yo sé muchas cosas. Pero, perdón —carraspeó el payaso—, mi nombre es Saddest Sadist. Pero tú puedes llamarme Sasa.

Fani le contó todo con pelos y señales. No podía entenderlo, pero sus palabras le salían a borbotones frente a Sasa. Él parecía escucharla genuinamente y por primera vez sentía que a alguien le importaba lo que tenía que decir.
—¿Quieres que todos dejen de hacerte daño? Yo puedo hacer que nunca te vuelvan a menospreciar.
—Sí —contestó Fani con rotundidad.
—Entonces toma esto —dijo el payaso ofreciédole un pequeño frasco de color rojo.
—¿Qué es?
—Algo que te cambiará para siempre. Ve a casa y bébetelo mañana antes de ir al instituto.

A la mañana siguiente, Fani se despertó con los gritos de su tía, como siempre.
—¡Baja de una vez, pedazo de vaga!
La verdad es que no sabía la finalidad de su vida. No podía creer que el dios a quien le hacían rezar, quisiera haberla puesto en el mundo para tener aquella miserable vida. Así que sin nada que perder, se bebió el frasco que Sasa le había dado. Después de todo, no era un sueño lo que había vivido el día anterior.
En cuestión de segundos, su cuerpo se volvió más ágil y fuerte, su piel adquirió una palidez antinatural y apareció una sonrisa roja e imborrable. Al mirarse al espejo, su rostro estaba pintado aunque no se hubiera maquillado. Y al coger su mochila, pesaba más que el día anterior, y al abrirla encontró un gran hacha.
Tras vestirse con lo más colorido de su armario, y con un sentimiento desconocido, bajó las escaleras golpeando cada peldaño arrastrando el hacha.
—¿Qué demonios haces? —gritó su tía al verla aparecer.
Fani no respondió, y cuando su tía abrió la boca para seguir insultándola, las palabras murieron en su garganta. No era solo que su sobrina se hubiera disfrazado de payaso y llevara un hacha. Es que había algo en los ojos de la niña que la obligó a retroceder un paso.
—Deja eso ahora mismo.
Fani avanzó despacio.
—¿Por qué? —preguntó con una calma extraña.
—Porque te lo ordeno yo.
La sonrisa de Fani se ensanchó.
—Siempre me ordenas cosas.
La lámpara del techo comenzó a balancearse. Los platos dentro del aparador tintinearon. La tía miró a su alrededor, confundida.
—¿Qué está pasando?
—No lo sé —contestó Fani—. Pero me gusta.
Las paredes crujieron.
De pronto, todas las fotografías del salón cayeron al suelo. Los cristales se hicieron añicos. La mujer gritó y Fani soltó una enorme risotada.
Y entonces ocurrió algo aún más extraño. Cada palabra cruel que su tía le había dicho durante años comenzó a escucharse en la habitación.
"Estorbo."
"Inútil."
"Nadie te quiere."
Las frases surgían de todas partes al mismo tiempo, rebotando entre las paredes. Lidia no lo soportaba y se tapó los oídos.
—¡Haz que pare!
—Con mucho gusto, tía.
Su tía cayó de rodillas, llorando. Fani observó la escena y sin pena alguna, levantó el hacha, y la cabeza de la mujer salió rodando dejando un reguero de sangre en el suelo de la cocina.
Ahora debía ir al instituto, debía darse prisa porque su tía la había hecho perder bastante tiempo.
Cuando terminara con sus quehaceres, su futuro estaría en aquel circo, donde sabía que Sasa la estaba esperando, y ella se cambiaría el nombre por el de Fain: Fatal Insane.

21/02/2026

Siempre serás mía


Relato presentado a
San Valentín de Terror 6 (Amor tóxico)


Ella todavía se sobresaltaba por cualquier cosa porque en tres meses, no se había acostumbrado a aquella rutina. Aunque Débora ya no escuchaba aquella risa pegada a su nuca, cuando él le decía que estaba loca y la humillaba insultándola y golpeándola cuando tenía ocasión. Pero al fin había escapado y solo su hermana Claudia conocía su nueva dirección. Un lugar donde creerse a salvo.

Febrero. Martes 13. La noche trajo un viento áspero que se colaba por todas partes. Débora se preparaba una tila cuando notó como si alguien la observara desde la calle. Descorrió la cortina y vio una sombra en la acera, inmóvil, mirando directamente hacia su ventana. El corazón le martilleaba las costillas. “Será un vecino”, se dijo. “Un transeúnte o un borracho. Tranquila.” Pero no se tranquilizó. Cuando ella se apartó de la ventana, la sombra pareció seguirla. Ella respiró hondo y marcó el número de Claudia, pero en ese preciso momento estaba comunicando. Agotada y contrariada, se fue a la cama sin cenar y dejando la tila a medio beber.

A las doce y un minuto del catorce de febrero, un número oculto vibró sobre la mesita de noche. Pero Débora ignoró la llamada.

Después llegó un mensaje: “Sé que estás despierta.”

Un grito se le congeló en la garganta y lo borró sin abrirlo. Pero llegó otro: ”No puedes esconderte de mí.”

Su cerebro quiso hacerla creer que sería alguien que se había equivocado. Que no podía ser él. Pero cada átomo de Débora temblaba y terminó por beberse la tila, ya helada. Entonces alguien golpeó su puerta. Aterrorizada, pudo escuchar unos pasos en el rellano. Después, otro golpe sonó aún más fuerte.

Con más miedo que valor, Débora se asomó a la mirilla. Nadie. Tragó saliva y dio media vuelta. ¿Y si él siempre tuvo razón y estaba loca? Su teléfono volvió a vibrar. Esta vez sí contestó.

—¿Diga? —dijo temblando.

—Abre. Hablemos.

La voz de él sonaba más ronca y más cruel de lo que imaginaba.

—Débora… ábreme. No hagas que me enfade.

El móvil cayó al suelo como si le quemara en la mano. Y entonces, el nombre de CLAUDIA apareció en la pantalla.

—¿Clau…?

—Débora, escucha —dice su hermana con urgencia. Tu exmarido ha muerto hace tres horas en un accidente de coche. Me llamaron del hospital porque no tenían tu nuevo número.

—¿Cómo? ¡Pero si él acaba de llamarme para que le abra la puerta!

—Eso es imposible, Débora —suspira—. Como no tenía familia, he ido yo misma a certificar que el fallecido era él. No he querido llamarte hasta estar segura. Y créeme que lo estoy.

Un golpe más fuerte que los anteriores rompe la noche y Débora ahoga un sollozo.

—¿Qué ha sido eso? —pregunta Claudia.

—Él está aquí. Quiere entrar.

—Vale. No abras. Ahora voy.

Tras la llamada, retumbó otro golpe y luego la voz de él al otro lado de la puerta, como si tuviera los labios apoyados contra la madera:

—Déboraaaa… Ábreme.

—Tú acabas de morir… —balbuceó.

—¿Y qué? ¿Crees que la muerte va a impedirme verte?

Débora se acurrucó en el sofá intentando no escuchar aquella voz y entonces, sonaron tres golpes seguidos y se fue la luz.

—Débora —la llamó él a través de la cerradura—. No me tengas miedo. Soy tu marido…

La voz rió con la risa que ella llevaba grabada como una cicatriz. El viento arremetía cada vez más fuerte contra la casa y Débora retrocedió sin dejar de mirar la puerta hasta chocar con el mueble del recibidor. El miedo que le quemaba la garganta, empezaba a mezclarse con la rabia. El animal herido que llevaba dentro comenzaba a despertarse.

—No eres real… —dijo sin sonar muy convincente.

—¿No? ¿Por qué no me abres y lo compruebas?

Entonces las luces parpadearon y volvió la electricidad. Un sonido metálico recorrió la cerradura: clac… clac… clac. Como si alguien pasara las uñas por los engranajes, tanteando el mecanismo.

La mente de Débora revivió lo que había sucedido en su antigua casa cuando él volvía tarde, y borracho la buscaba reclamando lo que él consideraba que ella le debía. Forzándola.

—¿Por qué no me dejas en paz? —logró gritar ella.

—La muerte es mi aliada y me trajo de vuelta para estar contigo.

Entonces la llave giró dos veces y la puerta se abrió. Una ráfaga de aire entró congelando el ambiente y Débora le vio entrar. Su piel estaba macilenta y un golpe de su cabeza dejaba ver parte de su cerebro. Ella no podía apartar sus ojos de aquello.

—No te preocupes por esto —dijo él con sorna. —Ya sabes como soy. Se me olvidó ponerme el cinturón.

—Ya no me importas. Puedes irte al infierno.

—El infierno quiere que te vengas conmigo. Eres mía.

Tras esto último, las baldosas se resquebrajaron y se abrió una entrada al inframundo. Débora sintió el calor que emanaba de ella, como el de un horno, y comenzó a llorar. Él la alzó del suelo sin tan siquiera tocarla, retorciendo los músculos de ella, haciendo crujir  las vértebras para atraerla hacia él.

Entonces Débora le miró fijamente a aquellos ojos vacío, y sin dudar le gritó: 

—¡Nunca más!

Aquello hizo que él soltara un alarido inhumano y se retorciera como si le estuvieran matando por segunda vez.

—¡Imposible! ¡Tú eres mía! ¡Míiiiiiiaaaaa!

Y un instinto que creía no tener, hizo que Débora empujara a su exmarido en aquel momento de debilidad y fuera arrastrado hacia el averno. Entonces, todo se fundió en negro.

La policía encontró a Débora sentada en el suelo, mirando fijamente las baldosas agrietadas. No había nadie más, pero en su puerta había rastro de profundos arañazos. Cuando le preguntaron qué había pasado, ella no respondió.

En el hospital, su hermana la acompañó mientras los médicos la revisaban y por un momento, Claudia creyó ver una extraña mueca en la cara de Débora que le daba el mismo aire siniestro que su excuñado. No. Imposible… ¿O sí?


31/12/2025

Sin olor a almendras

 
Relato narrado en el Programa de radio Martes de Terror
Navidad de Terror VI ; Volumen 4


Estoy muy emocionada porque el relato que hoy os comparto fue seleccionado por Lux Ferre Audio para su programa Martes de Terror, entrando por primera vez en el podio con un dignísimo tercer puesto. El cuarto episodio del especial Navidad de Terror 6, con las voces de Rebeca G. Briones, Marián Salgado, Nieves G. Briones, Mª Carmen Briones y Toni López. Podéis escuchar el programa completo AQUÍ.

**********

“En 1910 yo ya vivía en esta antigua casa, propiedad de mi familia, los Blumhouse. En Ohio, el frío siempre sube por las escaleras, y un viento helado soplaba aquella Nochebuena mientras la leña crepitaba en la chimenea. En un momento dado, padre anunció que cenaríamos todos juntos.

Juntos… Qué palabra tan cruel cuando uno tiene que cuidarse de quienes se sientan a su lado. Pero la cena de aquella noche parecía perfecta con los cuchillos deslizándose sobre los platos al cortar el solomillo, las copas tintineando y las risas que pretendían ser un poco menos tensas. Falsamente amables.

Padre presidía la mesa con ese aire de busto romano que siempre tuvo. A su lado, la nueva señora Blumhouse —mi madrastra a la fuerza—sonreía mostrando unos dientes tan blancos que daban miedo. Y frente a mí, sus dos hijas, tan delicadas y perfectas, de esas criaturas que parecen nacidas para patear a los demás con la punta de sus botines.

Yo les serví el vino a los cuatro. Todos bebieron menos yo. Aún no tenía la mayoría de edad y me lo tenían totalmente prohibido, entre otras muchas cosas. Aunque eso sí, padre me ordenó por ser la pequeña, ir a la cocina a por una botella especial para aquella noche… Una gota. Dos. Tres. Cuatro. Y otras tantas hasta que me desconté. Cicuta. No hay aroma, no hay color. Solo un beso en la garganta que se confunde con el sabor a uva. Siempre se me dieron bien esas cosas. Elegí cicuta porque el arsénico huele a almendras, y aquí, en el campo, hasta el aire huele a almendras en diciembre.

—Doris, apenas comes. No te olvides de brindar por la familia. ¡Venga! —inquirió mi madrastra —¡Alza tu copa de mosto!
—Por la familia —repetí.

Y bebí mirando directamente a mi copa para no ver a nadie más porque solo yo sabía lo que iba a pasar.

Antes de que el sopor por comer mucho mazapán empezara a instalarse, mi madrastra me exigió que recogiera la mesa. Desde la cocina se escuchaba tocar el piano mientras padre se reía con alguna excentricidad de mi madrastra. Luego llegaron las toses.

La primera en caer fue Calista, de veintiún años recién cumplidos, justo en la edad para poder haber bebido el vino. Su risa siempre me había parecido insoportable y ridícula. Su copa rodó por la alfombra, dejando un rastro violeta. Después, su madre, Abigail… y enseguida la otra hija de veintidós, Claire, tan altiva, con su cuello de cisne que siempre parecía que iba a quebrarse. Padre fue el último. Siempre lo es con su afán de hacer ver quién manda. Hasta morir. Cuánta prisa se había dado en reemplazar a madre. Ni un año hacía desde que nos dejara a causa de una neumonía.

Todo quedó en silencio y yo me quedé muy quieta. Toda una semana planeándolo y, ahora no sabía qué hacer. El fuego chisporroteaba con furia y por un instante, todo fue perfecto. Pero la perfección es un lujo que nunca dura demasiado, y el viento entrando por la ventana mal cerrada de la cocina me sacó de mi ensoñación. Por suerte, no se rompió ninguno de los cristales.

A la mañana siguiente, el doctor Muriel dijo que había sido una desgracia. Podía haber sido la comida, el vino, quizás algo en mal estado. El párroco habló de la penitencia y del misterio de la Navidad. Y el juez vino hasta en tres ocasiones a preguntarme si noté algo extraño.

—¿No notó usted algo inusual, señorita Blumhouse? —me preguntó el juez por enésima vez.
—Solo el silencio, señor. El silencio justo después de medianoche —dije con mi cara más inocente.

La verdad es que no hallaron pruebas. Ni veneno, ni manchas, ni nada que los ojos puedan ver… El frasco lo arrojé al pozo, junto con mis guantes. Lo hice bien, pues a nadie se le ocurrió ir allí a inspeccionar. Para la policía de entonces era muy fácil creer a una bella joven de buena familia.
Tres días más tarde, después de los funerales, todos se marcharon y la casa quedó mía para siempre. Yo era legalmente poseedora de todo lo que contenía, aparte de la fortuna de padre. Solo tenía que esperar ocho meses hasta cumplir los veintiuno para hacer lo que yo quisiera con mi herencia. Al fin alcanzaría la mayoría de edad.

Desde entonces, durante cincuenta años, cada Nochebuena pongo cinco copas sobre la mesa y sirvo vino en cuatro de ellas. Yo me he mantenido fiel a mi mosto. Dicen que el veneno se hereda. Quizá sea cierto que llevo esa clase de veneno en la sangre. He sabido sacarle partido a la vida, hacer negocios, y casarme varias veces. Por desgracia, ninguno de mis tres maridos, vivió lo suficiente para llegar a pasar más de una Navidad conmigo tras beberse su copa de vino. Una pena.

Ahora voy a apagar la chimenea antes de acostarme. Seguro que tu novio te está esperando con un disco de Elvis Presley sonando. No sé si envidio tu juventud, tu melena, tu minifalda o tus botas altas, pero a mis ochenta años mi cuerpo viejo necesita descansar. Así que es mejor que tú hagas lo mismo, Ophelia.”

Y esta es la historia que me contó en 1970 la señora Doris Blumhouse aquella Nochebuena. A la mañana siguiente no se levantó. Me había invitado a su casa porque yo era la joven vecina que había comprado la casa de al lado para reformarla junto a Greg, mi novio. Sinceramente, aún sigo pensando que necesitaba contarle a alguien lo que había hecho en su vida para poder descansar en paz.

18/11/2025

La lista de la compra

Relato narrado en el Programa de radio Martes de Terror
Noche de Terror IX ; Volumen 3


Me complace decir que el relato de hoy fue seleccionado por Lux Ferre Audio para su programa Martes de Terror. El segundo episodio del especial Noche de Terror 9, con las voces de Elena Navarrete, Toni López e Inés Vega. Podéis escuchar el programa completo AQUÍ.

**********

Tras el desayuno, Mateo apuntó magdalenas a la lista. Mientras se ataba las botas, silbó. Afuera, la brisa mecía los olivos, y el canto de los pájaros era más insistente que de costumbre.

—¡Trufa! ¡Vamos, chica, que toca ir al pueblo!

La joven bodeguera ignoró la orden y el hombre frunció el ceño, asomándose al porche. Estaba ella bajo un árbol meneando el rabo alegremente con un pajarillo en la boca.

—¿Otra vez? ¡Por el amor de Dios! —suspiró, saliendo de casa con resignación—. ¿Cuántas veces te he dicho que no se cazan, no se comen, y tampoco se juega con ellos?

La perrita agachó las orejas y soltó al jilguero que quedó sobre la tierra como una nota disonante. Mateo se acercó a ella y le acarició la cabeza.

—Eres muy bestia. ¿Sabes? Una bonita y cabezota.

Entró a la casa a por la lista. Martes. Huevos, leche, tomates y pienso, entre otras cosas. Cerró con llave y subió al coche, y con un par de palmadas en el asiento, Trufa se subió en la parte de atrás.

La carretera estaba desierta. Como casi siempre. Eso le gustaba a Mateo, sin ruido, sin pitidos, sin domingueros. Hasta que en la última curva antes del pueblo, frenó en seco. Había alguien en mitad del asfalto.

Estaba inmóvil en medio de la línea continua, y parecía llevar ropa de trabajo. Vestía chaleco amarillo y pantalones grises, ambos con rayas reflectantes. Tenía la cabeza ladeada, como si se le hubiera desencajado el cuello y los brazos le colgaban con una rigidez rara, como si no recordara del todo que los tenía.

Trufa soltó un gruñido grave, casi inaudible. El pelo del lomo se le erizó como una cresta. Tenía las orejas tensas hacia adelante, el morro cerrado, y los ojos fijos en aquel hombre.

—Tranquila, chica —dijo sin mucha convicción.

Jamás la había visto así ante cualquier extraño.

Miró de nuevo al hombre y bajó despacio, dejando la puerta entreabierta. Se acercó pensando que no parecía haber escuchado el motor del coche, ni su voz. Su cara tenía un tono ceniciento y la mandíbula le colgaba un poco, babosa.

Mateo tragó saliva. Aquel tipo parecía colocado o enfermo. O ambas cosas.

—Jefe, ¿está bien? —preguntó, manteniendo la distancia.

Silencio. Mateo solo dio un paso más.

El hombre alzó la cabeza con un movimiento espasmódico. Sus ojos estaban enrojecidos y vidriosos, con una mirada vacía, como si vida. Entonces abrió la boca y dejó escapar un sonido sordo, como un gemido roto. Y fue cuando, con un crujido apenas audible, se enderezó y dio su primer paso.

Aquel desconocido se acercaba a Mateo con la boca abierta y los brazos estirados. El hombre de campo, que solamente quería hacer la compra, no esperó más. Le plantó ambas manos en el pecho y lo empujó con fuerza. El hombre cayó pesadamente hacia atrás, sin apenas resistencia,  y se oyó un crujido, como el de una rama rota.

—Vamos, no me jodas —murmuró Mateo contrariado—. Encima le habré roto algo.

El hombre no se quejó ni gritó. Ni siquiera se llevó la mano a donde fuera que se hubiera hecho daño. Se quedó un momento tumbado con los ojos clavados en el cielo, y luego intentó ponerse de pie otra vez. Pero parecía una marioneta de hilos. Eso fue lo que le dio más miedo a Mateo. Volvió al coche a toda prisa. Trufa lo recibió con lloros impacientes.

—Ya, bonita, ya. Nos vamos cagando leches.

Metió primera y salió pitando hacia el pueblo. Daría parte a la Guardia Civil. Tal vez era una droga de esas sintéticas que volvían a la gente loca. O alguien fugado del psiquiátrico. No sería la primera vez.

Cuando al fin llegó al pueblo, vio entonces a una mujer corriendo. Llevaba la ropa rota y manchada de tierra y sangre. Al ver el coche, alzó los brazos desesperada y se puso delante de él. El coche frenó.

—¡Ayúdeme! —gimió ella—. ¡No me deje aquí!

Mateo bajó la ventanilla solo un dedo.

—¿Qué pasa? ¿Está herida?

La mujer temblaba y tenía los labios resecos y partidos.

—No me han mordido. Le juro que no me han atacado.

Trufa volvió a gruñir en el asiento trasero, agazapada. Mateo dudó pero abrió la puerta.

—Entre despacio y dígame qué está pasando.

Ella entró de un salto y cerró la puerta a toda prisa. Pasaron algunos segundos callados, solo el sonido del motor y el jadeo de Trufa llenaban el coche.

—Todo empezó el viernes —dijo la mujer al borde del llanto—. En el hospital, incluso en las ambulancias. No sabíamos qué pasaba… personas que morían y resucitaban… y mordían a la gente. Les arrancaban la cara o se comían sus tripas. Y luego, ellos se levantaban a su vez, voraces.

—¿Quiénes?

—Los que morían se levantaban, igual que el primero. Como si no estuvieran muertos del todo.

Mateo tragó saliva. Quería echarla y mandarla a paseo. Pero la imagen del hombre de la carretera le vino a la cabeza. Y pensó que no parecía humano.

—He perdido a mi hermana. Le mordieron el brazo el domingo. Pero no tuve el valor de matarla. Era mi hermana…

Mateo miró por el retrovisor sin responder. Todo parecía tranquilo, pero algo olía mal. No era solo paranoia.

—Yo soy Mateo. ¿Y usted?

—Silvia.

—Vale, Silvia. Vayamos a la Guardia Civil. Ellos deben saber algo.

—No lo entiende, ¿verdad? Incluso los guardias se han convertido. Soy de las pocas que aún queda con vida. Aunque aún no sé por cuánto tiempo.

Silvia empezó a sollozar. Mateo intentaba procesarlo todo. Aquello era demasiado para él, un hombre sencillo y con los pies en la tierra. Un perro empezó a ladrar a lo lejos. Y entonces vio junto al estanco a Pepe, el del bar. Caminaba despacio, arrastrando los pies, con las tripas fuera.

—Bueno, Silvia. Nos vamos.

—¿Adónde?

—A casa. A por mi escopeta. Aún tengo que hacer la compra.

14/02/2025

Sanguijuelas

Relato presentado a
San Valentín de Terror 5


El pequeño pero profundo lago estaba junto a la cabaña heredada por los padres de Nereida, en un bosque escondido. A simple vista, parecía un paraíso que rara vez era visitado. Los rumores contaban de sombras bajo el agua y de voces ahogadas, pero aquella chica rebelde y obstinada, no creía en supersticiones.
Tumbada en su habitación, la adolescente abrió su WhatsApp para hablar con Hugo, su eterno enamorado.

Nereida: Holis!!!  Ya estoy en el lago. Es como un cuento 😍
Hugo: Vaya, ¿y no me invitas? Suena genial… pero cuidado con los caimanes.
Nereida: No seas lelo. Sólo hay ranas y bichos raros.
Hugo: Bichos raros… igual hay un monstruo en el lago que te secuestra. Muajaja 🤡
Nereida: Sí, una babosa hambrienta de chicas guapas como yo 😜
Hugo: Al menos, sé dónde buscarte si desapareces. Aunque no prometo ser tu héroe salvador.
Nereida: ¿No saltarías por mí? Qué pena.
Hugo: Ok. Si desapareces, haré un TikTok épico buscándote. “Chico arriesga su vida por su crush en el bosque”. ¿Qué tal?
Nereida: Gracioso es, pero te dejo porque he de deshacer la maleta 🤗
Hugo: Hasta luego 😘

Esa tarde, cansada de sudar, Nereida decidió refrescarse en el lago. Se desnudó y se sumergió en el agua. Soltó un pequeño grito porque el agua helada contrastaba con el calor del ambiente. En el agua se olvidó del mundo y flotó en silencio. Pero al poco rato, unas negras sanguijuelas se pegaron a su piel. Nereida intentó quitárselas, pero pegadas en su carne, se hundían cada vez más. Lo extraño era que no sentía dolor, sino un calor recorriendo todo su cuerpo, como si las criaturas inocularan algún tipo de anestesia.
Tambaleándose, salió del agua al borde del vómito, con la piel llena de marcas rojas. Al llegar a casa, se sentía distinta. Sus sentidos se habían agudizado. Podía oír los insectos bajo la tierra y ver con claridad en la oscuridad. Nunca había experimentado algo así, pero no dijo nada e intentó ocultar lo ocurrido a sus padres, y aunque la notaron rara, lo achacaron a la edad del pavo.
Después de la cena, sin que Nereida hubiera comido nada, dijo que se iba a dormir. Dos minutos después, su madre aparecía preocupada.
—Cariño, ¿va a bajarte la regla?
—No creo…. aún no me toca.
—Quizás hayas sufrido un golpe de calor. Descansa y cualquier cosa, nos llamas a papá o a mí. ¿Vale, cariño?
—Sí, mamá.

La casa dormía, aunque el sueño de Nereida comenzó a agitarse. Su piel era ahora de color ceniza y sus ojos, antes verdes, eran completamente negros. Sus dedos se alargaron, con uñas que parecían garras, y de su espalda emergieron unas protuberancias viscosas. Su lengua había crecido más de lo normal, volviéndose rasposa como la de las sanguijuelas. Contrariada, saltó de la cama sintiendo una insaciable necesidad de agua. No era sed; era algo más profundo, una llamada ineludible. Su cuerpo y su mente estaban cambiando. Los recuerdos de quién era comenzaron a borrarse, siendo reemplazados por un hambre que no era normal.
Nereida salió de la cabaña y se paró frente al lago. Las aguas negras se agitaron y de ellas emergieron unas figuras deformes como ella, con piel viscosa y largas extremidades. Eran las hijas del lago que habían caído en la misma trampa que ella, siendo ahora depredadoras que atrapaban a cualquiera que se acercara. Aquel era un lugar maldito donde sus aguas ocultaban horrores.
Al día siguiente, los padres de Nereida se preocuparon cuando vieron que su hija había desaparecido. Su madre recorrió el sendero hacia el lago llamándola a gritos, mientras su padre encendía un fuego en el patio, confiado en que la luz guiaría a su hija de vuelta. Pero cayó la noche y Nereida no aparecía. Entonces, alertaron al pueblo y organizaron una batida en la que vecinos y forasteros revisaron el bosque a fondo. Sólo hallaron un trozo de tela de su camisón flotando en el lago. Su madre vio en ello la confirmación de algo terrible, pero su padre, negándose a perder la esperanza, no aceptaría lo peor. Tres días después de la desaparición, Hugo y sus padres fueron a apoyar a los padres de Nereida. Todos se conocían desde que los chicos iban a preescolar.

Una tarde, recién entrada la noche, Hugo estaba junto al lago, cuando creyó escuchar un murmullo. La voz era baja y distorsionada, pero supo que era Nereida. Él se metió en el agua, ignorando el frío que helaba sus huesos. Aquella voz le llamaba con dulzura, pero cuando llegó al centro del lago, la superficie se rompió y emergió Nereida, aunque ya no parecía ella. Su piel era gris y sus ojos, dos pozos oscuros. Una boca inmensa con dientes afilados, sonreía con una expresión antinatural. Su cuerpo, cubierto de lodo, se movía de forma malsana bajo el agua.
“Hugo…” dijo Nereida con una voz gutural, estirando los brazos hacia él.
El chico retrocedió aterrado, pero una fuerza invisible le acercaba a ella. Quería huir pero no podía. Cuando estuvo al alcance de sus garras, Nereida lo hundió en el agua con una fuerza sobrehumana. No era odio ni rencor, sólo la necesidad de su nueva existencia. El hambre.
Al día siguiente, el cuerpo sin cabeza de Hugo apareció en la orilla. El pecho estaba perforado por decenas de marcas de dientes. El pueblo se llenó de miedo, y la madre de Nereida, al borde de la locura, comenzó a advertir a todos sobre el lago. Dijo que sus sueños le dijeron que su hija seguía allí, pero que se había convertido en un monstruo.
Poco después, sólo la madre de Nereida quedó en el lago, sentada en el porche, esperando a su hija. No le importó que su marido se rindiera y volviera a la ciudad. Y una noche, cuando la niebla flotaba en el lago, le parecía ver una figura a lo lejos. Una figura grotesca, que de alguna manera, seguía siendo Nereida.

25/12/2024

El alma de las muñecas

Relato narrado en el Programa de radio Martes de Terror
Navidad de Terror 5; Volumen 3


Hoy, en el día de Navidad, traigo de regalo un relato inédito seleccionado por Lux Ferre Audio para su su programa de Martes de Terror. Lo encontraréis en el tercer episodio del especial Navidad de Terror 5, narrado por las voces de Rebeca G. Briones, Toni López, Nieves G. Briones e Inés Vega.
Programa completo AQUÍ.
**********

Una vez conocí a una persona obsesionada con las muñecas. Tenía tres de las cuatro habitaciones de su casa abarrotadas por ellas. Lo sé porque ella, Beverly, me compró un domingo en un mercadillo de segunda mano.

**********
Al llegar a casa me dejó sobre una mesita en el centro de una sala llena de muñecas.
—Cariño, ¿Aún no tienes suficiente con tantas? Casi no cabemos en casa —dijo con preocupación su marido Mark.
—Tranquilo, amor. Siempre hay hueco para más, aunque de momento, esta réplica de Laura Ingalls es la última —susurró Beverly acariciándole la cara.

Mark se marchó al salón para ver las noticias y Beverly me colocó entre una muñeca japonesa con kimono rosa y moño perfecto, y otra vestida y peinada como una militar al estilo de las Andrew Sisters.
Las estanterías eran de caoba y de entre todas las muñecas, fue la dispuesta enfrente de mí, al otro lado de la sala, la que me escamaba. Su pelo era muy largo, liso y negro, con un perfecto flequillo recto enmarcando su belleza. El vestido de estilo victoriano, era de un chillón color amarillo y sus negros ojos contrastaban con su palidez, pareciendo esconder algo aún más oscuro.
Yo no podía dejar de mirarla mientras notaba como el aire se enrarecía. Intenté ignorarlo, pero su voz me hizo dudar.
—Acabarás obedeciéndome, como todas —dijo la muñeca de amarillo con la mirada. —Mi nombre es Raven. La reina de todo. ¿O quizás te crees mejor que yo con tus trenzas pelirrojas y tu carita de buena. Una cateta es lo que eres. ¡Cateta!

Beverly estaba todavía frente a la estantería, mirándome. Observaba a Laura, su muñeca de la «Casa de la Pradera». Estaba tan absorta que ni notó como Mark la miraba desde la puerta del salón, preocupado. Ella había empezado a cambiar de forma alarmante. Lo que iba a ser una simple colección de muñecas, pronto se transformó en algo más sombrío. Pasaba tantas horas con sus juguetes… incluso saltándose comidas porque decía no tener hambre. Su rostro perdía color, sus mejillas se hundían y tenía problemas para dormir. A veces Mark la encontraba allí en plena noche, de pie frente a Raven. Sus ojos enrojecidos y cansados, parecían perdidos, como si estuviera atrapada en un mundo invisible. 
Pero lo más perturbador eran los extraños cortes que habían aparecido en sus dedos y manos. Mark los notó un día mientras desayunaban, pero al preguntarle, Beverly se encogió de hombros, diciendo que se cortó accidentalmente limpiando las muñecas. Sin embargo, él sabía que no eran cortes casuales; sino como hechos adrede y que siempre aparecían después de estar con Raven.

Al tiempo, los cortes fueron más frecuentes y profundos mientras en Beverly crecía una extraña devoción. Mark la encontraba en la sala con Raven en su regazo con pequeños hilos de sangre corrían por sus dedos y Beverly murmuraba cosas, meciéndose y manteniendo la mirada fija en los ojos oscuros de la muñeca. Él no podía soportar más que aquello socavase la salud y la cordura de Beverly y la él mismo.

El sonido del televisor de fondo apenas cubría el silencio pesado de la casa. Mark apretó los dientes sabiendo que cada muñeca añadida a la colección era un paso más hacia el control total de Raven. 
Aunque había intentado destruirla, siempre tenía la forma de aparecer intacta y más dominante, vigilante y peligrosa, manipulando a Beverly para debilitarla y poseerla. Pero desde que Mark vio mi expresión serena, mis trenzas y mi vestido de flores rosas y verdes, le llegó un soplo de esperanza. Por eso pensó que yo podría ser la salvación de Beverly. Y así fue.

Aquella misma noche mientras Beverly dormía gracias a los somníferos, su marido vino a la sala. La luna iluminaba directamente a Raven, que aunque ella no se movía, Mark notó que no le quitaba ojo. Él se acercó a mí y con un susurro, preguntó:
—¿Eres tú quien puede ayudarme?

Sin moverme, Mark sintió un leve escalofrío recorrer su espalda cuando mi voz se coló en su mente.
—Sí. Sabes que no he llegado aquí por casualidad y, aunque Raven no me quiere, pude entrar— respondí.

Mark dio un paso atrás. Pues hasta entonces, ninguna muñeca le había hablado.
—¿Qué debo hacer? He intentado destruirla pero siempre vuelve.

Entonces, incliné levemente mi cabeza hacia Raven, estática en su estante, y Mark vio una fina grieta cruzando la perfecta cara de la muñeca.
—Raven tiene una debilidad, pero algunas muñecas también están bajo su control. Ten cuidado también con ellas.
—¿Pero cómo lo haremos?

*****
Tras contarle el plan a Mark, se acercó a Raven y sacó una cuchilla de afeitar. Le dije que los cortes de Beverly eran la clave, un vínculo de sangre entre Beverly y Raven que debía romperse.
Entonces, las muñecas comenzaron a moverse para atacar a Mark. Pero le di la orden y él se hizo un corte en la palma con la cuchilla, dejando que la sangre goteara al suelo. Raven siseó furiosa, Levantándose mientras  su rostro se agrietaba.
Mark agarró a Raven mientras pequeñas manos arañaban su piel. Aún así, cortó la maldición sobre su esposa y un chillido agudo y monstruoso llenó la habitación, mientras la muñeca convulsionaba violentamente se hizo añicos. Yo me levanté al fin y me acerqué a Raven, posando una mano sobre lo que quedaba de ella.
—Es tu fin —musité.

Los restos de Raven se desintegraron y las muñecas cayeron inertes. Mark cayó arrodillado en la sala en silencio y sin el poso maligno. Yo me volví hacia él con una leve sonrisa.
—Has ganado, pero ten cuidado porque pueden haber otras como ella —dije antes de volver a ser una simple muñeca.

Mark respiró hondo, sintiendo alivio y terror al saber que el mundo de las muñecas, escondía una oscuridad que jamás hubiera imaginado. Pero para nuestra suerte, todo fue un remanso de paz durante los cuarenta años que permanecí en aquella casa.

18/10/2024

Tiempo de perros, tiempo de lobos


Relato narrado en el Programa de radio Martes de Terror
Noche de Terror VIII; Volumen 2


Este relato fue seleccionado por Lux Ferre Audio para su programa Martes de Terror. El segundo episodio del especial Martes de Terror 4, con las voces de Adrián Molina, Inma González y Mario Nieto. Podéis escuchar el programa completo AQUÍ.

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MaryLou estaba apoyada en la parada de un autobús, un simple poste en el arcén. Bajo la lluvia, con paraguas y botas de agua conjuntados en color rojo, y con sus suaves rizos rubios destacando sobre una gabardina verde musgo, sólo quedaba media hora para que la noche se echara sobre la no muy transitada carretera. La chica parecía estar esperando a un autobús que se retrasaba, pero el último del día había pasado quince minutos atrás. 


Michael iba barruntando si salir o no aquel viernes por la noche para conocer a alguna chica interesante. Los faros de su coche no se habían encontrado apenas con otros automóviles. La lluvia y el mal tiempo en general disuadía a la gente de salir del calor de sus casas. Octubre era un mes frío en el norteño estado de Maine. De pronto, clavó los frenos y paró su Chrysler beige a escasos metros de la parada de bus y las botas rojas se apresuraron hacia el auto.


—Hola. ¿No sabrá usted si aún tiene que pasar un autobús por aquí? 


—Pues a esta hora no pasa ninguno más. Si quieres te acerco, que con este tiempo puedes coger una pulmonía. ¿Vas muy lejos? No deberías estar sola cuando anochezca y seguramente alguien estará preocupado por tu tardanza.


—¡Gracias! Me haría un gran favor. Voy a Alton, a casa de mi abuelita que está muy enferma y me necesita. Es la única familia que tengo.


—¡Menuda casualidad! Yo vivo a las afueras de ese pueblecito. Está a menos de veinte minutos.


—De nuevo, muchas gracias.


MaryLou abrió la puerta y se sentó en el asiento del copiloto. Se quedó mirando el ambientador que colgaba del espejo retrovisor e impregnaba el interior del auto con su olor a lavanda. Le recordaba a su abuela. Ella le preguntó dónde lo había comprado, y él le contó que había sido idea de su hermana, porque el olor a pachuli que solía utilizar, a ella le parecía demasiado pesado, y como estaba delicada de salud y debía llevarla a sus sesiones de quimioterapia para tratar su leucemia con frecuencia, pues recibió de buena gana el cambio de ambientador por parte de ella. Michael parecía realmente un buen hombre que se preocupaba por su hermana. 


A mitad de camino, Michael detuvo el coche a un lado de la carretera. 


—Perdona un momento, pero tengo que mear o me reventará la vejiga. 


MaryLou hizo un imperceptible mohín al escuchar la palabra mear en boca de aquel hombre que había estado tan pulcro y correcto en todo momento. Cuando terminó de orinar, Michael abrió el maletero y empezó a rebuscar entre un gran saco, cuerdas, trapos y un bote de cloroformo entre otras cosas, y de repente, sintió un fuerte golpe en la cabeza que le hizo caer al suelo. Una empapada por la lluvia MaryLou, sonreía maliciosamente con un martillo ensangrentado en la mano. 


—No me digas que también tú ibas de cacería —dijo antes de asestarle el golpe definitivo—. Vaya... Pues va a ser que no. Es peligroso subir al coche de un desconocido, pero también lo es subir a alguien que no conoces.


Entonces, condujo ella misma hacia Alton dejando el cuerpo del hombre allí mismo, y pensó que ya era hora de cambiar de aspecto y optar por una melena a lo Cleopatra porque la policía estaba buscando a una chica rubia de Nueva Jersey, sospechosa de asesinar a hombres de mediana edad. Puso la radio y rió a carcajadas cuando aconsejaron no salir por la noche en solitario por el condado, sobre todo a las adolescentes y mujeres jóvenes, ya que aún no habían dado con el secuestrador y asesino que tenía atemorizada a la zona. La descripción que dieron coincidía al cien por cien con la de Michael. Su meta era cruzar hasta Canadá sin ser vista.


Y es que perro no come perro, pero cuidado con el lobo en piel de cordero.

20/02/2024

Sobreviviendo a First Dates

Relato narrado en el Programa de radio Martes de Terror en:
San Valentín de Terror 4; Volumen 2

Estoy muy feliz por decir que el relato de hoy fue seleccionado por Lux Ferre Audio para su programa Martes de Terror. Es el segundo episodio del especial San Valentín de Terror 4, narrado por la voz de Elena Navarrete.
Podéis escuchar el programa completo AQUÍ.
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No era la primera vez que veía First Dates en la televisión. Un programa que entretenía mis cenas desde el sofá. Pero llevaba una buena temporada a mis veintisiete años, soltera y muy aburrida, sufriendo una abstinencia no voluntaria de amor y pasión. Y me dije que por qué no me apuntaba para conocer a mi media naranja. Así que sin pensarlo mucho, me metí en la página del programa y rellené las diecisiete preguntas que me pedían para ayudarme a encontrar al chico ideal para mí.
Aquella noche me fui a dormir creyendo que no me llamarían por la cantidad de solicitudes que tendrían diariamente. Pero dos semanas después, recibo la llamada de un simpático redactor diciéndome que les había molado mucho mi perfil y que querían saber más de mí. Tenía que enviarles fotos, un vídeo presentándome y rellenar otro cuestionario larguísimo explayándome sobre lo que andaba buscando.
Tras completar y enviar el formulario repleto, el Equipo de Emparejamiento, que así se hace llamar, no tardó ni 48 horas en contactar conmigo nuevamente. Les había encantado mi desparpajo. Yo estaba alucinada. No entendía cómo el cutre vídeo en el balcón de casa había podido gustar tanto. El caso es que ya estaban en marcha para encontrar a mi príncipe azul y a los pocos días me afirmaron que efectivamente, habían encontrado al chico perfecto. No me lo podía creer.
La verdad por la que me había apuntado a todo esto era por la experiencia de verme en la tele y echarme unas risas con mi familia… Pero una parte de mí pensó en la posibilidad de encontrar el amor verdadero y quizá al futuro padre de mis hijos.
Cuando lo comenté en el trabajo, los adjetivos loca, chalada o zumbada, fueron los más escuchados. Aún así mis compañeras me apoyaron, y mi jefa me dio el día libre.
Ya no había vuelta atrás. Ya tenía los billetes de AVE y mi madre había propagado la noticia por todo el pueblo. De perdidos al río. 
Lunes. Cinco de la mañana. Los nervios hicieron que me levantara antes de sonar el despertador. Me preparé, llamé a un taxi. Y ahí estaba con mi maleta cargada de modelitos esperando que el tren Lleida-Madrid de las 6:25 arrancara. Al llegar a Atocha, un coche de producción me estaba esperando para llevarme a los estudios.
Pero más que estudios glamurosos, me encontré con una antigua fábrica de muebles situada en el quinto pino y que es a la vez la redacción y el plató. Porque no, First Dates no es un restaurante en Gran Vía.
Sobre las diez de la mañana llegué a los estudios donde me recibía mi redactor. Nada más entrar comenzaron las prisas para que el estilista aprobara mi ropa, firmara los papeles y me microfonaran. Una locura sin un segundo para hincarle el diente a la bandeja de croissants que había sobre una mesa. 
Porque, al igual que el restaurante no es un restaurante al uso, la grabación tampoco es lo que parece. La cena que se ve en televisión, es muy probable que esté ocurriendo a las once de la mañana o a las cinco de la tarde según el horario de cita que te toque.
El estilista había validado mi super look de blusa blanca y pantalón vaquero, y unos taconazos rojos. El micrófono estaba puesto y yo había firmado la cesión de mis derechos. Eran las once de la mañana y ya estaba maquillada, vestida, microfoneada y temblando como un flan cuando mi redactora me dio las últimas indicaciones antes de entrar al restaurante.
Tras una breve charla con el presentador, el guapo camarero me preguntó qué quería tomar. Y me pedí una cerveza para parecer una mujer decidida. O eso creía yo. Entonces mi cita apareció en escena. Un tipo que del montón que dependiendo de su desparpajo podría ser ascendido al montón de los empotrables o desterrado al huerto de los cardos.
Pasamos a la mesa y lo que más me llamó la atención fue el silencio sepulcral que había. Al mismo tiempo se grababan tres citas y el resto son figurantes. Gente que aunque en la tele parece que hablan, in situ no se oye una mosca.
Mientras mi cita y yo intentábamos encontrar un tema de conversación, empezamos a oír gritos y gemidos provenientes de fuera. Al asomarnos a la puerta, quedamos horrorizados al ver una multitud de personas avanzando hacia el estudio. Yo, friki donde las haya, sabía que eran zombis. El silencio del plató se convirtió en histeria y gritos. El presentador del programa nos instó a mantener la calma y permanecer en el restaurante mientras el equipo de producción intentaba encontrar una solución. Pero la situación se volvía cada vez más caótica y los zombis se iban congregando en la puerta, golpeándola insistentemente. Pronto me di cuenta junto a Imanol, mi cita, de que no podíamos esperar a que el equipo de producción nos rescatara. Buscamos objetos afilados y utensilios de cocina para defendernos, y finalmente, nos aventuramos afuera.
La calle estaba plagada de aquellos zombis, y con el corazón en la mano, Imanol y yo nos abrimos paso a través de los no muertos, usando nuestro ingenio para sobrevivir.
Al divisar una comisaría a escasos cien metros, nos vimos a salvo y empezamos a correr hacia allí. La puerta estaba cerrada pero un policía al vernos, abrió con llave. 
Cuando yo ya estaba entrando, cuatro zombis se abalanzaron sobre Imanol y empezaron a morderle con saña. Incluso vi cómo le arrancaban las entrañas mientras el policía tiraba de mí. 
Dos días después aún  estoy aquí, en comisaría junto a otras personas y sin saber nada de mi madre o de mis amigas. Los gritos de mi cita en First Dates me atormentaban cada vez que cierro los ojos. Es uno de los no muertos aporreando la comisaría y ya nunca podré saber si hubiera podido ser el padre de mis hijos. Soy moñas hasta en momentos así.