Mi madre y yo llevábamos ya tres meses fuera de casa. Los dos últimos huyendo y escondiéndonos como si fuéramos fugitivas. A veces caminábamos o íbamos de coche en coche cuando encontrábamos alguno que poder conducir hasta que la gasolina se acabara.
En un momento dado, vi en el arcén a una mujer con dos niños, de más o menos cuatro y siete años. Mamá les miró de reojo y continuó conduciendo.
—¿No les vamos a ayudar, mamá? Hay dos niños.
—Por eso mismo, hija. Porque hay dos niños, y son de los pequeños. Si al menos fueran adolescentes… Y ni eso.
—Pero antes te encantaban las criaturas…
—Y me encantan los niños pequeños. Y los bebés con sus mofletes y sus sonrisas auténticas. Y los de algo más de un año con sus pasos vacilantes. Y los de dos y tres que empiezan a formar frases con las que poder tener unas conversaciones de lo más divertidas. Y…
—¿Y por qué no has parado, mamá? —La interrumpí.
Mi madre se quedó mirando la carretera desierta durante un minuto. Es una de esas personas capaces de pensar demasiado cualquier cosa.
—Porque los niños son ruidosos, y eso significa problemas. Hay que ayudarles constantemente y estar pendientes de ellos —dijo esto último soltando un gran suspiro. Pero tú ya eres una mujer y sabes lo que has de hacer, o por lo menos, hacerme caso. Porque es eso o la muerte.
Me quedé callada durante un buen rato porque no sabía qué decir. Mi madre seguía siendo mamá, pero había cambiado demasiado. Solo al principio de todo habíamos ayudado a los vecinos y su hija, pero no salió del todo bien porque la niña hizo un berrinche al ver que su osito verde se le había caído en la acera de enfrente, justo antes de entrar a casa. La pequeña Michelle se soltó de la mano de su padre y corrió hacia el peluche y entonces, una mujer se le abalanzó y le mordió en toda la cara.
Su padre salió corriendo, gritando, y le dio un puñetazo a aquella zombi. La mujer cayó y él le aplastó la cabeza con un adoquín. Su mujer también corrió para socorrer a la pequeña, pero murió en sus brazos. Y luego revivió. Y después mordió a su madre en el pecho mientras ella la acunaba.
Entonces fue cuando nos encerramos en casa durante un par de semanas. Hasta que mi madre dijo que era hora de buscarnos la vida en busca de más provisiones. Tenía claro que el mundo había cambiado para siempre.
De pronto, mi madre hizo un cambio de sentido y recorrimos la carretera en dirección contraria mientras me decía:
—Mira, hija. Por suerte, más que por desgracia, los primeros en caer fueron los ancianos y las personas con algún problema o discapacidad. Imagínate vivir en un mundo así teniendo ceguera, sordera u otro tipo de problema físico. Mención aparte para los problemas psíquicos o de desarrollo. Solo pueden estar disfrutando de este infierno los psicópatas.
Cuando llegamos a la altura donde habíamos visto a la mujer con los niños, mi madre frenó en seco.
Un coche se encontraba atravesado en mitad de la carretera con la puerta del conductor abierta, y a pocos metros, un hombre que rondaba la cincuentena, intentaba protegerse de los golpes de otro más joven que blandía una barra de hierro. La mujer estaba con los niños junto al quitamiedos.
Las criaturas lloraban mientras su madre les decía que no pasaba nada. Que su papá se estaba encargando de todo para poder ir más rápido en coche hacia el punto seguro.
—Mamá… —susurré.
—Ya… La verdad es que nada de esto me extraña.
El hombre de la barra levantó el brazo para descargar otro golpe, y entonces mi madre pisó el acelerador. El coche chocó contra el agresor con la suficiente fuerza para derribarlo, retorciéndose por el dolor.
La mujer abrazó a los niños mientras gritaba el nombre de su marido herido. Mientras tanto, el hombre que había parado para ayudar se apoyaba temblando contra su vehículo.
—Gracias, gracias… —repetía.
Mi madre bajó la ventanilla.
—No me las dé. Nosotras podríamos haber estado en su lugar.
El hombre parecía no entender por el aturdimiento que sufría.
—Paró para ayudar a una madre con dos niños. Eso le honra. Pero casi consigue que lo maten. Por eso yo pasé de largo unos minutos antes. Pero algo hizo que girara en redondo.
Mi madre me miró, dio una gran bocanada de aire y continuó hablando.
—La mayoría de la gente sigue creyendo que el peligro son los zombis, y no es así. El peligro es que los vivos hemos aprendido a utilizarnos a nuestra conveniencia en este nuevo mundo post apocalíptico.
Entonces, mi madre se despidió de aquel hombre con un «Cuídese» y nosotras dos seguimos nuestra ruta marcada hasta llegar a uno de los puntos seguros. Y es que, como bien he aprendido de mi madre: «No hay que temer a los muertos, sino a los vivos». Y ahora, seis años después de aquello, puedo decir sin miedo a equivocarme que mamá sigue siendo mamá, pero que ha cambiado mucho desde entonces.
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