19/07/2026

Recuerdo de infancia

poema presentado al
I Concurso Poesía Tomate Huevo Toro



Bastó un solo mordisco
Para que regresara la sombra fresca
De la parra junto al pozo,
Del zumbido de las abejas,
Y la tarde sobre los bancales.

Volví a ser aquella niña
Que corría entre las tomateras
Más altas que sus sueños,
Con las rodillas llenas de polvo
Y el sol prendido en las pecas.

Mi abuelo y su caminar lento
Entre los surcos, como quien conversa
Con los amigos de toda su vida,
Tocaba la tierra, miraba el cielo,
Y sabía cosas que los libros no cuentan.

Recuerdo sus manos,
Grandes, agrietadas, oliendo a agua,
A hoja verde, a trabajo bien hecho,
Arrancando los tomates Huevo Toro,
Rojos como los atardeceres de verano.

Luego se hacía el milagro
En un plato blanco con un poco de sal,
Unas gotas de aceite de oliva
Y toda la huerta del Guadalhorce
Servida sobre la mesa.

El aroma llenaba la cocina
Desde el principio de las vacaciones
Y el mundo parecía caber entero
En aquel primer bocado
Saboreando la pulpa del fruto rojo.

Han pasado los años
Y ya no soy aquella niña.
Las cosas han cambiado
Y las voces queridas
Aprenden a vivir en la memoria.

Pero a veces aparece una chispa
En un mercado, en una cesta,
O sobre una encimera.
Entonces corto un tomate,
Pruebo su carne fragante, su pulpa llena.

Y vuelvo a ver a la niña,
A los abuelos en la cocina.
A la tierra que me enseñó
Que en un tomate Huevo Toro,
Todavía late, silenciosa, mi infancia.

16/07/2026

Grady Hendrix. Celsius 232

GRADY HENDRIX. CELSIUS 232
Desvarío: Encuentro

Libros que poseo:

  • Horrorstör
  • El exorcismo de mi mejor amiga
  • Vendimos nuestras almas
  • Guía del club de lectura para matar vampiros
  • Grupo de apoyo para Final Girls
  • Cómo vender una casa encantada
  • Brujería para chicas descarriadas

"El humor se solo una más de las herramientas con las que cuentas, un buen instrumento para que el lector baje la guardia. Le has de hacer olvidar que se trata de una novela de terror, y de golpe recordárselo. Y, por otra parte, también es así la vida real: no es como un libro de un género. Es como todos los libros juntos, es horror, es humor, es romance, es acción".

*Un video que grabó mi hija durante la charla.

Por cuestiones de la vida, ésta quiso que yo me encontrara trabajando y que mi hija estuviera con su padre de vacaciones en Asturias. Como cada año.

Ni idea tenía yo de algunas cosas que acontecen cuando ella me dice que mi nuevo autor favorito, Grady Hendrix, está en Avilés.

Así que su padre y ella se plantaron en dicha localidad a ver al autor en el Celsius 232 y me envió un pequeño vídeo. Suficiente. Yo estoy feliz de que ella haya podido ir y disfrutarlo, y enviarme este pequeño y gran recuerdo a la vez.

Esta entrada espontánea, surgida de la nada, es una de las que más me gusta. Uno más de mis desvaríos.

Hay un metarrelato haciéndole un guiño AQUÍ.

Dice mi hija que es chistoso y simpático y que habla un poco de español. Y yo apostillo que es una cosa de agradecer y más siendo él de Estados Unidos (de América, que no del Ombligo del Mundo).

En fin, que lo comparto por aquí en mi pequeña ventana al mundo.

30/06/2026

La comadre

CONCURSO DE RELATOS 52ª Ed. El Capitán Alatriste de Arturo Pérez Reverte
🏆 RELATO GANADOR 🏆


La comadre

Corría el año del Señor de mil seiscientos nueve. La comadre Agustina tenía ya demasiados años, pero nadie sabía echarle la edad que supuestamente representaba. Los más viejos aseguraban que ya era anciana cuando ellos nacieron, y los más jóvenes no recordaban haber visto jamás a otra partera.

Agustina había recogido a más de medio pueblo saliendo de sus madres, en partos con menor o mayor dificultad. Daba igual si eran hijos de labradores, de pastores, de hidalgos venidos a menos o hasta del propio alcalde. Sus manos estaban curtidas y llenas de experiencia cortando cordones umbilicales, lavando recién nacidos y cerrando los ojos de mujeres que no sobrevivieron al trance del parto.

Todos decían que la comadre sabía más que el médico. Por eso, cuando llegó una extraña epidemia, fueron a buscarla.

La cosa empezó cuando un niño amaneció con fiebre y murió cuatro días después. Luego cayó una vecina mayor, su hija, su yerno y uno de sus nietos. Poco más tarde una mujer en mitad de su embarazo. A aquellas alturas el cura llamaba al recogimiento y a la penitencia, y aunque todo el mundo mantenía su fe a base de rezos, la difteria siguió mermando la vida del pueblo.

Agustina recorría las calles de una casa a otra con su bolsa de cuero donde preparaba infusiones, cambiaba paños empapados en agua fresca y velaba a los enfermos durante la noche. Pero los muertos seguían aumentando y pasó lo que suele darse en los lugares pequeños.

Cuando el miedo se instaló en los lugareños, las susurradas suposiciones fueron tomando el control. Que si la comadre recogía hierbas bajo la luna. Que si conocía remedios que nadie le había enseñado. Que si murmuraba rezos extraños mientras ejercía de partera… Pero Agustina seguía trabajando sin hacer caso a los rumores. Tenía demasiada edad como para saber que no debía hacer caso de las habladurías.

Una tarde se topó con unas mujeres que callaron de golpe cuando ella pasó junto al pozo de la plaza principal, y aquello le dolió más que cualquier insulto. A todas ellas las había recibido entre sangre y llanto, y ahora desconfiaban de ella.

A medianoche, Agustina anduvo bajo la luna llena y se acercó al pozo por algo que había notado aquella tarde. El agua olía diferente. Apenas un matiz, pero suficiente para despertar sus sospechas. Así que se ató una cuerda a la cintura y descendió ayudada por un mozo que aún creía en ella. En el fondo encontraron el cadáver hinchado de una vaca desaparecida semanas atrás. Agustina comprendió entonces la causa de la desgracia y fue corriendo a tocar la puerta del alcalde para informarle.

—¿Pretendes decirme que todos estos muertos son culpa de una simple vaca?

Solo sé que es mejor que nadie beba del agua del pozo.

—Lo que yo veo es que la enfermedad empezó cuando tú comenzaste a visitar tantas casas sin que hubiera ningún parto que atender.

Sus palabras la dejaron muda. Ninguno de los vecinos que allí se encontraban habló para defenderla. Esta vez también Agustina les conocía a todos porque les había ayudado a nacer. Aquella noche fue la primera en la que la partera no pudo dormir por los nervios que la recorrían. Como un mal presagio, su corazón empezó a latir de forma atropellada hasta el alba.

Al día siguiente repicaron las campanas para reunir al pueblo y las acusaciones estallaron como la yesca seca.

—¡Bruja! ¡Mala hierba! ¡Servidora del demonio!

Agustina escuchaba sin decir nada por lo agotada que se sentía. No había miedo en ella, sino tristeza. Mientras la multitud le gritaba, observó detenidamente aquellas caras deformadas por el miedo y la ira. Recordó sus primeros llantos y las veces que los sostuvo envueltos en mantas. También las noches que pasó velando a sus madres. Recordó a los niños que salvó y quienes no pudo salvar. Ahora parecía que todo lo que Agustina había hecho por todos no fuera nada. Toda su vida era ahora una nadería.

Cuando el cura le preguntó si tenía algo que decir, la anciana alzó la cabeza y respondió.

—Sí —su voz áspera sonó como los goznes de una puerta vieja. —Tengo algo que decir.

Se volvió hacia el alcalde.

—Tu padre lloró cuando naciste. Lo sé porque fui yo quien te recibió en este mundo. Como cuando recibí a tu mujer. Como recibí a tu madre. Como recibí a casi todos de los aquí presentes. Os vi llegar desnudos, rojos y sin entender nada. Os lavé la sangre y os entregué a vuestros padres.

Agustina señaló entonces hacia el pozo.

—La vaca muerta aún está ahí abajo. Si continuais bebiendo de esa agua, seguiréis enterrando a vuestros hijos.

Después de unos instantes en el más absoluto silencio, alguien volvió a gritar.

—¡Bruja!

Y otro repitió la palabra. Y después otro, hasta que la plaza entera se llenó de voces y en algún momento comenzó una lluvia de piedras a caer sobre Agustina, que murió sin saber cuál de los golpes acabó con su vida.


Palabras: 840

27/05/2026

El fin del silencio

Relato presentado al Concurso
EACWP* 2026 en lengua española


Con la luz del día el silencio en la casa se hizo más llevadero. Tras la noche en vela, la mujer salió al porche. Los cuerpos de los cuatro zombis que había abatido con su escopeta yacían como títeres sin hilos.

Todo era extraño en aquella soleada mañana sin ruido en la que los pájaros no trinaban, aquellos no muertos habían dejado de arrastrar los pies, golpear la puerta y proferir alaridos. Al mirar a lo lejos lo entendió. Venían muchos más y ella debía abandonar su refugio por enésima vez.

*European Association of Creative Writing Programmes

03/05/2026

Eth Natas


Blog: El Tintero de Oro
Microrreto: ¿Y TÚ QUÉ LEES?


Por favor, mira bien la fotografía que encabeza este texto y una vez que lo hayas hecho, continúa leyendo…

Tras no participar en el reto de abril por falta de motivación, en esta ocasión la propuesta me pareció sumamente interesante. Me dirigí a la librería y tal como se indicaba tomé el tercer libro, fui hasta el tercer capítulo y leí la primera frase:

“Kris se dejó caer en el interior granate del coche de su padre, exhausta.”

El libro es Vendimos nuestras almas, de Grady Hendrix, un autor que me enganchó desde que leí su Horrorstör. Como ves en la foto tengo casi todos sus libros que pueden adquirirse en español, además de otros. Ahora estoy leyendo Brujería para chicas descarriadas, donde se menciona al autor Eth Natas.

El caso es que cuando fui a fotografiar los libros vi que tenía un libro de este autor, pero al mirar la pantalla, no aparecía.

Por más fotos que haga nunca aparece dicho libro, aunque te juro que lo tengo. No estoy loca porque he podido tocarlo y sentir su tacto en la yema de los dedos. Lo abrí pero estaba en blanco, así que lo cerré sin entender nada.

Y después, al buscar la imagen para la entrada del blog encontré esta otra a la vez que llegaba un correo desconocido que decía:

"Ya sabes dónde encontrarme.

ETH NATAS."

Así que si puedes encontrar información sobre él y dejármelo en un comentario, te estaré eternamente agradecida.


Palabras: 246

22/04/2026

Bajo una lluvia que no cayó

Relato presentado al
XIV Concurso de Microrrelatos ELACT


El lunes las noticias difundieron que habían hallado el cuerpo de Nayma, desaparecida desde el viernes, flotando en un pantano. Un lugar a solo ocho kilómetros de la casa de Raquel. Entonces ella cogió su móvil y marcó el número de la policía porque creía saber sobre el asesino.

Su marido llevaba un tiempo actuando erráticamente. Al principio lo achacó a que tendría alguna amante. Una muy fogosa, viendo algunos rasguños en los brazos e incluso en la cara. Pero ella no quería preguntarle, ni quería saber. 

Su matrimonio estaba roto desde hacía meses aunque él fuera atento y no escatimara con el dinero para que su mujer fuera feliz. Pero hacía tiempo que no la tocaba. Ni siquiera la buscaba. Y a ella, secretamente, tampoco le apetecía tener intimidad con él, pues no le dedicaba tiempo y parecía disperso. Hasta que un día abrió la bolsa de deporte de su marido para lavarle la ropa, pero lo que encontró la descolocó: cinta americana y un cuchillo ensangrentado. 

El viernes su marido llegó de la oficina muy tarde y empapado. Raquel, adormilada, escuchó que le dijo que estaba lloviendo. Pero aquella noche no llovió.

-Policía, ¿dígame?

16/03/2026

Último viernes de pizza

Relato presentado a
Orgullo Zombi 7


Al fin había terminado los deberes y tendría todo el fin de semana para olvidarme del instituto. Mis padres estaban discutiendo de nuevo. Les escuchaba mientras elegía el pijama que me iba a poner después del baño. Por enésima vez, mamá se quejaba porque papá siempre dejaba las toallas mojadas de cualquier manera.

Suspiré mientras cogía la ropa interior del cajón. ¿Es que no podían parar de discutir por todo? ¿Es que había cambiado algo en el último año que yo no supiera? Mis trece años no me alcanzaban para saber qué cosas pasaban en la vida de los adultos que a los niños se nos cerraban, y eso me frustraba. Yo solo veía que mi madre perseguía a mi padre para decirle que si no cerraba bien la botella de cola, se le escaparía el gas. Que si al llevar los platos a la cocina, no les pasaba un agua, luego sería muy difícil quitarles la suciedad pegada. En definitiva, que hiciera o que no hiciera de tal manera cualquier cosa. Pero sobre todo, que se relajara al llegar a casa y que nos hiciera más caso a las dos.

Mi padre, por su parte, contestaba que no podía desatender los mensajes de su jefe. Que él estaba en medio, bajo las órdenes de don Pelayo y por encima de los empleados, que siempre se las ingeniaban para liarla con algo. En el trabajo papá era el malo para los curritos y un incompetente para el empresario que podía permitirse el lujo de despedirlo. Pero tenía que aguantar ya que tenía una hipoteca a la que aún le quedaban diez años para quitársela de encima.

Yo ya estaba harta y me planté en la puerta del baño:  

—¿Podéis parar de pelearos aunque solo sea porque es viernes por la noche?

El silencio cayó como cuando se va la luz en mitad de una película.

Mamá fue la primera en mirarme. Su mirada no reflejaba rabia, solo un cansancio que se le hacía demasiado largo, casi crónico. Papá seguía con el móvil en la mano, sujetándolo como si fuera un salvavidas.

—Perdona, cariño —me dijo mamá, pasándose la mano por el pelo desde la frente hasta la nuca—. No era nuestra intención molestarte.

—Tienes toda la razón, Clara. Hoy es viernes, y eso significa que toca pizza y elegir alguna película.

En aquel instante pensé que todo iba a arreglarse por arte de magia y que cenaríamos la carbonara que elegimos mamá y yo, y papá se quedaría con la de peperoni. Después pondríamos alguna peli mala donde papá se reiría demasiado fuerte en las escenas que no tenían gracia, y mamá pondría los ojos en blanco, pensando que su marido no tenía remedio.

Pero entonces sonó el móvil de papá.

No era el tono normal, sino ese pitido raro de las alertas del gobierno, el que solo había escuchado en un simulacro del instituto. Tras unos segundos, mamá se dio cuenta de que el suyo también sonaba desde la mesita del salón.

Cuando papá miró la pantalla del teléfono, le cambió la cara y tragó saliva antes de hablar.

—Dicen que hay disturbios. Que nadie salga de casa y que cerremos puertas y ventanas.

Mamá soltó una risa nerviosa mientras se dirigía hacia su propio móvil.

—¿Disturbios aquí? Pero qué clase de disturbios si esto es un barrio de lo más tranquilo y aburrido.

Como si el mundo hubiera querido llevarle la contraria, en ese mismo momento escuchamos un golpe muy fuerte en la calle. Luego otro. Y después gritos.

Papá fue a mirar por el balcón y mamá y yo le seguimos. Desde nuestra segunda planta se veían dos coches empotrados en la esquina del bar que da justo en frente y la calle olía a hierro, como cuando me sangra la nariz en verano. Vi personas corriendo aterrorizadas, y a otras que no corrían. Estas caminaban raro, como si no recordaran muy bien cómo se hace. Iban torcidos y a trompicones. Una de ellas era Loli, la madre de mi amiga Marta. La reconocí porque llevaba la camiseta de su gimnasio. Me gustaba ir los martes a practicar taekwondo.

Loli se abalanzó sobre un hombre que intentaba levantarse del suelo y mamá me tapó los ojos, pero yo ya había visto lo necesario.

—¡Meteos dentro! —ordenó papá, casi metiéndonos a empujones en casa.

Cerró la puerta del balcón y bajó la persiana con un golpe seco. El ruido de la calle quedó amortiguado, pero no desapareció. Los golpes, lejos de terminar, seguían. Y lo más aterrador de todo era que cada vez se oían más cerca.

Los tres dimos un respingo cuando sonó el timbre de casa. Nos quedamos congelados, pero volvió a sonar con mucha insistencia.

—No abras —susurró mamá.

Pero papá ya estaba en la puerta.

—Puede ser la vecina—dijo—. Ya sabes que Enriqueta está sola y sus hijos viven a una hora de aquí.

Yo noté que a mamá se le tensaron los hombros porque quería detenerlo. Pero no lo hizo.

Papá miró por la mirilla y retrocedió dos pasos, muy despacio. Entonces el timbre dejó de sonar y empezaron los golpes aporreando la puerta.

—Meteos en el baño las dos y cerrad con pestillo —dijo papá.

—¡No quiero! —protesté.

—Haz caso a tu padre —ordenó mamá.

Mamá me agarró la cara con las dos manos, firme pero suave.

—Pase lo que pase, no salgas hasta que yo te lo diga. ¿Vale?

—Vale —dije mientras me temblaba todo el cuerpo.

Mamá no quería dejar solo a papá que cogió el palo de la fregona del rincón como si fuera una espada que le hacía ver ridículo y valiente a la vez. La puerta cedió con un crujido y mamá me empujó dentro del baño y cerró gritándome que echara el pestillo.

Lo hice y me senté dentro de la bañera, abrazándome las rodillas. Escuché los gritos de papá y mamá, aparte de otro que no supe identificar. Oí golpes en las paredes y cosas que se rompían. Después un sonido que no había oído nunca y que no olvidaría jamás, un ruido húmedo, como un gorgoteo. Después llegó un silencio de los que sabes que no traen nada bueno.

Realmente no sé cuánto tiempo pasó hasta que me atreví a salir. Parecía que el mundo se había quedado sin reloj.

Abrí la puerta del baño y salí al pasillo que estaba en total oscuridad. La única luz venía del televisor del salón. En la pantalla, un presentador hablaba con gesto grave y ojeras oscuras. La voz del hombre temblaba mientras repetía palabras que parecían sacadas de una película: “protocolo de contención”, “cuarentena”, “agresividad extrema”, “eviten cualquier contacto físico”. 

Mientras la última frase retumbaba en mi cabeza, me fijé en que había sangre en la pared, en el suelo y en la puerta. Entonces fui a la cocina y allí estaban de espaldas, de pie y muy quietos.

Mamá tenía la cabeza ladeada en un ángulo imposible y papá seguía sujetando el palo de la fregona, pero ahora como si no supiera para qué servía.

—¿Mamá? —mi voz salió pequeña—. ¿Papá?

Ambos giraron la cabeza al mismo tiempo. Sus ojos me atravesaron y dieron un paso hacia mí. Yo retrocedí hasta chocar con la nevera. Estiraron los brazos y abrieron unas bocas babeantes mientras dieron un segundo paso arrastrado. El olor que desprendían me dio náuseas. Sus mandíbulas se abrían y cerraban con un chasquido húmedo.

—Soy Clara… —susurré, sin saber por qué—. Soy yo.

Y ahí fue cuando supe, con una claridad que me partió en dos, que aquella había sido la última vez que los había visto discutir por toallas mojadas y botellas de cola mal cerradas. La última vez que los había visto siendo humanos. Y entendí algo horrible: esas discusiones absurdas que tanto me avergonzaban, eran la prueba de que estaban vivos. Pero ahora ya no había vida en ellos.

El hombre que ya no era papá estrelló el palo contra la pared a centímetros de mi cabeza, y la que aquel día fue mamá, emitió un sonido gutural y dio otro paso.

Yo no sé en qué momento eché a correr. La puerta estaba abierta y en el rellano vacío se oían ecos y golpes de otros pisos. Bajé las escaleras a toda prisa sin atreverme a mirar hacia mi casa, porque la última vez que los vi humanos fue cuando discutían por toallas mojadas. No quería girarme porque corría el riesgo, si les veía otra vez como zombis, de olvidar sus versiones con vida para siempre.

01/03/2026

Cita con Dios

Microrreto: Microrrelatos de la Bestia


Cuando le dieron permiso, el hombre de negro llamó a la puerta dando seis golpes secos.

—Adelante.

El hombre de blanco estaba de espaldas mirando a través del enorme ventanal de su despacho, su melena castaña le caía de manera informal.

—Hola, Jesús. Creo que ahora sí tenemos un verdadero problema.

—¿Tú crees, Lucifer? ¡No me digas!

El Diablo se quedó callado ante un tanto irreverente Dios.

—Es que ya no puedo tentar a casi nadie… —se rascó alrededor de uno de sus cuernos y continuó—. Al principio salté de júbilo ante lo que creí mi mayor mérito de la historia, pero después se me vino todo en contra porque esos a quienes llaman zombis, no tienen un alma que corromper.

Dios se dio la vuelta visiblemente cansado. Un Dios que por primera vez tenía ojeras bajo sus ojos.

—Dime, Diablo… ¿Has oído rezar a alguien últimamente?

Lucifer quiso hablar, pero su rapidez mental se había esfumado.

—Ni contestes. La has liado tanto que por primera vez no sé qué hacer.

El Diablo empezó a caminar en círculos y jurando en arameo, pero Dios ni se inmutó.

De pronto, Lucifer juntó su cara a dos centímetros de la suya.

—¿Sabes qué? Por una vez y sin que sirva de precedente, voy a ayudarte para ayudarme a mí mismo. Haré que vuelvan a creer en ti.

Después de aquello, los supervivientes empezaron a reportar milagros y encuentros con Dios… Pero ya se sabe que el Diablo puede adoptar cualquier forma.


Palabras: 249

21/02/2026

Siempre serás mía


Relato presentado a
San Valentín de Terror 6 (Amor tóxico)

El certamen ha sido suspendido tras el reciente comunicado de Toni, su director, y la séptima temporada del programa queda en pausa por ahora. Pero las palabras no dependen de una convocatoria para existir y la comparto tal y como fue escrita para ser leída.


Ella todavía se sobresaltaba por cualquier cosa porque en tres meses, no se había acostumbrado a aquella rutina. Aunque Débora ya no escuchaba aquella risa pegada a su nuca, cuando él le decía que estaba loca y la humillaba insultándola y golpeándola cuando tenía ocasión. Pero al fin había escapado y solo su hermana Claudia conocía su nueva dirección. Un lugar donde creerse a salvo.

Febrero. Martes 13. La noche trajo un viento áspero que se colaba por todas partes. Débora se preparaba una tila cuando notó como si alguien la observara desde la calle. Descorrió la cortina y vio una sombra en la acera, inmóvil, mirando directamente hacia su ventana. El corazón le martilleaba las costillas. “Será un vecino”, se dijo. “Un transeúnte o un borracho. Tranquila.” Pero no se tranquilizó. Cuando ella se apartó de la ventana, la sombra pareció seguirla. Ella respiró hondo y marcó el número de Claudia, pero en ese preciso momento estaba comunicando. Agotada y contrariada, se fue a la cama sin cenar y dejando la tila a medio beber.

A las doce y un minuto del catorce de febrero, un número oculto vibró sobre la mesita de noche. Pero Débora ignoró la llamada.

Después llegó un mensaje: “Sé que estás despierta.”

Un grito se le congeló en la garganta y lo borró sin abrirlo. Pero llegó otro: ”No puedes esconderte de mí.”

Su cerebro quiso hacerla creer que sería alguien que se había equivocado. Que no podía ser él. Pero cada átomo de Débora temblaba y terminó por beberse la tila, ya helada. Entonces alguien golpeó su puerta. Aterrorizada, pudo escuchar unos pasos en el rellano. Después, otro golpe sonó aún más fuerte.

Con más miedo que valor, Débora se asomó a la mirilla. Nadie. Tragó saliva y dio media vuelta. ¿Y si él siempre tuvo razón y estaba loca? Su teléfono volvió a vibrar. Esta vez sí contestó.

—¿Diga? —dijo temblando.

—Abre. Hablemos.

La voz de él sonaba más ronca y más cruel de lo que imaginaba.

—Débora… ábreme. No hagas que me enfade.

El móvil cayó al suelo como si le quemara en la mano. Y entonces, el nombre de CLAUDIA apareció en la pantalla.

—¿Clau…?

—Débora, escucha —dice su hermana con urgencia. Tu exmarido ha muerto hace tres horas en un accidente de coche. Me llamaron del hospital porque no tenían tu nuevo número.

—¿Cómo? ¡Pero si él acaba de llamarme para que le abra la puerta!

—Eso es imposible, Débora —suspira—. Como no tenía familia, he ido yo misma a certificar que el fallecido era él. No he querido llamarte hasta estar segura. Y créeme que lo estoy.

Un golpe más fuerte que los anteriores rompe la noche y Débora ahoga un sollozo.

—¿Qué ha sido eso? —pregunta Claudia.

—Él está aquí. Quiere entrar.

—Vale. No abras. Ahora voy.

Tras la llamada, retumbó otro golpe y luego la voz de él al otro lado de la puerta, como si tuviera los labios apoyados contra la madera:

—Déboraaaa… Ábreme.

—Tú acabas de morir… —balbuceó.

—¿Y qué? ¿Crees que la muerte va a impedirme verte?

Débora se acurrucó en el sofá intentando no escuchar aquella voz y entonces, sonaron tres golpes seguidos y se fue la luz.

—Débora —la llamó él a través de la cerradura—. No me tengas miedo. Soy tu marido…

La voz rió con la risa que ella llevaba grabada como una cicatriz. El viento arremetía cada vez más fuerte contra la casa y Débora retrocedió sin dejar de mirar la puerta hasta chocar con el mueble del recibidor. El miedo que le quemaba la garganta, empezaba a mezclarse con la rabia. El animal herido que llevaba dentro comenzaba a despertarse.

—No eres real… —dijo sin sonar muy convincente.

—¿No? ¿Por qué no me abres y lo compruebas?

Entonces las luces parpadearon y volvió la electricidad. Un sonido metálico recorrió la cerradura: clac… clac… clac. Como si alguien pasara las uñas por los engranajes, tanteando el mecanismo.

La mente de Débora revivió lo que había sucedido en su antigua casa cuando él volvía tarde, y borracho la buscaba reclamando lo que él consideraba que ella le debía. Forzándola.

—¿Por qué no me dejas en paz? —logró gritar ella.

—La muerte es mi aliada y me trajo de vuelta para estar contigo.

Entonces la llave giró dos veces y la puerta se abrió. Una ráfaga de aire entró congelando el ambiente y Débora le vio entrar. Su piel estaba macilenta y un golpe de su cabeza dejaba ver parte de su cerebro. Ella no podía apartar sus ojos de aquello.

—No te preocupes por esto —dijo él con sorna. —Ya sabes como soy. Se me olvidó ponerme el cinturón.

—Ya no me importas. Puedes irte al infierno.

—El infierno quiere que te vengas conmigo. Eres mía.

Tras esto último, las baldosas se resquebrajaron y se abrió una entrada al inframundo. Débora sintió el calor que emanaba de ella, como el de un horno, y comenzó a llorar. Él la alzó del suelo sin tan siquiera tocarla, retorciendo los músculos de ella, haciendo crujir  las vértebras para atraerla hacia él.

Entonces Débora le miró fijamente a aquellos ojos vacío, y sin dudar le gritó: 

—¡Nunca más!

Aquello hizo que él soltara un alarido inhumano y se retorciera como si le estuvieran matando por segunda vez.

—¡Imposible! ¡Tú eres mía! ¡Míiiiiiiaaaaa!

Y un instinto que creía no tener, hizo que Débora empujara a su exmarido en aquel momento de debilidad y fuera arrastrado hacia el averno. Entonces, todo se fundió en negro.

La policía encontró a Débora sentada en el suelo, mirando fijamente las baldosas agrietadas. No había nadie más, pero en su puerta había rastro de profundos arañazos. Cuando le preguntaron qué había pasado, ella no respondió.

En el hospital, su hermana la acompañó mientras los médicos la revisaban y por un momento, Claudia creyó ver una extraña mueca en la cara de Débora que le daba el mismo aire siniestro que su excuñado. No. Imposible… ¿O sí?


04/02/2026

Las quintillizas Dionne

1. Las hermanas recién nacidas junto a su madre. 2. Junto al primer ministro provincial Mitchell Hepburn. 3. Las quintillizas en una de sus últimas fotos juntas.  4. Las tres hermanas vivas donde contaron su historia en el libro publicado en 1997.

CONCURSO DE RELATOS 50ª Ed. La vida de los más
excelentes artistas de Giorgio Vasari

El 28 de mayo de 1934, el aire frío del norte de Ontario, más concretamente en Callander, olía a tierra húmeda y a leña quemada. Elzire respiraba con violencia en la humilde cabaña donde sin electricidad ni comodidades, cinco pequeñas vidas se abrían paso. El doctor Allan Roy Dafoe, con manos firmes y voz tranquila, tomó cada pequeño cuerpecito, y los metió en mantas calientes junto a botellas de agua hirviendo. Nadie sabía entonces que estaban ante una hazaña médica, un prodigio e incluso, ante el nacimiento de un fenómeno.
Habían llegado al mundo a los siete meses de gestación y tenían el peso de unos pajarillos, y aún así, sobrevivieron. Ellas eran Emilie, Marie, Anette, Yvonne y Cécile. Las hermanas Dionne.
Poco tiempo después, pasó. Las palabras sonaban bien: protección, seguridad y bienestar. Surgió la Quintuplets’ Guardianship Act, 1935, y los padres vieron cómo les retiraban la custodia mientras alegaban que estaban negociando con un promotor su exhibición en la Exposición Canadiense de aquel año.
Las bebés, siempre bajo la atenta mirada del doctor Dafoe, fueron expuestas como si fueran maravillas en una vitrina. El cristal que se alzó frente a ellas no era un espejo común. Permitía al mundo ver hacia adentro como las niñas jugaban, reían o dormían, pero impedía que las quintillizas miraran hacia fuera. Solo veían el reflejo de sí mismas, como si el mundo no existiera más que en ellas.
Cada día podían pasar por delante del vidrio cuatro mil, cinco mil, hasta seis mil personas, como si contemplaran animales en un recinto, como si su existencia fuera una exhibición más de la Gran Depresión. El parque al que llamaban Quintland se convirtió en la atracción más visitada de Ontario, más concurrida incluso que las cataratas del Niágara.
Un color y un símbolo marcaban lo que era de cada una: rojo con una hoja de arce; verde con un pavo; blanco con un tulipán; azul con un oso; rosa con un pájaro. Los visitantes las señalaban como quien señala a los maniquíes del escaparate. Sin embargo, tras el cristal, ellas no podían ver a nadie del otro lado.
El doctor que había ayudado a traerlas al mundo, ahora hablaba de ellas con cifras, estadísticas y anécdotas para la prensa. Firmaba acuerdo, sonreía en conferencias, salía en fotos junto a las cinco niñas que él había “salvado”. Y mientras la gente compraba postales de sus caras, el dinero rodaba sin impunidad. La provincia se enriqueció a costa del turismo mientras los padres, que vivían a un paso, no obtenían rédito. Ningún ingreso que generaban las niñas fue para ellas; todo se repartía entre el erario público, los negocios y los acuerdos ajenos a la familia Dionne.
Pasaron nueve años y las hermanas ya no eran el espectáculo novedoso de antaño, cuando finalmente regresaron a la casa familiar, la presencia de sus padres les resultaba demasiado extraña, que a su vez, también querían sacar tajada y enriquecerse a costa de sus hijas.
Tiempo después, cuando crecieron y tomaron distancia, contaron lo que nunca nadie había escuchado: que se sintieron criadas en un circo disfrazado de protección, que la fama, las autoridades, e incluso sus padres, les había robado la infancia.
Las Dionne aparecieron en numerosos anuncios, postales e incluso cartas.
Nueve años después de su nacimiento, mediante un juicio entre la Gobernación y los padres, las niñas fueron devueltas a su familia en 1943 y la fundación Dionne les construyó y equipó una casa de veinte habitaciones. El doctor Dafoe murió poco después y los padres, eran ahora quienes las hacían publicitar todo tipo de productos y eventos, hasta que al cumplir los dieciocho años abandonaron el hogar familiar para vivir por sí mismas en el anonimato.

Anuncios en revistas de la época con la imagen de las pequeñas hermanas

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En 1995, las tres hermanas que seguían con vida, tuvieron la fortaleza  para afirmar que su padre había abusado sexualmente de ellas durante la adolescencia.
Émilie Marie Jeanne falleció en agosto de 1954 por la asfixia que le provocó un ataque de epilepsia en el convento donde había tomado los hábitos.
Marie Reina Alma vivió hasta febrero de 1970. Su fallecimiento se debió a un aparente infarto cerebral.
Yvonne Edouilda Marie falleció de cáncer en junio de 2001.
Cécile Marie Emilda vivió hasta julio de 2025, y Annette Lillianne Marie murió en diciembre del mismo año.
Puede ser que no sean unas figuras muy conocidas, pues ellas mismas se encargaron de salirse de aquel zoo mediático que los demás habían tejido a su alrededor, por eso he querido escribir sobre estas niñas de quienes supe a través de la enciclopedia Durvan que mis padres aún conservan en su casa.


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