Mientras muchos se quejaban porque parecían ser invisibles para los demás, ella era todo lo contrario: la diana perfecta para todo tipo de insultos y humillaciones. Nadie se dignaba a defenderla, ni siquiera los profesores. Pero Fani había aprendido que llorar delante de la gente no servía para nada, ya que en casa, la situación no era mejor. Su tía Lidia, la única familia que tenía, la consideraba una carga inmunda, reprochándole en cuanto podía, la muerte de sus propios padres.
En el instituto los insultos resonaban en el recreo.
—¡Burra!
—¡Mema!
—¡Inútil!
—¡Fea!
—¡Desgraciada!
—¡Dejadme en paz de una vez! ¡Juro que os arrepentiréis un día de esto! —Bramó Fani.
—¿Y qué vas a hacer, payasa? Eso es lo que eres, la bufona sin padres a la que nadie quiere —dijo Candy, la cabecilla de las acosadoras.
Fani agachó la cabeza y se fue a una esquina. Tampoco lloró aquella vez, pero la rabia que llenaba gota a gota su paciencia, estaba a punto de rebosar.
A los trece años, la vida suele ser complicada por el loco cóctel de las hormonas adolescentes. Para Fani era mucho peor que para cualquiera.
Aquella misma tarde de finales de octubre, la llegada de un circo lleno de color y fanfarria atrajo su atención. Sus pies dejaron de arrastrarse mientras se dirigía a casa, y corrieron para detenerse a ver la carpa de colores y las caravanas de los artistas.
Sin saber cómo, sus pies la llevaron a encontrarse con un payaso de rostro blanco, sonrisa enorme y unos ojos extrañamente tristes.
—¡Hola, Fani! Has venido a verme para solucionar tus problemillas, ¿verdad? Te estaba esperando.
—¡Hola! ¿Pero cómo sabes mi nombre?
—¡Ay, niña! Yo sé muchas cosas. Pero, perdón —carraspeó el payaso—, mi nombre es Saddest Sadist. Pero tú puedes llamarme Sasa.
Fani le contó todo con pelos y señales. No podía entenderlo, pero sus palabras le salían a borbotones frente a Sasa. Él parecía escucharla genuinamente y por primera vez sentía que a alguien le importaba lo que tenía que decir.
—¿Quieres que todos dejen de hacerte daño? Yo puedo hacer que nunca te vuelvan a menospreciar.
—Sí —contestó Fani con rotundidad.
—Entonces toma esto —dijo el payaso ofreciédole un pequeño frasco de color rojo.
—¿Qué es?
—Algo que te cambiará para siempre. Ve a casa y bébetelo mañana antes de ir al instituto.
A la mañana siguiente, Fani se despertó con los gritos de su tía, como siempre.
—¡Baja de una vez, pedazo de vaga!
La verdad es que no sabía la finalidad de su vida. No podía creer que el dios a quien le hacían rezar, quisiera haberla puesto en el mundo para tener aquella miserable vida. Así que sin nada que perder, se bebió el frasco que Sasa le había dado. Después de todo, no era un sueño lo que había vivido el día anterior.
En cuestión de segundos, su cuerpo se volvió más ágil y fuerte, su piel adquirió una palidez antinatural y apareció una sonrisa roja e imborrable. Al mirarse al espejo, su rostro estaba pintado aunque no se hubiera maquillado. Y al coger su mochila, pesaba más que el día anterior, y al abrirla encontró un gran hacha.
Tras vestirse con lo más colorido de su armario, y con un sentimiento desconocido, bajó las escaleras golpeando cada peldaño arrastrando el hacha.
—¿Qué demonios haces? —gritó su tía al verla aparecer.
Fani no respondió, y cuando su tía abrió la boca para seguir insultándola, las palabras murieron en su garganta. No era solo que su sobrina se hubiera disfrazado de payaso y llevara un hacha. Es que había algo en los ojos de la niña que la obligó a retroceder un paso.
—Deja eso ahora mismo.
Fani avanzó despacio.
—¿Por qué? —preguntó con una calma extraña.
—Porque te lo ordeno yo.
La sonrisa de Fani se ensanchó.
—Siempre me ordenas cosas.
La lámpara del techo comenzó a balancearse. Los platos dentro del aparador tintinearon. La tía miró a su alrededor, confundida.
—¿Qué está pasando?
—No lo sé —contestó Fani—. Pero me gusta.
Las paredes crujieron.
De pronto, todas las fotografías del salón cayeron al suelo. Los cristales se hicieron añicos. La mujer gritó y Fani soltó una enorme risotada.
Y entonces ocurrió algo aún más extraño. Cada palabra cruel que su tía le había dicho durante años comenzó a escucharse en la habitación.
"Estorbo."
"Inútil."
"Nadie te quiere."
Las frases surgían de todas partes al mismo tiempo, rebotando entre las paredes. Lidia no lo soportaba y se tapó los oídos.
—¡Haz que pare!
—Con mucho gusto, tía.
Su tía cayó de rodillas, llorando. Fani observó la escena y sin pena alguna, levantó el hacha, y la cabeza de la mujer salió rodando dejando un reguero de sangre en el suelo de la cocina.
Ahora debía ir al instituto, debía darse prisa porque su tía la había hecho perder bastante tiempo.
Cuando terminara con sus quehaceres, su futuro estaría en aquel circo, donde sabía que Sasa la estaba esperando, y ella se cambiaría el nombre por el de Fain: Fatal Insane.










