04/02/2026

Las quintillizas Dionne

1. Las hermanas recién nacidas junto a su madre. 2. Junto al primer ministro provincial Mitchell Hepburn. 3. Las quintillizas en una de sus últimas fotos juntas.  4. Las tres hermanas vivas donde contaron su historia en el libro publicado en 1997.

CONCURSO DE RELATOS 50ª Ed. La vida de los más
excelentes artistas de Giorgio Vasari

Blog: El Tintero de Oro

El 28 de mayo de 1934, el aire frío del norte de Ontario, más concretamente en Callander, olía a tierra húmeda y a leña quemada. Elzire respiraba con violencia en la humilde cabaña donde sin electricidad ni comodidades, cinco pequeñas vidas se abrían paso. El doctor Allan Roy Dafoe, con manos firmes y voz tranquila, tomó cada pequeño cuerpecito, y los metió en mantas calientes junto a botellas de agua hirviendo. Nadie sabía entonces que estaban ante una hazaña médica, un prodigio e incluso, ante el nacimiento de un fenómeno.
Habían llegado al mundo a los siete meses de gestación y tenían el peso de unos pajarillos, y aún así, sobrevivieron. Ellas eran Emilie, Marie, Anette, Yvonne y Cécile. Las hermanas Dionne.
Poco tiempo después, pasó. Las palabras sonaban bien: protección, seguridad y bienestar. Surgió la Quintuplets’ Guardianship Act, 1935, y los padres vieron cómo les retiraban la custodia mientras alegaban que estaban negociando con un promotor su exhibición en la Exposición Canadiense de aquel año.
Las bebés, siempre bajo la atenta mirada del doctor Dafoe, fueron expuestas como si fueran maravillas en una vitrina. El cristal que se alzó frente a ellas no era un espejo común. Permitía al mundo ver hacia adentro como las niñas jugaban, reían o dormían, pero impedía que las quintillizas miraran hacia fuera. Solo veían el reflejo de sí mismas, como si el mundo no existiera más que en ellas.
Cada día podían pasar por delante del vidrio cuatro mil, cinco mil, hasta seis mil personas, como si contemplaran animales en un recinto, como si su existencia fuera una exhibición más de la Gran Depresión. El parque al que llamaban Quintland se convirtió en la atracción más visitada de Ontario, más concurrida incluso que las cataratas del Niágara.
Un color y un símbolo marcaban lo que era de cada una: rojo con una hoja de arce; verde con un pavo; blanco con un tulipán; azul con un oso; rosa con un pájaro. Los visitantes las señalaban como quien señala a los maniquíes del escaparate. Sin embargo, tras el cristal, ellas no podían ver a nadie del otro lado.
El doctor que había ayudado a traerlas al mundo, ahora hablaba de ellas con cifras, estadísticas y anécdotas para la prensa. Firmaba acuerdo, sonreía en conferencias, salía en fotos junto a las cinco niñas que él había “salvado”. Y mientras la gente compraba postales de sus caras, el dinero rodaba sin impunidad. La provincia se enriqueció a costa del turismo mientras los padres, que vivían a un paso, no obtenían rédito. Ningún ingreso que generaban las niñas fue para ellas; todo se repartía entre el erario público, los negocios y los acuerdos ajenos a la familia Dionne.
Pasaron nueve años y las hermanas ya no eran el espectáculo novedoso de antaño, cuando finalmente regresaron a la casa familiar, la presencia de sus padres les resultaba demasiado extraña, que a su vez, también querían sacar tajada y enriquecerse a costa de sus hijas.
Tiempo después, cuando crecieron y tomaron distancia, contaron lo que nunca nadie había escuchado: que se sintieron criadas en un circo disfrazado de protección, que la fama, las autoridades, e incluso sus padres, les había robado la infancia.
Las Dionne aparecieron en numerosos anuncios, postales e incluso cartas.
Nueve años después de su nacimiento, mediante un juicio entre la Gobernación y los padres, las niñas fueron devueltas a su familia en 1943 y la fundación Dionne les construyó y equipó una casa de veinte habitaciones. El doctor Dafoe murió poco después y los padres, eran ahora quienes las hacían publicitar todo tipo de productos y eventos, hasta que al cumplir los dieciocho años abandonaron el hogar familiar para vivir por sí mismas en el anonimato.


Anuncios en revistas de la época con la imagen de las pequeñas hermanas

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En 1995, las tres hermanas que seguían con vida, tuvieron la fortaleza  para afirmar que su padre había abusado sexualmente de ellas durante la adolescencia.
Émilie Marie Jeanne falleció en agosto de 1954 por la asfixia que le provocó un ataque de epilepsia en el convento donde había tomado los hábitos.
Marie Reina Alma vivió hasta febrero de 1970. Su fallecimiento se debió a un aparente infarto cerebral.
Yvonne Edouilda Marie falleció de cáncer en junio de 2001.
Cécile Marie Emilda vivió hasta julio de 2025, y Annette Lillianne Marie murió en diciembre del mismo año.
Puede ser que no sean unas figuras muy conocidas, pues ellas mismas se encargaron de salirse de aquel zoo mediático que los demás habían tejido a su alrededor, por eso he querido escribir sobre estas niñas de quienes supe a través de la enciclopedia Durvan que mis padres aún conservan en su casa.


770 palabras

01/02/2026

Reto incómodo: Alltid. Siempre

Quiero empezar febrero con este el: RETO DE ESCRITURA INCÓMODA (Siete días, siete giros. No puedes reescribir...) que puede encontrarse AQUÍ. Me ha parecido una muy buena idea con la que poder sacudirse el bloqueo del que adolecemos quienes escribimos, y no pasa nada aunque la fecha del reto haya caducado, ya que las premisas siguen vigentes en este lugar llamado HISTORIAS DONDE VIVO.
Estas son las consignas para los siete días del reto:

  1. Inicio: Cuando Helena entró en el salón, él ya estaba allí, oculto entre las sombras, preparado para hacer lo que debía... (Escena 1)
  2. Consigna 1: Escribirás la segunda escena en la que deberás incluir un personaje temido por ambos. Se trata de una figura inestable. (Escena 2)
  3. Consigna 2: Deberás incluir un objeto que desvele un secreto. Una información que solo uno de los personajes conocía. (Escena 3)
  4. Consigna 3: Tendrás que incluir una carta cuyo contenido revele una verdad distinta y desconcertante para todos. (Escena 4)
  5. Consigna 4: Uno de los personajes que has creado debe morir (Escena 5)
  6. Consigna 5: Introducirás un elemento simbólico que anticipe lo que está por venir. Realizarás un esfuerzo especial en componer la atmósfera, el espacio psicológico, de manera que resulte inquietante. (Escena 6)
  7. Consigna 6: La escena final deberá comenzar del modo sigueinte: A medianoche, llegó al camposanto provisto/a de picos y palas. Después de cavar durante dos horas, el ataúd quedó a la vista. Cuando descerrajó la tapa descubrió que el cadáver había desaparecido. (Escena 7, FINAL)
Así que aquí va mi reto incómodo...

Reto Incómodo
Historias donde vivo

Cuando Helena entró en el salón, él ya estaba allí, oculto entre las sombras, preparado para hacer lo que debía…
Habían pasado más de tres años, pero el tiempo se había alargado y pegado como un chicle del que no quedaba ni aroma ni sabor. Desde el rincón junto a la librería, Henrik observó cómo Helena dejaba el bolso sobre el zapatero de la entrada, el mismo gesto de siempre, la misma costumbre que tantas veces vio cuando él llegaba desde Suecia para visitar a su novia española.
Helena encendió la calefacción y se dirigió a su dormitorio y Henrik respiró despacio desde su escondite. El salón olía a algo dulce, sutil, probablemente la vela con aroma a vainilla apagada a medias… Él contuvo el impulso de pronunciar su nombre. Había ensayado ese momento durante meses, convenciéndose de que no era un intruso, de que aquel espacio seguía perteneciéndole de algún modo. No había venido a suplicar, pero tampoco a marcharse con las manos vacías.
La mujer se cambió de ropa sin advertir la presencia de Henrik. Con su pijama y sus pantuflas cenaría algo ligero, se pondría al día con sus redes sociales y vería en su televisor el último vídeo de su youtuber favorita. Ella no tenía ni idea que él lo había estado vigilando durante todo este tiempo: las entradas nuevas con sus relatos en el blog, los silencios prolongados, la manera en que evitaba ciertos lugares. Nada de eso era casual.
Henrik apretó los dedos alrededor del objeto que llevaba en el bolsillo de su chaqueta. No aún. Todavía no. Primero necesitaba verla de cerca y confirmar que seguía siendo ella… y que aún no sabía hasta qué punto él nunca la había olvidado. Ni querido hacerlo.
Cuando Helena encendió la lámpara del salón, la luz avanzó y la sombra de Henrik se tensó contra la pared. Ya no había vuelta atrás.

**************
Helena se detuvo en mitad del recibidor. De pronto, se dio cuenta de que algo había cambiado. Su cuerpo se lo hizo saber con una corriente fría subiéndole por la espalda. Fue entonces cuando la escuchó.
—Llegas tarde —dijo Nadia.
La voz no venía del salón ni del dormitorio, tampoco de ningún otro lugar de la casa o fuera de ella, sino que estaba instalada en ella, y de vez en cuando la incomodaba.
—No empieces —murmuró Helena.
Desde su escondite, Henrik se tensó. No entendía las palabras, pero reconoció el gesto: la forma en que Helena ladeaba la cabeza cuando se sentía acorralada, esa manera de quedarse quieta, escuchando algo que no estaba allí. Lo había visto antes. Pero aún así la amaba y quería estar con ella para siempre.
—Sabes que él no es bueno para ti—continuó Nadia—. Sabes que no debería saber tanto.
—No hay nadie —dijo en voz baja, como si necesitara convencerse—. Estoy cansada, eso es todo.
—Eso decías la última vez. Y la anterior.
Henrik tragó saliva. Helena dialogaba con alguien que solo ella podía escuchar, y ese diálogo era lo único que él no podía controlar.
—Te vigila —dijo Nadia—. Porque no soporta que sigas adelante.
Helena miró hacia las sombras del salón sin fijar la vista en nada concreto. Henrik sintió, sin saberlo muy bien cómo, que había sido señalado aunque nadie pudiera verlo.
—No es real —susurró Helena algo enfada.
—Yo tampoco lo era, y mírame ahora.
El silencio se espesó y Helena fue al fin a prepararse un pequeño bocadillo con lechuga, pollo y mayonesa. Henrik notó que su respiración se había vuelto irregular.
Nadia no hablaba siempre, y Helena no podía negar que solo lo hacía cuando el peligro se acercaba demasiado.

**************
Un pegote de mayonesa manchó la camiseta de Helena mientras cenaba, y después de dejar el plato vació en la cocina, se dirigió a su cuarto para coger una limpia del cajón. Se decidió por la rosa, y al agarrarla, vio aquel aparato de plástico en blanco y negro. Sencilla y manual. La que Henrik utilizaba abriendo, colocando el filtro, deslizando el tabaco y volviéndola a cerrar. Él se la había dejado allí a propósito porque en su testarudez, creía que volvería a pisar la casa de Helena. Pero no fue así porque ella rompió la relación cuando él no estaba cerca, ya que le aterraba tener que hacerlo cara a cara.
Ella no sabía porqué no se había deshecho de aquel artilugio. No tenía necesidad porque jamás había fumado. Cogió la maquinita y el mecanismo cedió sin resistencia. No había restos secos en las ranuras, ni ese tacto pegajoso que dejaba el tabaco cuando pasaba el tiempo.
—Nadie la usa y no debería estar aquí—dijo Nadia.
Helena frunció el ceño y se dispuso a devolverlo al cajón y entonces lo notó: algo rectangular y de cartón. Era una pequeña etiqueta que no había visto en la vida. En ella había escrito a mano el año 2015 y una palabra en sueco.
Alltid.
Siempre.
Helena cerró el cajón de golpe, retumbando más de lo esperado. No recordaba que aquello estuviera ahí cada vez que metía o sacaba cualquier prenda de aquel lugar de la cómoda. Sus manos temblaban. Alguien lo había metido en su cajón porque juraría que en el cambio de armario, dos meses atrás, aquella etiqueta no estaba.

**************
Después de tomar una valeriana para relajarse y poder, pese a las circunstancias, dormir algo aquella noche, Helena se dispuso a reposar su cabeza sobre la almohada.
Nada más hacer contacto su oreja con la tela notó algo extraño. Extrañada, metió la mano entre el cojín y la funda. Era un sobre en blanco y cerrado. Dentro había una carta…
Nadia no dijo nada. Pareciera que ella sí había podido iniciar el sueño. Así que Helena sí estaba bien sola para leer aquella fría misiva escrita en inglés. Solo con Henrik hablaba en aquel idioma.

“Helena: 

Sabes que no quiero hacerte daño porque si quisiera, ya lo habría hecho hace tiempo. 

Escribo esto porque te sigo queriendo, y porque nunca fuiste clara conmigo. Decías que te dejara en paz, pero nunca dijiste que no volviera… Decías que necesitabas tu tiempo y tu espacio, pero no cerraste la puerta. 

Yo siempre te escuchaba cuando hablabas, pero tú nunca parecías tener tiempo para escucharme a mí. Sé que hice algunas cosas mal, pero tienes que saber que tú tampoco actuaste correctamente. 

No te seguí ni te busqué. Solo miré desde donde aún me dejabas mirar. Me asomaba siempre a ver qué nueva cosa habías escrito en tu blog de relatos. Era la manera de creer que aún estaba cerca de ti. Si hubiera sabido que para ti el silencio significaba desaparecer, lo habría hecho. Pero tú sabes tan bien como yo que no fue así. 

Te amo todavía después de tanto tiempo. Nada hará cambiar lo que siento por ti, bien sabes que eres la mujer de mi vida, y siempre serás mi señorita.

Henrik."

**************
Helena había vuelto a la cocina a por agua mientras todo le daba vueltas por la ansiedad cuando escuchó un ruido sordo. Un golpe seco. Se detuvo. Todo estaba en silencio absoluto mientras su corazón latía desbocado, pero no podía respirar.
El salón estaba vacío, en apariencia. Se acercó con cautela siguiendo el eco del golpe y entonces lo vio: Henrik yacía inmóvil junto a la mesa de centro. La sien apoyada contra la punta de la mesa de Ikea que él mismo había montado. Un accidente absurdo, fruto de su torpeza de una alfombra mal colocada.
Ella cerró los ojos un instante porque todo era una locura. El terror se mezclaba en su interior con el alivio y la incredulidad. La amenaza se había extinguido por caprichosa suerte, como si el destino hubiera decidido que ya era suficiente.
Nadia permaneció callada porque ya no necesitaba hablar. El peligro había terminado y no tenía que decirle a Helena su temido: “lo sabía”. Y Helena, por primera vez en mucho tiempo, pudo sentir que volvía a tener de nuevo el control.

**************
Helena lo miró por última vez sin acercarse demasiado. Lo mejor que podía hacer con él era dejarlo allí sin que se le ocurriera tocarlo.
—Siempre la estás liando —dijo en voz baja, con una mueca amarga—. Hasta cuando te mueres.
Dio media vuelta y salió del comedor cerrando la puerta con cuidado. El clic de la cerradura resonó en el pasillo. Durante un instante se quedó apoyada en la madera, con los ojos cerrados y respirando hondo. Después llamó por teléfono.
Explicó lo sucedido sin adornos, con una voz que no parecía la suya. Contestó a todas las preguntas que le hicieron, sin gritos ni lágrimas, solo cansancio. Más tarde vendrían más preguntas, más personas y miradas ajenas recorriendo su casa. En la autopsia no hallaron signos de violencia y nadie podía decir que ella había intervenido porque todo apuntaba a un accidente absurdo.
Cuando por fin se quedó sola de nuevo, Helena se dio cuenta de un detalle que la puso nerviosa. La lámpara del salón estaba encendida, pero estaba segura de no haberla prendido. Aún era de día cuando se había metido en la ducha. Sin embargo, una franja de luz se filtraba por debajo de la puerta cerrada del comedor. Aquello la aterrorizó tanto que Helena la apagó de golpe, desenchufándola de la pared.
Esa noche durmió fatal, con la sensación persistente de que algo seguía en su casa, aunque ya no quedara nadie.
—Creo que él no se ha ido del todo —dijo la voz de Nadia  tras días de ausencia.

**************
A medianoche, llegó al camposanto provista de picos y palas. Después de cavar durante dos horas, el ataúd quedó a la vista. Cuando descerrajó la tapa descubrió que el cadáver había desaparecido.
Helena se quedó mirando el interior vacío aún sin saber si debía estar sorprendida o no. No había rastro de Henrik. Ni ropa, ni huesos. Nada.
—Te dije que no bastaba con que muriera —susurró Nadia, muy cerca, tan dentro que Helena no supo si la voz le rozaba el oído o el pensamiento—. Nunca fue suficiente.
Helena soltó el pico y se dejó caer de rodillas bajo la lluvia. El olor a tierra mojada le perforó las fosas nasales. Sin el cuerpo de él, ella solo tenía una certeza amarga: la misma sensación que había tenido al ver la luz encendida bajo la puerta cerrada del comedor.
—Entonces… ¿qué fue lo que enterraron? —preguntó Helena en voz baja.
Nadia no respondió de inmediato. El viento movió las ramas de los cipreses, y por un instante Helena pensó que aquello era todo, que había llegado demasiado lejos. Pero la voz volvió, paciente.
—Lo que él quería que vieran.
Helena se levantó y dio un paso atrás. Comprendió que no había venido a comprobar si el cuerpo estaba allí, sino a confirmar algo mucho peor: que la ausencia podía ocupar más espacio que cualquier presencia. Que algunas cosas no se marchan porque nunca estuvieron del todo fuera.
Volvió a cerrar el ataúd vacío.
—Ahora ya lo sabes —dijo Nadia—. Y saberlo también es una forma de control.
Helena empezó a cubrir la tumba con tierra porque dejar las cosas abiertas siempre había sido el verdadero problema. Cuando terminó, se quedó un momento de pie, respirando el petricor en la madrugada. Nadia guardó silencio. No hacía falta decir nada más.
Al alejarse del camposanto, Helena no miró atrás, no porque no tuviera miedo, sino porque había aprendido a reconocerlo cuando susurraba.

19/01/2026

28 años después: El templo de los huesos


En junio del año pasado fui a ver la película 28 años después, cuando se estrenó y ya se sabía que la cuarta película de este universo de infectados, que no zombis, se iba a estrenar en enero de este año.
Ayer fui a verla.
Esta parte que enlaza con la del año anterior, está dirigida por Nia DaCosta y de nuevo con guión de Alex Garland.

Sinopsis principal

El Dr. Kelson (Ralph Fiennes) se ve envuelto en una nueva y sorprendente relación, cuyas consecuencias podrían cambiar el mundo tal y como lo conocen, y el encuentro de Spike (Alfie Williams) con Jimmy Crystal (Jack O'Connell) se convierte en una pesadilla de la que no puede escapar. En el mundo de The Bone Temple, los infectados ya no son la mayor amenaza para la supervivencia: la inhumanidad de los supervivientes puede ser aún más extraña y aterradora.



Opinión

Voy a empezar diciendo que Ralph Fiennes hace una actuación que es para llevarse el Oscar. Me quito el sombrero en cómo su personaje manejó de la mejor manera que pudo, la locura de vida post-apocalíptica que le tocó por suerte. También me ha parecido bien llevada la relación con el infectado Alfa Sansón (Chi Lewis-Parris).
Por otra parte, creo que el chico Alfie Williams en esta parte está desaprovechado, e incluso añadiría, que estorba en la trama. Sí, ya sé que es un crío; pero es que como si fuera un niño diferente al de la anterior película.
Notables la locura y la maldad de Jimmy Crystal (Jack O'Connell), y el poder de lograr discenir, echando a un lado el lavado de cerebro de Jimmy Ink, de la actriz Erin Kellyman.

No destripo nada si digo que hasta el final no llega la ansiada, para muchos, aparición de Cillian Murphy, dejando un final abierto que nos deja con ganas de más.

Aunque oficialmente no ha sido anunciada una continuación por el estudio Sony Pictures Enterteinment, Deadline informó en diciembre de 2025 que se está trabajando en otra secuela. Según Deadline, Murphy, quien fue productor ejecutivo de estas dos últimas películas, está en conversaciones con la SPE para unirse a la secuela, que aún no tiene título.
Además, Alex Garland, guionista de todas la películas de la saga, está escribiendo el guion, según informa Deadline. Asimismo, Danny Boyle, director y productor de la franquicia, ha declarado previamente que sería él quien dirigiera esta nueva entrega, si se realiza, según informó The Hollywood Reporter el pasado diciembre.

Merece la pena verla si te gustó la anterior. Personalmente esta me ha gustado mucho más que la anterior, pero eso va por gustos. En parte es por el papelzao que se marca Fiennes. Todo sea dicho.
Por cierto, vi gente comprando entradas para la misma sesión a la que fui que no había visto 28 años después... y lamento decir que si no la vieron, muchas cosas de las que salen en esta película no las habrán entendido del todo.

15/01/2026

Batas blancas

Relato presentado al III Concurso de microrrelatos
200 pulsaciones de Roche Farma


Ahora ya no temía a las batas blancas. Montse y su cantarina voz, Gabriel y su sonrisa tranquila, Blanca y su gracejo gaditano, e incluso Rosa con su seriedad, habían fomentado que la pequeña Valeria se sintiera segura.

Valeria aprendió a medir sus miedos tan bien que a veces, con sus pequeñas travesuras hacía que los adultos se rieran mientras ella recuperaba un poco de control sobre el mundo que le parecía tan grande y extraño.

Y llegó un día en que el sol brillaba con fuerza y coloreaba la habitación de tonos dorados, en el que Valeria le guiñó un ojo a Gabriel: “¿Sabes que hoy me dijeron que no necesito más quimios?” Y él, sin perder su calma, asintió. En ese instante, entre palabras y cuidados, la bata blanca no era una amenaza, sino un gran refugio. A punto de dejar los nueve años, Valeria podría  soplar las diez velas en su casa, rodeada de toda su familia, y con una tarta que tuviera el bonito dibujo de un unicornio azul.

04/01/2026

Un náufrago en una isla

 

Relato presentado al X Premio de Relato Breve La Gran Ilusión
De Cines Renoir


Damien llevaba cuatro meses varado en aquella isla perdida del Océano Índico, cuando el avión donde viajaba de Perth a Roma se estrelló en el mar. No podía creer que hubiera sobrevivido a aquel terrible accidente donde ninguno de los otros diecinueve pasajeros y sus seis tripulantes lo había hecho. Él no tenía un balón como Tom Hanks en “Náufrago”, pero llegó un momento en el que le hablaba a los cangrejos que iba a comerse un poco después, y hasta se hizo amigo de un coco al que le pintó una carita sonriente con las ascuas de la hoguera. Lo llamó Cocolette. Al principio era nada más que una broma desesperada para no volverse loco, pero con el tiempo, Damien empezó a confiarle sus pensamientos, sus temores y hasta sus plantes. Así no se sentía tan solo, aunque fuera una ilusión.

La isla tenía apenas tres kilómetros de largo por uno y medio de ancho, un frondoso bosque en el medio y una playa de arena blanca rodeada de acantilados bajos. Por suerte para él no había grandes depredadores, pero sí tormentas traicioneras, un sol implacable y una humedad que le amargaba las noches. Ahora su piel estaba bronceada a la fuerza y se escamaba, y él que siempre iba afeitado, tenía bigote y una barba como un matorral oscuro. Su pelo también había crecido y su cuerpo había adelgazado tanto, que se le notaban casi todos los huesos.

Cada mañana, Damien subía al punto más alto de la isla con la esperanza de ver pasar un barco o un avión. Aunque aún no había tenido suerte, nunca dejaba de mirar. Se había construido un refugio con ramas y hojas de palma, y gracias a un mechero que milagrosamente seguía funcionando, podía hacer fuego. Ya había aprendido a pescar, a coger y partir cocos y a no comer algo que no le diera confianza. Su vida en la isla era siempre igual, hasta que una noche, en medio de una tormenta eléctrica, todo cambió.

El viento rugía con tal fuerza que sacudía la choza como si de papel se tratara. Cocolette cayó de su rincón habitual, rodó hasta la entrada y chocó contra una piedra. Damien, temblando por el frío y la lluvia, se lanzó a por el coco como si fuera un tesoro. Y entonces lo vio. Un barco en el horizonte.

Damien corrió descalzo por la arena mojada, gritando a pleno pulmón y agitando los brazos como un loco. Tropezó y cayó varias veces, pero seguía adelante, siempre sin dejar de sostener a Cocolette.

Y entonces, desde detrás de una cortina de lluvia, una figura humana apareció en la cubierta de aquel barco que se acercaba a su isla. Damien dejó de correr. La embarcación se acercaba demasiado deprisa, como si no tuviera intención de aminorar o atracar.

Todo pasó muy rápido. Un crujido. Un chirrido de metal desgarrándose, seguido de un brutal golpe seco. Aunque Damien se había alejado de la playa y acuclillado en su choza tapándose la cabeza por instinto, el corazón le latía en los oídos. Cuando todo paró, vio iluminada por la luna la enorme silueta del barco, escorado peligrosamente sobre un costado. ¿Dónde estaría el hombre que creyó ver antes?

Damien cogió su palo afilado como lanza improvisada y descendió por la orilla, con los pies hundiéndose en la arena mojada. A medida que se acercaba, el hedor lo golpeó. Olor a carne, podredumbre y descomposición. El nombre del barco aún podía leerse bajo la pintura desconchada : ”Ocean Queen”. Damien tragó saliva. Le sonaba el nombre porque era uno de los barcos turísticos que partían como él, de Perth.

Entonces, la figura que había visto se lanzó por la borda y cayó pesadamente al suelo, de una forma que ningún ser humano debería caer. Damien retrocedió al ver que la figura se alzaba con lentitud mientras sus huesos crujían. Una parte del rostro le colgaba, como un velo arrancado, dejando ver parte de su mandíbula y dientes. Damien se quedó quieto como una roca, con el palo temblando en sus manos.

Detrás de esa figura, otras más comenzaron a caer. Docenas. Cuerpos ennegrecidos por la sal y la putrefacción. Algunos llevaban los uniformes de la tripulación, o camareros. Otros, simples pasajeros. Todos llevaban su ropa cubierta por sangre seca. Una mujer arrastraba una pierna rota; un niño sin mandíbula abría y cerraba la garganta como si intentara hablar.

Damien dio un paso atrás y comprendió que el mundo había cambiado. Mientras él hablaba con un coco y pescaba cangrejos esperando ayuda, el mundo se había ido al carajo.

—No... —susurró—. No puede ser…

Los zombis olieron su aliento. Gimieron al verle y fueron a por él. Damien echó a correr selva adentro, dejando atrás la playa y a Cocolette mientras en los más profundo de su pecho, algo se rompía. Ya no estaba solo… y ojalá lo hubiera seguido estando. Sabía que no aguantaría demasiado hasta que esas criaturas lo devoraran o lo convirtieran en uno de ellos. Vaya mal final para Damien que de pasar a ser como el protagonista de “Náufrago" pasó a vivir su particular “Noche de los muertos vivientes”.

02/01/2026

La Ceni

 
Microrreto: Intertextualidad,
un laberinto de historias

La nueva canción de Aitana sonaba en los auriculares de una graciosa chica de moño rubio.

…Yo le digo de dónde tú has salido... —canturreaba—, él me dice que quiere estar conmigo. Yo le digo que no es fácil enamorarse de una superestrella…

—¡Oye, Ceni! ¡Mira qué encontré!

¿QUÉ?

—Quítate eso dijo el príncipe señalándose una oreja.

A ver, rapidito que tengo cosas que hacer, Prince.

No te enfades, Ceni o te parecerás a Anastasia y Drizella.

Ya quisieran esas mamarrachas. ¿Qué quieres?

—Al fin encontré este bonito zapato.

Vaya mala pata… Nunca mejor dicho. Yo que me quería deshacer de él por su incomodidad contestó ella resoplando—.

—Mira, Cenicienta. Siempre ha sido así pero... ¿qué pasaría si te faltase de verdad uno de los zapatos de cristal?

—Pues nada, Príncipe. No pasaría nada porque las niñas de ahora van a crecer empoderadas y no quieren ser princesas. Solo superestrellas —cogió aliento mientras acariciaba a sus ratones y prosiguió—. Si se quieren calzar tacones, estupendo, y si quieren llevar deportivas, genial.

—Pero… así no es como se supone que funciona el cuento —murmuró él, molesto, bajando el zapato—.

—Y dale…

La puerta del cuarto se abrió y Sira, de quince años, entró con su prima Chloe, de cinco.

—¡Vosotros dos, a vuestros puestos que nos van a leer! gritó la directora de escena. No la líes, Cenicienta. Que nos conocemos.


Mira, Chloe. Este era mi cuento favorito de pequeña. ¿Quieres que te lo lea?
—Síiiii, porfi.

246 palabras

Si os ha gustado, os invito a pasaros por mi relato "Capuchita Roja" ya que saqué de él la inspiración para este. Podéis seguir el siguiente enlace:

31/12/2025

Sin olor a almendras

 
Relato narrado en el Programa de radio Martes de Terror
Navidad de Terror VI ; Volumen 4


Estoy muy emocionada porque el relato que hoy os comparto fue seleccionado por Lux Ferre Audio para su programa Martes de Terror, entrando por primera vez en el podio con un dignísimo tercer puesto. El cuarto episodio del especial Navidad de Terror 6, con las voces de Rebeca G. Briones, Marián Salgado, Nieves G. Briones, Mª Carmen Briones y Toni López. Podéis escuchar el programa completo AQUÍ.

**********

“En 1910 yo ya vivía en esta antigua casa, propiedad de mi familia, los Blumhouse. En Ohio, el frío siempre sube por las escaleras, y un viento helado soplaba aquella Nochebuena mientras la leña crepitaba en la chimenea. En un momento dado, padre anunció que cenaríamos todos juntos.

Juntos… Qué palabra tan cruel cuando uno tiene que cuidarse de quienes se sientan a su lado. Pero la cena de aquella noche parecía perfecta con los cuchillos deslizándose sobre los platos al cortar el solomillo, las copas tintineando y las risas que pretendían ser un poco menos tensas. Falsamente amables.

Padre presidía la mesa con ese aire de busto romano que siempre tuvo. A su lado, la nueva señora Blumhouse —mi madrastra a la fuerza—sonreía mostrando unos dientes tan blancos que daban miedo. Y frente a mí, sus dos hijas, tan delicadas y perfectas, de esas criaturas que parecen nacidas para patear a los demás con la punta de sus botines.

Yo les serví el vino a los cuatro. Todos bebieron menos yo. Aún no tenía la mayoría de edad y me lo tenían totalmente prohibido, entre otras muchas cosas. Aunque eso sí, padre me ordenó por ser la pequeña, ir a la cocina a por una botella especial para aquella noche… Una gota. Dos. Tres. Cuatro. Y otras tantas hasta que me desconté. Cicuta. No hay aroma, no hay color. Solo un beso en la garganta que se confunde con el sabor a uva. Siempre se me dieron bien esas cosas. Elegí cicuta porque el arsénico huele a almendras, y aquí, en el campo, hasta el aire huele a almendras en diciembre.

—Doris, apenas comes. No te olvides de brindar por la familia. ¡Venga! —inquirió mi madrastra —¡Alza tu copa de mosto!
—Por la familia —repetí.

Y bebí mirando directamente a mi copa para no ver a nadie más porque solo yo sabía lo que iba a pasar.

Antes de que el sopor por comer mucho mazapán empezara a instalarse, mi madrastra me exigió que recogiera la mesa. Desde la cocina se escuchaba tocar el piano mientras padre se reía con alguna excentricidad de mi madrastra. Luego llegaron las toses.

La primera en caer fue Calista, de veintiún años recién cumplidos, justo en la edad para poder haber bebido el vino. Su risa siempre me había parecido insoportable y ridícula. Su copa rodó por la alfombra, dejando un rastro violeta. Después, su madre, Abigail… y enseguida la otra hija de veintidós, Claire, tan altiva, con su cuello de cisne que siempre parecía que iba a quebrarse. Padre fue el último. Siempre lo es con su afán de hacer ver quién manda. Hasta morir. Cuánta prisa se había dado en reemplazar a madre. Ni un año hacía desde que nos dejara a causa de una neumonía.

Todo quedó en silencio y yo me quedé muy quieta. Toda una semana planeándolo y, ahora no sabía qué hacer. El fuego chisporroteaba con furia y por un instante, todo fue perfecto. Pero la perfección es un lujo que nunca dura demasiado, y el viento entrando por la ventana mal cerrada de la cocina me sacó de mi ensoñación. Por suerte, no se rompió ninguno de los cristales.

A la mañana siguiente, el doctor Muriel dijo que había sido una desgracia. Podía haber sido la comida, el vino, quizás algo en mal estado. El párroco habló de la penitencia y del misterio de la Navidad. Y el juez vino hasta en tres ocasiones a preguntarme si noté algo extraño.

—¿No notó usted algo inusual, señorita Blumhouse? —me preguntó el juez por enésima vez.
—Solo el silencio, señor. El silencio justo después de medianoche —dije con mi cara más inocente.

La verdad es que no hallaron pruebas. Ni veneno, ni manchas, ni nada que los ojos puedan ver… El frasco lo arrojé al pozo, junto con mis guantes. Lo hice bien, pues a nadie se le ocurrió ir allí a inspeccionar. Para la policía de entonces era muy fácil creer a una bella joven de buena familia.
Tres días más tarde, después de los funerales, todos se marcharon y la casa quedó mía para siempre. Yo era legalmente poseedora de todo lo que contenía, aparte de la fortuna de padre. Solo tenía que esperar ocho meses hasta cumplir los veintiuno para hacer lo que yo quisiera con mi herencia. Al fin alcanzaría la mayoría de edad.

Desde entonces, durante cincuenta años, cada Nochebuena pongo cinco copas sobre la mesa y sirvo vino en cuatro de ellas. Yo me he mantenido fiel a mi mosto. Dicen que el veneno se hereda. Quizá sea cierto que llevo esa clase de veneno en la sangre. He sabido sacarle partido a la vida, hacer negocios, y casarme varias veces. Por desgracia, ninguno de mis tres maridos, vivió lo suficiente para llegar a pasar más de una Navidad conmigo tras beberse su copa de vino. Una pena.

Ahora voy a apagar la chimenea antes de acostarme. Seguro que tu novio te está esperando con un disco de Elvis Presley sonando. No sé si envidio tu juventud, tu melena, tu minifalda o tus botas altas, pero a mis ochenta años mi cuerpo viejo necesita descansar. Así que es mejor que tú hagas lo mismo, Ophelia.”

Y esta es la historia que me contó en 1970 la señora Doris Blumhouse aquella Nochebuena. A la mañana siguiente no se levantó. Me había invitado a su casa porque yo era la joven vecina que había comprado la casa de al lado para reformarla junto a Greg, mi novio. Sinceramente, aún sigo pensando que necesitaba contarle a alguien lo que había hecho en su vida para poder descansar en paz.

29/12/2025

La llave

Relato presentado al certamen de Microrrelatos
100 de 100 De Leonardo Jiménez

Este relato viene a ser una continuación de otro más antiguo y más largo que podéis revisitar AQUÍ, titulado: Trazos de tiza en el suelo.

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Lizzy vive conmigo hasta que Servicios Sociales encuentre acogida. Aunque duerme algo mejor, hoy la encontré en mi estudio con un carrete del caso Stan.
—Él venía aquí —murmuró.
—¿Quién?
—El hombre que mató a mi familia.
—Ese hombre nunca ha estado en mi casa —dije sobresaltada.
—Sí. Te vigila desde la noche anterior a que tú me encontraras —dijo señalando mi mesa.
La llave del armario donde la encontramos apareció junto a mi mejor cámara. Según el informe, se perdió durante la extracción. Yo solo soy la fotógrafa de la escena del crimen… Sentí miedo por primera vez.

04/12/2025

Tilda y el manual para conquistar el universo

CONCURSO DE RELATOS 49ª Ed.
El color de la magia de Terry Pratchett


En el desván de tía Lucinda se podía encontrar de todo, incluso un MANUAL PARA DOMINAR EL UNIVERSO (para niños). O así decía el título.

Tilda lo encontró enterrado bajo un mantel bordado mientras buscaba una caja de disfraces, ya que los necesitaba para hacer una obra de teatro con sus primas.

—¡Vaya! Me lo voy a quedar. —Exclamó la niña.

El libro tenía bonitas ilustraciones a color y decía ser “No apto para menores con exceso de iniciativa”. Y de eso iba bien sobrada la curiosa criatura. El libro olía a polvo y esi hizo estornudar tres veces a Tilda. Lo abrió justo por el tercer capítulo: ”Cómo dar vida temporal a formas simples”. Para hacer aquello necesitaba barro arcano, pero como no tenía, bajó a su habitación con el libro y sin la caja de disfraces, y usó toda la plastilina que pudo encontrar hasta moldear una criatura. Una bola con dos ojos desiguales y cuatro tentáculos blandurrios.

—Te vas a llamar Gluso —aseveró.

La criatura abrió los ojos, se tambaleó, emitió un ruidito como de beso mal dado y luego se estiró.

—¡Buenas tardes, maestra! —exclamó con una voz que parecía salir de un tubo de pompas de jabón—. ¿Cuál es nuestro primer paso para dominar el universo?

—¿Cómo? —dijo Tilda parpadeando muy rápido.

—En este libro está escrito un claro plan de conquista y tú me has creado para que te ayude. ¡Estoy listo para ello! —contestó Gluso hinchándose orgulloso.

La niña pasó a la página siguiente. En letra muy pequeña decía: Las criaturas modeladas tienden a malinterpretar las instrucciones. Mantengan supervisión adulta y una escoba a mano.

Demasiado tarde. Gluso ya estaba moldeando otras criaturas. Cada vez que tocaba un montoncito de plastilina, nacía un nuevo ser. Cuando ya no hubo nada más que moldear, aquellos pequeños monstruitos comenzaron a marchar en formación militar. Parecían como si los muñecos de Tilda hubieran cobrado vida.

—¡A la conquista, mis muchachos! —proclamó Gluso—. Empecemos por esta casa hasta poder con todo el universo.

Las nuevas criaturas empezaron a reorganizar el cuarto infantil, tomar medidas, construir barricadas con bufandas y leotardos y proclamar decretos como “A partir de ahora, todas las moscas deberán registrarse”. Una de las dos que había se aferró a una lámpara e inició una campaña para instaurar “iluminación permanente y absoluta”, lo cual consistía en encender y apagar la luz cada tres segundos.

—Esto no está bien… —murmuró Tilda. —Me la voy a cargar.

Y entonces apareció tía Lucinda por la puerta.

—¿Por qué hay un peluche vivo dentro de mi cafetera? —preguntó con un tono que presagiaba tormenta eléctrica doméstica.

Tilda se quedó inmóvil y Gluso saludó a la tía con uno de sus tentáculos.

—Oh, no. Otra vez no —dijo Lucinda llevándose una mano a la frente.

—¿Otra vez? —repitió Tilda.

—Ese manual lo encontré cuando tenía tu edad —dijo suspirando, como quien recuerda una vergüenza antigua—. Y también fabriqué una criatura que en mi caso, quiso conquistar el gallinero. Y fíjate que consiguió ser un emperador durante dos días.

—¿Y cómo lo paraste?

—Con tiza —respondió señalando un cajón—. El libro tiene una página especial en donde dibujas una puerta y todo vuelve a su lugar… O debería.

Tilda no sabía porque su tía no sonaba muy convincente pero abrió el libro. Sí. En el capítulo trece lo encontró: “Solución de emergencias. Puertas dibujadas y otros trucos de contención”. Pero antes de que pudiera coger la tiza, Gluso se interpuso.

—¡Maestra! No nos traiciones —dijo la criatura dramáticamente—. ¡Tenemos el dominio universal al alcance de la mano! ¡Mire nuestro ejército!

—¿Pero qué vas a conquistar tú, mequetrefe? —le retó Tilda.

—Hoy empezamos por esta casa, pero mañana puede ser toda la calle. El barrio quizá. Y más adelante… ¡El planeta entero!

Lucinda carraspeó.

—Vamos, niña. Dibuja la puerta antes de que esto empeore.

Tilda hizo gala de sus habilidades como dibujante y trazó una puerta perfecta, en arco de medio punto y con un pomo exquisitamente circular, y entonces el libro vibró. La puerta se abrió y una ligera brisa absorbió a las criaturas. Gluso fue el último en desaparecer levantando un tentáculo:

—¡No me olvide, maestra! ¡Volveré cuando el universo esté más desorganizado!

Y la puerta se cerró tras él.

Tía Lucinda se ajustó las gafas y se alisó el delantal.

—Creo que las dos necesitamos unos churros con chocolate bien caliente —dijo—. Aunque antes voy a esconder este libro en un lugar más seguro.

Después ambas se dirigieron a la cocina, sin ver que una bolita de plastilina olvidada, rodaba lentamente bajo el armario de la niña… Se detuvo y abrió uno de sus ojos con expresión traviesa. Porque la conquista del universo nunca empieza a lo grande, sino con una pequeña idea plastilina de colores.


Palabras: 797

18/11/2025

La lista de la compra

Relato narrado en el Programa de radio Martes de Terror
Noche de Terror IX ; Volumen 3


Me complace decir que el relato de hoy fue seleccionado por Lux Ferre Audio para su programa Martes de Terror. El segundo episodio del especial Noche de Terror 9, con las voces de Elena Navarrete, Toni López e Inés Vega. Podéis escuchar el programa completo AQUÍ.

**********

Tras el desayuno, Mateo apuntó magdalenas a la lista. Mientras se ataba las botas, silbó. Afuera, la brisa mecía los olivos, y el canto de los pájaros era más insistente que de costumbre.

—¡Trufa! ¡Vamos, chica, que toca ir al pueblo!

La joven bodeguera ignoró la orden y el hombre frunció el ceño, asomándose al porche. Estaba ella bajo un árbol meneando el rabo alegremente con un pajarillo en la boca.

—¿Otra vez? ¡Por el amor de Dios! —suspiró, saliendo de casa con resignación—. ¿Cuántas veces te he dicho que no se cazan, no se comen, y tampoco se juega con ellos?

La perrita agachó las orejas y soltó al jilguero que quedó sobre la tierra como una nota disonante. Mateo se acercó a ella y le acarició la cabeza.

—Eres muy bestia. ¿Sabes? Una bonita y cabezota.

Entró a la casa a por la lista. Martes. Huevos, leche, tomates y pienso, entre otras cosas. Cerró con llave y subió al coche, y con un par de palmadas en el asiento, Trufa se subió en la parte de atrás.

La carretera estaba desierta. Como casi siempre. Eso le gustaba a Mateo, sin ruido, sin pitidos, sin domingueros. Hasta que en la última curva antes del pueblo, frenó en seco. Había alguien en mitad del asfalto.

Estaba inmóvil en medio de la línea continua, y parecía llevar ropa de trabajo. Vestía chaleco amarillo y pantalones grises, ambos con rayas reflectantes. Tenía la cabeza ladeada, como si se le hubiera desencajado el cuello y los brazos le colgaban con una rigidez rara, como si no recordara del todo que los tenía.

Trufa soltó un gruñido grave, casi inaudible. El pelo del lomo se le erizó como una cresta. Tenía las orejas tensas hacia adelante, el morro cerrado, y los ojos fijos en aquel hombre.

—Tranquila, chica —dijo sin mucha convicción.

Jamás la había visto así ante cualquier extraño.

Miró de nuevo al hombre y bajó despacio, dejando la puerta entreabierta. Se acercó pensando que no parecía haber escuchado el motor del coche, ni su voz. Su cara tenía un tono ceniciento y la mandíbula le colgaba un poco, babosa.

Mateo tragó saliva. Aquel tipo parecía colocado o enfermo. O ambas cosas.

—Jefe, ¿está bien? —preguntó, manteniendo la distancia.

Silencio. Mateo solo dio un paso más.

El hombre alzó la cabeza con un movimiento espasmódico. Sus ojos estaban enrojecidos y vidriosos, con una mirada vacía, como si vida. Entonces abrió la boca y dejó escapar un sonido sordo, como un gemido roto. Y fue cuando, con un crujido apenas audible, se enderezó y dio su primer paso.

Aquel desconocido se acercaba a Mateo con la boca abierta y los brazos estirados. El hombre de campo, que solamente quería hacer la compra, no esperó más. Le plantó ambas manos en el pecho y lo empujó con fuerza. El hombre cayó pesadamente hacia atrás, sin apenas resistencia,  y se oyó un crujido, como el de una rama rota.

—Vamos, no me jodas —murmuró Mateo contrariado—. Encima le habré roto algo.

El hombre no se quejó ni gritó. Ni siquiera se llevó la mano a donde fuera que se hubiera hecho daño. Se quedó un momento tumbado con los ojos clavados en el cielo, y luego intentó ponerse de pie otra vez. Pero parecía una marioneta de hilos. Eso fue lo que le dio más miedo a Mateo. Volvió al coche a toda prisa. Trufa lo recibió con lloros impacientes.

—Ya, bonita, ya. Nos vamos cagando leches.

Metió primera y salió pitando hacia el pueblo. Daría parte a la Guardia Civil. Tal vez era una droga de esas sintéticas que volvían a la gente loca. O alguien fugado del psiquiátrico. No sería la primera vez.

Cuando al fin llegó al pueblo, vio entonces a una mujer corriendo. Llevaba la ropa rota y manchada de tierra y sangre. Al ver el coche, alzó los brazos desesperada y se puso delante de él. El coche frenó.

—¡Ayúdeme! —gimió ella—. ¡No me deje aquí!

Mateo bajó la ventanilla solo un dedo.

—¿Qué pasa? ¿Está herida?

La mujer temblaba y tenía los labios resecos y partidos.

—No me han mordido. Le juro que no me han atacado.

Trufa volvió a gruñir en el asiento trasero, agazapada. Mateo dudó pero abrió la puerta.

—Entre despacio y dígame qué está pasando.

Ella entró de un salto y cerró la puerta a toda prisa. Pasaron algunos segundos callados, solo el sonido del motor y el jadeo de Trufa llenaban el coche.

—Todo empezó el viernes —dijo la mujer al borde del llanto—. En el hospital, incluso en las ambulancias. No sabíamos qué pasaba… personas que morían y resucitaban… y mordían a la gente. Les arrancaban la cara o se comían sus tripas. Y luego, ellos se levantaban a su vez, voraces.

—¿Quiénes?

—Los que morían se levantaban, igual que el primero. Como si no estuvieran muertos del todo.

Mateo tragó saliva. Quería echarla y mandarla a paseo. Pero la imagen del hombre de la carretera le vino a la cabeza. Y pensó que no parecía humano.

—He perdido a mi hermana. Le mordieron el brazo el domingo. Pero no tuve el valor de matarla. Era mi hermana…

Mateo miró por el retrovisor sin responder. Todo parecía tranquilo, pero algo olía mal. No era solo paranoia.

—Yo soy Mateo. ¿Y usted?

—Silvia.

—Vale, Silvia. Vayamos a la Guardia Civil. Ellos deben saber algo.

—No lo entiende, ¿verdad? Incluso los guardias se han convertido. Soy de las pocas que aún queda con vida. Aunque aún no sé por cuánto tiempo.

Silvia empezó a sollozar. Mateo intentaba procesarlo todo. Aquello era demasiado para él, un hombre sencillo y con los pies en la tierra. Un perro empezó a ladrar a lo lejos. Y entonces vio junto al estanco a Pepe, el del bar. Caminaba despacio, arrastrando los pies, con las tripas fuera.

—Bueno, Silvia. Nos vamos.

—¿Adónde?

—A casa. A por mi escopeta. Aún tengo que hacer la compra.