Ella todavía se sobresaltaba por cualquier cosa porque en tres meses, no se había acostumbrado a aquella rutina. Aunque Débora ya no escuchaba aquella risa pegada a su nuca, cuando él le decía que estaba loca y la humillaba insultándola y golpeándola cuando tenía ocasión. Pero al fin había escapado y solo su hermana Claudia conocía su nueva dirección. Un lugar donde creerse a salvo.
Febrero. Martes 13. La noche trajo un viento áspero que se colaba por todas partes. Débora se preparaba una tila cuando notó como si alguien la observara desde la calle. Descorrió la cortina y vio una sombra en la acera, inmóvil, mirando directamente hacia su ventana. El corazón le martilleaba las costillas. “Será un vecino”, se dijo. “Un transeúnte o un borracho. Tranquila.” Pero no se tranquilizó. Cuando ella se apartó de la ventana, la sombra pareció seguirla. Ella respiró hondo y marcó el número de Claudia, pero en ese preciso momento estaba comunicando. Agotada y contrariada, se fue a la cama sin cenar y dejando la tila a medio beber.
A las doce y un minuto del catorce de febrero, un número oculto vibró sobre la mesita de noche. Pero Débora ignoró la llamada.
Después llegó un mensaje: “Sé que estás despierta.”
Un grito se le congeló en la garganta y lo borró sin abrirlo. Pero llegó otro: ”No puedes esconderte de mí.”
Su cerebro quiso hacerla creer que sería alguien que se había equivocado. Que no podía ser él. Pero cada átomo de Débora temblaba y terminó por beberse la tila, ya helada. Entonces alguien golpeó su puerta. Aterrorizada, pudo escuchar unos pasos en el rellano. Después, otro golpe sonó aún más fuerte.
Con más miedo que valor, Débora se asomó a la mirilla. Nadie. Tragó saliva y dio media vuelta. ¿Y si él siempre tuvo razón y estaba loca? Su teléfono volvió a vibrar. Esta vez sí contestó.
—¿Diga? —dijo temblando.
—Abre. Hablemos.
La voz de él sonaba más ronca y más cruel de lo que imaginaba.
—Débora… ábreme. No hagas que me enfade.
El móvil cayó al suelo como si le quemara en la mano. Y entonces, el nombre de CLAUDIA apareció en la pantalla.
—¿Clau…?
—Débora, escucha —dice su hermana con urgencia. Tu exmarido ha muerto hace tres horas en un accidente de coche. Me llamaron del hospital porque no tenían tu nuevo número.
—¿Cómo? ¡Pero si él acaba de llamarme para que le abra la puerta!
—Eso es imposible, Débora —suspira—. Como no tenía familia, he ido yo misma a certificar que el fallecido era él. No he querido llamarte hasta estar segura. Y créeme que lo estoy.
Un golpe más fuerte que los anteriores rompe la noche y Débora ahoga un sollozo.
—¿Qué ha sido eso? —pregunta Claudia.
—Él está aquí. Quiere entrar.
—Vale. No abras. Ahora voy.
Tras la llamada, retumbó otro golpe y luego la voz de él al otro lado de la puerta, como si tuviera los labios apoyados contra la madera:
—Déboraaaa… Ábreme.
—Tú acabas de morir… —balbuceó.
—¿Y qué? ¿Crees que la muerte va a impedirme verte?
Débora se acurrucó en el sofá intentando no escuchar aquella voz y entonces, sonaron tres golpes seguidos y se fue la luz.
—Débora —la llamó él a través de la cerradura—. No me tengas miedo. Soy tu marido…
La voz rió con la risa que ella llevaba grabada como una cicatriz. El viento arremetía cada vez más fuerte contra la casa y Débora retrocedió sin dejar de mirar la puerta hasta chocar con el mueble del recibidor. El miedo que le quemaba la garganta, empezaba a mezclarse con la rabia. El animal herido que llevaba dentro comenzaba a despertarse.
—No eres real… —dijo sin sonar muy convincente.
—¿No? ¿Por qué no me abres y lo compruebas?
Entonces las luces parpadearon y volvió la electricidad. Un sonido metálico recorrió la cerradura: clac… clac… clac. Como si alguien pasara las uñas por los engranajes, tanteando el mecanismo.
La mente de Débora revivió lo que había sucedido en su antigua casa cuando él volvía tarde, y borracho la buscaba reclamando lo que él consideraba que ella le debía. Forzándola.
—¿Por qué no me dejas en paz? —logró gritar ella.
—La muerte es mi aliada y me trajo de vuelta para estar contigo.
Entonces la llave giró dos veces y la puerta se abrió. Una ráfaga de aire entró congelando el ambiente y Débora le vio entrar. Su piel estaba macilenta y un golpe de su cabeza dejaba ver parte de su cerebro. Ella no podía apartar sus ojos de aquello.
—No te preocupes por esto —dijo él con sorna. —Ya sabes como soy. Se me olvidó ponerme el cinturón.
—Ya no me importas. Puedes irte al infierno.
—El infierno quiere que te vengas conmigo. Eres mía.
Tras esto último, las baldosas se resquebrajaron y se abrió una entrada al inframundo. Débora sintió el calor que emanaba de ella, como el de un horno, y comenzó a llorar. Él la alzó del suelo sin tan siquiera tocarla, retorciendo los músculos de ella, haciendo crujir las vértebras para atraerla hacia él.
Entonces Débora le miró fijamente a aquellos ojos vacío, y sin dudar le gritó:
—¡Nunca más!
Aquello hizo que él soltara un alarido inhumano y se retorciera como si le estuvieran matando por segunda vez.
—¡Imposible! ¡Tú eres mía! ¡Míiiiiiiaaaaa!
Y un instinto que creía no tener, hizo que Débora empujara a su exmarido en aquel momento de debilidad y fuera arrastrado hacia el averno. Entonces, todo se fundió en negro.
La policía encontró a Débora sentada en el suelo, mirando fijamente las baldosas agrietadas. No había nadie más, pero en su puerta había rastro de profundos arañazos. Cuando le preguntaron qué había pasado, ella no respondió.
En el hospital, su hermana la acompañó mientras los médicos la revisaban y por un momento, Claudia creyó ver una extraña mueca en la cara de Débora que le daba el mismo aire siniestro que su excuñado. No. Imposible… ¿O sí?












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