Relato presentado al X Premio de Relato Breve La Gran Ilusión
De Cines Renoir
De Cines Renoir
Damien llevaba cuatro meses varado en aquella isla perdida del Océano Índico, cuando el avión donde viajaba de Perth a Roma se estrelló en el mar. No podía creer que hubiera sobrevivido a aquel terrible accidente donde ninguno de los otros diecinueve pasajeros y sus seis tripulantes lo había hecho. Él no tenía un balón como Tom Hanks en “Náufrago”, pero llegó un momento en el que le hablaba a los cangrejos que iba a comerse un poco después, y hasta se hizo amigo de un coco al que le pintó una carita sonriente con las ascuas de la hoguera. Lo llamó Cocolette. Al principio era nada más que una broma desesperada para no volverse loco, pero con el tiempo, Damien empezó a confiarle sus pensamientos, sus temores y hasta sus plantes. Así no se sentía tan solo, aunque fuera una ilusión.
La isla tenía apenas tres kilómetros de largo por uno y medio de ancho, un frondoso bosque en el medio y una playa de arena blanca rodeada de acantilados bajos. Por suerte para él no había grandes depredadores, pero sí tormentas traicioneras, un sol implacable y una humedad que le amargaba las noches. Ahora su piel estaba bronceada a la fuerza y se escamaba, y él que siempre iba afeitado, tenía bigote y una barba como un matorral oscuro. Su pelo también había crecido y su cuerpo había adelgazado tanto, que se le notaban casi todos los huesos.
Cada mañana, Damien subía al punto más alto de la isla con la esperanza de ver pasar un barco o un avión. Aunque aún no había tenido suerte, nunca dejaba de mirar. Se había construido un refugio con ramas y hojas de palma, y gracias a un mechero que milagrosamente seguía funcionando, podía hacer fuego. Ya había aprendido a pescar, a coger y partir cocos y a no comer algo que no le diera confianza. Su vida en la isla era siempre igual, hasta que una noche, en medio de una tormenta eléctrica, todo cambió.
El viento rugía con tal fuerza que sacudía la choza como si de papel se tratara. Cocolette cayó de su rincón habitual, rodó hasta la entrada y chocó contra una piedra. Damien, temblando por el frío y la lluvia, se lanzó a por el coco como si fuera un tesoro. Y entonces lo vio. Un barco en el horizonte.
Damien corrió descalzo por la arena mojada, gritando a pleno pulmón y agitando los brazos como un loco. Tropezó y cayó varias veces, pero seguía adelante, siempre sin dejar de sostener a Cocolette.
Y entonces, desde detrás de una cortina de lluvia, una figura humana apareció en la cubierta de aquel barco que se acercaba a su isla. Damien dejó de correr. La embarcación se acercaba demasiado deprisa, como si no tuviera intención de aminorar o atracar.
Todo pasó muy rápido. Un crujido. Un chirrido de metal desgarrándose, seguido de un brutal golpe seco. Aunque Damien se había alejado de la playa y acuclillado en su choza tapándose la cabeza por instinto, el corazón le latía en los oídos. Cuando todo paró, vio iluminada por la luna la enorme silueta del barco, escorado peligrosamente sobre un costado. ¿Dónde estaría el hombre que creyó ver antes?
Damien cogió su palo afilado como lanza improvisada y descendió por la orilla, con los pies hundiéndose en la arena mojada. A medida que se acercaba, el hedor lo golpeó. Olor a carne, podredumbre y descomposición. El nombre del barco aún podía leerse bajo la pintura desconchada : ”Ocean Queen”. Damien tragó saliva. Le sonaba el nombre porque era uno de los barcos turísticos que partían como él, de Perth.
Entonces, la figura que había visto se lanzó por la borda y cayó pesadamente al suelo, de una forma que ningún ser humano debería caer. Damien retrocedió al ver que la figura se alzaba con lentitud mientras sus huesos crujían. Una parte del rostro le colgaba, como un velo arrancado, dejando ver parte de su mandíbula y dientes. Damien se quedó quieto como una roca, con el palo temblando en sus manos.
Detrás de esa figura, otras más comenzaron a caer. Docenas. Cuerpos ennegrecidos por la sal y la putrefacción. Algunos llevaban los uniformes de la tripulación, o camareros. Otros, simples pasajeros. Todos llevaban su ropa cubierta por sangre seca. Una mujer arrastraba una pierna rota; un niño sin mandíbula abría y cerraba la garganta como si intentara hablar.
Damien dio un paso atrás y comprendió que el mundo había cambiado. Mientras él hablaba con un coco y pescaba cangrejos esperando ayuda, el mundo se había ido al carajo.
—No... —susurró—. No puede ser…
Los zombis olieron su aliento. Gimieron al verle y fueron a por él. Damien echó a correr selva adentro, dejando atrás la playa y a Cocolette mientras en los más profundo de su pecho, algo se rompía. Ya no estaba solo… y ojalá lo hubiera seguido estando. Sabía que no aguantaría demasiado hasta que esas criaturas lo devoraran o lo convirtieran en uno de ellos. Vaya mal final para Damien que de pasar a ser como el protagonista de “Náufrago" pasó a vivir su particular “Noche de los muertos vivientes”.

Ya sabes que también me gustan mucho los relatos de zombis y el tuyo me ha encantado. ¡Qué pesadilla para tu pobre protagonista! Destaco las descripciones tan vívidas que pareciera que uno se encuentra ahí. Saludos.
ResponderEliminarGracias 🙏
EliminarEs que sobre todo gracias a Guerra Mundial Z, descubrí que cualquier historia puede ser utilizada y reconvertida a horror zombi.
No me esperaba este final, pobre náufrago.
ResponderEliminarLa verdad es que sí. Fue de mal a.peor.
EliminarGracias por pasar 🌠
¡Qué final más cruel! Pobrecillo, sin escapatoria alguna. Y mira que el nombre de Damien anuncia candela fina (por lo de la peli de "La profecía"). Espero que se manifieste su demonio interior y les dé candela a los zombis. Mejor un futuro satánico que putrefacto, jeje. Gracias y un saludo.
ResponderEliminarJa, ja, ja. No creo que vaya a salir nada satánico de este relato que para mí ya está concluso.
EliminarElegí ese nombre porque me resulta sonoro y bonito, pese a la mala fama, en inglés.
Gracias, Fernando.
Lo que más me ha dolido es la crueldad del desengaño que sufre Damien: pasó meses aferrado a la esperanza y a la cordura —simbolizada en Cocolette— solo para descubrir que su refugio era, en realidad, el único lugar seguro que quedaba.
ResponderEliminarY el giro final es asolador, porque nos hace sentir que la soledad que tanto le dolía era, irónicamente, su mayor tesoro, y que la "ayuda" que llegó supondría, a fin de cuentas, el final de todo su mundo.
Saludos Insolentes!
Gracias 🙏
EliminarCreo con fervor que en cualquier trama o situación hay cabida para los zombis. Y te doy la razón. Jugué con el pobre náufrago que aunque sigue con vida al terminar el relato, ese final no augura nada bueno para él.