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30/06/2026

La comadre

CONCURSO DE RELATOS 52ª Ed. El Capitán Alatriste de Arturo Pérez Reverte
🏆 RELATO GANADOR 🏆


La comadre

Corría el año del Señor de mil seiscientos nueve. La comadre Agustina tenía ya demasiados años, pero nadie sabía echarle la edad que supuestamente representaba. Los más viejos aseguraban que ya era anciana cuando ellos nacieron, y los más jóvenes no recordaban haber visto jamás a otra partera.

Agustina había recogido a más de medio pueblo saliendo de sus madres, en partos con menor o mayor dificultad. Daba igual si eran hijos de labradores, de pastores, de hidalgos venidos a menos o hasta del propio alcalde. Sus manos estaban curtidas y llenas de experiencia cortando cordones umbilicales, lavando recién nacidos y cerrando los ojos de mujeres que no sobrevivieron al trance del parto.

Todos decían que la comadre sabía más que el médico. Por eso, cuando llegó una extraña epidemia, fueron a buscarla.

La cosa empezó cuando un niño amaneció con fiebre y murió cuatro días después. Luego cayó una vecina mayor, su hija, su yerno y uno de sus nietos. Poco más tarde una mujer en mitad de su embarazo. A aquellas alturas el cura llamaba al recogimiento y a la penitencia, y aunque todo el mundo mantenía su fe a base de rezos, la difteria siguió mermando la vida del pueblo.

Agustina recorría las calles de una casa a otra con su bolsa de cuero donde preparaba infusiones, cambiaba paños empapados en agua fresca y velaba a los enfermos durante la noche. Pero los muertos seguían aumentando y pasó lo que suele darse en los lugares pequeños.

Cuando el miedo se instaló en los lugareños, las susurradas suposiciones fueron tomando el control. Que si la comadre recogía hierbas bajo la luna. Que si conocía remedios que nadie le había enseñado. Que si murmuraba rezos extraños mientras ejercía de partera… Pero Agustina seguía trabajando sin hacer caso a los rumores. Tenía demasiada edad como para saber que no debía hacer caso de las habladurías.

Una tarde se topó con unas mujeres que callaron de golpe cuando ella pasó junto al pozo de la plaza principal, y aquello le dolió más que cualquier insulto. A todas ellas las había recibido entre sangre y llanto, y ahora desconfiaban de ella.

A medianoche, Agustina anduvo bajo la luna llena y se acercó al pozo por algo que había notado aquella tarde. El agua olía diferente. Apenas un matiz, pero suficiente para despertar sus sospechas. Así que se ató una cuerda a la cintura y descendió ayudada por un mozo que aún creía en ella. En el fondo encontraron el cadáver hinchado de una vaca desaparecida semanas atrás. Agustina comprendió entonces la causa de la desgracia y fue corriendo a tocar la puerta del alcalde para informarle.

—¿Pretendes decirme que todos estos muertos son culpa de una simple vaca?

Solo sé que es mejor que nadie beba del agua del pozo.

—Lo que yo veo es que la enfermedad empezó cuando tú comenzaste a visitar tantas casas sin que hubiera ningún parto que atender.

Sus palabras la dejaron muda. Ninguno de los vecinos que allí se encontraban habló para defenderla. Esta vez también Agustina les conocía a todos porque les había ayudado a nacer. Aquella noche fue la primera en la que la partera no pudo dormir por los nervios que la recorrían. Como un mal presagio, su corazón empezó a latir de forma atropellada hasta el alba.

Al día siguiente repicaron las campanas para reunir al pueblo y las acusaciones estallaron como la yesca seca.

—¡Bruja! ¡Mala hierba! ¡Servidora del demonio!

Agustina escuchaba sin decir nada por lo agotada que se sentía. No había miedo en ella, sino tristeza. Mientras la multitud le gritaba, observó detenidamente aquellas caras deformadas por el miedo y la ira. Recordó sus primeros llantos y las veces que los sostuvo envueltos en mantas. También las noches que pasó velando a sus madres. Recordó a los niños que salvó y quienes no pudo salvar. Ahora parecía que todo lo que Agustina había hecho por todos no fuera nada. Toda su vida era ahora una nadería.

Cuando el cura le preguntó si tenía algo que decir, la anciana alzó la cabeza y respondió.

—Sí —su voz áspera sonó como los goznes de una puerta vieja. —Tengo algo que decir.

Se volvió hacia el alcalde.

—Tu padre lloró cuando naciste. Lo sé porque fui yo quien te recibió en este mundo. Como cuando recibí a tu mujer. Como recibí a tu madre. Como recibí a casi todos de los aquí presentes. Os vi llegar desnudos, rojos y sin entender nada. Os lavé la sangre y os entregué a vuestros padres.

Agustina señaló entonces hacia el pozo.

—La vaca muerta aún está ahí abajo. Si continuais bebiendo de esa agua, seguiréis enterrando a vuestros hijos.

Después de unos instantes en el más absoluto silencio, alguien volvió a gritar.

—¡Bruja!

Y otro repitió la palabra. Y después otro, hasta que la plaza entera se llenó de voces y en algún momento comenzó una lluvia de piedras a caer sobre Agustina, que murió sin saber cuál de los golpes acabó con su vida.


Palabras: 840

03/05/2026

Eth Natas


Blog: El Tintero de Oro
Microrreto: ¿Y TÚ QUÉ LEES?


Por favor, mira bien la fotografía que encabeza este texto y una vez que lo hayas hecho, continúa leyendo…

Tras no participar en el reto de abril por falta de motivación, en esta ocasión la propuesta me pareció sumamente interesante. Me dirigí a la librería y tal como se indicaba tomé el tercer libro, fui hasta el tercer capítulo y leí la primera frase:

“Kris se dejó caer en el interior granate del coche de su padre, exhausta.”

El libro es Vendimos nuestras almas, de Grady Hendrix, un autor que me enganchó desde que leí su Horrorstör. Como ves en la foto tengo casi todos sus libros que pueden adquirirse en español, además de otros. Ahora estoy leyendo Brujería para chicas descarriadas, donde se menciona al autor Eth Natas.

El caso es que cuando fui a fotografiar los libros vi que tenía un libro de este autor, pero al mirar la pantalla, no aparecía.

Por más fotos que haga nunca aparece dicho libro, aunque te juro que lo tengo. No estoy loca porque he podido tocarlo y sentir su tacto en la yema de los dedos. Lo abrí pero estaba en blanco, así que lo cerré sin entender nada.

Y después, al buscar la imagen para la entrada del blog encontré esta otra a la vez que llegaba un correo desconocido que decía:

"Ya sabes dónde encontrarme.

ETH NATAS."

Así que si puedes encontrar información sobre él y dejármelo en un comentario, te estaré eternamente agradecida.


Palabras: 246

01/03/2026

Cita con Dios

Microrreto: Microrrelatos de la Bestia


Cuando le dieron permiso, el hombre de negro llamó a la puerta dando seis golpes secos.

—Adelante.

El hombre de blanco estaba de espaldas mirando a través del enorme ventanal de su despacho, su melena castaña le caía de manera informal.

—Hola, Jesús. Creo que ahora sí tenemos un verdadero problema.

—¿Tú crees, Lucifer? ¡No me digas!

El Diablo se quedó callado ante un tanto irreverente Dios.

—Es que ya no puedo tentar a casi nadie… —se rascó alrededor de uno de sus cuernos y continuó—. Al principio salté de júbilo ante lo que creí mi mayor mérito de la historia, pero después se me vino todo en contra porque esos a quienes llaman zombis, no tienen un alma que corromper.

Dios se dio la vuelta visiblemente cansado. Un Dios que por primera vez tenía ojeras bajo sus ojos.

—Dime, Diablo… ¿Has oído rezar a alguien últimamente?

Lucifer quiso hablar, pero su rapidez mental se había esfumado.

—Ni contestes. La has liado tanto que por primera vez no sé qué hacer.

El Diablo empezó a caminar en círculos y jurando en arameo, pero Dios ni se inmutó.

De pronto, Lucifer juntó su cara a dos centímetros de la suya.

—¿Sabes qué? Por una vez y sin que sirva de precedente, voy a ayudarte para ayudarme a mí mismo. Haré que vuelvan a creer en ti.

Después de aquello, los supervivientes empezaron a reportar milagros y encuentros con Dios… Pero ya se sabe que el Diablo puede adoptar cualquier forma.


Palabras: 249

04/02/2026

Las quintillizas Dionne

1. Las hermanas recién nacidas junto a su madre. 2. Junto al primer ministro provincial Mitchell Hepburn. 3. Las quintillizas en una de sus últimas fotos juntas.  4. Las tres hermanas vivas donde contaron su historia en el libro publicado en 1997.

CONCURSO DE RELATOS 50ª Ed. La vida de los más
excelentes artistas de Giorgio Vasari

El 28 de mayo de 1934, el aire frío del norte de Ontario, más concretamente en Callander, olía a tierra húmeda y a leña quemada. Elzire respiraba con violencia en la humilde cabaña donde sin electricidad ni comodidades, cinco pequeñas vidas se abrían paso. El doctor Allan Roy Dafoe, con manos firmes y voz tranquila, tomó cada pequeño cuerpecito, y los metió en mantas calientes junto a botellas de agua hirviendo. Nadie sabía entonces que estaban ante una hazaña médica, un prodigio e incluso, ante el nacimiento de un fenómeno.
Habían llegado al mundo a los siete meses de gestación y tenían el peso de unos pajarillos, y aún así, sobrevivieron. Ellas eran Emilie, Marie, Anette, Yvonne y Cécile. Las hermanas Dionne.
Poco tiempo después, pasó. Las palabras sonaban bien: protección, seguridad y bienestar. Surgió la Quintuplets’ Guardianship Act, 1935, y los padres vieron cómo les retiraban la custodia mientras alegaban que estaban negociando con un promotor su exhibición en la Exposición Canadiense de aquel año.
Las bebés, siempre bajo la atenta mirada del doctor Dafoe, fueron expuestas como si fueran maravillas en una vitrina. El cristal que se alzó frente a ellas no era un espejo común. Permitía al mundo ver hacia adentro como las niñas jugaban, reían o dormían, pero impedía que las quintillizas miraran hacia fuera. Solo veían el reflejo de sí mismas, como si el mundo no existiera más que en ellas.
Cada día podían pasar por delante del vidrio cuatro mil, cinco mil, hasta seis mil personas, como si contemplaran animales en un recinto, como si su existencia fuera una exhibición más de la Gran Depresión. El parque al que llamaban Quintland se convirtió en la atracción más visitada de Ontario, más concurrida incluso que las cataratas del Niágara.
Un color y un símbolo marcaban lo que era de cada una: rojo con una hoja de arce; verde con un pavo; blanco con un tulipán; azul con un oso; rosa con un pájaro. Los visitantes las señalaban como quien señala a los maniquíes del escaparate. Sin embargo, tras el cristal, ellas no podían ver a nadie del otro lado.
El doctor que había ayudado a traerlas al mundo, ahora hablaba de ellas con cifras, estadísticas y anécdotas para la prensa. Firmaba acuerdo, sonreía en conferencias, salía en fotos junto a las cinco niñas que él había “salvado”. Y mientras la gente compraba postales de sus caras, el dinero rodaba sin impunidad. La provincia se enriqueció a costa del turismo mientras los padres, que vivían a un paso, no obtenían rédito. Ningún ingreso que generaban las niñas fue para ellas; todo se repartía entre el erario público, los negocios y los acuerdos ajenos a la familia Dionne.
Pasaron nueve años y las hermanas ya no eran el espectáculo novedoso de antaño, cuando finalmente regresaron a la casa familiar, la presencia de sus padres les resultaba demasiado extraña, que a su vez, también querían sacar tajada y enriquecerse a costa de sus hijas.
Tiempo después, cuando crecieron y tomaron distancia, contaron lo que nunca nadie había escuchado: que se sintieron criadas en un circo disfrazado de protección, que la fama, las autoridades, e incluso sus padres, les había robado la infancia.
Las Dionne aparecieron en numerosos anuncios, postales e incluso cartas.
Nueve años después de su nacimiento, mediante un juicio entre la Gobernación y los padres, las niñas fueron devueltas a su familia en 1943 y la fundación Dionne les construyó y equipó una casa de veinte habitaciones. El doctor Dafoe murió poco después y los padres, eran ahora quienes las hacían publicitar todo tipo de productos y eventos, hasta que al cumplir los dieciocho años abandonaron el hogar familiar para vivir por sí mismas en el anonimato.

Anuncios en revistas de la época con la imagen de las pequeñas hermanas

_______________________________________________________

En 1995, las tres hermanas que seguían con vida, tuvieron la fortaleza  para afirmar que su padre había abusado sexualmente de ellas durante la adolescencia.
Émilie Marie Jeanne falleció en agosto de 1954 por la asfixia que le provocó un ataque de epilepsia en el convento donde había tomado los hábitos.
Marie Reina Alma vivió hasta febrero de 1970. Su fallecimiento se debió a un aparente infarto cerebral.
Yvonne Edouilda Marie falleció de cáncer en junio de 2001.
Cécile Marie Emilda vivió hasta julio de 2025, y Annette Lillianne Marie murió en diciembre del mismo año.
Puede ser que no sean unas figuras muy conocidas, pues ellas mismas se encargaron de salirse de aquel zoo mediático que los demás habían tejido a su alrededor, por eso he querido escribir sobre estas niñas de quienes supe a través de la enciclopedia Durvan que mis padres aún conservan en su casa.


770 palabras

02/01/2026

La Ceni

 
Microrreto: Intertextualidad,
un laberinto de historias

La nueva canción de Aitana sonaba en los auriculares de una graciosa chica de moño rubio.

…Yo le digo de dónde tú has salido... —canturreaba—, él me dice que quiere estar conmigo. Yo le digo que no es fácil enamorarse de una superestrella…

—¡Oye, Ceni! ¡Mira qué encontré!

¿QUÉ?

—Quítate eso dijo el príncipe señalándose una oreja.

A ver, rapidito que tengo cosas que hacer, Prince.

No te enfades, Ceni o te parecerás a Anastasia y Drizella.

Ya quisieran esas mamarrachas. ¿Qué quieres?

—Al fin encontré este bonito zapato.

Vaya mala pata… Nunca mejor dicho. Yo que me quería deshacer de él por su incomodidad contestó ella resoplando—.

—Mira, Cenicienta. Siempre ha sido así pero... ¿qué pasaría si te faltase de verdad uno de los zapatos de cristal?

—Pues nada, Príncipe. No pasaría nada porque las niñas de ahora van a crecer empoderadas y no quieren ser princesas. Solo superestrellas —cogió aliento mientras acariciaba a sus ratones y prosiguió—. Si se quieren calzar tacones, estupendo, y si quieren llevar deportivas, genial.

—Pero… así no es como se supone que funciona el cuento —murmuró él, molesto, bajando el zapato—.

—Y dale…

La puerta del cuarto se abrió y Sira, de quince años, entró con su prima Chloe, de cinco.

—¡Vosotros dos, a vuestros puestos que nos van a leer! gritó la directora de escena. No la líes, Cenicienta. Que nos conocemos.


Mira, Chloe. Este era mi cuento favorito de pequeña. ¿Quieres que te lo lea?
—Síiiii, porfi.

246 palabras

Si os ha gustado, os invito a pasaros por mi relato "Capuchita Roja" ya que saqué de él la inspiración para este. Podéis seguir el siguiente enlace:

04/12/2025

Tilda y el manual para conquistar el universo

CONCURSO DE RELATOS 49ª Ed.
El color de la magia de Terry Pratchett


En el desván de tía Lucinda se podía encontrar de todo, incluso un MANUAL PARA DOMINAR EL UNIVERSO (para niños). O así decía el título.

Tilda lo encontró enterrado bajo un mantel bordado mientras buscaba una caja de disfraces, ya que los necesitaba para hacer una obra de teatro con sus primas.

—¡Vaya! Me lo voy a quedar. —Exclamó la niña.

El libro tenía bonitas ilustraciones a color y decía ser “No apto para menores con exceso de iniciativa”. Y de eso iba bien sobrada la curiosa criatura. El libro olía a polvo y esi hizo estornudar tres veces a Tilda. Lo abrió justo por el tercer capítulo: ”Cómo dar vida temporal a formas simples”. Para hacer aquello necesitaba barro arcano, pero como no tenía, bajó a su habitación con el libro y sin la caja de disfraces, y usó toda la plastilina que pudo encontrar hasta moldear una criatura. Una bola con dos ojos desiguales y cuatro tentáculos blandurrios.

—Te vas a llamar Gluso —aseveró.

La criatura abrió los ojos, se tambaleó, emitió un ruidito como de beso mal dado y luego se estiró.

—¡Buenas tardes, maestra! —exclamó con una voz que parecía salir de un tubo de pompas de jabón—. ¿Cuál es nuestro primer paso para dominar el universo?

—¿Cómo? —dijo Tilda parpadeando muy rápido.

—En este libro está escrito un claro plan de conquista y tú me has creado para que te ayude. ¡Estoy listo para ello! —contestó Gluso hinchándose orgulloso.

La niña pasó a la página siguiente. En letra muy pequeña decía: Las criaturas modeladas tienden a malinterpretar las instrucciones. Mantengan supervisión adulta y una escoba a mano.

Demasiado tarde. Gluso ya estaba moldeando otras criaturas. Cada vez que tocaba un montoncito de plastilina, nacía un nuevo ser. Cuando ya no hubo nada más que moldear, aquellos pequeños monstruitos comenzaron a marchar en formación militar. Parecían como si los muñecos de Tilda hubieran cobrado vida.

—¡A la conquista, mis muchachos! —proclamó Gluso—. Empecemos por esta casa hasta poder con todo el universo.

Las nuevas criaturas empezaron a reorganizar el cuarto infantil, tomar medidas, construir barricadas con bufandas y leotardos y proclamar decretos como “A partir de ahora, todas las moscas deberán registrarse”. Una de las dos que había se aferró a una lámpara e inició una campaña para instaurar “iluminación permanente y absoluta”, lo cual consistía en encender y apagar la luz cada tres segundos.

—Esto no está bien… —murmuró Tilda. —Me la voy a cargar.

Y entonces apareció tía Lucinda por la puerta.

—¿Por qué hay un peluche vivo dentro de mi cafetera? —preguntó con un tono que presagiaba tormenta eléctrica doméstica.

Tilda se quedó inmóvil y Gluso saludó a la tía con uno de sus tentáculos.

—Oh, no. Otra vez no —dijo Lucinda llevándose una mano a la frente.

—¿Otra vez? —repitió Tilda.

—Ese manual lo encontré cuando tenía tu edad —dijo suspirando, como quien recuerda una vergüenza antigua—. Y también fabriqué una criatura que en mi caso, quiso conquistar el gallinero. Y fíjate que consiguió ser un emperador durante dos días.

—¿Y cómo lo paraste?

—Con tiza —respondió señalando un cajón—. El libro tiene una página especial en donde dibujas una puerta y todo vuelve a su lugar… O debería.

Tilda no sabía porque su tía no sonaba muy convincente pero abrió el libro. Sí. En el capítulo trece lo encontró: “Solución de emergencias. Puertas dibujadas y otros trucos de contención”. Pero antes de que pudiera coger la tiza, Gluso se interpuso.

—¡Maestra! No nos traiciones —dijo la criatura dramáticamente—. ¡Tenemos el dominio universal al alcance de la mano! ¡Mire nuestro ejército!

—¿Pero qué vas a conquistar tú, mequetrefe? —le retó Tilda.

—Hoy empezamos por esta casa, pero mañana puede ser toda la calle. El barrio quizá. Y más adelante… ¡El planeta entero!

Lucinda carraspeó.

—Vamos, niña. Dibuja la puerta antes de que esto empeore.

Tilda hizo gala de sus habilidades como dibujante y trazó una puerta perfecta, en arco de medio punto y con un pomo exquisitamente circular, y entonces el libro vibró. La puerta se abrió y una ligera brisa absorbió a las criaturas. Gluso fue el último en desaparecer levantando un tentáculo:

—¡No me olvide, maestra! ¡Volveré cuando el universo esté más desorganizado!

Y la puerta se cerró tras él.

Tía Lucinda se ajustó las gafas y se alisó el delantal.

—Creo que las dos necesitamos unos churros con chocolate bien caliente —dijo—. Aunque antes voy a esconder este libro en un lugar más seguro.

Después ambas se dirigieron a la cocina, sin ver que una bolita de plastilina olvidada, rodaba lentamente bajo el armario de la niña… Se detuvo y abrió uno de sus ojos con expresión traviesa. Porque la conquista del universo nunca empieza a lo grande, sino con una pequeña idea plastilina de colores.


Palabras: 797

04/11/2025

El peso de la injusticia

Microrreto: Constelaciones


Desde su rincón en el cielo, Astrea contemplaba el mundo que un día juró proteger.
Aquel planeta había cambiado demasiado. Aunque la Tierra brillaba todavía, su luz se había vuelto impura, teñida de humo y promesas rotas. Frente a ella, la balanza colgaba inmóvil, sin peso ni propósito, oxidada por siglos sin uso. No había lugar para los justos en aquel mundo.
Recordó cuando los hombres pesaban el bien y el mal con manos temblorosas, tratando de encontrar el punto exacto del equilibrio. Pero ahora, no. Ahora solo pesan oro, palabras vacuas y mentiras urdidas. Astrea intenta sin éxito mover los platillos. El aire cósmico no obedece a sus deseos porque no hay nada que medir.
El universo calla y en los platillos solo reposa el polvo de lo que fue justo. En ese momento Astrea comprende que la justicia, sin fe que la sostenga, no tiene masa.
Ella cierra los ojos y suelta la cadena dejando caer la balanza. En la Tierra, nadie parece haber sentido el temblor. Solo una constelación se apaga en la inmensa oscuridad del universo: Libra.
La justa Astrea da la batalla por perdida y se compadece de las pocas personas que creyeran que ser justos era lo mejor que se quedaban en un planeta, cada vez menos azul y más negro.


217 palabras


Astrea, asociada con la justicia y el orden moral del mundo, era la hija de Zeus y Temis. Durante la Edad de Oro, vivió entre los humanos, enseñándoles justicia y virtud. Pero cuando la humanidad se volvió corrupta y violenta, abandonó la Tierra y ascendió al cielo, incapaz de soportar tanta injusticia.
Ella se convirtió en la constelación de Virgo, y su balanza —símbolo del juicio y la equidad— pasó a ser la constelación de Libra.
En el arte suele aparecer como una mujer joven que sostiene una balanza y una espada, muy similar a la figura moderna de la Justicia, la dama con los ojos vendados.

01/10/2025

De Vallecas a Manhattan


CONCURSO DE RELATOS 48ª Ed.
Caperucita en Manhattan de Carmen Martín Gaite
Blog: El Tintero de Oro

Bajo el nombre de *Red Riding Hood se ocultaba el verdadero, Daenerys. Sí. Mi madre es fan de Juego de Tronos. El caso es que mis amigas de Vallecas flipaban cuando les conté mis planes.  “Tía, ahí vas a sacar una pasta, con lo guapa que eres y el pelazo que tienes”. Y yo qué sé, si ellas lo decían, pues algo de razón tendrían, ¿no?

El caso es que mi amiga Vanesa vivía en Nueva York y me invitó a descubrir sus maravillas, donde podría ganar pasta gansa. Que influencers y chavalas como nosotras iban allí, se juntaban con gente con pasta gansa, y ala, bolsos, ropa, perfumes, viajes, todo de lujo… y yo, que soy un poco ingenua, pues me vi saliendo de un cochazo, con unas grandes gafas de sol, posando en la quinta avenida. Y claro, me tentó. Así que llené mis maletas y con el móvil bien cargado, cogí un vuelo.

Al principio parecía estar soñando. El hotel tenía unas vistas de la leche, y yo pensaba: “Toma ya, Daenerys, de Vallecas al paraíso”. Mis historias de Instagram echaban humo, y la gente flipaba al ver la vida que llevaba.

La cosa es que ya allí fui a mi primera fiesta. Según Vanesa: “Era privada, muy top, con tíos millonarios, y si les caes bien te regalan de todo”. Yo, con mi vestido rojo —Red Riding Hood forever—, entré flipando: música alta, champán que parecía agua, luces de neón. Y ellos, los ricachones: trajeados, relojes que costaban lo mismo que un edificio entero en Vallecas.

Dos hombres que no llegaban a la treintena se nos acercaron ofreciéndonos 20.000 dólares a cada una  por pasar la noche con ellos. Vanesa dijo que nadie tenía que saber lo que íbamos a hacer, que estábamos muy lejos de casa, y lo que pasaba en Manhattan moría en Manhattan. Pero yo me quedé fría. Era demasiado dinero.

Y justo entonces sentí a alguien acercándose por detrás. Un señor muy atractivo, canoso, rubicundo y alto. Tenía cara de haber viajado media vida pero sentirse como pez fuera del agua en aquella fiesta. Me miró con atención y me di cuenta de que para nada encajaba con los demás hombres.

—No aceptes —me susurró al oído—. Y, por favor, no sonrías demasiado, no todos aquí quieren verte brillar de verdad.

Parpadeé incrédula. Él me miraba con esa mezcla de seriedad y preocupación que te atraviesa el pecho. Fue entonces cuando me dijo que le  recordaba a su hija y me dio su tarjeta donde decía ser John Patrick O’Toole, un periodista irlandés.

—Es la primera vez que vengo a una de estas fiestas —me confesó en voz baja—. Sin idea de lo que se cocía. Y ahora lo veo… —Se puso a observar a los invitados, todo risas, copas y diversión—. Tienes que andar con cuidado, darling. No es oro todo lo que reluce. ¿Española por el acento, verdad? ¿Qué edad tienes? ¿Veinte? Demasiado joven e ingenua para esos tipos. Todo lo que regalan se lo cobran después.

El trajeado me miró extrañado cuando fui hacia Vanesa para decirle que nos largáramos de allí. La agarré del brazo pero se soltó. Ella iba a aceptar la oferta de aquel broker, hijo de familia millonaria. Yo me fié del señor irlandés, el cazador del lobo de mi propio cuento. Al salir, el tráfico y las luces me devolvieron a la realidad.

Ya en el hotel me salió la vena vallecana al acordarme de mi abuela que siempre decía: “Cuando veas que algo huele mal, no vayas a comprobarlo, sal por patas”. Pues eso hice. Largarme esa misma noche sin Vanesa y pillar el primer vuelo.

De vuelta en Madrid, quedé con mis amigas para contarles mi historia, pero me decían que quizás estaba exagerando. Pero fue precisamente sentada en la terraza de aquel bar cuando vibró mi móvil. Era Vanesa llorando como una magdalena. Se había pasado dos días vegetando en su habitación. Me contó que aquella noche, el *broker de Wall Street y  otros cuatro *nepo babies abusaron de ella. Se sentía humillada, degradada y arrepentida por haber aceptado aquel dinero. Que también se volvía a casa.

Entonces me acordé de la tarjeta y llamé al señor O’Toole.

—¡Hola, Daenerys! Sí… por supuesto. Yo estoy de vuelta en Dublín. Pude averiguar que no invitan a simples escorts. Prefieren influencers y chicas con contenido en  OnlyFans. Estas fiestas son clones de las Porta Potty de Dubái. Literalmente “baño portátil”. Algunas prácticas sexuales a las que someten a las chicas, son verdaderas torturas. Nadie se merece eso ni por todo el dinero del mundo.

El señor O’Toole había viajado a Nueva York para investigar sobre aquellas fiestas. Dado su nivel de vida pudo infiltrarse y ver como hombre adinerado lo que realmente se cocía en tierras de la Estatua de la Libertad.

Por el momento yo he decidido pausar la cuenta de OnlyFans y centrarme en los estudios. Aprendí de todo aquello que lo importante no es beber champán en una limusina con desconocidos. Lo importante es saber dónde estás y con quién. Yo elijo mi ciudad y mi barrio, y visitar a mi abuela más a menudo. No os dejéis tentar por el lobo como mi amiga Vanesa, la Vane.


Palabras: 879

Red Riding Hood: Caperucita Roja
Broker: Quien compra y vende acciones, bonos u otros valores en la Bolsa de Nueva York.
Nepo Baby: Abreviación de Nepotism Baby (hijo del nepotismo). Expresión muy común en redes sociales para señalar a hijas/os de famosos que logran oportunidades o fama por ser quienes son.

02/09/2025

Más de 2000 años de historia

Indibil i Mandoni, Lleida
Microrreto: El arte y la literatura
Blog: El Tintero de Oro

Somos Indíbil y Mandonio, y nuestras figuras de bronce llevan mirando hacia el río Segre y el *Pont Vell desde mediados de los años cuarenta del siglo XX. Aunque nosotros estuvimos pisando estas tierras en el siglo III a.C.

Presidiendo la entrada de *l’Arc del Pont hemos visto crecer y modernizarse a la ciudad de *Lleida. Nuestra estatua ha sido vandalizada en alguna ocasión, pero también limpiada y restaurada. Somos un punto de encuentro para muchas personas en esta ciudad. Todo el mundo nos conoce, pues estamos en uno, por no decir en el que más, de los puntos más famosos de la urbe.
Mi cuñado Mandonio y yo éramos íberos. Él era el jefe de los ausetanos, y yo el rey de los ilergetes. Tuvimos que combatir contra los cartagineses, y después nos enfrentamos a los romanos. Debimos ser muy relevantes para la historia de este lugar, donde se derramó nuestra sangre al morir en el 206 a.C. en una sublevación fallida contra Roma.
Ahora vemos desde aquí como todo ha cambiado y paradójicamente, nada ha cambiado en más de dos mil años de historia. Luchas, guerras, invasiones, y la tierra siempre siendo regada por la sangre de los diferentes pueblos del mapa. Lo único que parecer ser que tenemos en común, es esa sangre roja que corre por nuestras venas.
Aún así, siempre estaremos recibiendo a todo aquel que quiera venir a Lleida.


*Pont Vell: Puente Viejo
*l’Arc del Pont: el Arco del Puente
*Lleida: Lérida

Vista desde atrás de Indíbil y Mandonio, década de los cuarenta del siglo XX

250 palabras (contando las acotaciones con asterisco)


La escultura de Indíbil y Mandonio es una copia en bronce de otra que representa a los caudillos íberos Istolacio e Indortes, que lucharon contra los cartagineses en el sur de la Península Ibérica. La obra original es de Medardo Sanmartí y data de 1882. El alcalde Víctor Hellín fue el que encargó la copia que instaló en la ciudad de Lleida.
La escultura ocupa un lugar destacado en la plaza Agelet i Garriga aunque no siempre estuvo ahí. Cuando se inauguró fue situada en los Camps Elisis, pero a poco tiempo cruzó el puente y cambió de lugar para vetar el tráfico rodado por el Eix Comercial.

05/06/2025

No conforme


Tintero Anónimo
Blog: El Tintero de Oro
CONCURSO DE RELATOS 47ª Ed.

Hoy es un lunes lluvioso. El colofón perfecto, nótese la ironía, para el peor fin de semana de mi vida…
He vuelto al trabajo aunque el viernes, a última hora y después de hacerme pasar a un despacho, me plantaran delante el finiquito y me dieran las gracias por los tres años en los que su empresa, va a constar para siempre en mi vida laboral.
Aún no ha llegado nadie. Falta poco más de media hora para que empiece la jornada en esta empresa. Desde el viernes por la noche, sobre las nueve y diez concretamente, mi mente ha estado embutida en una especie de enajenación. En estos momentos me siento como si estuviera en una resaca constante, aun sin haber bebido ni una gota de alcohol. El cuerpo lo tengo que me duele todo. No he pisado mi casa desde el viernes por la mañana. Estoy empapada, embarrada y muy cabreada. ¿Cómo han podido hacerme esto a mí? Ni un sólo día de baja me cogí. Llegaba la primera y me iba casi la última, dejándome hasta las pestañas en la pantalla del ordenador. ¿Y así me lo pagan? Simplemente porque estoy soltera y sin hijos que mantener. Según ellos, aún soy joven y no me será difícil encontrar un nuevo trabajo. Además tuvieron la indecencia de decirme que estarían encantados de dar muy buenas referencias sobre mí… Simplemente me han echado porque soy la que sale con el despido más barato a pagar por ellos. Pero a mí no me van a timar porque no firmé y puse que no estoy conforme.
El caso es que cogí el coche con el alma llena de rabia y los ojos de lágrimas. También el viernes estuvo lluvioso. Yo diría que todo desde el mediodía de aquel viernes, no ha parado de caer agua del siniestro cielo gris que encapota la ciudad. Pero ya todo me da igual. Miento. No todo. No me da igual lo que me han hecho estos hijos de la gran… Me callo.
Me callo pero voy a vengarme. Voy a esperar agazapada entre las sombras a que lleguen para darles un día que no olvidarán.
Al llegar, he ido dejando un rastro de barro, como si hubiera salido de una ciénaga. Todo está igual que el viernes. Y ahí está mi mesa. Mi puta mesa. Con su silla ortopédica y la alfombrilla eléctrica a los pies. No me llevé nada. Me olvidé de todo, embuída por la rabia.
No he podido descansar en todo el finde y algo me zumba dentro del cráneo. Un ruido apagado, como si alguien me estuviera hablando desde muy, muy lejos. Entonces oigo abrirse la puerta principal. El reloj marca las ocho menos diez.
Me escondo en la sala de reuniones sin hacer ruido. Desde la rendija de la puerta, veo entrar a Maca, la de administración. Viene con el paraguas chorreando, el moño torcido y el móvil en la oreja.
—No, tía, aún no se sabe nada. Aquí no están ni su coche ni ella. Dicen que Alicia no ha parado en casa. Su padre me llamó el sábado para ver si había quedado conmigo. Pero ya sabes que ella y yo no nos llevamos… El caso es que no la localizan.
Silencio. Se ha quedado quieta mirando hacia donde estoy. La sala de reuniones. Pero no puede verme. ¿Verdad? No me ve. Pero algo ha notado porque da un paso atrás. Y otro más. Y entonces sale corriendo hacia los despachos del fondo. Genial. Una cobarde menos.
Yo no puedo soportarlo más y salgo de la sala. Voy directamente a mi mesa aunque me cuesta. Me cuesta horrores moverme, como si arrastrara cadenas invisibles. Pero llego. Y entonces doy rienda suelta a mi ira.
Primero lanzo el monitor contra el suelo, explotando en una lluvia de cristales y plástico. Luego, levanto la silla por encima de mi cabeza y la estampo contra la pared. La planta del rincón sale volando. el armario de las carpetas tiembla y se abre solo, vomitando papeles como si se hubiera hartado de guardar secretos.
Oigo voces, pasos corriendo y más gente llegando. Entonces pongo ambas manos sobre mi mesa. Mi trinchera. Mi calvario. El altar de mi humillación… Me hago más fuerte y grito como si se me desgarrara el alma. Y la mesa se parte crujiendo con un sonido seco. Como si chillara conmigo. La mesa se dobla hacia un lado, se quiebra en dos, y algunas aristas saltan como insectos mutilados. Todos están mirando pero nadie dice nada. Hasta que el jefe entra con una cara que, por primera vez, muestra algo que no sea superioridad o indiferencia.
—Es el padre de Alicia —dice. Su voz suena vacía—. Han encontrado su coche a la altura del kilómetro 13. Está completamente destrozado.
Su nuez sube y baja para tratar de tragar algo de saliva porque tiene la garganta seca y continúa.
—Dice que… que Alicia yace dentro. Muerta.
¿Muerta yo?
Y es entonces cuando recuerdo el golpe. El chasquido. Cristal en los ojos. Mis gritos. Un árbol. La lluvia. La oscuridad.
Estoy muerta pero estoy aquí. Y ellos también. Los que sabían. Los que se rieron. Los que miraron a otro lado cuando lloré en el baño, cuando pedí ayuda y justicia.
Estoy muerta pero aún con cosas que hacer. Y si estoy muerta, ya no tengo nada que perder.


899  palabras

01/05/2025

Quien espera, desespera

Microrreto: La espera

La vida no es más que una concatenación de cosas que pasan, o no, mientras esperamos. Esto es irrefutable.

Y aquí me encuentro, esperando a no sé el qué, con mi espalda apoyada en una vieja puerta de hierro mientras mi cordura intenta escaparse elucubrando sobre esperar. Y es que suele decirse que quien espera, desespera.

Todos hemos esperado una llamada, los resultados de una analítica, a ser despachados o atendidos en la cola de cualquier banco, supermercado, en correos, en la parada de bus o en cualquier andén. Esperamos tanto de pie como dentro de algún vehículo, ya sea esperando a que el semáforo cambie al verde o al ámbar parpadeante. Peor aún es esperar en mitad de un atasco sin saber qué hay más adelante, y sin saber si continuar o dar media vuelta si es posible.

Quienes tengan hijos habrán padecido lo que llaman “la dulce espera”. Y ya luego, esperar sus primeros pasos, sus primeras palabras, su primer día de escuela o su mayoría de edad. Esperar a que digan que ya han llegado o que ya están de camino a casa. Nada en el mundo desespera más que el saber de tu retoño.

En definitiva, vivir es hacer cosas mientras la muerte con su guadaña, nos espera en algún lado. Ella espera y nunca se cansa. No tiene prisa.

Como dije antes, estoy esperando, quizás a ser rescatada antes de que un puñado de zombis tire la puerta abajo.

244 palabras

03/04/2025

Conectados

 
CONCURSO DE RELATOS 46ª Ed.
Momo de Michael Ende
Blog: El Tintero de Oro


Nenúfar y Amapola eran dos hermanas gemelas que siempre iban juntas a todas partes. Vivían en el Bosque Verde, donde los árboles susurraban canciones antiguas y los ríos reflejaban la luna y las estrellas, ya que aquel era uno de los pocos lugares en donde aún se podía ver un cielo estrellado.
Desde bien pequeñas, las jóvenes habían soñado con visitar el mundo más allá de su bosque, un territorio extraño del que sólo conocían rumores y cuentos prohibidos, ya que los mayores de la aldea no querían escuchar nada sobre ello.

–Debemos encontrar la manera de cruzar –dijo Nenúfar con rotundidad.

La sabia Junco, la guardiana del bosque que estaba recolectando setas, las escuchó y sonrió a la vez que les lanzaba una propuesta, ya que creía que serían algo difícil para las chicas.

–Mirad, niñas. Si podéis resolver el acertijo que os voy a decir, os encontraréis con el secreto para atravesar la barrera. Así que escuchad atentamente:

“No tengo boca, pero hablo sin cesar.
No tengo oídos, pero siempre escucho. 
No tengo cuerpo, pero vivo y muero con el tiempo.
¿Qué soy?”

Las hermanas se miraron pensativas durante un buen rato hasta que al fin, se fueron a recorrer el bosque que tanto conocían, observando los hongos luminiscentes, las luciérnagas danzantes y las hojas que susurraban palabras en el viento.
Una suave brisa sopló alrededor de Nenúfar y Amapola, y sus melenas color caoba se movieron al son de un eco de palabras muy antiguas. Entonces, Amapola cerró los ojos y sonrió.

–La respuesta es el eco, Nenúfar. Ni más ni menos que el eco. –dijo con seguridad.
–¡Claro! –Exclamó Amapola. –Porque no tiene boca, pero “habla” repitiendo sonidos. No tiene oídos, pero “escucha” porque necesita un sonido original para repetirse…
–Y no te olvides de que no tiene cuerpo, pero “vive” mientras el sonido resuena y “muere” cuando se desvanece.

Entonces, la barrera del bosque se desvaneció, revelando un mundo desconocido lleno de luces y sombras. A su vez, la luz de la luna iluminó sus delicadas alas y las hermanas fueron conscientes de lo diferentes que se veían al resto de seres. Eran dos bellas y atrevidas hadas dispuestas a descubrir los secretos del mundo de los humanos. Aunque rápidamente, lo que encontraron las llenó de horror y desazón. La ciudad estaba sumida en un silencio antinatural, roto nada más que por el zumbido incesante de pantallas brillantes. Aquellas personas caminaban con pasos torpes, y sus rostros iluminados por la luz azulada de sus dispositivos poseían unos ojos vacíos, sin chispa, sin vida. Como unos zombis errantes.

–Esto no es lo que imaginábamos, hermana… –susurró Amapola, aferrando la mano de Nenúfar.

Las criaturas de las que se decía que eran humanas, se movían como espectros atrapados en un trance perpetuo. No hablaban ni reían. Simplemente deslizaban sus dedos sobre las pantallas táctiles, consumidos por las imágenes y palabras sin sentido. Unos pocos alzaban la vista por un instante, pero al encontrarse con las hadas, sus miradas eran frías y vacías antes de volver a posarse en sus móviles, tablets u ordenadores.

–Debemos irnos –instó Nenúfar con su corazón latiendo tan fuerte que pareciera que se le fuera a salir por la boca.

Pero antes de que pudieran volver atrás, una sombra se alzó detrás de ellas. Un ser más grande con cables serpenteando desde su cabeza y con una voz mecánica que susurraba:

“Conectados. Debéis estar todos conectados”.

Nenúfar y Amapola gritaron. Desplegaron sus alas para elevarse en el aire, y volar hacia la barrera del bosque comenzaba a cerrarse. Se apresuraron hacia la apertura con el eco de unas voces monótonas persiguiéndolas.
Justo cuando cruzaban el portal, escucharon un último susurro:

–Sólo es cuestión de tiempo… porque tarde o temprano, todos acaban conectados.
Cuando finalmente volvieron al bosque, supieron que nunca más abandonarían el Bosque Verde para volver a cruzar a aquel desgraciado mundo.


650 palabras

01/03/2025

A, de, ene


Microrreto: Tintero derramado
Blog: El Tintero de Oro
Desvarío: ADN


Cuando nos enamoramos, la mayoría de las veces, no nos paramos a pensar en las consecuencias de ese amor, y mucho menos, en las consecuencias del desamor que quizás llegue también con el tiempo… Ese tiempo cíclico y caprichoso que gira como una rueda y hace volver modas pasadas, lo vintage, incluso repetirse tremebundos capítulos de la historia de la humanidad.
Pero cuando un amor se acaba, ¿qué nos queda? ¿Son todas las parejas pasadas iguales? Pues ya os digo yo que: rotundamente no. Todos nuestros ex han dejado una impronta en nosotros, ya sea buena, mala, regular o con matices. De todas aprendemos algo aunque al principio seamos incapaces de verlo. En la mayoría de las veces no quedamos con su recuerdo en nuestra memoria. Hay quienes lo guardan todo, incluso las fotos. Personalmente, a mi no me gusta guardarlas, ya que en mi recuerdo quedan sus caras.
A veces te gustaría no tener ni que acordarte de ese ex que te dejó en la estacada cuando más lo necesitabas. Querrías olvidarte de su cara, pero no puedes, ya que no solamente compartes aún una hipoteca a treinta años. Le ves aunque no esté. Le ves apareciendo en la cara de tu hija que ya es una mujer. Sale a relucir en alguna mueca, su cara es una mezcla de ti y de él, y entonces te acuerdas de que un día os quisisteis y tuvisteis un deseado bebé. Dieciocho años de genética compartida y pensamiento propio te miran con sus ojos, esos que sí son heredados de ti, y aunque su padre a veces pueda llegar a desesperarte, no le odias. Querrías odiarlo, pero no lo haces porque hace mucho tiempo que pasaste todas las etapas de aquel duelo que parecían la muerte misma… y porque te ha dado lo más preciado que tienes en esta vida, tu hija.


211 palabras

04/02/2025

La reina del mar

 
CONCURSO DE RELATOS 45ª Ed.
La isla del tesoro de R. L. Stevenson
Blog: El Tintero de Oro


Un sol rojo caía como fuego sobre el horizonte. En la proa del Reina Indomable, la bucanera Mel Morgan se mantenía erguida mientras el viento enredaba sus salvajes rizos cobrizos. Sus ojos, oscuros como el café más amargo, oteaban el mar con la ferocidad de quien había sobrevivido a demasiadas tormentas. Su corsé de cuero marrón, adornado con hebillas de bronce, sus botas hasta la rodilla y su porte, le daban el aspecto de una capitana que exigía respeto. Llevaba buscando desde siempre lo que su padre no pudo encontrar: el Trono de las Mareas. Se juró encontrarlo con ayuda de su singular tripulación: 
Lucho Mano Rápida, esgrimista y duelista mortal. Criado en las costas de Cádiz, su simpatía y destreza eran ya una leyenda.
Quino el Silente, el cartógrafo siempre callado. Algunos decían que el diablo le había robado el habla. Nadie le había escuchado hablar, pero sus mapas eran los más precisos.
Tico, un loro que maldecía en siete idiomas. Se rumoreaba que había pertenecido a un arruinado y mujeriego noble francés.
Finn el Rojo, artillero del barco, de rubia barba trenzada y un parche que cambiaba de ojo según el día. Según él uno de sus ojos veía el futuro y el otro el pasado.
Akiko la Hafu, una curandera mitad japonesa, mitad española versada en todo tipo de venenos y pócimas. Su calma era tan afilada como el puñal que llevaba oculto en la manga.
Marco el Pálido, el timonel experto en leer las estrellas. Su albinismo le daba un aire sobrenatural, y sus ojos reflejaban la melancolía de quien había amado y perdido demasiado en la vida.
Las siete almas se habían embarcado para encontrar el Trono de las Mareas, un artefacto capaz de controlar los océanos. Según la leyenda, el Trono se encontraba en la Isla Negra, un lugar rodeado perpetuamente de niebla y bajo el manto de antiguas maldiciones.
Cuando llegaron, tras pasar mil aventuras y contratiempos, la isla les recibió llena de niebla y rocas negras como obsidiana. No les fue difícil encontrar el Trono,  pero tras ellos también había llegado el Capitán Dorian Crow, el traidor y antiguo mentor de Mel, deseoso por poseer el tesoro.
La caverna del Trono de las Mareas, era una catedral de piedra viva recubierta de musgo fosforescente donde las olas chocaban con ritmo irregular y agitado.
El Reina Indomable estaba anclado a lo lejos, apenas visible entre la niebla. La batalla empezó en la caverna con el choque de las espadas de Mel y Dorian, los gritos de la tripulación y una estruendosa tormenta en el exterior. Dorian, con su chaqueta deshilachada y el cabello negro pegado a la frente por el sudor, irradiaba una furia casi animal. Sus ojos grises y desesperados ardían con rabia. Mel tenía una herida en su mejilla que le ardía, pero no se inmutó, manteniendo su espada curva con la precisión de una maestra.
—¿Tanto quieres un trono que jamás podrás sostener? —espetó Dorian con su voz ronca y cansada, escupiendo sangre al suelo.
—No soy yo quien está arrodillado ante su propio fracaso, —respondió Mel con una voz tan cortante como el filo de su espada. Se lanzó hacia él con sus botas resonando en la piedra húmeda.
El choque de sus hojas fue un estallido metálico que reverberó por todo el lugar. Dorian contraatacó con una serie de rápidas estocadas con técnica impecable, pero Mel esquivaba con la gracia de una ola sobre la superficie del mar. Sus movimientos eran como un baile letal.
—Tú eras mi mejor aprendiz, —bramó Dorian mientras su espada rozaba y hería el hombro de Mel.
Ella retrocedió para limpiarse la sangre con el dorso de la mano.
—Y tú eras alguien a quien alguna vez respeté, —dijo, girando sobre sí misma y lanzando un tajo que Dorian apenas pudo bloquear—. Pero el respeto se pierde más rápido que la lealtad en el mar.
Dorian embistió cegado de ira y la derribó al suelo. Su espada descendió en un arco mortal, pero Mel rodó hacia un lado y la hoja chocó contra el suelo. Ella se incorporó de un salto con su respiración agitada y sus ojos oscuros brillaban con determinación. Con un grito desafiante, la pirata se abalanzó contra él. Sus espadas chocaron de nuevo en un crescendo implacable. Dorian flaqueaba y sus golpes eran cada vez más desesperados. Mel, en cambio, parecía más fuerte con cada paso hasta que, en un giro rápido, desvió la espada de Dorian y le clavó la suya justo debajo de las costillas, atravesando su corazón. El hombre soltó su arma y cayó de rodillas, boqueando como un pez varado en la orilla.
—No entendías que yo nunca quise ser como tú, —susurró Mel, inclinándose para sostener su mirada hasta el último aliento.
Al principio, Mel Morgan se quedó quieta con el eco de la lucha muriendo en la distancia. Se giró hacia el Trono de las Mareas, tallado en coral rojo y nácar, irradiando un poder crudo y antiguo. Caminó hacia él, haciendo resonar sus pasos. Se sentó despacio, y las aguas alrededor de la isla se arremolinaron. El mar la reconocía y aceptaba, pero ella no sonrió y se levantó. No se sentía cómoda.
Giró sobre sus talones y se marchó junto a su tripulación. Mel Morgan no necesitaba un trono para ser una reina. El mar ya era suyo.


897 palabras