1. Las hermanas recién nacidas junto a su madre. 2. Junto al primer ministro provincial Mitchell Hepburn. 3. Las quintillizas en una de sus últimas fotos juntas. 4. Las tres hermanas vivas donde contaron su historia en el libro publicado en 1997. |
El 28 de mayo de 1934, el aire frío del norte de Ontario, más concretamente en Callander, olía a tierra húmeda y a leña quemada. Elzire respiraba con violencia en la humilde cabaña donde sin electricidad ni comodidades, cinco pequeñas vidas se abrían paso. El doctor Allan Roy Dafoe, con manos firmes y voz tranquila, tomó cada pequeño cuerpecito, y los metió en mantas calientes junto a botellas de agua hirviendo. Nadie sabía entonces que estaban ante una hazaña médica, un prodigio e incluso, ante el nacimiento de un fenómeno.
Habían llegado al mundo a los siete meses de gestación y tenían el peso de unos pajarillos, y aún así, sobrevivieron. Ellas eran Emilie, Marie, Anette, Yvonne y Cécile. Las hermanas Dionne.
Poco tiempo después, pasó. Las palabras sonaban bien: protección, seguridad y bienestar. Surgió la Quintuplets’ Guardianship Act, 1935, y los padres vieron cómo les retiraban la custodia mientras alegaban que estaban negociando con un promotor su exhibición en la Exposición Canadiense de aquel año.
Las bebés, siempre bajo la atenta mirada del doctor Dafoe, fueron expuestas como si fueran maravillas en una vitrina. El cristal que se alzó frente a ellas no era un espejo común. Permitía al mundo ver hacia adentro como las niñas jugaban, reían o dormían, pero impedía que las quintillizas miraran hacia fuera. Solo veían el reflejo de sí mismas, como si el mundo no existiera más que en ellas.
Cada día podían pasar por delante del vidrio cuatro mil, cinco mil, hasta seis mil personas, como si contemplaran animales en un recinto, como si su existencia fuera una exhibición más de la Gran Depresión. El parque al que llamaban Quintland se convirtió en la atracción más visitada de Ontario, más concurrida incluso que las cataratas del Niágara.
Un color y un símbolo marcaban lo que era de cada una: rojo con una hoja de arce; verde con un pavo; blanco con un tulipán; azul con un oso; rosa con un pájaro. Los visitantes las señalaban como quien señala a los maniquíes del escaparate. Sin embargo, tras el cristal, ellas no podían ver a nadie del otro lado.
El doctor que había ayudado a traerlas al mundo, ahora hablaba de ellas con cifras, estadísticas y anécdotas para la prensa. Firmaba acuerdo, sonreía en conferencias, salía en fotos junto a las cinco niñas que él había “salvado”. Y mientras la gente compraba postales de sus caras, el dinero rodaba sin impunidad. La provincia se enriqueció a costa del turismo mientras los padres, que vivían a un paso, no obtenían rédito. Ningún ingreso que generaban las niñas fue para ellas; todo se repartía entre el erario público, los negocios y los acuerdos ajenos a la familia Dionne.
Pasaron nueve años y las hermanas ya no eran el espectáculo novedoso de antaño, cuando finalmente regresaron a la casa familiar, la presencia de sus padres les resultaba demasiado extraña, que a su vez, también querían sacar tajada y enriquecerse a costa de sus hijas.
Tiempo después, cuando crecieron y tomaron distancia, contaron lo que nunca nadie había escuchado: que se sintieron criadas en un circo disfrazado de protección, que la fama, las autoridades, e incluso sus padres, les había robado la infancia.
Las Dionne aparecieron en numerosos anuncios, postales e incluso cartas.
Nueve años después de su nacimiento, mediante un juicio entre la Gobernación y los padres, las niñas fueron devueltas a su familia en 1943 y la fundación Dionne les construyó y equipó una casa de veinte habitaciones. El doctor Dafoe murió poco después y los padres, eran ahora quienes las hacían publicitar todo tipo de productos y eventos, hasta que al cumplir los dieciocho años abandonaron el hogar familiar para vivir por sí mismas en el anonimato.
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En 1995, las tres hermanas que seguían con vida, tuvieron la fortaleza para afirmar que su padre había abusado sexualmente de ellas durante la adolescencia.Émilie Marie Jeanne falleció en agosto de 1954 por la asfixia que le provocó un ataque de epilepsia en el convento donde había tomado los hábitos.
Marie Reina Alma vivió hasta febrero de 1970. Su fallecimiento se debió a un aparente infarto cerebral.
Yvonne Edouilda Marie falleció de cáncer en junio de 2001.
Cécile Marie Emilda vivió hasta julio de 2025, y Annette Lillianne Marie murió en diciembre del mismo año.
Puede ser que no sean unas figuras muy conocidas, pues ellas mismas se encargaron de salirse de aquel zoo mediático que los demás habían tejido a su alrededor, por eso he querido escribir sobre estas niñas de quienes supe a través de la enciclopedia Durvan que mis padres aún conservan en su casa.


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