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03/10/2025

Zurdic Wold

VadeReto Octubre 2025
El bazar


Isaac iba meneando las llaves desde que entró en el portal hasta que subió a su casa en el segundo piso. Llevaba una bolsa negra con un logo dorado y tipografía muy elegante. Venía sonriendo ampliamente y mientras se quitaba los náuticos para ponerse las pantuflas, gritó:

—¡Romu! ¡Romu! ¡Mira lo que he traído para ti.

Pero nadie contestó. Así que cruzando el largo pasillo de aquel piso del centro de Madrid, volvió a gritar.

 —¡Romualdooooooo! ¿Se puede saber dónde estás?

—Ajíiii. ¿Je jieres?

Romualdo le contestó entrando por la puerta del balcón y quitándose la pinza que tenía en la boca. Le había pillado con la colada a medio tender.

—Deja lo que estés haciendo, Romu. Han abierto un nuevo bazar y he…

—No me digas más, Isaac. No me digas más. Ya has sucumbido a comprarte una copia del nuevo muñequito de moda.

—No, hombre. Tú eres zurdo.

—¿?

—Que sí. Que el nuevo bazar es para gente como tú. 

—¿Zurdos?

—Exactamente, amor. Y te he comprado tres cosas.

Isaac sacó de la bolsa del Zurdic World un bolígrafo, una libreta y una camiseta negra con el símbolo de la paz en blanco.

Romualdo examinó los objetos y tras haberlos estudiado muy bien puso los ojos en blanco, suspiró y cogió la cara de Isaac para darle un beso. Quería mucho a su marido, era un caso perdido pero era una persona amable y buena. Nada de lo que le había comprado era específicamente para gente con la dominancia del hemisferio cerebral derecho. Le habían timado, por así decirlo, pero él sintió todo su amor al haberse parado en aquel lugar y pensar en él para comprarle tres cosas que sabía le iban a gustar.

—Eso significa que te ha gustado ¿no, cariño?

—Significa que te quiero mucho y que no te gastes el dinero nunca más en esa tienda. ¿De acuerdo? Y ahora ve a preparar la comida mientras yo termino de tender la ropa.


06/04/2025

Las crónicas de Nati: Lentejas en un apocalipsis zombi

VadeReto Abril 2025
El Libro

Madre mía… salvo que no soy policía, no tengo un compañero buenorro y, gracias a la vida, mi ex marido no es mi superior, me siento tan identificada con el personaje de Laura Lebrel...

Yo soy Nati, o Natividad cuando me pongo seria. Ama de casa de toda la vida, madre de dos trastos a los que quiero demasiado y fan acérrima del misterio y los zombis. Acabo de ver la serie por segunda vez para refrescarme la memoria, ahora que está en Netflix, porque siempre me ha gustado su manera en la que resuelve los misterios, con la cabeza en las nubes y los pies en la tierra. Así me gusta verme a mí también.
La cosa es que jamás pensé que acabaría usando los consejos de Max Brooks y su “ZOMBI: GUÍA DE SUPERVIVENCIA”. Un libro que da las indicaciones para una protección completa contra los muertos vivientes, ese libro que tengo casi subrayado entero desde que lo compré en 2008.

Todo empezó el jueves pasado por la mañana. El cerezo del patio comunitario había florecido ya, y los gorriones andaban revolucionados como cada primavera. Yo estaba regando las macetas del balcón cuando vi al vecino del 2ºB arrastrándose por la acera. No caminando lento. Arrastrándose. Con un brazo colgando y una expresión vacía como la de mi ex marido viendo el fútbol. Me llevé la regadera y el susto al pecho, y pensé: “Nati, tranquilízate. Esto tiene que tener una explicación lógica.” Y luego recordé en dónde Max Brooks habla sobre la DETECCIÓN, y así tomar precauciones hacia un posible brote zombi. No lo dudé. Cerré la puerta con llave y echando los dos cerrojos, bajé las persianas, y puse a cargar el walkie que compré por si acaso, como decía Laura: “Nunca subestimes una intuición”. Aunque lo que pasó después todavía me cuesta contarlo sin que se me erice el vello.

Primero, escuché golpes en la puerta de la vecina del bajo. Luego, un chillido de esos que te cortan el aliento. Bajé el volumen de la tele y me acerqué con sigilo. Los pasos, cada vez más arrastrados, pasaban por el rellano. Di gracias al cielo porque los gemelos no habían ido al colegio al estar en la cama con gastroenteritis. Una de las pocas veces que estaban sin armar jaleo. Entonces hice lo que haría Laura: coger apuntes. Cogí mi cuaderno de recetas y en la última página empecé a anotarlo todo. Hora. Sonidos. Dirección. Me sentía como ella, resolviendo el caso desde casa, entre la colada lista para tender y las lentejas a medio hacer.

Al mediodía, el vecindario estaba sumergido en un silencio absoluto. Ni un solo coche, ni niños en el parque. Saqué la guía zombi y repasé las instrucciones sobre hacer barricadas. Coloqué la cómoda contra la puerta, reforcé las ventanas con los estores de madera del salón y hasta escondí el jamón en la bañera, por si había que resistir unos días. Y en medio del caos, sonó el teléfono fijo, y eso sólo significaba una cosa. Mi madre, que vive en las afueras. “Nati, ¿tú también los has visto? Están por todos lados. Me recuerda a las películas esas horrorosas que te gustan a ti…”. Y así nos pasamos un cuarto de hora compartiendo teorías. Que si un virus raro, que si una nueva droga, que si un reality extremo de esos que hacen ahora. Pero yo lo sabía. Lo sabía desde que vi al vecino del 2ºB. Esto era de zombis. De los de verdad. Y si quería sobrevivir y salvar a mi familia, tenía que pensar como Laura y actuar como Brooks.

Por la tarde, después de tomarme un té, me armé con el recogedor pequeño que tengo para los rincones, la linterna del camping y una cacerola de hierro fundido. No tenía katana, pero la imaginación es el mejor arma de una ama de casa. Decidí bajar al trastero porque necesitaba provisiones, y allí guardaba mis conservas de tomate y melocotón. Al abrir la puerta del piso, el pasillo estaba vacío. Sólo el eco de pasos lejanos y un olor dulzón, como a flores marchitas.

—Primavera... —murmuré. Hasta el apocalipsis tiene su estación.

Llegué al ascensor, pero bajé por las escaleras, despacio, escuchando cada crujido. En el segundo rellano vi al portero. O lo que quedaba de él. Llevaba aún su gorra, pero sus ojos vacíos y un trozo de brazo colgando lo delataban. Me agaché detrás del carrito de la señora del 5º, que por suerte aún tenía dentro una revista vieja del corazón. Con eso le hice un señuelo que lancé por el pasillo, y mientras el pobre se arrastraba hacia Isabel Pantoja, yo bajé corriendo hasta el trastero. Y allí, entre latas y cajas, lloré. Dos lágrimas recorrieron mis mejillas. Sólo dos, y luego, me sequé con el trapo mientras me decía:

—Nati, tú no vas a ser la siguiente. Tienes lentejas, instinto y sabes usar la olla exprés como nadie.

Y entonces supe que debía organizar un refugio de barrio. Si Laura podía con tres crímenes mientras eliminaba los piojos de las cabezas de sus gemelos, yo podía con esto. Así que salí de allí con el cazo como escudo y la determinación en los ojos. Porque, mientras en el mundo todo se venía abajo, en primavera… las guerreras florecen.

Continuará...

19/03/2025

La garganta de Alardos

VadeReto Marzo 2025
Información sobre la Garganta de Alardos AQUÍ


La mente de Débora viajó hasta sus ojos que se llenaron con un recuerdo de su niñez. Aquellos ojos que cuarenta años antes se habían metido en la bolsa con las cosas para el baño, encontrándose de lleno con el vivo color rojo de su bañador.

En su recuerdo, la mujer convertida en niña de nuevo, se vio embutida en aquel bañador y pisando con sus cangrejeras azules, las alfombrillas del Simca 1200 de su padre. También el coche era de color azul. Su padre al volante, su madre de copiloto y, sus dos hermanos y ella en el asiento de atrás, se pusieron en marcha bajando las cuestas de Madrigal de la Vera  para llegar hasta Cuatro Caminos, coger la carretera y en menos de diez minutos, adentrarse en los dominios de la Garganta de Alardos.

El cerebro de Débora iba dando botes al recordar los badenes de la pista hasta llegar a la zona de baño. Sus ojos se abrían viendo los coches de los veraneantes con matrículas de diferentes lugares del país, incluso algunos con las de otros países. CC de Cáceres, M de Madrid, AV de Ávila, TO de Toledo, eran las que más abundaban. Bastantes B de Barcelona, para lo lejos que estaban. Y su Simca, como un rebelde, el único L de Lérida. Pero ella se sentía en casa. Estaba en casa. Ella no era una simple turista porque la familia de su padre era de allí y todo el mundo le conocía. Todos les conocían. Sus abuelos vivían en el pueblo, y sus bisabuelos habían vivido también allí hasta no hacía mucho.

La familia de Débora bajó del coche. Caminaron entre las piedras de la garganta y colocaron las toallas a la orilla de un charco. Había que meterse con cuidado en las frías y cristalinas aguas, pues venían de la Sierra de Gredos, en donde aún en julio, podían quedar restos de invierno en forma de nieve. Agua limpia sin sal y sin cloro, en donde refrescarse del calor del verano. Jugar, chapotear, nadar, ver los pequeños pececillos que se acercan sin vergüenza y espantarlos para verlos salir nadando con rapidez.

Tras toda la tarde en la garganta y cenar en uno de los bares del sitio, los recuerdos de Débora le trajeron el cansancio por tanta diversión, la piel roja por el sol y el olor a After Sun para mitigarlo. La mente de Débora cambió el rojo de su bañador por el negro de la noche cuarenta años después, para sumirse en un reparador sueño, durmiéndose pensando si alguna vez iría a aquel lugar donde que no visitaba desde hacía más de treinta años.


10/12/2024

Zed y la Navidad

VadeReto Diciembre 2024
Cuéntame un cuento

Para Zed iban a ser sus segundas navidades con su nueva familia adoptiva. Aunque algo torpe y bastante asustado y desubicado al principio, sentía que estaba viviendo de nuevo junto a los Caray. Peter y Martha, junto al pequeño Max le habían abierto su casa de par en par, así que quería sorprenderlos con algo especial para agradecerles el amor y la paciencia que le demostraban cada día.

Pero aunque Zed vivía feliz con su familia, notaba cómo los demás humanos de la comunidad le miraban cuando salía a hacer cualquier recado. Y es que ser un joven zombi en la nueva realidad postapocalíptica, no era tan fácil. La cosa era que la Navidad se acercaba y tenía que pensar en tres regalos y demostrarles cuánto los apreciaba. Pero despistado como era, lo había dejado para el último día. 

En una tienda en la calle mayor del pueblo, en donde se podía comprar de todo, Zed compró un balón de fútbol para jugar con Max, y una cajita de madera con un juego de dominó para Peter. Ya por último y después de dar un par de vueltas por el negocio, el pequeño zombi descubrió el regalo perfecto para Martha, un adorno navideño antiguo. Una preciosa bola de nieve en cuyo interior había las cinco figuras de unos niños cantando villancicos delante de una iglesia.

Zed se había disfrazado para caminar por el pueblo, más bullicioso de lo normal por las fechas. Quería pasar lo más desapercibido posible porque los zombis no eran demasiado bienvenidos. Se había puesto maquillaje de su madre para darle un toque más vívido a su grisácea piel, y también se había lavado y perfumado bien para contrarrestar su característico olor a rancio. Pese a que las medicinas que les habían dado a sus padres adoptivos en el hospital, para contrarrestar y parar el deterioro de un cuerpo no vivo, aún se tardaría un tiempo en que los zombis tuvieran una apariencia más humana. Habían conseguido que una cantidad considerable de ellos pudieran razonar, hablar, valerse por sí mismos y no ser un peligro para las personas. Zed no sentía la necesidad atroz por la carne humana. Su nueva dieta, por el bien de todos, debía ser vegetariana. O mejor aún, vegana.

Cuando ya había pagado sus compras y se dirigía a la puerta para irse de la tienda, el tendero se fijó en el pie izquierdo de Zed.

—¡Oye, muchacho! ¿No eres tú el niño adoptado de los Caray? ¿Uno de los supervivientes de la zona cero?

—…

—¿Te llegaron a morder los zombis?

—No, señor. Soy sólo un niño.

—Pero ese pie zambo, completamente mirando hacia dentro. Cuando entraste caminabas mejor.

—Es que ya es tarde y necesito mi pastilla para los huesos. Mi madre dice que me falta calcio. Por eso soy más bajito que los niños de mi edad, pero tengo casi once años.

Zed sintió miedo. No le había dicho a sus padres que iba a ir al centro porque se lo habrían prohibido. Por un momento pensó en salir corriendo, pero recordó las lecciones de Martha: “Siempre responde con calma, Zed. No todos entienden, pero eso no significa que no puedan cambiar”.

—Sí, señor. Vivo con los Caray desde hace un tiempo. Ellos me adoptaron —Zed levantó la barbilla, tratando de sonar más seguro de lo que se sentía.

El viejo lo miró pensativo, cruzando los brazos. A pesar de su tono desconfiado, había algo en sus ojos que parecía más curioso que hostil.

—Dicen que algunos de vosotros ya no… ya no coméis gente.

Zed se estremeció y asintió.

—Es verdad. Ya no somos peligrosos. Tenemos los cuidados necesarios. Ahora como muchas verduras… y también avena. Mucha avena. —Intentó sonreír, pero sabía que su sonrisa era un poco torcida por culpa de su mandíbula rígida.

El tendero masculló algo entre dientes, pero Zed no supo el qué, así que después de unos segundos que parecieron horas, el niño decidió que era mejor irse ya a casa.

—Gracias por todo, señor. Que tenga una feliz Navidad.

Zed con la bolsa de regalos colgada al hombro se apresuró a salir a la calle, sintiendo las miradas de otros clientes clavadas en su espalda. El frío de diciembre le golpeó en la cara como las miradas recelosas de los desconocidos, pero antes de doblar la esquina, escuchó algo en el callejón junto a la tienda. Su curiosidad infantil le hizo asomarse con cuidado. En la penumbra, vio a un niño humano, un poco más pequeño que él, acurrucado junto a unas cajas. Su ropa estaba desgastada y tiritaba de frío.

—¿Qué te pasa? ¿Estás bien? -preguntó Zed, acercándose poco a poco.

—No te acerques… Eres un zombi de esos, ¿verdad? —dijo el niño con ojos asustados mientras retrocedía.

Zed se detuvo y levantó las manos en señal de paz.

—Te juro que no voy a hacerte daño. ¿Tienes dónde ir?

—Mis padres ya no están. Me escondo donde puedo.

Una punzada recorrió el cuerpo de Zed. Recordó cómo se sintió cuando perdió a su familia antes de que los Caray lo encontraran.

—Ven conmigo -dijo, ofreciéndole la mano-. Mi familia puede ayudarte.

Algo en los ojos de Zed lo hizo confiar.

—¿De verdad? ¿No les importará que vaya contigo?

—Si pudieron aceptarme a mí, también podrán aceptarte a ti —contestó Zed, sonriendo con más confianza-. ¿Cómo te llamas?

—Mi nombre es Milo.

Cuando Zed llegó con Milo a casa, Peter, Martha y Max lo recibieron con calidez. Martha se arrodilló frente al niño y le pasó la mano por el cabello despeinado y le preguntó si tenía hambre. Milo asintió tímidamente, y la mujer lo condujo adentro,seguida por Peter. Max se quedó atrás, mirando a Zed con los brazos cruzados.

—¿Siempre tienes que ser el Héroe Justiciero? —preguntó Max sarcásticamente pero con un destello de admiración en sus ojos.

—No sé. Supongo que alguien tiene que hacerlo —dijo Zed cogiéndose de hombros.

Max rodó los ojos, pero no pudo evitar sonreír mientras seguía a los demás.

Aquella noche, Zed entregó los regalos que había comprado. A Max le encantó el balón y prometió enseñarles a Zed y a Milo a jugar bien. Peter le agradeció el dominó, diciendo que haría un torneo en familia. Y Martha, al ver la bola de nieve, abrazó fuertemente al niño con emoción y lágrimas en sus ojos.

Mientras cenaban todos juntos, incluido el nuevo miembro sentado con ellos, Zed miró alrededor de la mesa y sintió que aquello era la prueba irrefutable de que la vida podía ser como la que tenía antes de convertirse en zombi.

Afuera, la nieve había comenzado a caer, cubriendo el mundo con su blanco manto. Y aunque la vida seguía siendo complicada, Zed sabía que había esperanza para los zombis y los humanos. Al menos, en aquella pequeña casa llena de amor.



04/11/2024

Escondida

Microrreto: El personaje y su entorno
Blog: El Tintero de Oro
VadeReto Noviembre 2024: EL ESPACIO
Blog: Acervo de Letras
Desafío conjunto con Alianzara
Blog: Alianzara
Dance Macabre, Thu Lee (2021)


Mi mamá me dijo que me quedara muy quieta y sin hacer ruido.
Mi armario no era muy grande, pero yo tampoco. La ropa me tapaba para que no me vieran. 
​Estaba oscuro y tenía un poco de miedo, pero hice caso a mi mamá para que la gente mala no me viera. 
​Soy una niña grande y no quería llorar. Casi tengo seis años.
​Oía llorar a mi mamá porque unos hombres la estaban gritando. También  ruido de cosas que se rompían. Mi mamá lloraba más fuerte y yo también empecé a llorar.
​Tenía mocos y me limpié la cara con mi manga, pero me quedé abrazando a mi muñeca. Nos mecimos para estar más tranquilas pero los hombres hacían demasiado ruido.
​Me dolía el culo y tenía frío, pero ya no se oía ruido. 
​Cerré los ojos muy fuerte y abracé más a mi muñeca cuando el armario se abrió. 
​Una mujer policía me cogió en brazos diciendo que todo había pasado. Mamá llegó corriendo y me dio muchos besos. Tenía una tirita muy grande en la cabeza. 
Yo lo oía todo aunque no querían que me enterara. Sé que hacía muchos días que mi papá no estaba en casa. Esos hombres malos le buscaban. No sé porqué mi papá conoce a gente mala.
Mi mamá y yo ahora vivimos en una casa muy grande. Allí también viven otros niños con sus mamás y que sus papás no pueden vivir con ellos.

08/09/2024

Bajo las nubes de Berlín


VadeReto Septiembre 2024

¡Buenos días, Claudia! 

Pero mujer… cada día estás más guapa y radiante. 

¿Qué a dónde voy? me tienes calado ¿eh? 

Voy a ver si consigo algo de carne para hacer a la parrilla. No sé, alguna ardilla o pájaro, o aunque sea una lagartija… ya ves que el huerto no da para más. 

¿Qué? ¿Qué si podré traerte algo bonito para ti? ¿Un vestido, una pulsera o un perfume?

No sé… No tenía pensado ir a ver tiendas.

A ver, yo necesito comer.

Ya sé que tú con tu dieta nomedalagana, no necesitas más. Pero yo necesito mis calorías. Sino ¿Quién te haría compañía? 

Bueno, mi preciosa Claudia. Me voy pero llegaré como siempre, antes de que te des cuenta. 

_____________________


Hans se abrochó el chaquetón y se aventuró en las solitarias calles de Berlín. Silbando feliz, con su rifle cargado a la espalda, le daba igual que el brote comenzase hace diez años, que el último humano que viese fuera de su casa, hiciese cinco, y que los infectados se hubiesen desintegrado por completo, dos años atrás. Él tenía a su Claudia para él solo. 


Caminando en busca de algo para cazar, babeó al ver un pequeño ciervo en medio de la ciudad. Tenía tantas ganas de proteína animal que no se percató de un gran bache en medio del asfalto. La punta de su bota tropezó, con la mala suerte de fracturarse el tobillo. El aullido de Hans rompió el silencio de la vacía urbe. 

El cervatillo, corrió asustado y, de entre algunos coches abandonados, salió un imponente ciervo que no dudó en cornearle para proteger al pequeño. 

Hans no tuvo tiempo a disparar su rifle. Con la fractura y la cornada, nada podía hacer. Claudia no podía salvarle. Ni siquiera sabía su ubicación. 


En la casa, todo parecía estar como siempre. Nada se había movido. Ni el televisor que no funcionaba, ni el sofá o las cortinas. Tampoco el standee, la figura a tamaño real de cartón de Claudia Schiffer, el amor platónico de la adolescencia de Hans, que había encontrado en una de sus incursiones en busca aprovisionamiento.


05/08/2024

Mi primer plot twist

VadeReto Agosto 2024


1968, Playa de Cofete, Fuerteventura. España.

Un hombre va montado a caballo por la playa, que anda despacio, sin prisa. Detrás lleva a su nueva compañera de vida agarrada a su cintura. A su derecha, las olas del mar llegan y mojan las patas del equino. De pronto detienen su marcha y el hombre baja del caballo. Delante de él se erige algo inaudito que le rompe todos sus esquemas mentales. Entonces cae de rodillas, abatido, incrédulo. Durante todo el tiempo que había estado en aquel lugar, era como si hubiese estado viviendo una realidad paralela. 
—¡Oh, dios mío! He vuelto. Estoy en casa. Durante este tiempo… al final lo logré. ¡Maníacos! Lo habéis destruido. Os maldigo. ¡Os maldigo a todos! 
El hombre llora y maldice mientras golpea a la arena mojada y su puño se hunde en la espuma del mar. En frente, una semienterrada Estatua de la Libertad, le mira impasible...

El director dice corten. Acaban de rodar la escena final de la película «El Planeta de los Simios» Charlton Heston Y esta escena en la playa, se quedarán para siempre en la retina de mucha gente, entre quienes me incluyo.
Este fue mi primer plot twist o giro de guión.


04/07/2024

Comida china con salsa agridulce

 
VadeReto Julio 2024
Precuela de: EL CUIDADOR


Estoy satisfecho porque hoy hice una receta de cerdo agridulce sin cerdo.

Esta mañana bajé al Sol Naciente, mi restaurante chino de confianza, para abastecer mi despensa con algunas provisiones, pero sólo pude coger algunos paquetes de fideos y varias botellas de salsa de soja.

El arcón de la carne se había estropeado y todo se había echado a perder, pero pude rescatar un par de cebollas y algunos pimientos y zanahorias. 

Anduve por el restaurante, creyéndome a solas con la bolsa de la comida en una mano y uno de mis cuchillos en la otra. No quería encontrarme con algún indeseable devorador, como yo los llamo. Aunque por como me rugían las tripas con el hambre que tenía, seguramente fuera yo más peligroso que ellos. 

En un momento dado, escuché un ruido detrás de mí y a alguien tocándome la espalda. Entonces, todo sucedió muy rápido. Me giré y clavé el cuchillo en la cabeza de quien fuera. El restaurante debería haber estado vacío. 

Un gritito salió de la boca de aquel pequeño cuerpo que cayó como un saco de patatas. La señora Ming yacía sin vida ante mí. Había matado a la curranta y estupenda dueña del restaurante. 

Me arrodillé junto a su cadáver y saqué el cuchillo. Mientras limpiaba la sangre de la hoja en su propia ropa, lo tuve claro. 


Comida china con salsa agridulce

(faltan ingredientes, pero para las circunstancias en las que estamos, me doy con un canto en los dientes)


Ingredientes para 4 raciones:

600 g de carne magra

2 zanahorias

2 cebollas

2 pimientos (verde y rojo)

3 cucharaditas de salsa de soja

2 cucharaditas de vinagre

4 cucharadas de aceite de girasol

Sal y azúcar


Preparación:

Cortar la carne en tiras finas; pelar y picar las cebollas; cortar el resto de las verduras en trocitos.

Mezclar la salsa de soja, el vinagre y 1 cucharadita de azúcar en un bol y salar.

Poner la carne en adobo durante una hora.

Calentar el aceite en el wok y rehogar la cebolla picada hasta que esté transparente; agregar el resto de las verduras y rehogarlas; calentar y añadir agua; cocer durante 20 minutos.

Servir acompañado de arroz blanco. 


He de decir que pese a no tener todos los ingredientes que requiere la receta original, me salió a pedir de boca. La señora Ming, aunque ya con una edad, tiene una carne increíble. Tierna, jugosa y con un toque salado. 

A mí mujer y a mi hijo también les gustó, aunque ellos la prefieren cruda y sin condimentar. 

Y con esto y un bizcocho… 


01/06/2024

Líneas colapsadas

VadeReto Junio 2024
El oráculo


Aureliana tenía ganas de divertirse aquel fin de semana, por lo que al ver la feria, dio marcha atrás en la autovía con su Harley Davidson, y cogió la salida que se había pasado para poder llegar hasta ella.

Era temprano, así que prácticamente el recinto estaba vacío de visitantes. Una caseta llamó la atención de Aureliana. La pequeña tienda era de rayas, intercalando los colores rosa, violeta y amarillo, y en cuya entrada podía leerse:

«Descubre tu Futuro con Madame Rose»

La cortina de cuentas se abrió de golpe cuando la mujer entró haciendo una especie de pirueta, pues casi se cae al haberse tropezado en la entrada. Madame Rose, no pudo ahogar un pequeño y agudo grito.

—Buenas tardes. Siento asustarla, pero deberían arreglar esa madera de ahí fuera.

—¡Ay! Lo siento mucho. ¿Se encuentra bien? Puede pasar y sentarse. ¿Quiere que le mire el futuro? 

—Sí. A esto venía. Jamás visité un lugar así pero como dice el refrán, nunca es tarde si la dicha es buena. 

La mujer se sentó frente a Madame Rose que miró detenidamente la mano derecha de Aureliana. Después la izquierda. Escrutó ambas manos tanto juntas como por separado mientras la vidente negaba con la cabeza y murmuraba algo para sí misma. Luego, sacó su baraja de tarot favorita para ver si así, podía descubrir algo sobre el porvenir de la señora que tenía delante.

—¿Qué pasa? ¿Ve algo o no? 

—Es que no entiendo qué está pasando. Es la primera vez que me ocurre algo así. 

—Bueno. Le pagaré igualmente. Dígame lo típico que le dice a todo el mundo. Que voy a hacer un bizcocho para mis nietos y que hasta mi nuera me adora. 

—Usted sabe que no puedo decirle eso, ¿verdad? Porque no tiene nietos, ni hijos y nunca ha estado casada.

—Sorprendente. No es una charlatana pero, ¿qué hay de mi futuro? 

—No me sale nada y estoy tan sorprendida como usted. Las cartas me dicen que se dirigía a encontrarse con dos amigas pero que la feria hizo que le dieran ganas de acercarse un rato. 

—Impresionante. Todo eso también es cierto.

Aureliana estaba con la boca abierta. Madame Rose no era ninguna vendehumos sacacuartos, pero le empezaba a hartar que no le dijera nada de lo que iba a ocurrirle después de aquel día. 

—Por último —prosiguió la tarotista—. El oráculo revela que al intentar coger la salida, usted ha sufrido un accidente…

—¿Accidente? Yo no lo llamaría accidente a lo ocurrido. Sólo me tropecé al entrar aquí.


De pronto, la cortina de la tienda se abrió. Era Míchel, el del puesto de la pesca de patitos, que llegaba bastante nervioso. 

—¡Rosa, Rosa! Creo que esta tarde está medio perdida.

—¿Y eso? ¿Qué pasa? 

—La policía ha cerrado el acceso a la feria por un accidente mortal. Un camión se ha llevado por delante a una señora mayor que estaba dando marcha atrás con su Harley. 

Madame Rose se quedó consternada. La silla de la clienta estaba vacía y la tirada seguía encima del mantel negro, junto a un billete de diez euros.

—¿Qué te pasa Rosa? ¿Estás bien? Te has quedado lívida.

—¡Ay, Míchel! Creo que además de echar las cartas y leer las manos, tengo un nuevo don, y no sé si me gusta. 


05/05/2024

Animales de compañía

VadeReto Mayo 2024


Viernes

05:59 de la mañana.

Tic-tac

Tic-tac

La hora cambió a las 06:00 y sonó el despertador.

Uno, dos, tres, cuatro… 

—¡Gervasioooooooooooo! ¡Me cago en tus muelas!


Cuatro segundos tardó Candela en enfadarse conmigo. Yo ya no sabía qué hacer con esta mujer. Mira que la quiero mucho, pero me lo ponía muy difícil.

Sus pasos descalzos resonaron por el pasillo. Estaba muy cabreada.


—¿Se puede saber por qué haces estas cosas, Ger? Jolines, tío. ¡Dos! Hoy han sido dos las cucarachas muertas en mis zapatillas. Pero a tí te da igual, ¿eh? Y te quedas mirándome como si la cosa no fuera contigo.


¿Qué podía hacer? Estiré mis músculos y me subí al respaldo del sofá para lamerme la pata izquierda. Se me había quedado enganchado algo de cucaracha.


—Bueno, Ger. Pórtate bien mientras estoy trabajando. No te subas al sofá, que ahí tienes tu rascador. Bendito el día en el que decidí tener un gato… 


Candela, como siempre, se había preparado en tiempo récord y salió de casa sin desayunar, y sin seguir entendendiendo que, los pequeños animalillos que le dejaba en sus pantuflas, eran para que comiera algo antes de su jornada laboral. Y no sólo no se los comía, sino que encima se enfadaba conmigo. Pero aun así era mi humana favorita. 


19:37 de la tarde. 

Me había pasado todo el día haciendo cosas de gato. Dormité, me aburrí, jugué a atrapar el haz de luz que da directamente a mi cama justo antes del mediodía, cacé una mosca, y volví a dormir. Entonces Candela llegó a casa sudando y roja como un tomate. Subir tres pisos sin ascensor es agotador para un humano, y si lleva una caja bastante grande, pues aún más. De un salto me planté delante de ella para olisquear el contenido de aquella caja.


—Aparta. Jolines, Gervasio. Déjame por lo menos descalzarme y que suelte el bolso.


Mientras ella hacía todo aquello e iba a la cocina para apagar su sed, aquella caja en medio del recibidor empezó a moverse. Con mi naturaleza curiosa, le dí unos toques con la pata y la caja comenzó a ladrar.


—¿Ger? ¿Ya estás haciendo de las tuyas? Deja a Bú en paz que ahora os presento. 


¿Bú? ¿Qué clase de nombre era ése? El mío, por lo menos, podía ser un tipo guay como Ger, o un distinguido señor como Gervasio. Pero Bú, francamente me sonaba como cuando un bebé intenta darte un susto.


—¡Quién me mandará a mí! Si es que de buena soy tonta. No tengo bastante con un gato, que encima me traigo a un perro. 


Pues bien, Bú era uno de esos perros nerviosos. Un chihuahua negro a quien le faltaba un par de cocidos. Yo también soy negro, así que con el color no tenía problema, pero es que, nada más verme, empezó a gruñirme y claro, yo le bufaba. 


—Ger, hombre… no seas así. ¿No ves que está nervioso por llegar a un lugar nuevo? Pero mira qué bonito es. No me he podido negar. Mi prima Cristina no puede hacerse cargo por el bebé porque le cela demasiado —dijo Candela poniendo voz de niña pequeña—. Por eso está así de nervioso y tiene problemas con uno de sus ojitos…


¿Perro bonito? ¿En serio? Puede que con ella se mostrara cariñoso, pero a mí me miraba con un odio que no era ni medio normal. 


23:53 de la noche. 

Candela se fue a dormir y empezaba la hora en la que me gustaba pasearme por la casa como un centinela. El perro roncaba en su nueva cama. Una que antes había sido mía. Pero a este gato que está aquí, aquello no le importaba.


Sábado

03:33 de la madrugada.

Me había quedado dormido, hasta que un ruido de estertores me sobresaltó sobremanera. Con el sigilo que me caracteriza, seguí aquel lúgubre sonido que llegaba de la habitación de Candela. La puerta estaba entreabierta, cosa rara, pues ella siempre la cierra para que yo no la moleste mientras duerme. Por otro lado, cosa que yo no haría jamás, ya que sólo doy vueltas por el comedor, el pasillo, la cocina y de vez en cuando, el baño. Nunca por las habitaciones.

El caso es que me colé en donde Candela y ví al perro sentado sobre el pecho de ella. El morro de Bú estaba a escasos centímetros de la boca de Candela y entre esa escasa distancia, vi una especie de neblina roja saliendo del chihuahua, intentando entrar en el cuerpo de mi humana. De ahí provenía el ruido y la reafirmación de mis sospechas hacia el horrible ser.

Tres, dos, uno… Me lancé sobre Bú y le arañé varias veces en la cara, incluso le mordí en el culo. Con la pelea, tiramos una de las lámparas de Candela, que se hizo trizas. Con el alboroto era normal que ella se despertara. Nos pilló en el momento en el que el maldito chihuahua me tenía medio ahogado por tener sus colmillos en mi cuello, y eso que yo le doblaba en tamaño. 


—¡Ah, no! ¡Esto sí que no! ¡Hasta aquí hemos llegado! A buenas horas se me ocurrió meter a otro animal en mi casa. ¿Cómo voy a fiarme de dejaros en casa a los dos juntos mientras tenga que irme a trabajar? 


Candela cogió a Bú por el cuello, que iba dando dentelladas al aire para morderle la mano. Se dirigió al armario empotrado de la entrada y le encerró con llave. Ninguno de los dos pudimos pegar ojo. Candela me llevó al baño para ver si yo estaba herido, y al ver que no, respiró aliviada y nos encerramos en su habitación. Estuvimos esperando hasta la mañana escuchando los horribles sonidos guturales de Bú mientras no paraba de rascar la puerta del armario con sus garras. 


08:00 de la mañana.

Al principio del fin de la pesadilla, recuerdo que mi dueña cogió su teléfono. 

—Buenos días, Cristina. Por decir algo. El chihuahua que me has endosado es un demonio de perro. ¿De dónde lo sacaste?

—Nos lo dejó la antigua inquilina de nuestro piso. Decía que no podía hacerse cargo de él. Al principio, bueno. Yo estaba embarazada y el perro, pues lo que pensábamos que era un chihuahua. Un perrillo nervioso y ya está. Pero desde que el bebé nació, hace quince días, estaba como loco por el día. Y por las mañanas, aunque el bebé dormía del tirón por la noche, se pasaba el día llorando y, tanto su padre como yo, nos levantábamos sin fuerzas. Era como si la energía se nos escapara durante el sueño, en vez de descansar. 


Las primas siguieron hablando un poco más y la cosa quedó en que Candela iría con el perro a casa de Cristina.


15:30 de la tarde.

Después de lo ocurrido, Candela no me quiso dejar solo en casa. Me metió en mi trasportín y lo acomodó en el coche. A Bú le metió en otro, más viejo. Durante todo el tiempo, nunca dejó de portarse mal. Incluso su trasportín acabó encajado entre el asiento trasero y el respaldo delantero. 


16:06 de la tarde.

Cristina abrió la puerta nerviosa. Candela, con un trasportín en cada mano, entró hacia el salón. 


—Y la vecina de la que me hablaste… ¿te dijo algo relevante respecto a este perro? ¿O te lo dio sin más? porque lo más normal, digo yo, es decirle al nuevo propietario, algo sobre las peculiaridades del animalillo. No puede ser que le pillara queriendo morder a Ger en el cuello. Y con mi Gervasio, sólo puedo meterme yo. Es intocable. 

—No. Solamente nos dijo que debía marcharse a Nueva Orleans y ya está. Se fue a Estados Unidos. Eso sí. Nos dejó un par de cajas con un montón de libros, y nos dijo que podíamos hacer con ellos lo que quisiéramos. Pero ni los hemos mirado porque, entre la mudanza, los últimos meses de embarazo y el nacimiento del bebé, estábamos algo desbordados. 

—Pues creo que es hora de ver esos libros. 


En aquella casa, Bú pareció calmarse un poco. Pero a su vez, el bebé que estaba en medio de una de sus siestas, se puso a llorar desconsolado.

Al cabo de unos minutos, Cristina y Candela llegaron descompuestas.


—¿Tu marido a qué hora termina su turno, Cris?

—A las seis. 

—Vamos a hacer una cosa. El niño y tú os venís a casa con Ger y conmigo. 

—Pero… 

—Pero nada. Le dejas un mensaje de voz a Miguel para que sepa qué hacer. Aquí dejamos a este perro del demonio junto a estos libros asquerosos y que se deshaga de todo. Si tiene que pedir ayuda a sus amigos, pues que lo haga. 


21:22 de la noche.

El timbre resonó en toda la casa. Manuel dio dos besos y un abrazo a Candela y luego, le dio uno más largo a su mujer acompañado de muchos besos en el pelo. Después, hizo lo propio con su bebé. 

—¿Os habéis deshecho de aquella basura? —preguntó Candela.

—Sí. Menos mal que mi compañero Walter sabe de esas cosas y me ayudó. En su país son muy creyentes y es frecuente la santería e incluso la magia negra como esta. Así que lo mejor es que no volvamos a casa hasta el lunes, para poder hacer una buena limpieza. El perro seguramente fue utilizado en los ritos de aquella desquiciada y por eso le llamó Bú. En honor a Belcebú.


Y así, es como fue el más loco fin de semana que jamás hayan visto mis ojos gatunos. Y es que... no siempre el gato es el malo.