Viernes
05:59 de la mañana.
Tic-tac
Tic-tac
La hora cambió a las 06:00 y sonó el despertador.
Uno, dos, tres, cuatro…
—¡Gervasioooooooooooo! ¡Me cago en tus muelas!
Cuatro segundos tardó Candela en enfadarse conmigo. Yo ya no sabía qué hacer con esta mujer. Mira que la quiero mucho, pero me lo ponía muy difícil.
Sus pasos descalzos resonaron por el pasillo. Estaba muy cabreada.
—¿Se puede saber por qué haces estas cosas, Ger? Jolines, tío. ¡Dos! Hoy han sido dos las cucarachas muertas en mis zapatillas. Pero a tí te da igual, ¿eh? Y te quedas mirándome como si la cosa no fuera contigo.
¿Qué podía hacer? Estiré mis músculos y me subí al respaldo del sofá para lamerme la pata izquierda. Se me había quedado enganchado algo de cucaracha.
—Bueno, Ger. Pórtate bien mientras estoy trabajando. No te subas al sofá, que ahí tienes tu rascador. Bendito el día en el que decidí tener un gato…
Candela, como siempre, se había preparado en tiempo récord y salió de casa sin desayunar, y sin seguir entendendiendo que, los pequeños animalillos que le dejaba en sus pantuflas, eran para que comiera algo antes de su jornada laboral. Y no sólo no se los comía, sino que encima se enfadaba conmigo. Pero aun así era mi humana favorita.
19:37 de la tarde.
Me había pasado todo el día haciendo cosas de gato. Dormité, me aburrí, jugué a atrapar el haz de luz que da directamente a mi cama justo antes del mediodía, cacé una mosca, y volví a dormir. Entonces Candela llegó a casa sudando y roja como un tomate. Subir tres pisos sin ascensor es agotador para un humano, y si lleva una caja bastante grande, pues aún más. De un salto me planté delante de ella para olisquear el contenido de aquella caja.
—Aparta. Jolines, Gervasio. Déjame por lo menos descalzarme y que suelte el bolso.
Mientras ella hacía todo aquello e iba a la cocina para apagar su sed, aquella caja en medio del recibidor empezó a moverse. Con mi naturaleza curiosa, le dí unos toques con la pata y la caja comenzó a ladrar.
—¿Ger? ¿Ya estás haciendo de las tuyas? Deja a Bú en paz que ahora os presento.
¿Bú? ¿Qué clase de nombre era ése? El mío, por lo menos, podía ser un tipo guay como Ger, o un distinguido señor como Gervasio. Pero Bú, francamente me sonaba como cuando un bebé intenta darte un susto.
—¡Quién me mandará a mí! Si es que de buena soy tonta. No tengo bastante con un gato, que encima me traigo a un perro.
Pues bien, Bú era uno de esos perros nerviosos. Un chihuahua negro a quien le faltaba un par de cocidos. Yo también soy negro, así que con el color no tenía problema, pero es que, nada más verme, empezó a gruñirme y claro, yo le bufaba.
—Ger, hombre… no seas así. ¿No ves que está nervioso por llegar a un lugar nuevo? Pero mira qué bonito es. No me he podido negar. Mi prima Cristina no puede hacerse cargo por el bebé porque le cela demasiado —dijo Candela poniendo voz de niña pequeña—. Por eso está así de nervioso y tiene problemas con uno de sus ojitos…
¿Perro bonito? ¿En serio? Puede que con ella se mostrara cariñoso, pero a mí me miraba con un odio que no era ni medio normal.
23:53 de la noche.
Candela se fue a dormir y empezaba la hora en la que me gustaba pasearme por la casa como un centinela. El perro roncaba en su nueva cama. Una que antes había sido mía. Pero a este gato que está aquí, aquello no le importaba.
Sábado
03:33 de la madrugada.
Me había quedado dormido, hasta que un ruido de estertores me sobresaltó sobremanera. Con el sigilo que me caracteriza, seguí aquel lúgubre sonido que llegaba de la habitación de Candela. La puerta estaba entreabierta, cosa rara, pues ella siempre la cierra para que yo no la moleste mientras duerme. Por otro lado, cosa que yo no haría jamás, ya que sólo doy vueltas por el comedor, el pasillo, la cocina y de vez en cuando, el baño. Nunca por las habitaciones.
El caso es que me colé en donde Candela y ví al perro sentado sobre el pecho de ella. El morro de Bú estaba a escasos centímetros de la boca de Candela y entre esa escasa distancia, vi una especie de neblina roja saliendo del chihuahua, intentando entrar en el cuerpo de mi humana. De ahí provenía el ruido y la reafirmación de mis sospechas hacia el horrible ser.
Tres, dos, uno… Me lancé sobre Bú y le arañé varias veces en la cara, incluso le mordí en el culo. Con la pelea, tiramos una de las lámparas de Candela, que se hizo trizas. Con el alboroto era normal que ella se despertara. Nos pilló en el momento en el que el maldito chihuahua me tenía medio ahogado por tener sus colmillos en mi cuello, y eso que yo le doblaba en tamaño.
—¡Ah, no! ¡Esto sí que no! ¡Hasta aquí hemos llegado! A buenas horas se me ocurrió meter a otro animal en mi casa. ¿Cómo voy a fiarme de dejaros en casa a los dos juntos mientras tenga que irme a trabajar?
Candela cogió a Bú por el cuello, que iba dando dentelladas al aire para morderle la mano. Se dirigió al armario empotrado de la entrada y le encerró con llave. Ninguno de los dos pudimos pegar ojo. Candela me llevó al baño para ver si yo estaba herido, y al ver que no, respiró aliviada y nos encerramos en su habitación. Estuvimos esperando hasta la mañana escuchando los horribles sonidos guturales de Bú mientras no paraba de rascar la puerta del armario con sus garras.
08:00 de la mañana.
Al principio del fin de la pesadilla, recuerdo que mi dueña cogió su teléfono.
—Buenos días, Cristina. Por decir algo. El chihuahua que me has endosado es un demonio de perro. ¿De dónde lo sacaste?
—Nos lo dejó la antigua inquilina de nuestro piso. Decía que no podía hacerse cargo de él. Al principio, bueno. Yo estaba embarazada y el perro, pues lo que pensábamos que era un chihuahua. Un perrillo nervioso y ya está. Pero desde que el bebé nació, hace quince días, estaba como loco por el día. Y por las mañanas, aunque el bebé dormía del tirón por la noche, se pasaba el día llorando y, tanto su padre como yo, nos levantábamos sin fuerzas. Era como si la energía se nos escapara durante el sueño, en vez de descansar.
Las primas siguieron hablando un poco más y la cosa quedó en que Candela iría con el perro a casa de Cristina.
15:30 de la tarde.
Después de lo ocurrido, Candela no me quiso dejar solo en casa. Me metió en mi trasportín y lo acomodó en el coche. A Bú le metió en otro, más viejo. Durante todo el tiempo, nunca dejó de portarse mal. Incluso su trasportín acabó encajado entre el asiento trasero y el respaldo delantero.
16:06 de la tarde.
Cristina abrió la puerta nerviosa. Candela, con un trasportín en cada mano, entró hacia el salón.
—Y la vecina de la que me hablaste… ¿te dijo algo relevante respecto a este perro? ¿O te lo dio sin más? porque lo más normal, digo yo, es decirle al nuevo propietario, algo sobre las peculiaridades del animalillo. No puede ser que le pillara queriendo morder a Ger en el cuello. Y con mi Gervasio, sólo puedo meterme yo. Es intocable.
—No. Solamente nos dijo que debía marcharse a Nueva Orleans y ya está. Se fue a Estados Unidos. Eso sí. Nos dejó un par de cajas con un montón de libros, y nos dijo que podíamos hacer con ellos lo que quisiéramos. Pero ni los hemos mirado porque, entre la mudanza, los últimos meses de embarazo y el nacimiento del bebé, estábamos algo desbordados.
—Pues creo que es hora de ver esos libros.
En aquella casa, Bú pareció calmarse un poco. Pero a su vez, el bebé que estaba en medio de una de sus siestas, se puso a llorar desconsolado.
Al cabo de unos minutos, Cristina y Candela llegaron descompuestas.
—¿Tu marido a qué hora termina su turno, Cris?
—A las seis.
—Vamos a hacer una cosa. El niño y tú os venís a casa con Ger y conmigo.
—Pero…
—Pero nada. Le dejas un mensaje de voz a Miguel para que sepa qué hacer. Aquí dejamos a este perro del demonio junto a estos libros asquerosos y que se deshaga de todo. Si tiene que pedir ayuda a sus amigos, pues que lo haga.
21:22 de la noche.
El timbre resonó en toda la casa. Manuel dio dos besos y un abrazo a Candela y luego, le dio uno más largo a su mujer acompañado de muchos besos en el pelo. Después, hizo lo propio con su bebé.
—¿Os habéis deshecho de aquella basura? —preguntó Candela.
—Sí. Menos mal que mi compañero Walter sabe de esas cosas y me ayudó. En su país son muy creyentes y es frecuente la santería e incluso la magia negra como esta. Así que lo mejor es que no volvamos a casa hasta el lunes, para poder hacer una buena limpieza. El perro seguramente fue utilizado en los ritos de aquella desquiciada y por eso le llamó Bú. En honor a Belcebú.
Y así, es como fue el más loco fin de semana que jamás hayan visto mis ojos gatunos. Y es que... no siempre el gato es el malo.