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27/05/2026

El fin del silencio

Relato presentado al Concurso
EACWP* 2026 en lengua española


Con la luz del día el silencio en la casa se hizo más llevadero. Tras la noche en vela, la mujer salió al porche. Los cuerpos de los cuatro zombis que había abatido con su escopeta yacían como títeres sin hilos.

Todo era extraño en aquella soleada mañana sin ruido en la que los pájaros no trinaban, aquellos no muertos habían dejado de arrastrar los pies, golpear la puerta y proferir alaridos. Al mirar a lo lejos lo entendió. Venían muchos más y ella debía abandonar su refugio por enésima vez.

*European Association of Creative Writing Programmes

16/03/2026

Último viernes de pizza

Relato presentado a
Orgullo Zombi 7


Al fin había terminado los deberes y tendría todo el fin de semana para olvidarme del instituto. Mis padres estaban discutiendo de nuevo. Les escuchaba mientras elegía el pijama que me iba a poner después del baño. Por enésima vez, mamá se quejaba porque papá siempre dejaba las toallas mojadas de cualquier manera.

Suspiré mientras cogía la ropa interior del cajón. ¿Es que no podían parar de discutir por todo? ¿Es que había cambiado algo en el último año que yo no supiera? Mis trece años no me alcanzaban para saber qué cosas pasaban en la vida de los adultos que a los niños se nos cerraban, y eso me frustraba. Yo solo veía que mi madre perseguía a mi padre para decirle que si no cerraba bien la botella de cola, se le escaparía el gas. Que si al llevar los platos a la cocina, no les pasaba un agua, luego sería muy difícil quitarles la suciedad pegada. En definitiva, que hiciera o que no hiciera de tal manera cualquier cosa. Pero sobre todo, que se relajara al llegar a casa y que nos hiciera más caso a las dos.

Mi padre, por su parte, contestaba que no podía desatender los mensajes de su jefe. Que él estaba en medio, bajo las órdenes de don Pelayo y por encima de los empleados, que siempre se las ingeniaban para liarla con algo. En el trabajo papá era el malo para los curritos y un incompetente para el empresario que podía permitirse el lujo de despedirlo. Pero tenía que aguantar ya que tenía una hipoteca a la que aún le quedaban diez años para quitársela de encima.

Yo ya estaba harta y me planté en la puerta del baño:  

—¿Podéis parar de pelearos aunque solo sea porque es viernes por la noche?

El silencio cayó como cuando se va la luz en mitad de una película.

Mamá fue la primera en mirarme. Su mirada no reflejaba rabia, solo un cansancio que se le hacía demasiado largo, casi crónico. Papá seguía con el móvil en la mano, sujetándolo como si fuera un salvavidas.

—Perdona, cariño —me dijo mamá, pasándose la mano por el pelo desde la frente hasta la nuca—. No era nuestra intención molestarte.

—Tienes toda la razón, Clara. Hoy es viernes, y eso significa que toca pizza y elegir alguna película.

En aquel instante pensé que todo iba a arreglarse por arte de magia y que cenaríamos la carbonara que elegimos mamá y yo, y papá se quedaría con la de peperoni. Después pondríamos alguna peli mala donde papá se reiría demasiado fuerte en las escenas que no tenían gracia, y mamá pondría los ojos en blanco, pensando que su marido no tenía remedio.

Pero entonces sonó el móvil de papá.

No era el tono normal, sino ese pitido raro de las alertas del gobierno, el que solo había escuchado en un simulacro del instituto. Tras unos segundos, mamá se dio cuenta de que el suyo también sonaba desde la mesita del salón.

Cuando papá miró la pantalla del teléfono, le cambió la cara y tragó saliva antes de hablar.

—Dicen que hay disturbios. Que nadie salga de casa y que cerremos puertas y ventanas.

Mamá soltó una risa nerviosa mientras se dirigía hacia su propio móvil.

—¿Disturbios aquí? Pero qué clase de disturbios si esto es un barrio de lo más tranquilo y aburrido.

Como si el mundo hubiera querido llevarle la contraria, en ese mismo momento escuchamos un golpe muy fuerte en la calle. Luego otro. Y después gritos.

Papá fue a mirar por el balcón y mamá y yo le seguimos. Desde nuestra segunda planta se veían dos coches empotrados en la esquina del bar que da justo en frente y la calle olía a hierro, como cuando me sangra la nariz en verano. Vi personas corriendo aterrorizadas, y a otras que no corrían. Estas caminaban raro, como si no recordaran muy bien cómo se hace. Iban torcidos y a trompicones. Una de ellas era Loli, la madre de mi amiga Marta. La reconocí porque llevaba la camiseta de su gimnasio. Me gustaba ir los martes a practicar taekwondo.

Loli se abalanzó sobre un hombre que intentaba levantarse del suelo y mamá me tapó los ojos, pero yo ya había visto lo necesario.

—¡Meteos dentro! —ordenó papá, casi metiéndonos a empujones en casa.

Cerró la puerta del balcón y bajó la persiana con un golpe seco. El ruido de la calle quedó amortiguado, pero no desapareció. Los golpes, lejos de terminar, seguían. Y lo más aterrador de todo era que cada vez se oían más cerca.

Los tres dimos un respingo cuando sonó el timbre de casa. Nos quedamos congelados, pero volvió a sonar con mucha insistencia.

—No abras —susurró mamá.

Pero papá ya estaba en la puerta.

—Puede ser la vecina—dijo—. Ya sabes que Enriqueta está sola y sus hijos viven a una hora de aquí.

Yo noté que a mamá se le tensaron los hombros porque quería detenerlo. Pero no lo hizo.

Papá miró por la mirilla y retrocedió dos pasos, muy despacio. Entonces el timbre dejó de sonar y empezaron los golpes aporreando la puerta.

—Meteos en el baño las dos y cerrad con pestillo —dijo papá.

—¡No quiero! —protesté.

—Haz caso a tu padre —ordenó mamá.

Mamá me agarró la cara con las dos manos, firme pero suave.

—Pase lo que pase, no salgas hasta que yo te lo diga. ¿Vale?

—Vale —dije mientras me temblaba todo el cuerpo.

Mamá no quería dejar solo a papá que cogió el palo de la fregona del rincón como si fuera una espada que le hacía ver ridículo y valiente a la vez. La puerta cedió con un crujido y mamá me empujó dentro del baño y cerró gritándome que echara el pestillo.

Lo hice y me senté dentro de la bañera, abrazándome las rodillas. Escuché los gritos de papá y mamá, aparte de otro que no supe identificar. Oí golpes en las paredes y cosas que se rompían. Después un sonido que no había oído nunca y que no olvidaría jamás, un ruido húmedo, como un gorgoteo. Después llegó un silencio de los que sabes que no traen nada bueno.

Realmente no sé cuánto tiempo pasó hasta que me atreví a salir. Parecía que el mundo se había quedado sin reloj.

Abrí la puerta del baño y salí al pasillo que estaba en total oscuridad. La única luz venía del televisor del salón. En la pantalla, un presentador hablaba con gesto grave y ojeras oscuras. La voz del hombre temblaba mientras repetía palabras que parecían sacadas de una película: “protocolo de contención”, “cuarentena”, “agresividad extrema”, “eviten cualquier contacto físico”. 

Mientras la última frase retumbaba en mi cabeza, me fijé en que había sangre en la pared, en el suelo y en la puerta. Entonces fui a la cocina y allí estaban de espaldas, de pie y muy quietos.

Mamá tenía la cabeza ladeada en un ángulo imposible y papá seguía sujetando el palo de la fregona, pero ahora como si no supiera para qué servía.

—¿Mamá? —mi voz salió pequeña—. ¿Papá?

Ambos giraron la cabeza al mismo tiempo. Sus ojos me atravesaron y dieron un paso hacia mí. Yo retrocedí hasta chocar con la nevera. Estiraron los brazos y abrieron unas bocas babeantes mientras dieron un segundo paso arrastrado. El olor que desprendían me dio náuseas. Sus mandíbulas se abrían y cerraban con un chasquido húmedo.

—Soy Clara… —susurré, sin saber por qué—. Soy yo.

Y ahí fue cuando supe, con una claridad que me partió en dos, que aquella había sido la última vez que los había visto discutir por toallas mojadas y botellas de cola mal cerradas. La última vez que los había visto siendo humanos. Y entendí algo horrible: esas discusiones absurdas que tanto me avergonzaban, eran la prueba de que estaban vivos. Pero ahora ya no había vida en ellos.

El hombre que ya no era papá estrelló el palo contra la pared a centímetros de mi cabeza, y la que aquel día fue mamá, emitió un sonido gutural y dio otro paso.

Yo no sé en qué momento eché a correr. La puerta estaba abierta y en el rellano vacío se oían ecos y golpes de otros pisos. Bajé las escaleras a toda prisa sin atreverme a mirar hacia mi casa, porque la última vez que los vi humanos fue cuando discutían por toallas mojadas. No quería girarme porque corría el riesgo, si les veía otra vez como zombis, de olvidar sus versiones con vida para siempre.

01/03/2026

Cita con Dios

Microrreto: Microrrelatos de la Bestia


Cuando le dieron permiso, el hombre de negro llamó a la puerta dando seis golpes secos.

—Adelante.

El hombre de blanco estaba de espaldas mirando a través del enorme ventanal de su despacho, su melena castaña le caía de manera informal.

—Hola, Jesús. Creo que ahora sí tenemos un verdadero problema.

—¿Tú crees, Lucifer? ¡No me digas!

El Diablo se quedó callado ante un tanto irreverente Dios.

—Es que ya no puedo tentar a casi nadie… —se rascó alrededor de uno de sus cuernos y continuó—. Al principio salté de júbilo ante lo que creí mi mayor mérito de la historia, pero después se me vino todo en contra porque esos a quienes llaman zombis, no tienen un alma que corromper.

Dios se dio la vuelta visiblemente cansado. Un Dios que por primera vez tenía ojeras bajo sus ojos.

—Dime, Diablo… ¿Has oído rezar a alguien últimamente?

Lucifer quiso hablar, pero su rapidez mental se había esfumado.

—Ni contestes. La has liado tanto que por primera vez no sé qué hacer.

El Diablo empezó a caminar en círculos y jurando en arameo, pero Dios ni se inmutó.

De pronto, Lucifer juntó su cara a dos centímetros de la suya.

—¿Sabes qué? Por una vez y sin que sirva de precedente, voy a ayudarte para ayudarme a mí mismo. Haré que vuelvan a creer en ti.

Después de aquello, los supervivientes empezaron a reportar milagros y encuentros con Dios… Pero ya se sabe que el Diablo puede adoptar cualquier forma.


Palabras: 249

19/01/2026

28 años después: El templo de los huesos


En junio del año pasado fui a ver la película 28 años después, cuando se estrenó y ya se sabía que la cuarta película de este universo de infectados, que no zombis, se iba a estrenar en enero de este año.
Ayer fui a verla.
Esta parte que enlaza con la del año anterior, está dirigida por Nia DaCosta y de nuevo con guión de Alex Garland.

Sinopsis principal

El Dr. Kelson (Ralph Fiennes) se ve envuelto en una nueva y sorprendente relación, cuyas consecuencias podrían cambiar el mundo tal y como lo conocen, y el encuentro de Spike (Alfie Williams) con Jimmy Crystal (Jack O'Connell) se convierte en una pesadilla de la que no puede escapar. En el mundo de The Bone Temple, los infectados ya no son la mayor amenaza para la supervivencia: la inhumanidad de los supervivientes puede ser aún más extraña y aterradora.



Opinión

Voy a empezar diciendo que Ralph Fiennes hace una actuación que es para llevarse el Oscar. Me quito el sombrero en cómo su personaje manejó de la mejor manera que pudo, la locura de vida post-apocalíptica que le tocó por suerte. También me ha parecido bien llevada la relación con el infectado Alfa Sansón (Chi Lewis-Parris).
Por otra parte, creo que el chico Alfie Williams en esta parte está desaprovechado, e incluso añadiría, que estorba en la trama. Sí, ya sé que es un crío; pero es que como si fuera un niño diferente al de la anterior película.
Notables la locura y la maldad de Jimmy Crystal (Jack O'Connell), y el poder de lograr discenir, echando a un lado el lavado de cerebro de Jimmy Ink, de la actriz Erin Kellyman.

No destripo nada si digo que hasta el final no llega la ansiada, para muchos, aparición de Cillian Murphy, dejando un final abierto que nos deja con ganas de más.

Aunque oficialmente no ha sido anunciada una continuación por el estudio Sony Pictures Enterteinment, Deadline informó en diciembre de 2025 que se está trabajando en otra secuela. Según Deadline, Murphy, quien fue productor ejecutivo de estas dos últimas películas, está en conversaciones con la SPE para unirse a la secuela, que aún no tiene título.
Además, Alex Garland, guionista de todas la películas de la saga, está escribiendo el guion, según informa Deadline. Asimismo, Danny Boyle, director y productor de la franquicia, ha declarado previamente que sería él quien dirigiera esta nueva entrega, si se realiza, según informó The Hollywood Reporter el pasado diciembre.

Merece la pena verla si te gustó la anterior. Personalmente esta me ha gustado mucho más que la anterior, pero eso va por gustos. En parte es por el papelzao que se marca Fiennes. Todo sea dicho.
Por cierto, vi gente comprando entradas para la misma sesión a la que fui que no había visto 28 años después... y lamento decir que si no la vieron, muchas cosas de las que salen en esta película no las habrán entendido del todo.

04/01/2026

Un náufrago en una isla

 

Relato presentado al X Premio de Relato Breve La Gran Ilusión
De Cines Renoir


Damien llevaba cuatro meses varado en aquella isla perdida del Océano Índico, cuando el avión donde viajaba de Perth a Roma se estrelló en el mar. No podía creer que hubiera sobrevivido a aquel terrible accidente donde ninguno de los otros diecinueve pasajeros y sus seis tripulantes lo había hecho. Él no tenía un balón como Tom Hanks en “Náufrago”, pero llegó un momento en el que le hablaba a los cangrejos que iba a comerse un poco después, y hasta se hizo amigo de un coco al que le pintó una carita sonriente con las ascuas de la hoguera. Lo llamó Cocolette. Al principio era nada más que una broma desesperada para no volverse loco, pero con el tiempo, Damien empezó a confiarle sus pensamientos, sus temores y hasta sus plantes. Así no se sentía tan solo, aunque fuera una ilusión.

La isla tenía apenas tres kilómetros de largo por uno y medio de ancho, un frondoso bosque en el medio y una playa de arena blanca rodeada de acantilados bajos. Por suerte para él no había grandes depredadores, pero sí tormentas traicioneras, un sol implacable y una humedad que le amargaba las noches. Ahora su piel estaba bronceada a la fuerza y se escamaba, y él que siempre iba afeitado, tenía bigote y una barba como un matorral oscuro. Su pelo también había crecido y su cuerpo había adelgazado tanto, que se le notaban casi todos los huesos.

Cada mañana, Damien subía al punto más alto de la isla con la esperanza de ver pasar un barco o un avión. Aunque aún no había tenido suerte, nunca dejaba de mirar. Se había construido un refugio con ramas y hojas de palma, y gracias a un mechero que milagrosamente seguía funcionando, podía hacer fuego. Ya había aprendido a pescar, a coger y partir cocos y a no comer algo que no le diera confianza. Su vida en la isla era siempre igual, hasta que una noche, en medio de una tormenta eléctrica, todo cambió.

El viento rugía con tal fuerza que sacudía la choza como si de papel se tratara. Cocolette cayó de su rincón habitual, rodó hasta la entrada y chocó contra una piedra. Damien, temblando por el frío y la lluvia, se lanzó a por el coco como si fuera un tesoro. Y entonces lo vio. Un barco en el horizonte.

Damien corrió descalzo por la arena mojada, gritando a pleno pulmón y agitando los brazos como un loco. Tropezó y cayó varias veces, pero seguía adelante, siempre sin dejar de sostener a Cocolette.

Y entonces, desde detrás de una cortina de lluvia, una figura humana apareció en la cubierta de aquel barco que se acercaba a su isla. Damien dejó de correr. La embarcación se acercaba demasiado deprisa, como si no tuviera intención de aminorar o atracar.

Todo pasó muy rápido. Un crujido. Un chirrido de metal desgarrándose, seguido de un brutal golpe seco. Aunque Damien se había alejado de la playa y acuclillado en su choza tapándose la cabeza por instinto, el corazón le latía en los oídos. Cuando todo paró, vio iluminada por la luna la enorme silueta del barco, escorado peligrosamente sobre un costado. ¿Dónde estaría el hombre que creyó ver antes?

Damien cogió su palo afilado como lanza improvisada y descendió por la orilla, con los pies hundiéndose en la arena mojada. A medida que se acercaba, el hedor lo golpeó. Olor a carne, podredumbre y descomposición. El nombre del barco aún podía leerse bajo la pintura desconchada : ”Ocean Queen”. Damien tragó saliva. Le sonaba el nombre porque era uno de los barcos turísticos que partían como él, de Perth.

Entonces, la figura que había visto se lanzó por la borda y cayó pesadamente al suelo, de una forma que ningún ser humano debería caer. Damien retrocedió al ver que la figura se alzaba con lentitud mientras sus huesos crujían. Una parte del rostro le colgaba, como un velo arrancado, dejando ver parte de su mandíbula y dientes. Damien se quedó quieto como una roca, con el palo temblando en sus manos.

Detrás de esa figura, otras más comenzaron a caer. Docenas. Cuerpos ennegrecidos por la sal y la putrefacción. Algunos llevaban los uniformes de la tripulación, o camareros. Otros, simples pasajeros. Todos llevaban su ropa cubierta por sangre seca. Una mujer arrastraba una pierna rota; un niño sin mandíbula abría y cerraba la garganta como si intentara hablar.

Damien dio un paso atrás y comprendió que el mundo había cambiado. Mientras él hablaba con un coco y pescaba cangrejos esperando ayuda, el mundo se había ido al carajo.

—No... —susurró—. No puede ser…

Los zombis olieron su aliento. Gimieron al verle y fueron a por él. Damien echó a correr selva adentro, dejando atrás la playa y a Cocolette mientras en los más profundo de su pecho, algo se rompía. Ya no estaba solo… y ojalá lo hubiera seguido estando. Sabía que no aguantaría demasiado hasta que esas criaturas lo devoraran o lo convirtieran en uno de ellos. Vaya mal final para Damien que de pasar a ser como el protagonista de “Náufrago" pasó a vivir su particular “Noche de los muertos vivientes”.

18/11/2025

La lista de la compra

Relato narrado en el Programa de radio Martes de Terror
Noche de Terror IX ; Volumen 3


Me complace decir que el relato de hoy fue seleccionado por Lux Ferre Audio para su programa Martes de Terror. El segundo episodio del especial Noche de Terror 9, con las voces de Elena Navarrete, Toni López e Inés Vega. Podéis escuchar el programa completo AQUÍ.

**********

Tras el desayuno, Mateo apuntó magdalenas a la lista. Mientras se ataba las botas, silbó. Afuera, la brisa mecía los olivos, y el canto de los pájaros era más insistente que de costumbre.

—¡Trufa! ¡Vamos, chica, que toca ir al pueblo!

La joven bodeguera ignoró la orden y el hombre frunció el ceño, asomándose al porche. Estaba ella bajo un árbol meneando el rabo alegremente con un pajarillo en la boca.

—¿Otra vez? ¡Por el amor de Dios! —suspiró, saliendo de casa con resignación—. ¿Cuántas veces te he dicho que no se cazan, no se comen, y tampoco se juega con ellos?

La perrita agachó las orejas y soltó al jilguero que quedó sobre la tierra como una nota disonante. Mateo se acercó a ella y le acarició la cabeza.

—Eres muy bestia. ¿Sabes? Una bonita y cabezota.

Entró a la casa a por la lista. Martes. Huevos, leche, tomates y pienso, entre otras cosas. Cerró con llave y subió al coche, y con un par de palmadas en el asiento, Trufa se subió en la parte de atrás.

La carretera estaba desierta. Como casi siempre. Eso le gustaba a Mateo, sin ruido, sin pitidos, sin domingueros. Hasta que en la última curva antes del pueblo, frenó en seco. Había alguien en mitad del asfalto.

Estaba inmóvil en medio de la línea continua, y parecía llevar ropa de trabajo. Vestía chaleco amarillo y pantalones grises, ambos con rayas reflectantes. Tenía la cabeza ladeada, como si se le hubiera desencajado el cuello y los brazos le colgaban con una rigidez rara, como si no recordara del todo que los tenía.

Trufa soltó un gruñido grave, casi inaudible. El pelo del lomo se le erizó como una cresta. Tenía las orejas tensas hacia adelante, el morro cerrado, y los ojos fijos en aquel hombre.

—Tranquila, chica —dijo sin mucha convicción.

Jamás la había visto así ante cualquier extraño.

Miró de nuevo al hombre y bajó despacio, dejando la puerta entreabierta. Se acercó pensando que no parecía haber escuchado el motor del coche, ni su voz. Su cara tenía un tono ceniciento y la mandíbula le colgaba un poco, babosa.

Mateo tragó saliva. Aquel tipo parecía colocado o enfermo. O ambas cosas.

—Jefe, ¿está bien? —preguntó, manteniendo la distancia.

Silencio. Mateo solo dio un paso más.

El hombre alzó la cabeza con un movimiento espasmódico. Sus ojos estaban enrojecidos y vidriosos, con una mirada vacía, como si vida. Entonces abrió la boca y dejó escapar un sonido sordo, como un gemido roto. Y fue cuando, con un crujido apenas audible, se enderezó y dio su primer paso.

Aquel desconocido se acercaba a Mateo con la boca abierta y los brazos estirados. El hombre de campo, que solamente quería hacer la compra, no esperó más. Le plantó ambas manos en el pecho y lo empujó con fuerza. El hombre cayó pesadamente hacia atrás, sin apenas resistencia,  y se oyó un crujido, como el de una rama rota.

—Vamos, no me jodas —murmuró Mateo contrariado—. Encima le habré roto algo.

El hombre no se quejó ni gritó. Ni siquiera se llevó la mano a donde fuera que se hubiera hecho daño. Se quedó un momento tumbado con los ojos clavados en el cielo, y luego intentó ponerse de pie otra vez. Pero parecía una marioneta de hilos. Eso fue lo que le dio más miedo a Mateo. Volvió al coche a toda prisa. Trufa lo recibió con lloros impacientes.

—Ya, bonita, ya. Nos vamos cagando leches.

Metió primera y salió pitando hacia el pueblo. Daría parte a la Guardia Civil. Tal vez era una droga de esas sintéticas que volvían a la gente loca. O alguien fugado del psiquiátrico. No sería la primera vez.

Cuando al fin llegó al pueblo, vio entonces a una mujer corriendo. Llevaba la ropa rota y manchada de tierra y sangre. Al ver el coche, alzó los brazos desesperada y se puso delante de él. El coche frenó.

—¡Ayúdeme! —gimió ella—. ¡No me deje aquí!

Mateo bajó la ventanilla solo un dedo.

—¿Qué pasa? ¿Está herida?

La mujer temblaba y tenía los labios resecos y partidos.

—No me han mordido. Le juro que no me han atacado.

Trufa volvió a gruñir en el asiento trasero, agazapada. Mateo dudó pero abrió la puerta.

—Entre despacio y dígame qué está pasando.

Ella entró de un salto y cerró la puerta a toda prisa. Pasaron algunos segundos callados, solo el sonido del motor y el jadeo de Trufa llenaban el coche.

—Todo empezó el viernes —dijo la mujer al borde del llanto—. En el hospital, incluso en las ambulancias. No sabíamos qué pasaba… personas que morían y resucitaban… y mordían a la gente. Les arrancaban la cara o se comían sus tripas. Y luego, ellos se levantaban a su vez, voraces.

—¿Quiénes?

—Los que morían se levantaban, igual que el primero. Como si no estuvieran muertos del todo.

Mateo tragó saliva. Quería echarla y mandarla a paseo. Pero la imagen del hombre de la carretera le vino a la cabeza. Y pensó que no parecía humano.

—He perdido a mi hermana. Le mordieron el brazo el domingo. Pero no tuve el valor de matarla. Era mi hermana…

Mateo miró por el retrovisor sin responder. Todo parecía tranquilo, pero algo olía mal. No era solo paranoia.

—Yo soy Mateo. ¿Y usted?

—Silvia.

—Vale, Silvia. Vayamos a la Guardia Civil. Ellos deben saber algo.

—No lo entiende, ¿verdad? Incluso los guardias se han convertido. Soy de las pocas que aún queda con vida. Aunque aún no sé por cuánto tiempo.

Silvia empezó a sollozar. Mateo intentaba procesarlo todo. Aquello era demasiado para él, un hombre sencillo y con los pies en la tierra. Un perro empezó a ladrar a lo lejos. Y entonces vio junto al estanco a Pepe, el del bar. Caminaba despacio, arrastrando los pies, con las tripas fuera.

—Bueno, Silvia. Nos vamos.

—¿Adónde?

—A casa. A por mi escopeta. Aún tengo que hacer la compra.

10/08/2025

Test de Supervivencia Zombi

Desvarío: Apocalipsis Zombi

En la entrada de hoy propongo un reto a quien se pase por aquí. Se trata de un test al puro estilo de Elige tu propia aventura, donde tomar decisiones como si se estuviera viviendo en el propio apocalipsis.

Dicen que en un Apocalipsis Zombi solo sobreviven los fuertes... pero yo no estoy tan segura de eso. Lo único que separa a un superviviente de un almuerzo putrefacto es saber tomar la decisión correcta en el momento justo.

Olvidemos por un momento las películas y series. Aquí no hay héroes invencibles ni armas mágicas. Solo tú, tus reflejos, y tu capacidad para improvisar cuando el mundo se va al carajo. 

¿Entonces estás listo o lista para descubrir si sobrevivirías... o si te comerían antes de que termine el día?

Elige tu propia aventura en el Apocalipsis zombi
Tus elecciones en esta historia son las que van a determinar si sigues vivo, o si pasas a formar parte del menú.

Comienza en la situación 1 y elige una opción. Sigue el número que ha indicado dicha opción hasta llegar al final.

1. Te despiertas en casa con gritos a lo lejos. La radio dice que hay ataques violentos en toda la ciudad.

  • A) Cierras puertas y ventanas, y buscas provisiones → 2A
  • B) Sales corriendo a buscar a tus vecinos → 2B
2A. Encuentras  tres botellas de agua y algo de pan. El teléfono no funciona.
  • A) Te atrincheras y esperas → 3A
  • B) Planeas salir hacia una zona rural → 3B
2B. Tus vecinos han sido atacados y te ven.
  • A) Corres hacia tu coche → 3C
  • B) Te escondes en un cobertizo → 3D
3A. Al tercer día sin comida suficiente, los zombis entran en tu calle.
  • A) Intentas escapar por los tejados → 4A
  • B) Sales por la puerta trasera armado con un cuchillo → 4B
3B. Coges una mochila con provisiones y sales de madrugada.
  • A) Vas por calles pequeñas y en silencio → 4C
  • B) Vas por la carretera principal para avanzar rápido → 4D
3C. En el coche, ves zombis acercándose y el motor no arranca.
  • A) Buscas otro vehículo → 4E
  • B) Escapas corriendo hacia la estación de tren → 4F
3D. El cobertizo tiene herramientas, pero también un zombi encadenado que intenta soltarse.
  • A) Lo matas y buscas algo útil → 4G
  • B) Sales de allí inmediatamente → 4H

4A. Caes del tejado y te rompes el tobillo → Final: Desafortunado

4B.
Te enfrentas a tres zombis y uno te muerde Final: Cena zombi

4C. Llegas a las afueras sin ser visto5A

4D. En la carretera, una horda bloquea el paso 5B

4E. Encuentras una furgoneta con las llaves puestas → 5C

4F. La estación está llena de zombis encerrados tras vallas → 5D

4G. Consigues un hacha y algo de cuerda → 5E

4H. Escapas, pero dejas atrás cualquier herramienta útil → 5F

5A. Te topas con un río que bastante caudaloso.
  • A) Intentas cruzar nadando → 6A
  • B) Sigues por la orilla buscando un puente → 6B
5B. Intentas bordearlos, pero una explosión atrae a más zombis → Final: Cena zombi

5C.
Conduces hasta el campo 6C

5D. Encuentras un vagón vacío y te escondes dentro 6D

5E. Te equipas y sales en busca de comida → 6E

5F. Avanzas sin armas ni comida → 6F

6A. La corriente te arrastra y te ahogas → Final: Desafortunado

6B. Encuentras un puente custodiado por supervivientes armados 7A

6C. Te quedas sin gasolina en medio de la nada 7B

6D. El tren arranca inesperadamente → 7C

6E. Localizas una tienda pequeña sin saqueadores 7D

6F. Caes exhausto en mitad de la calle → Final: Cena zombi

7A. Negocias con los supervivientes y te dejan pasar → Final: Superviviente nato

7B. Ves una granja a lo lejos, pero con zombis en el camino → Final: Resistente

7C. El tren te lleva fuera de la ciudad, pero sin recursos → Final: Resistente

7D. Consigues provisiones y mejoras tus defensas Final: Superviviente nato

FINALES:
  • Superviviente nato 🏅 → Has tomado decisiones frías y calculadas. Tienes futuro en este nuevo mundo.
  • Resistente ⚔ → Aguantas, pero tu margen de error es peligroso.
  • Desafortunado 😱 → Una mala jugada ha acabado con tus opciones.
  • Cena zombi 💀 → Se ha visto que la supervivencia no es lo tuyo.
Ahora me gustaría que me dejaras tu comentario:
¿Qué resultado te ha salido?
¿Qué decisión cambiarías?
¿Y qué harías tú de verdad si mañana se desata el apocalipsis?
O dejo a tu elección lo que quieras aportar.

Si has terminado como Superviviente nato, enhorabuena: tienes madera de líder y cerebro para mantenerte vivo. Si eres Resistente, todavía tienes margen para mejorar, pero no bajes la guardia. Si la suerte no te ha acompañado y has tenido un final Desafortunado, puede decirse que al menos, lo intentaste. Y si te ha tocado ser Cena zombi… bueno, habrás sido un aperitivo valiente.

24/06/2025

28 años después

Desvarío: Zombis

Este domingo fui a ver la película 28 años después, y por si alguien no lo sabe, es la tercera entrega de la saga iniciada con 28 días después (2002) y 28 semanas después (2007).
Esta tercera parte, como la primera, está dirigida por Danny Boyle y escrita por Alex Garland.

Sinopsis principal

Tres décadas después del brote del virus de la rabia, un pequeño grupo de supervivientes vive aislado en una isla fortificada en Gran Bretaña. Jamie (Taylor-Johnson) y su mujer enferma Isla (Jodie Comer), junto a su hijo Spike (Alfie Williams) forman parte de este grupo de supervivientes.
Spike es iniciado por su padre en el arte del tiro al arco para defenderse de los infectados que habitan en la Escocia interior, allí el chico verá una hoguera humeante que le llenará de curiosidad, y será así como sepa de la existencia del Doctor Kelson (Ralph Fiennes).



Opinión

Personalmente me ha encantado el papel que se marca Ralph Fiennes, un personaje que nos deja una buena enseñanza que, si bien en algunas de las cosas que hace no logramos entenderlas en un principio, después, podemos llegar a entenderlo precisamente al juramento hipocrático a la que se debe como médico. También me ha gustado el joven Alfie Williams y la actriz que da vida a su madre, Jodie Comer.

Y lo que menos me ha gustado es un aspecto del Infectado Alpha, y la manera en la que han decidido darle cierre a la película. Para mi gusto, creo que se le fue la pinza más de lo necesario. Mención especial a una escena que en la sala se transformó en carcajada entre Alfie y el soldado sueco Erik (Edvin Ryding). Quien vea la película sabrá a qué me refiero.

Para quienes nos gusta este subgénero ya tenemos confirmada su secuela: 28 años después: El Templo de los Huesos, cuyo estreno está previsto para enero de 2026 y estará dirigida por Nia DaCosta y contará con Cillian Murphy retomando su rol de Jim de la primera película de la saga.

Merece la pena verla si te gustan las películas de zombis, o como en este caso, de infectados, y si te gusta que se cuente la historia de esos supervivientes que tienen que continuar en un mundo post apocalíptico. Por mi parte espero a que la siguiente película no me decepcione y que todo vaya bien para que pueda hacerse la tercera parte de la que parece ser la trilogía definitiva, dotando a la saga de cinco películas.

30/05/2025

Club 48

 
Relato presentado a la
V edición de Relato 48

El lobo se fijó en mí. No un lobo de cuatro patas y de los que aúllan a la luna. De esos ya no quedan. Me refiero a un lobo con piel de cordero. Y no le culpo, la verdad. Si yo me viera desde fuera, también me habría equivocado al prejuzgarme.

El caso es, que yo iba al salir de trabajar, en esta nueva normalidad, con mi coleta rubia y mi mochila roja, de esas baratas que aún venden en una famosa cadena de tiendas enfocadas al deporte y al tiempo libre. Mujer, mediana edad, baja estatura y cara de no haber roto nunca un plato. Esa soy yo. Pero ya os digo, por si no había quedado claro, que las apariencias engañan.

Yo seguía trabajando de lo mío en este nuestro tiempo de post apocalipsis, es decir, limpiando oficinas. Diez años después de que todo colapsara, parecía que las cosas iban tomando su buen rumbo. Yo ganaba un sueldo muy bueno, mucho más bueno que antes de la mortífera pandemia. Trabajaba directamente para el gobierno y no debía preocuparme por mi alquiler o por el alto coste de mis medicamentos. Gracias a algo que no sé lo que es, la verdad, mi vida ahora era mejor de lo que jamás había sido. 

Ya casi había anochecido cuando salí del edificio para dirigirme a casa. No estaba lejos, en el mismo pueblo, a unos quince minutos caminando. Estaba refrescando y agradecí haberme llevado una chaqueta que me coloqué nada más pisar la calle. Saqué mi móvil de la mochila antes de ponerme en marcha y marqué el número de mi hermana.

—¡Ya tardabas, hija!
—Con un “¿qué tal, Estrella?”, creo que estaría mejor como apertura a mi llamada. ¿No crees, Patricia?
—Bueno, bueno. No te pongas así, hermanita. Es que normalmente me llamas antes. ¿Vas a venir mañana a la finca?
—No sé… estoy muy cansada. Esta semana se me ha acumulado el trabajo.
—Te digo, Estrella, que deberías venir y así papá también te ve mientras comemos todos unas costillas de cordero. Que ya sabes que salen bien ricas en la parrilla del patio. ¿Qué dices, Paco?
—¿Eh? ¿Qué?
—No, nada… Paco. Que me dice que te vengas, que va a hacer su espectacular “all i oli” para chuparte los dedos.
—Ay, Patricia. Iré gracias a tu marido. No puedo resistirme a la salsa que hace mi cuñado favorito.
—El único que tienes.
—Ñi, ñi, ñi, el único que tienes. Tú sí que necesitas relajarte.

Fue en aquel momento cuando noté un olor muy conocido. E del de alguien que ya está podrido por dentro. Al dejar de hablar pude escuchar sus pasos, lentos y arrastrados.

—Patricia… ¿Puedes esperar un momento pero siguiendo al teléfono?
—¿Qué pasa? Me estoy poniendo nerviosa.
—Te necesito tranquila, ¿vale? Pero creo que alguien me está siguiendo.
—¿Detrás de ti? ¿Ves quién es? Si a estas horas no suele haber casi nadie por esas calles.

Entonces, apreté el paso. Mi hermana estaba conteniendo la respiración al otro lado de la línea. El sonido del caminar resonaba con más claridad, y aquel olor que conocía demasiado bien, inundaba mis fosas nasales. Me giré sin ningún pudor para poder ver quién me seguía pero, no pude distinguir su cara oculta entre las sombras. Pero lo cierto era que una figura tambaleante venía a mi dirección.

—Estrella, dime qué está pasando.
—Confirmado. Alguien me sigue. Alguien tambaleante que podría ser un…
—¿Estás segura? ¿No podría ser alguien que ha bebido de más y está borracho?
—No lo creo. El olor… Es ese olor… Creo que es uno de ellos.
—¿Pero qué dices? ¿No es algo imposible? Hace años que no…
—Si eso yo lo sé. Se supone que todo esto está controlado. Pero tengo que ponerme a salvo, y para eso, tengo que colgar. Se está acercando y si estoy pendiente del móvil, no tendré el control total para lo que pueda pasar.

Por mi mente cruzaban un montón de pensamientos atropellados. Recordar el hedor que desprendían los primeros infectados, antes de que se implementaran los controles y la medicación para los portadores como yo. Colgué la llamada después de decirle a Patricia que la quería mucho. Y a papá. Y a Paco.

Me paré en una esquina para hacer ver que buscaba algo en el bolsillo de mi mochila, y cerciorarme de si aquel individuo, aquel lobo que se fijó en la mujer de la mochila roja, venía de verdad a por mí o seguía su camino. Quizás, a pesar de todo, era un pobre diablo que iba a casa a dormir la mona… Pero eso no ocurrió.

Con su aliento casi en mi nuca, aquel olor dulzón y pútrido me revolvió el estómago. Con todo mi cuerpo en tensión, me giré con brusquedad hacia mi perseguidor. Frente a frente, aquel hombre con enormes ojeras negras bajo sus ojos. Aún no era un zombi aunque no le quedaba mucho para la transformación.

—¿Se puede saber qué quieres de mí? —Dije con más miedo que convicción.

Aquella era la primera vez que estaba delante de alguien así completamente a solas. Éramos solo él y yo en una pequeña calle vacía y de noche. Él se quedó mirándome fijamente durante unos largos segundos. Sus ojos oscuros tenían una expresión desesperada, mezclada con una especie de anhelo retorcido. Fue entonces cuando habló y al fin supe qué quería.

—Siempre quise entrar en el exclusivo club 48.
—¿Y qué tengo yo que ver?

Aquellas palabras parecían no tener sentido hasta que por fin entendí a qué se refería y qué pintaba yo en todo aquello.

—¡Oh, no! ¿O sí? ¿Estás queriendo decir, lo que creo que estás queriendo decir?
—Quiero ser uno de los cuarenta y ocho. Solo eso. Lo merezco. ¿Acaso no puedo?
—¿De dónde eres? ¿Y por qué has venido precisamente a por mí? No te había visto nunca por este barrio. Además… ¿Qué sabes de los 48?
—¿Qué más da eso ahora? —dijo visiblemente alterado—. Sé de la existencia de ese club y de su número reducido, que solamente pueden componerlo cuarenta y ocho agraciados que no se corromperán, ni se convertirán en los asquerosos zombis a los que todo el mundo odia.

Cogí aire y retrocedí instintivamente dos pasos para alejarme un poco más de él. Tenía el cuerpo listo para las dos opciones en estos casos: huída o lucha. El hombre continuó hablando.

—Te vi salir del edificio. De hecho, llevo un par de semanas siguiendo tus movimientos y rutinas. —Carraspeó, y parecía que la garganta le dolía. Tosió espasmódicamente llevándose una mano a su boca y un esputo de sangre oscura le resbaló entre los dedos.
—Mírate. Estás muy enfermo. En las últimas, diría yo.
—Y por eso estoy aquí. Porque quiero salvarme y quiero tu puesto en ese club. Sé que eres una de ellos. De los bendecidos.
—Estás loco, ¿sabes? Loco y enfermo. Necesitas ayuda para acabar con tu agonía.
—Lo huelo aunque intentes ocultarlo. Ese sutil olor. No la hediondez de los que ya caímos, pero tenéis el rastro de lo que nosotros perdimos.

Entonces él empezó a acercarse de forma amenazante. Todo el tiempo sus ojos estaban fijos en los míos. Yo reculé como si estuviéramos en medio de un tétrico baile. Me aferré a mi mochila y busqué en ella las llaves de casa mientras él continuaba con su charla.

—Y además… los rumores cada vez son más fuertes. Se habla de vosotros y vuestro club. De cómo os mantenéis intactos… Que la clave está en vuestra sangre. De algo que podría detener la progresión hasta la despersonalización zombi.

No tuve dudas cuando aquel infectado abrió la boca. El lobo estaba dispuesto a abalanzarse sobre su presa. Yo intentaba mantener la calma y cogí con fuerza las llaves. Apreté el botón del llavero, aparentemente una suerte de mando de garaje. No hubo ni ruidos ni luces. Pero la alarma silenciosa que el gobierno nos da a cada uno de los miembros del club, hizo su trabajo. Nunca había tenido que usarla hasta aquel momento y un sudor frío me heló las sienes.

En menos de dos minutos, llegaron cuatro agentes especiales en dos coches negros blindados y con cristales tintados. Dos minutos que se me habían hecho eternos, intentando mantenerme alejada de aquel hombre que poco a poco, se iba precipitando hacia el final de su vida como persona no muerta. Yo daba gracias infinitamente porque aquel pobre diablo era débil y lento…

Una hora después, tras cerciorarse los agentes de que yo no había sufrido ningún daño, me llevaron a casa. Les di un par de bolsas de la nevera con mi sangre para que extrajeran de ahí el antisuero. Quizás aún no fuera tan tarde para aquel lobo. Quizás, al fin y al cabo, solo fuera un cordero con mala suerte. El caso es que los cuarenta y ocho continuamos siendo los mismos, y que yo no perdí mi puesto en el selecto club español. Sé que en otros cuarenta y siete países cuentan con su propio club y, curiosamente solo hay cuarenta y ocho personas inmunes y que pueden curar en cada uno de ellos. En total somos 2.304 en el mundo con esta condición.

****

Al mediodía siguiente el olor de las costillas de cordero y los pimientos escalibados inundaban el patio. Paco llevaba ya unos cuantos lamparones en su delantal al dar la vuelta a la carne que chisporroteaba. Mi hermana y yo estábamos sentadas bajo la sombra del todo azul y bebiendo té helado. Papá, siempre fiel a sus costumbres, hojeaba el Marca.

—Qué bien que hayas podido venir después de lo de anoche —dijo mi hermana.
—¡Uf! Tiemblo al recordarlo. Aún no me creo lo rápido que pasó todo. Solo necesitaron una pistola táser… Creo que me haré con una, por si acaso me pasa esto otra vez.
—Para eso pagamos los impuestos religiosamente, ¿no? —gritó Paco para que le oyéramos.
—Solo faltaba que no valiese el aparatito ese de las llaves. Si no funcionara, yo si que les iba a dar una descarga y no digo dónde.
—¡Papá! No seas cenizo. Estrella está bien. Y al hombre al menos, han podido contenerle.
—Lo que me escama es que quisiera mi puesto. Aún no sé cómo sabía nada de eso, y cuánto se ha corrido la voz.
—Misterios de la vida, cuñada ——dijo Paco sirviendo los chuletones—. O de la no-vida, según se mire. Lo importante es que la cosa no fue a más. Así que… ¡a zampar! Que este manjar no se come solo.

Paco colocó la fuente en el centro de la mesa. Teníamos escalibada y patata asada como guarnición, además de su famosa salsa “all i oli”. Los cuatro empezamos a comer y hacemos que la tensión de la noche anterior parezca lejana pero, entre trago y trago a mi té helado, sigo viendo los dos ojos negros como pozos de aquel hombre, sin dejar de pensar cuántos más querrán mi plaza y venirme con el sambenito de es que… Siempre quise entrar en el exclusivo club 48.

01/05/2025

Quien espera, desespera

Microrreto: La espera

La vida no es más que una concatenación de cosas que pasan, o no, mientras esperamos. Esto es irrefutable.

Y aquí me encuentro, esperando a no sé el qué, con mi espalda apoyada en una vieja puerta de hierro mientras mi cordura intenta escaparse elucubrando sobre esperar. Y es que suele decirse que quien espera, desespera.

Todos hemos esperado una llamada, los resultados de una analítica, a ser despachados o atendidos en la cola de cualquier banco, supermercado, en correos, en la parada de bus o en cualquier andén. Esperamos tanto de pie como dentro de algún vehículo, ya sea esperando a que el semáforo cambie al verde o al ámbar parpadeante. Peor aún es esperar en mitad de un atasco sin saber qué hay más adelante, y sin saber si continuar o dar media vuelta si es posible.

Quienes tengan hijos habrán padecido lo que llaman “la dulce espera”. Y ya luego, esperar sus primeros pasos, sus primeras palabras, su primer día de escuela o su mayoría de edad. Esperar a que digan que ya han llegado o que ya están de camino a casa. Nada en el mundo desespera más que el saber de tu retoño.

En definitiva, vivir es hacer cosas mientras la muerte con su guadaña, nos espera en algún lado. Ella espera y nunca se cansa. No tiene prisa.

Como dije antes, estoy esperando, quizás a ser rescatada antes de que un puñado de zombis tire la puerta abajo.

244 palabras

06/04/2025

Las crónicas de Nati: Lentejas en un apocalipsis zombi

VadeReto Abril 2025
El Libro

Madre mía… salvo que no soy policía, no tengo un compañero buenorro y, gracias a la vida, mi ex marido no es mi superior, me siento tan identificada con el personaje de Laura Lebrel...

Yo soy Nati, o Natividad cuando me pongo seria. Ama de casa de toda la vida, madre de dos trastos a los que quiero demasiado y fan acérrima del misterio y los zombis. Acabo de ver la serie por segunda vez para refrescarme la memoria, ahora que está en Netflix, porque siempre me ha gustado su manera en la que resuelve los misterios, con la cabeza en las nubes y los pies en la tierra. Así me gusta verme a mí también.
La cosa es que jamás pensé que acabaría usando los consejos de Max Brooks y su “ZOMBI: GUÍA DE SUPERVIVENCIA”. Un libro que da las indicaciones para una protección completa contra los muertos vivientes, ese libro que tengo casi subrayado entero desde que lo compré en 2008.

Todo empezó el jueves pasado por la mañana. El cerezo del patio comunitario había florecido ya, y los gorriones andaban revolucionados como cada primavera. Yo estaba regando las macetas del balcón cuando vi al vecino del 2ºB arrastrándose por la acera. No caminando lento. Arrastrándose. Con un brazo colgando y una expresión vacía como la de mi ex marido viendo el fútbol. Me llevé la regadera y el susto al pecho, y pensé: “Nati, tranquilízate. Esto tiene que tener una explicación lógica.” Y luego recordé en dónde Max Brooks habla sobre la DETECCIÓN, y así tomar precauciones hacia un posible brote zombi. No lo dudé. Cerré la puerta con llave y echando los dos cerrojos, bajé las persianas, y puse a cargar el walkie que compré por si acaso, como decía Laura: “Nunca subestimes una intuición”. Aunque lo que pasó después todavía me cuesta contarlo sin que se me erice el vello.

Primero, escuché golpes en la puerta de la vecina del bajo. Luego, un chillido de esos que te cortan el aliento. Bajé el volumen de la tele y me acerqué con sigilo. Los pasos, cada vez más arrastrados, pasaban por el rellano. Di gracias al cielo porque los gemelos no habían ido al colegio al estar en la cama con gastroenteritis. Una de las pocas veces que estaban sin armar jaleo. Entonces hice lo que haría Laura: coger apuntes. Cogí mi cuaderno de recetas y en la última página empecé a anotarlo todo. Hora. Sonidos. Dirección. Me sentía como ella, resolviendo el caso desde casa, entre la colada lista para tender y las lentejas a medio hacer.

Al mediodía, el vecindario estaba sumergido en un silencio absoluto. Ni un solo coche, ni niños en el parque. Saqué la guía zombi y repasé las instrucciones sobre hacer barricadas. Coloqué la cómoda contra la puerta, reforcé las ventanas con los estores de madera del salón y hasta escondí el jamón en la bañera, por si había que resistir unos días. Y en medio del caos, sonó el teléfono fijo, y eso sólo significaba una cosa. Mi madre, que vive en las afueras. “Nati, ¿tú también los has visto? Están por todos lados. Me recuerda a las películas esas horrorosas que te gustan a ti…”. Y así nos pasamos un cuarto de hora compartiendo teorías. Que si un virus raro, que si una nueva droga, que si un reality extremo de esos que hacen ahora. Pero yo lo sabía. Lo sabía desde que vi al vecino del 2ºB. Esto era de zombis. De los de verdad. Y si quería sobrevivir y salvar a mi familia, tenía que pensar como Laura y actuar como Brooks.

Por la tarde, después de tomarme un té, me armé con el recogedor pequeño que tengo para los rincones, la linterna del camping y una cacerola de hierro fundido. No tenía katana, pero la imaginación es el mejor arma de una ama de casa. Decidí bajar al trastero porque necesitaba provisiones, y allí guardaba mis conservas de tomate y melocotón. Al abrir la puerta del piso, el pasillo estaba vacío. Sólo el eco de pasos lejanos y un olor dulzón, como a flores marchitas.

—Primavera... —murmuré. Hasta el apocalipsis tiene su estación.

Llegué al ascensor, pero bajé por las escaleras, despacio, escuchando cada crujido. En el segundo rellano vi al portero. O lo que quedaba de él. Llevaba aún su gorra, pero sus ojos vacíos y un trozo de brazo colgando lo delataban. Me agaché detrás del carrito de la señora del 5º, que por suerte aún tenía dentro una revista vieja del corazón. Con eso le hice un señuelo que lancé por el pasillo, y mientras el pobre se arrastraba hacia Isabel Pantoja, yo bajé corriendo hasta el trastero. Y allí, entre latas y cajas, lloré. Dos lágrimas recorrieron mis mejillas. Sólo dos, y luego, me sequé con el trapo mientras me decía:

—Nati, tú no vas a ser la siguiente. Tienes lentejas, instinto y sabes usar la olla exprés como nadie.

Y entonces supe que debía organizar un refugio de barrio. Si Laura podía con tres crímenes mientras eliminaba los piojos de las cabezas de sus gemelos, yo podía con esto. Así que salí de allí con el cazo como escudo y la determinación en los ojos. Porque, mientras en el mundo todo se venía abajo, en primavera… las guerreras florecen.

Continuará...

10/12/2024

Zed y la Navidad

VadeReto Diciembre 2024
Cuéntame un cuento

Para Zed iban a ser sus segundas navidades con su nueva familia adoptiva. Aunque algo torpe y bastante asustado y desubicado al principio, sentía que estaba viviendo de nuevo junto a los Caray. Peter y Martha, junto al pequeño Max le habían abierto su casa de par en par, así que quería sorprenderlos con algo especial para agradecerles el amor y la paciencia que le demostraban cada día.

Pero aunque Zed vivía feliz con su familia, notaba cómo los demás humanos de la comunidad le miraban cuando salía a hacer cualquier recado. Y es que ser un joven zombi en la nueva realidad postapocalíptica, no era tan fácil. La cosa era que la Navidad se acercaba y tenía que pensar en tres regalos y demostrarles cuánto los apreciaba. Pero despistado como era, lo había dejado para el último día. 

En una tienda en la calle mayor del pueblo, en donde se podía comprar de todo, Zed compró un balón de fútbol para jugar con Max, y una cajita de madera con un juego de dominó para Peter. Ya por último y después de dar un par de vueltas por el negocio, el pequeño zombi descubrió el regalo perfecto para Martha, un adorno navideño antiguo. Una preciosa bola de nieve en cuyo interior había las cinco figuras de unos niños cantando villancicos delante de una iglesia.

Zed se había disfrazado para caminar por el pueblo, más bullicioso de lo normal por las fechas. Quería pasar lo más desapercibido posible porque los zombis no eran demasiado bienvenidos. Se había puesto maquillaje de su madre para darle un toque más vívido a su grisácea piel, y también se había lavado y perfumado bien para contrarrestar su característico olor a rancio. Pese a que las medicinas que les habían dado a sus padres adoptivos en el hospital, para contrarrestar y parar el deterioro de un cuerpo no vivo, aún se tardaría un tiempo en que los zombis tuvieran una apariencia más humana. Habían conseguido que una cantidad considerable de ellos pudieran razonar, hablar, valerse por sí mismos y no ser un peligro para las personas. Zed no sentía la necesidad atroz por la carne humana. Su nueva dieta, por el bien de todos, debía ser vegetariana. O mejor aún, vegana.

Cuando ya había pagado sus compras y se dirigía a la puerta para irse de la tienda, el tendero se fijó en el pie izquierdo de Zed.

—¡Oye, muchacho! ¿No eres tú el niño adoptado de los Caray? ¿Uno de los supervivientes de la zona cero?

—…

—¿Te llegaron a morder los zombis?

—No, señor. Soy sólo un niño.

—Pero ese pie zambo, completamente mirando hacia dentro. Cuando entraste caminabas mejor.

—Es que ya es tarde y necesito mi pastilla para los huesos. Mi madre dice que me falta calcio. Por eso soy más bajito que los niños de mi edad, pero tengo casi once años.

Zed sintió miedo. No le había dicho a sus padres que iba a ir al centro porque se lo habrían prohibido. Por un momento pensó en salir corriendo, pero recordó las lecciones de Martha: “Siempre responde con calma, Zed. No todos entienden, pero eso no significa que no puedan cambiar”.

—Sí, señor. Vivo con los Caray desde hace un tiempo. Ellos me adoptaron —Zed levantó la barbilla, tratando de sonar más seguro de lo que se sentía.

El viejo lo miró pensativo, cruzando los brazos. A pesar de su tono desconfiado, había algo en sus ojos que parecía más curioso que hostil.

—Dicen que algunos de vosotros ya no… ya no coméis gente.

Zed se estremeció y asintió.

—Es verdad. Ya no somos peligrosos. Tenemos los cuidados necesarios. Ahora como muchas verduras… y también avena. Mucha avena. —Intentó sonreír, pero sabía que su sonrisa era un poco torcida por culpa de su mandíbula rígida.

El tendero masculló algo entre dientes, pero Zed no supo el qué, así que después de unos segundos que parecieron horas, el niño decidió que era mejor irse ya a casa.

—Gracias por todo, señor. Que tenga una feliz Navidad.

Zed con la bolsa de regalos colgada al hombro se apresuró a salir a la calle, sintiendo las miradas de otros clientes clavadas en su espalda. El frío de diciembre le golpeó en la cara como las miradas recelosas de los desconocidos, pero antes de doblar la esquina, escuchó algo en el callejón junto a la tienda. Su curiosidad infantil le hizo asomarse con cuidado. En la penumbra, vio a un niño humano, un poco más pequeño que él, acurrucado junto a unas cajas. Su ropa estaba desgastada y tiritaba de frío.

—¿Qué te pasa? ¿Estás bien? -preguntó Zed, acercándose poco a poco.

—No te acerques… Eres un zombi de esos, ¿verdad? —dijo el niño con ojos asustados mientras retrocedía.

Zed se detuvo y levantó las manos en señal de paz.

—Te juro que no voy a hacerte daño. ¿Tienes dónde ir?

—Mis padres ya no están. Me escondo donde puedo.

Una punzada recorrió el cuerpo de Zed. Recordó cómo se sintió cuando perdió a su familia antes de que los Caray lo encontraran.

—Ven conmigo -dijo, ofreciéndole la mano-. Mi familia puede ayudarte.

Algo en los ojos de Zed lo hizo confiar.

—¿De verdad? ¿No les importará que vaya contigo?

—Si pudieron aceptarme a mí, también podrán aceptarte a ti —contestó Zed, sonriendo con más confianza-. ¿Cómo te llamas?

—Mi nombre es Milo.

Cuando Zed llegó con Milo a casa, Peter, Martha y Max lo recibieron con calidez. Martha se arrodilló frente al niño y le pasó la mano por el cabello despeinado y le preguntó si tenía hambre. Milo asintió tímidamente, y la mujer lo condujo adentro,seguida por Peter. Max se quedó atrás, mirando a Zed con los brazos cruzados.

—¿Siempre tienes que ser el Héroe Justiciero? —preguntó Max sarcásticamente pero con un destello de admiración en sus ojos.

—No sé. Supongo que alguien tiene que hacerlo —dijo Zed cogiéndose de hombros.

Max rodó los ojos, pero no pudo evitar sonreír mientras seguía a los demás.

Aquella noche, Zed entregó los regalos que había comprado. A Max le encantó el balón y prometió enseñarles a Zed y a Milo a jugar bien. Peter le agradeció el dominó, diciendo que haría un torneo en familia. Y Martha, al ver la bola de nieve, abrazó fuertemente al niño con emoción y lágrimas en sus ojos.

Mientras cenaban todos juntos, incluido el nuevo miembro sentado con ellos, Zed miró alrededor de la mesa y sintió que aquello era la prueba irrefutable de que la vida podía ser como la que tenía antes de convertirse en zombi.

Afuera, la nieve había comenzado a caer, cubriendo el mundo con su blanco manto. Y aunque la vida seguía siendo complicada, Zed sabía que había esperanza para los zombis y los humanos. Al menos, en aquella pequeña casa llena de amor.