16/03/2026

Último viernes de pizza

Relato presentado a
Orgullo Zombi 7


Al fin había terminado los deberes y tendría todo el fin de semana para olvidarme del instituto. Mis padres estaban discutiendo de nuevo. Les escuchaba mientras elegía el pijama que me iba a poner después del baño. Por enésima vez, mamá se quejaba porque papá siempre dejaba las toallas mojadas de cualquier manera.

Suspiré mientras cogía la ropa interior del cajón. ¿Es que no podían parar de discutir por todo? ¿Es que había cambiado algo en el último año que yo no supiera? Mis trece años no me alcanzaban para saber qué cosas pasaban en la vida de los adultos que a los niños se nos cerraban, y eso me frustraba. Yo solo veía que mi madre perseguía a mi padre para decirle que si no cerraba bien la botella de cola, se le escaparía el gas. Que si al llevar los platos a la cocina, no les pasaba un agua, luego sería muy difícil quitarles la suciedad pegada. En definitiva, que hiciera o que no hiciera de tal manera cualquier cosa. Pero sobre todo, que se relajara al llegar a casa y que nos hiciera más caso a las dos.

Mi padre, por su parte, contestaba que no podía desatender los mensajes de su jefe. Que él estaba en medio, bajo las órdenes de don Pelayo y por encima de los empleados, que siempre se las ingeniaban para liarla con algo. En el trabajo papá era el malo para los curritos y un incompetente para el empresario que podía permitirse el lujo de despedirlo. Pero tenía que aguantar ya que tenía una hipoteca a la que aún le quedaban diez años para quitársela de encima.

Yo ya estaba harta y me planté en la puerta del baño:  

—¿Podéis parar de pelearos aunque solo sea porque es viernes por la noche?

El silencio cayó como cuando se va la luz en mitad de una película.

Mamá fue la primera en mirarme. Su mirada no reflejaba rabia, solo un cansancio que se le hacía demasiado largo, casi crónico. Papá seguía con el móvil en la mano, sujetándolo como si fuera un salvavidas.

—Perdona, cariño —me dijo mamá, pasándose la mano por el pelo desde la frente hasta la nuca—. No era nuestra intención molestarte.

—Tienes toda la razón, Clara. Hoy es viernes, y eso significa que toca pizza y elegir alguna película.

En aquel instante pensé que todo iba a arreglarse por arte de magia y que cenaríamos la carbonara que elegimos mamá y yo, y papá se quedaría con la de peperoni. Después pondríamos alguna peli mala donde papá se reiría demasiado fuerte en las escenas que no tenían gracia, y mamá pondría los ojos en blanco, pensando que su marido no tenía remedio.

Pero entonces sonó el móvil de papá.

No era el tono normal, sino ese pitido raro de las alertas del gobierno, el que solo había escuchado en un simulacro del instituto. Tras unos segundos, mamá se dio cuenta de que el suyo también sonaba desde la mesita del salón.

Cuando papá miró la pantalla del teléfono, le cambió la cara y tragó saliva antes de hablar.

—Dicen que hay disturbios. Que nadie salga de casa y que cerremos puertas y ventanas.

Mamá soltó una risa nerviosa mientras se dirigía hacia su propio móvil.

—¿Disturbios aquí? Pero qué clase de disturbios si esto es un barrio de lo más tranquilo y aburrido.

Como si el mundo hubiera querido llevarle la contraria, en ese mismo momento escuchamos un golpe muy fuerte en la calle. Luego otro. Y después gritos.

Papá fue a mirar por el balcón y mamá y yo le seguimos. Desde nuestra segunda planta se veían dos coches empotrados en la esquina del bar que da justo en frente y la calle olía a hierro, como cuando me sangra la nariz en verano. Vi personas corriendo aterrorizadas, y a otras que no corrían. Estas caminaban raro, como si no recordaran muy bien cómo se hace. Iban torcidos y a trompicones. Una de ellas era Loli, la madre de mi amiga Marta. La reconocí porque llevaba la camiseta de su gimnasio. Me gustaba ir los martes a practicar taekwondo.

Loli se abalanzó sobre un hombre que intentaba levantarse del suelo y mamá me tapó los ojos, pero yo ya había visto lo necesario.

—¡Meteos dentro! —ordenó papá, casi metiéndonos a empujones en casa.

Cerró la puerta del balcón y bajó la persiana con un golpe seco. El ruido de la calle quedó amortiguado, pero no desapareció. Los golpes, lejos de terminar, seguían. Y lo más aterrador de todo era que cada vez se oían más cerca.

Los tres dimos un respingo cuando sonó el timbre de casa. Nos quedamos congelados, pero volvió a sonar con mucha insistencia.

—No abras —susurró mamá.

Pero papá ya estaba en la puerta.

—Puede ser la vecina—dijo—. Ya sabes que Enriqueta está sola y sus hijos viven a una hora de aquí.

Yo noté que a mamá se le tensaron los hombros porque quería detenerlo. Pero no lo hizo.

Papá miró por la mirilla y retrocedió dos pasos, muy despacio. Entonces el timbre dejó de sonar y empezaron los golpes aporreando la puerta.

—Meteos en el baño las dos y cerrad con pestillo —dijo papá.

—¡No quiero! —protesté.

—Haz caso a tu padre —ordenó mamá.

Mamá me agarró la cara con las dos manos, firme pero suave.

—Pase lo que pase, no salgas hasta que yo te lo diga. ¿Vale?

—Vale —dije mientras me temblaba todo el cuerpo.

Mamá quería dejar solo a papá que cogió el palo de la fregona del rincón como si fuera una espada que le hacía ver ridículo y valiente a la vez. La puerta cedió con un crujido y mamá me empujó dentro del baño y cerró gritándome que echara el pestillo.

Lo hice y me senté dentro de la bañera, abrazándome las rodillas. Escuché los gritos de papá y mamá, aparte de otro que no supe identificar. Oí golpes en las paredes y cosas que se rompían. Después un sonido que no había oído nunca y que no olvidaría jamás, un ruido húmedo, como un gorgoteo. Después llegó un silencio de los que sabes que no traen nada bueno.

Realmente no sé cuánto tiempo pasó hasta que me atreví a salir. Parecía que el mundo se había quedado sin reloj.

Abrí la puerta del baño y salí al pasillo que estaba en total oscuridad. La única luz venía del televisor del salón. En la pantalla, un presentador hablaba con gesto grave y ojeras oscuras. La voz del hombre temblaba mientras repetía palabras que parecían sacadas de una película: “protocolo de contención”, “cuarentena”, “agresividad extrema”, “eviten cualquier contacto físico”. 

Mientras la última frase retumbaba en mi cabeza, me fijé en que había sangre en la pared, en el suelo y en la puerta. Entonces fui a la cocina y allí estaban de espaldas, de pie y muy quietos.

Mamá tenía la cabeza ladeada en un ángulo imposible y papá seguía sujetando el palo de la fregona, pero ahora como si supiera para qué servía.

—¿Mamá? —mi voz salió pequeña—. ¿Papá?

Ambos giraron la cabeza al mismo tiempo. Sus ojos me atravesaron y dieron un paso hacia mí. Yo retrocedí hasta chocar con la nevera. Estiraron los brazos y abrieron unas bocas babeantes mientras dieron un segundo paso arrastrado. El olor que desprendían me dio náuseas. Sus mandíbulas se abrían y cerraban con un chasquido húmedo.

—Soy Clara… —susurré, sin saber por qué—. Soy yo.

Y ahí fue cuando supe, con una claridad que me partió en dos, que aquella había sido la última vez que los había visto discutir por toallas mojadas y botellas de cola mal cerradas. La última vez que los había visto siendo humanos. Y entendí algo horrible: esas discusiones absurdas que tanto me avergonzaban, eran la prueba de que estaban vivos. Pero ahora ya no había vida en ellos.

El hombre que ya no era papá estrelló el palo contra la pared a centímetros de mi cabeza, y la que aquel día fue mamá, emitió un sonido gutural y dio otro paso.

Yo no sé en qué momento eché a correr. La puerta estaba abierta y en el rellano vacío se oían ecos y golpes de otros pisos. Bajé las escaleras a toda prisa sin atreverme a mirar hacia mi casa, porque la última vez que los vi humanos fue cuando discutían por toallas mojadas. No quería girarme porque corría el riesgo, si les veía otra vez como zombis, de olvidar sus versiones con vida para siempre.

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