El lunes las noticias difundieron que habían hallado el cuerpo de Nayma, desaparecida desde el viernes, flotando en un pantano. Un lugar a solo ocho kilómetros de la casa de Raquel. Entonces ella cogió su móvil y marcó el número de la policía porque creía saber sobre el asesino.
Su marido llevaba un tiempo actuando erráticamente. Al principio lo achacó a que tendría alguna amante. Una muy fogosa, viendo algunos rasguños en los brazos e incluso en la cara. Pero ella no quería preguntarle, ni quería saber.
Su matrimonio estaba roto desde hacía meses aunque él fuera atento y no escatimara con el dinero para que su mujer fuera feliz. Pero hacía tiempo que no la tocaba. Ni siquiera la buscaba. Y a ella, secretamente, tampoco le apetecía tener intimidad con él, pues no le dedicaba tiempo y parecía disperso. Hasta que un día abrió la bolsa de deporte de su marido para lavarle la ropa, pero lo que encontró la descolocó: cinta americana y un cuchillo ensangrentado.
El viernes su marido llegó de la oficina muy tarde y empapado. Raquel, adormilada, escuchó que le dijo que estaba lloviendo. Pero aquella noche no llovió.
-Policía, ¿dígame?