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18/11/2025

La lista de la compra

Relato narrado en el Programa de radio Martes de Terror
Noche de Terror IX ; Volumen 3


Me complace decir que el relato de hoy fue seleccionado por Lux Ferre Audio para su programa Martes de Terror. El segundo episodio del especial Noche de Terror 9, con las voces de Elena Navarrete, Toni López e Inés Vega. Podéis escuchar el programa completo AQUÍ.

**********

Tras el desayuno, Mateo apuntó magdalenas a la lista. Mientras se ataba las botas, silbó. Afuera, la brisa mecía los olivos, y el canto de los pájaros era más insistente que de costumbre.

—¡Trufa! ¡Vamos, chica, que toca ir al pueblo!

La joven bodeguera ignoró la orden y el hombre frunció el ceño, asomándose al porche. Estaba ella bajo un árbol meneando el rabo alegremente con un pajarillo en la boca.

—¿Otra vez? ¡Por el amor de Dios! —suspiró, saliendo de casa con resignación—. ¿Cuántas veces te he dicho que no se cazan, no se comen, y tampoco se juega con ellos?

La perrita agachó las orejas y soltó al jilguero que quedó sobre la tierra como una nota disonante. Mateo se acercó a ella y le acarició la cabeza.

—Eres muy bestia. ¿Sabes? Una bonita y cabezota.

Entró a la casa a por la lista. Martes. Huevos, leche, tomates y pienso, entre otras cosas. Cerró con llave y subió al coche, y con un par de palmadas en el asiento, Trufa se subió en la parte de atrás.

La carretera estaba desierta. Como casi siempre. Eso le gustaba a Mateo, sin ruido, sin pitidos, sin domingueros. Hasta que en la última curva antes del pueblo, frenó en seco. Había alguien en mitad del asfalto.

Estaba inmóvil en medio de la línea continua, y parecía llevar ropa de trabajo. Vestía chaleco amarillo y pantalones grises, ambos con rayas reflectantes. Tenía la cabeza ladeada, como si se le hubiera desencajado el cuello y los brazos le colgaban con una rigidez rara, como si no recordara del todo que los tenía.

Trufa soltó un gruñido grave, casi inaudible. El pelo del lomo se le erizó como una cresta. Tenía las orejas tensas hacia adelante, el morro cerrado, y los ojos fijos en aquel hombre.

—Tranquila, chica —dijo sin mucha convicción.

Jamás la había visto así ante cualquier extraño.

Miró de nuevo al hombre y bajó despacio, dejando la puerta entreabierta. Se acercó pensando que no parecía haber escuchado el motor del coche, ni su voz. Su cara tenía un tono ceniciento y la mandíbula le colgaba un poco, babosa.

Mateo tragó saliva. Aquel tipo parecía colocado o enfermo. O ambas cosas.

—Jefe, ¿está bien? —preguntó, manteniendo la distancia.

Silencio. Mateo solo dio un paso más.

El hombre alzó la cabeza con un movimiento espasmódico. Sus ojos estaban enrojecidos y vidriosos, con una mirada vacía, como si vida. Entonces abrió la boca y dejó escapar un sonido sordo, como un gemido roto. Y fue cuando, con un crujido apenas audible, se enderezó y dio su primer paso.

Aquel desconocido se acercaba a Mateo con la boca abierta y los brazos estirados. El hombre de campo, que solamente quería hacer la compra, no esperó más. Le plantó ambas manos en el pecho y lo empujó con fuerza. El hombre cayó pesadamente hacia atrás, sin apenas resistencia,  y se oyó un crujido, como el de una rama rota.

—Vamos, no me jodas —murmuró Mateo contrariado—. Encima le habré roto algo.

El hombre no se quejó ni gritó. Ni siquiera se llevó la mano a donde fuera que se hubiera hecho daño. Se quedó un momento tumbado con los ojos clavados en el cielo, y luego intentó ponerse de pie otra vez. Pero parecía una marioneta de hilos. Eso fue lo que le dio más miedo a Mateo. Volvió al coche a toda prisa. Trufa lo recibió con lloros impacientes.

—Ya, bonita, ya. Nos vamos cagando leches.

Metió primera y salió pitando hacia el pueblo. Daría parte a la Guardia Civil. Tal vez era una droga de esas sintéticas que volvían a la gente loca. O alguien fugado del psiquiátrico. No sería la primera vez.

Cuando al fin llegó al pueblo, vio entonces a una mujer corriendo. Llevaba la ropa rota y manchada de tierra y sangre. Al ver el coche, alzó los brazos desesperada y se puso delante de él. El coche frenó.

—¡Ayúdeme! —gimió ella—. ¡No me deje aquí!

Mateo bajó la ventanilla solo un dedo.

—¿Qué pasa? ¿Está herida?

La mujer temblaba y tenía los labios resecos y partidos.

—No me han mordido. Le juro que no me han atacado.

Trufa volvió a gruñir en el asiento trasero, agazapada. Mateo dudó pero abrió la puerta.

—Entre despacio y dígame qué está pasando.

Ella entró de un salto y cerró la puerta a toda prisa. Pasaron algunos segundos callados, solo el sonido del motor y el jadeo de Trufa llenaban el coche.

—Todo empezó el viernes —dijo la mujer al borde del llanto—. En el hospital, incluso en las ambulancias. No sabíamos qué pasaba… personas que morían y resucitaban… y mordían a la gente. Les arrancaban la cara o se comían sus tripas. Y luego, ellos se levantaban a su vez, voraces.

—¿Quiénes?

—Los que morían se levantaban, igual que el primero. Como si no estuvieran muertos del todo.

Mateo tragó saliva. Quería echarla y mandarla a paseo. Pero la imagen del hombre de la carretera le vino a la cabeza. Y pensó que no parecía humano.

—He perdido a mi hermana. Le mordieron el brazo el domingo. Pero no tuve el valor de matarla. Era mi hermana…

Mateo miró por el retrovisor sin responder. Todo parecía tranquilo, pero algo olía mal. No era solo paranoia.

—Yo soy Mateo. ¿Y usted?

—Silvia.

—Vale, Silvia. Vayamos a la Guardia Civil. Ellos deben saber algo.

—No lo entiende, ¿verdad? Incluso los guardias se han convertido. Soy de las pocas que aún queda con vida. Aunque aún no sé por cuánto tiempo.

Silvia empezó a sollozar. Mateo intentaba procesarlo todo. Aquello era demasiado para él, un hombre sencillo y con los pies en la tierra. Un perro empezó a ladrar a lo lejos. Y entonces vio junto al estanco a Pepe, el del bar. Caminaba despacio, arrastrando los pies, con las tripas fuera.

—Bueno, Silvia. Nos vamos.

—¿Adónde?

—A casa. A por mi escopeta. Aún tengo que hacer la compra.

25/12/2024

El alma de las muñecas

Relato narrado en el Programa de radio Martes de Terror
Navidad de Terror 5; Volumen 3


Hoy, en el día de Navidad, traigo de regalo un relato inédito seleccionado por Lux Ferre Audio para su su programa de Martes de Terror. Lo encontraréis en el tercer episodio del especial Navidad de Terror 5, narrado por las voces de Rebeca G. BrionesToni López, Nieves G. Briones e Inés Vega.
Programa completo AQUÍ.
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Una vez conocí a una persona obsesionada con las muñecas. Tenía tres de las cuatro habitaciones de su casa abarrotadas por ellas. Lo sé porque ella, Beverly, me compró un domingo en un mercadillo de segunda mano.

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Al llegar a casa me dejó sobre una mesita en el centro de una sala llena de muñecas.
—Cariño, ¿Aún no tienes suficiente con tantas? Casi no cabemos en casa —dijo con preocupación su marido Mark.
—Tranquilo, amor. Siempre hay hueco para más, aunque de momento, esta réplica de Laura Ingalls es la última —susurró Beverly acariciándole la cara.

Mark se marchó al salón para ver las noticias y Beverly me colocó entre una muñeca japonesa con kimono rosa y moño perfecto, y otra vestida y peinada como una militar al estilo de las Andrew Sisters.
Las estanterías eran de caoba y de entre todas las muñecas, fue la dispuesta enfrente de mí, al otro lado de la sala, la que me escamaba. Su pelo era muy largo, liso y negro, con un perfecto flequillo recto enmarcando su belleza. El vestido de estilo victoriano, era de un chillón color amarillo y sus negros ojos contrastaban con su palidez, pareciendo esconder algo aún más oscuro.
Yo no podía dejar de mirarla mientras notaba como el aire se enrarecía. Intenté ignorarlo, pero su voz me hizo dudar.
—Acabarás obedeciéndome, como todas —dijo la muñeca de amarillo con la mirada. —Mi nombre es Raven. La reina de todo. ¿O quizás te crees mejor que yo con tus trenzas pelirrojas y tu carita de buena. Una cateta es lo que eres. ¡Cateta!

Beverly estaba todavía frente a la estantería, mirándome. Observaba a Laura, su muñeca de la «Casa de la Pradera». Estaba tan absorta que ni notó como Mark la miraba desde la puerta del salón, preocupado. Ella había empezado a cambiar de forma alarmante. Lo que iba a ser una simple colección de muñecas, pronto se transformó en algo más sombrío. Pasaba tantas horas con sus juguetes… incluso saltándose comidas porque decía no tener hambre. Su rostro perdía color, sus mejillas se hundían y tenía problemas para dormir. A veces Mark la encontraba allí en plena noche, de pie frente a Raven. Sus ojos enrojecidos y cansados, parecían perdidos, como si estuviera atrapada en un mundo invisible. 
Pero lo más perturbador eran los extraños cortes que habían aparecido en sus dedos y manos. Mark los notó un día mientras desayunaban, pero al preguntarle, Beverly se encogió de hombros, diciendo que se cortó accidentalmente limpiando las muñecas. Sin embargo, él sabía que no eran cortes casuales; sino como hechos adrede y que siempre aparecían después de estar con Raven.

Al tiempo, los cortes fueron más frecuentes y profundos mientras en Beverly crecía una extraña devoción. Mark la encontraba en la sala con Raven en su regazo con pequeños hilos de sangre corrían por sus dedos y Beverly murmuraba cosas, meciéndose y manteniendo la mirada fija en los ojos oscuros de la muñeca. Él no podía soportar más que aquello socavase la salud y la cordura de Beverly y la él mismo.

El sonido del televisor de fondo apenas cubría el silencio pesado de la casa. Mark apretó los dientes sabiendo que cada muñeca añadida a la colección era un paso más hacia el control total de Raven. 
Aunque había intentado destruirla, siempre tenía la forma de aparecer intacta y más dominante, vigilante y peligrosa, manipulando a Beverly para debilitarla y poseerla. Pero desde que Mark vio mi expresión serena, mis trenzas y mi vestido de flores rosas y verdes, le llegó un soplo de esperanza. Por eso pensó que yo podría ser la salvación de Beverly. Y así fue.

Aquella misma noche mientras Beverly dormía gracias a los somníferos, su marido vino a la sala. La luna iluminaba directamente a Raven, que aunque ella no se movía, Mark notó que no le quitaba ojo. Él se acercó a mí y con un susurro, preguntó:
—¿Eres tú quien puede ayudarme?

Sin moverme, Mark sintió un leve escalofrío recorrer su espalda cuando mi voz se coló en su mente.
—Sí. Sabes que no he llegado aquí por casualidad y, aunque Raven no me quiere, pude entrar— respondí.

Mark dio un paso atrás. Pues hasta entonces, ninguna muñeca le había hablado.
—¿Qué debo hacer? He intentado destruirla pero siempre vuelve.

Entonces, incliné levemente mi cabeza hacia Raven, estática en su estante, y Mark vio una fina grieta cruzando la perfecta cara de la muñeca.
—Raven tiene una debilidad, pero algunas muñecas también están bajo su control. Ten cuidado también con ellas.
—¿Pero cómo lo haremos?

*****
Tras contarle el plan a Mark, se acercó a Raven y sacó una cuchilla de afeitar. Le dije que los cortes de Beverly eran la clave, un vínculo de sangre entre Beverly y Raven que debía romperse.
Entonces, las muñecas comenzaron a moverse para atacar a Mark. Pero le di la orden y él se hizo un corte en la palma con la cuchilla, dejando que la sangre goteara al suelo. Raven siseó furiosa, Levantándose mientras  su rostro se agrietaba.
Mark agarró a Raven mientras pequeñas manos arañaban su piel. Aún así, cortó la maldición sobre su esposa y un chillido agudo y monstruoso llenó la habitación, mientras la muñeca convulsionaba violentamente se hizo añicos. Yo me levanté al fin y me acerqué a Raven, posando una mano sobre lo que quedaba de ella.
—Es tu fin —musité.

Los restos de Raven se desintegraron y las muñecas cayeron inertes. Mark cayó arrodillado en la sala en silencio y sin el poso maligno. Yo me volví hacia él con una leve sonrisa.
—Has ganado, pero ten cuidado porque pueden haber otras como ella —dije antes de volver a ser una simple muñeca.

Mark respiró hondo, sintiendo alivio y terror al saber que el mundo de las muñecas, escondía una oscuridad que jamás hubiera imaginado. Pero para nuestra suerte, todo fue un remanso de paz durante los cuarenta años que permanecí en aquella casa.

13/12/2024

Reina de la noche

Relato publicado en
Revista Nocturna Nº3
Diciembre 2024

En la entrada de hoy quiero hablaros de la Revista Nocturna. Una revista que llega de Bogotá, Colombia, de la mano de Black Pages Bogotá, o lo que es lo mismo, Néstor Cortés Ibarra.
Tengo el honor de haber sido seleccionada junto a otros escritores de Argentina, Colombia, España, México, Portugal, USA y Venezuela. Entre compañeros y compañeras que a algunos ya les conozco por otras participaciones y colaboraciones.


Mi relato «Reina de la noche» aparece en la página 20, en este tercer número de la respuesta que se puede descargar gratuitamente AQUÍ o AQUÍ

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Reina de la noche

Queridos invitados, hoy es la noche. Mi ansiada noche.
He estado esperando tanto que ya ni me acordaba del tiempo en el que fui una simple y deambulante mortal. 
He visto nacer, crecer, reproducirse y morir a incontables generaciones, pues mi no vida no la cuento por años, sino por siglos.
Hoy a media noche, alzaremos nuestras copas llenas de nuestro más preciado y caliente líquido rojo, y en cada sorbo, el mundo se arrodillara ante nuestra soberanía liderada por mí, vuestra reina.
Junto a mí se encuentra el ser más cautivador del mundo, a parte de mí misma. La sangre será nuestro pacto y la oscuridad será nuestro reino, solamente pudiendo elegir pertenecer a uno de los bandos. Aquí ya os encontráis un gran número de seguidores llegados de todas partes, soy yo vuestra líder, soy yo vuestra reina. Ahora además, también le tenéis a él, que decidió que no quería simplemente morir para poder vivir toda la eternidad a mi lado.
Lo recuerdo como si hubiese pasado ayer. Se paró frente a mí y se atrevió a mírame a los ojos para adentrarse en mi oscuridad, atraído por la poderosa belleza que emano. ¿Cómo podía resistirse a ser mi consorte? Ahora ambos tendremos el mundo a nuestros pies.
Yo soy la reina de la noche encarnada, la del eterno destierro, y mientras todos duermen ignorantes ante lo que está sucediendo, yo les vigilo desde las sombras, tranquila, pues sé con certeza que todos van a terminar siendo míos.
Esta es la noche en la que os presento a vuestro nuevo rey. Un valiente ser que no le temió a tocar mi fría piel y a enredar sus dedos entre mi ondulado cabello rojo como un rubí.
No dejó escapar lo que yo le ofrecía, ser dueño de mi corazón sin latidos y del mundo entero por siempre jamás. Nunca sin dejar de ser jóvenes, fuertes y permanecer unidos. Ha venido y se ha quedado junto a mí para que podamos ser los emperadores de la noche.
Así que ahora sí, celebremos todos los aquí reunidos con este brindis tan especial que lo cambiará todo.
El brindis sangriento recordará a la humanidad la existencia de los vampiros.

18/10/2024

Tiempo de perros, tiempo de lobos


Relato narrado en el Programa de radio Martes de Terror
Noche de Terror VIII; Volumen 2


Este relato fue seleccionado por Lux Ferre Audio para su programa Martes de Terror. El segundo episodio del especial Martes de Terror 4, con las voces de Adrián Molina, Inma González y Mario Nieto. Podéis escuchar el programa completo AQUÍ.

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MaryLou estaba apoyada en la parada de un autobús, un simple poste en el arcén. Bajo la lluvia, con paraguas y botas de agua conjuntados en color rojo, y con sus suaves rizos rubios destacando sobre una gabardina verde musgo, sólo quedaba media hora para que la noche se echara sobre la no muy transitada carretera. La chica parecía estar esperando a un autobús que se retrasaba, pero el último del día había pasado quince minutos atrás. 


Michael iba barruntando si salir o no aquel viernes por la noche para conocer a alguna chica interesante. Los faros de su coche no se habían encontrado apenas con otros automóviles. La lluvia y el mal tiempo en general disuadía a la gente de salir del calor de sus casas. Octubre era un mes frío en el norteño estado de Maine. De pronto, clavó los frenos y paró su Chrysler beige a escasos metros de la parada de bus y las botas rojas se apresuraron hacia el auto.


—Hola. ¿No sabrá usted si aún tiene que pasar un autobús por aquí? 


—Pues a esta hora no pasa ninguno más. Si quieres te acerco, que con este tiempo puedes coger una pulmonía. ¿Vas muy lejos? No deberías estar sola cuando anochezca y seguramente alguien estará preocupado por tu tardanza.


—¡Gracias! Me haría un gran favor. Voy a Alton, a casa de mi abuelita que está muy enferma y me necesita. Es la única familia que tengo.


—¡Menuda casualidad! Yo vivo a las afueras de ese pueblecito. Está a menos de veinte minutos.


—De nuevo, muchas gracias.


MaryLou abrió la puerta y se sentó en el asiento del copiloto. Se quedó mirando el ambientador que colgaba del espejo retrovisor e impregnaba el interior del auto con su olor a lavanda. Le recordaba a su abuela. Ella le preguntó dónde lo había comprado, y él le contó que había sido idea de su hermana, porque el olor a pachuli que solía utilizar, a ella le parecía demasiado pesado, y como estaba delicada de salud y debía llevarla a sus sesiones de quimioterapia para tratar su leucemia con frecuencia, pues recibió de buena gana el cambio de ambientador por parte de ella. Michael parecía realmente un buen hombre que se preocupaba por su hermana. 


A mitad de camino, Michael detuvo el coche a un lado de la carretera. 


—Perdona un momento, pero tengo que mear o me reventará la vejiga. 


MaryLou hizo un imperceptible mohín al escuchar la palabra mear en boca de aquel hombre que había estado tan pulcro y correcto en todo momento. Cuando terminó de orinar, Michael abrió el maletero y empezó a rebuscar entre un gran saco, cuerdas, trapos y un bote de cloroformo entre otras cosas, y de repente, sintió un fuerte golpe en la cabeza que le hizo caer al suelo. Una empapada por la lluvia MaryLou, sonreía maliciosamente con un martillo ensangrentado en la mano. 


—No me digas que también tú ibas de cacería —dijo antes de asestarle el golpe definitivo—. Vaya... Pues va a ser que no. Es peligroso subir al coche de un desconocido, pero también lo es subir a alguien que no conoces.


Entonces, condujo ella misma hacia Alton dejando el cuerpo del hombre allí mismo, y pensó que ya era hora de cambiar de aspecto y optar por una melena a lo Cleopatra porque la policía estaba buscando a una chica rubia de Nueva Jersey, sospechosa de asesinar a hombres de mediana edad. Puso la radio y rió a carcajadas cuando aconsejaron no salir por la noche en solitario por el condado, sobre todo a las adolescentes y mujeres jóvenes, ya que aún no habían dado con el secuestrador y asesino que tenía atemorizada a la zona. La descripción que dieron coincidía al cien por cien con la de Michael. Su meta era cruzar hasta Canadá sin ser vista.


Y es que perro no come perro, pero cuidado con el lobo en piel de cordero.

20/02/2024

Sobreviviendo a First Dates

Relato narrado en el Programa de radio Martes de Terror en:
San Valentín de Terror 4; Volumen 2

Estoy muy feliz por decir que el relato de hoy fue seleccionado por Lux Ferre Audio para su programa Martes de Terror. Es el segundo episodio del especial San Valentín de Terror 4, narrado por la voz de Elena Navarrete.
Podéis escuchar el programa completo AQUÍ.
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No era la primera vez que veía First Dates en la televisión. Un programa que entretenía mis cenas desde el sofá. Pero llevaba una buena temporada a mis veintisiete años, soltera y muy aburrida, sufriendo una abstinencia no voluntaria de amor y pasión. Y me dije que por qué no me apuntaba para conocer a mi media naranja. Así que sin pensarlo mucho, me metí en la página del programa y rellené las diecisiete preguntas que me pedían para ayudarme a encontrar al chico ideal para mí.
Aquella noche me fui a dormir creyendo que no me llamarían por la cantidad de solicitudes que tendrían diariamente. Pero dos semanas después, recibo la llamada de un simpático redactor diciéndome que les había molado mucho mi perfil y que querían saber más de mí. Tenía que enviarles fotos, un vídeo presentándome y rellenar otro cuestionario larguísimo explayándome sobre lo que andaba buscando.
Tras completar y enviar el formulario repleto, el Equipo de Emparejamiento, que así se hace llamar, no tardó ni 48 horas en contactar conmigo nuevamente. Les había encantado mi desparpajo. Yo estaba alucinada. No entendía cómo el cutre vídeo en el balcón de casa había podido gustar tanto. El caso es que ya estaban en marcha para encontrar a mi príncipe azul y a los pocos días me afirmaron que efectivamente, habían encontrado al chico perfecto. No me lo podía creer.
La verdad por la que me había apuntado a todo esto era por la experiencia de verme en la tele y echarme unas risas con mi familia… Pero una parte de mí pensó en la posibilidad de encontrar el amor verdadero y quizá al futuro padre de mis hijos.
Cuando lo comenté en el trabajo, los adjetivos loca, chalada o zumbada, fueron los más escuchados. Aún así mis compañeras me apoyaron, y mi jefa me dio el día libre.
Ya no había vuelta atrás. Ya tenía los billetes de AVE y mi madre había propagado la noticia por todo el pueblo. De perdidos al río. 
Lunes. Cinco de la mañana. Los nervios hicieron que me levantara antes de sonar el despertador. Me preparé, llamé a un taxi. Y ahí estaba con mi maleta cargada de modelitos esperando que el tren Lleida-Madrid de las 6:25 arrancara. Al llegar a Atocha, un coche de producción me estaba esperando para llevarme a los estudios.
Pero más que estudios glamurosos, me encontré con una antigua fábrica de muebles situada en el quinto pino y que es a la vez la redacción y el plató. Porque no, First Dates no es un restaurante en Gran Vía.
Sobre las diez de la mañana llegué a los estudios donde me recibía mi redactor. Nada más entrar comenzaron las prisas para que el estilista aprobara mi ropa, firmara los papeles y me microfonaran. Una locura sin un segundo para hincarle el diente a la bandeja de croissants que había sobre una mesa. 
Porque, al igual que el restaurante no es un restaurante al uso, la grabación tampoco es lo que parece. La cena que se ve en televisión, es muy probable que esté ocurriendo a las once de la mañana o a las cinco de la tarde según el horario de cita que te toque.
El estilista había validado mi super look de blusa blanca y pantalón vaquero, y unos taconazos rojos. El micrófono estaba puesto y yo había firmado la cesión de mis derechos. Eran las once de la mañana y ya estaba maquillada, vestida, microfoneada y temblando como un flan cuando mi redactora me dio las últimas indicaciones antes de entrar al restaurante.
Tras una breve charla con el presentador, el guapo camarero me preguntó qué quería tomar. Y me pedí una cerveza para parecer una mujer decidida. O eso creía yo. Entonces mi cita apareció en escena. Un tipo que del montón que dependiendo de su desparpajo podría ser ascendido al montón de los empotrables o desterrado al huerto de los cardos.
Pasamos a la mesa y lo que más me llamó la atención fue el silencio sepulcral que había. Al mismo tiempo se grababan tres citas y el resto son figurantes. Gente que aunque en la tele parece que hablan, in situ no se oye una mosca.
Mientras mi cita y yo intentábamos encontrar un tema de conversación, empezamos a oír gritos y gemidos provenientes de fuera. Al asomarnos a la puerta, quedamos horrorizados al ver una multitud de personas avanzando hacia el estudio. Yo, friki donde las haya, sabía que eran zombis. El silencio del plató se convirtió en histeria y gritos. El presentador del programa nos instó a mantener la calma y permanecer en el restaurante mientras el equipo de producción intentaba encontrar una solución. Pero la situación se volvía cada vez más caótica y los zombis se iban congregando en la puerta, golpeándola insistentemente. Pronto me di cuenta junto a Imanol, mi cita, de que no podíamos esperar a que el equipo de producción nos rescatara. Buscamos objetos afilados y utensilios de cocina para defendernos, y finalmente, nos aventuramos afuera.
La calle estaba plagada de aquellos zombis, y con el corazón en la mano, Imanol y yo nos abrimos paso a través de los no muertos, usando nuestro ingenio para sobrevivir.
Al divisar una comisaría a escasos cien metros, nos vimos a salvo y empezamos a correr hacia allí. La puerta estaba cerrada pero un policía al vernos, abrió con llave. 
Cuando yo ya estaba entrando, cuatro zombis se abalanzaron sobre Imanol y empezaron a morderle con saña. Incluso vi cómo le arrancaban las entrañas mientras el policía tiraba de mí. 
Dos días después aún  estoy aquí, en comisaría junto a otras personas y sin saber nada de mi madre o de mis amigas. Los gritos de mi cita en First Dates me atormentaban cada vez que cierro los ojos. Es uno de los no muertos aporreando la comisaría y ya nunca podré saber si hubiera podido ser el padre de mis hijos. Soy moñas hasta en momentos así.

20/11/2023

Él no te ama


Relato finalista del IV concurso:
Construyendo Cultura en Salud Mental
Unidad de Salud Mental Comunitaria del Hospital de Los Arcos-Mar Menor, las concejalías de cultura de los municipios de Los Alcáceres, San Javier, San Pedro del Pinatar y Torre Pacheco, las asociaciones AFEMAR, AIKE Mar Menor y LAEC, y la Fundación entorno Slow-Proyecto Neurocultura de Torrepacheco


Más de un año desde la ruptura ella nunca pensó que tuviera tanta fortaleza. No podía permitirse el lujo de flaquear, principalmente por sus padres, por sus hijas y por ella misma.

El hombre que fue su pareja durante ocho años no quería dejarla marchar. Obsesionado con ella, sus mensajes daban pavor. Audios suplicando, amenazando, surrando o gritando.

Ayer me llamó llorando desconsolada. Le bloquea pero se hace cuentas nuevas para volver a acosarla. Está aterrorizada y sobrevive a base de ansiolíticos y somníferos.

Fuimos a tomar un café. Me contó que se quedó paralizada mientras echaba gasolina al coche, minutos antes de nuestra quedada. Vio un poco apartado a un hombre fumando que al principio le pareció idéntico a él. Se quedaron mirando unos segundos hasta que por fin vio que no era él. Aún así, temblaba mientras sus manos rodeaban la taza en la cafetería. Menos mal que vive a miles de kilómetros. ¿Pero, quién sabe?

Él le dice que no tenga miedo porque la ama y jamás le haría daño.

Y yo le digo a mi amiga, que alguien que te quiere, nunca te haría pasar por esto, pues preferiría que fueras feliz.



04/02/2023

La vida según Pavel Sobieski

Foto generada y modificada por Face App
CONCURSO DE RELATOS 35ª Ed.
LA CONJURA DE LOS NECIOS
de John Kennedy Toole


Antes de morir, su madre ya le había enseñado todo sobre el mundo y a cómo lidiar con la gente. Pavel, sobrepasando ya los cincuenta, era un ser solitario que nunca quiso saber de compromisos y mucho menos en dejar descendencia, desde que su padre se marchara un día de casa para no volver. Él y su madre habían vivido juntos hasta que ella murió hacía cinco años. Y creía a pies juntillas que si no estaba con nadie… Jamás nadie le abandonaría.
Pavel vivía en el segundo piso de un modesto edificio de cuatro plantas. Betty y Joe Miller vivían en el primero. Un matrimonio de más de ochenta años que llevaba allí toda la vida. A Pavel le molestaba sobremanera que Betty le abordara por la escalera para cualquier tontería.

—Buenos días, Pavel. ¿Hoy no trabajas? ¡Vaya suerte! ¿O es que tienes que arreglar lo de tu madre? 

—Buenos días, Betty. Sabe que mi madre murió hace tiempo y está todo más que controlado. ¿Viene de la compra? Tenga cuidado, que estas escaleras son muy empinadas. 

—¿No crees que la luz de la escalera no ilumina? 

—Señora. Cambié hace dos días la bombilla fundida. Si no le gusta, que su marido la cambie por otra.

—¡Por dios, Pavel! ¡Qué descarado eres desde bien chiquito. Si viviera tu madre, iría corriendo a decirle lo impertinente que es la juventud en nuestros días.

Pavel la dejó con la palabra en la boca y se fue pensando que estaría muy bien que cayera rodando las escaleras. Así habría una vieja loca menos en el mundo. Betty llevaba una década con problemas de Alzheimer, con el fastidio que le ocasionaba al darle la murga con las mismas cosas.

Era sábado, y Pavel se juró a sí mismo no volver a salir a comprar en fin de semana. Tuvo que aparcar en la plaza más alejada del hipermercado entre dos mastodónticos coches, esperar en una kilométrica cola, y que el niño de la pareja esperando detrás, le atropellara repetidamente con el carro. A la tercera, Pavel dio un culazo al carro, haciendo que la frente del crío se estampara con el cacharro de insertar la moneda. El niño lloriqueó, pero los padres no le hicieron mucho caso, ensimismados en sus respectivos teléfonos.

Cuando por fin llegó a casa, se encontró con Darius y Asha, los nuevos inquilinos del cuarto piso. Viendo el vientre de la mujer, sabía que no tardaría en dar a luz a la criatura que seguramente, le despertaría con sus llantos en mitad de la noche.

—Señor Pavel, qué bien que le vemos... Justo ahora el ascensor no funciona, ¿le echaría un vistazo? —dijo Darius con su eterna sonrisa y sus ojos saltones—. Es que Asha ya sale de cuentas y no está para subir escaleras.

—Mirad, yo no soy el manitas de la comunidad. Ya llamaré al técnico cuando tenga tiempo. Aunque siendo sábado, no creo que venga nadie hasta el lunes.

—Pero vecino, ¿no ve cómo estoy? —dijo Asha molesta.

—Si os hubierais quedado quietecitos... Pero ya se sabe de la gente como vosotros. Siempre teniendo hijos.

—No le parto la cara ahora mismo de milagro. Sabía que era un tipo despreciable, pero no lo de racista de mierda. Ya veo que los negros no le gustamos. Aunque dudo mucho que le guste alguien. Otra salida de tono como esta y le denuncio.

Pavel comenzó a subir hacia su casa sin dignarse a mirarles, indignado porque el pescado se le estaba descongelando por culpa de aquellos necios.


Después de comer, Pavel se dispuso a echar una cabezadita en el sofá mientras veía las noticias. Cerró los ojos y soñó que era un cuatrero sin caballo en medio de la llanura, cuando de la nada, una manada de búfalos empezó a perseguirle. El ruido de las patas contra el suelo era cada vez más ensordecedor, haciéndole despertar de golpe. Las gemelas adolescentes del tercero estaban de nuevo con sus tonterías de Tik Tok. Aquellas ridículas crías de quince años, se pasaban el día haciendo aspavientos con las manos y bailando.

De un salto, se levantó de su siesta, subió las escaleras de dos en dos y llamó a timbre con rabia.

—¿Qué se te ofrece, Pavel? —preguntó su vecino Bill.

—¿Puedes domar a tus hijas, que parecen un par de yeguas desbocadas?

—¿Cómo has dicho?

—¿Qué pasa, cariño? —Intervino Karen por detrás de su marido.

—Que este energúmeno ha venido insultando a nuestras hijas.

—Sí, porque se pasan el día trotando por casa hasta que un día me tiren el techo encima.

—¡Papá! Dile que no ladre tanto y que se tome una pastilla para dormir —dijeron Bella y Keira al unísono.

—¿Qué jaleo es éste? —dijo Joe, fatigado por subir del primer al tercer piso.

En un instante, el replano se convirtió en la guerra de todos contra Pavel. Todos dijeron estar hartos de sus rarezas y de su comportamiento cada vez peor. Dejándolos por imposible, bajó a su casa y se aisló con sus auriculares para escuchar la 5ª Sinfonía de Beethoven y, aunque no se veía capaz de hacerlo, cerró los ojos imaginando cómo sería rociar de gasolina el edificio y prenderle fuego con Darius y Asha, con Bill, Karen, Bella y Keira, y con Betty y Joe dentro, para finalmente irse a vivir a una autocaravana y rodar feliz, sin vecinos molestos.


05/12/2022

Roxana R6-NFR18

CONCURSO DE RELATOS 34ª
Ed. ¿SUEÑAN LOS ANDROIDE CON OVEJAS ELÉCTRICAS?
de Philip K. Dick
Blog: El Tintero de Oro

Las tres leyes de la robótica de Isaac
Asimov son:
  1. Un robot no puede dañar a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daños.
  2. Un robot debe obedecer las órdenes que le den los seres humanos, excepto cuando tales órdenes entren en conflicto con la Primera Ley. 
  3. Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que está protección no entre en conflicto con la Segunda Ley. 
Roxana era la niña perfecta, la hija perfecta. Con esa cara redonda y sus mofletes sonrosados, con su melena pelirroja y la mirada azul, era lo que Úrsula y Martín siempre habían anhelado en sus vidas. Estas iban a ser sus quintas navidades juntos y no podían estar más dichosos con su querida hijita. Eran la auténtica estampa de una familia feliz. 
Como el 99,99 por ciento de la población mundial, la pareja era completamente estéril por un virus que se había propagado rápidamente en la década de los noventa del siglo XXI. Ahora, en el año 2112, tener un hijo propio era una utopía. Ni tan siquiera los más novedosos tratamientos de fertilidad habían podido plantar cara a dicho virus. 
A su vez, el mundo de los androides causaba furor. Era muy difícil distinguir si realmente se estaba ante un ser vivo o un robot. Así que, ante la imposibilidad de tener descendencia, muchos humanos obtuvieron una o varias de estas angelicales criaturas a la carta, eligiendo su apariencia física, así como su carácter y personalidad. 
Roxana había preparado la mesa para la cena de Nochevieja tal y como Úrsula le había encomendado. A decir verdad, la mujer se sorprendía con la rapidez y eficiencia con las que Roxana lo hacía todo. Para ella era una niña, su niña. Cada vez le costaba más ver que, en realidad Roxana R6NFR18 era un cyborg programado para ser una criatura obediente y adorable, incapaz de hacer daño a una mosca. Pero parecía tan real, que Úrsula y su marido Martín, se la quedaban mirando embobados muchas veces mientras jugaba con los tres perros de la casa. Simplemente, la niña androide estaba programada para ser amable, noble y bondadosa. Era demasiado perfecto. Nunca se enfadaba, jamás llevaba la contraria. No había problema para que se fuera a la cama por la noche o se levantara por la mañana. En casa de los Hernández-Bueno jamás había una voz más alta que la otra, ni llantos, ni desobediencias o reticencias para hacer cualquier tarea. 
—¡Todo tiene una pinta excelente, mamá! 
—¡Ay, hija! Me has asustado. No me hables de repente por la espalda, que no te veo y me sobresalto —dijo Úrsula mientras terminaba de emplatar las vieiras al vino blanco. 
—De acuerdo mamá. No volverá a pasar —respondió Roxana poniendo en su cara la sonrisa que tanto le gustaba a su mamá.


A los quince minutos llegó Martín del trabajo que fue directo a la ducha a prepararse para la celebración. Había pasado los dos últimos días encontrándose fatal y tenía mala cara. Quería espabilarse un poco. Una hora después, empezaron a llegar los demás comensales: Antonio y Marisa, los padres de Martín. Miguel, el viudo padre de Úrsula, junto a su otra hija Rebeca y el marido de ésta, Gabriel. En total, siete personas además de Roxana. 

Nada más sentarse a la mesa, todo el mundo se dio cuenta de lo mal que se veía Martín. Entonces, unas pústulas que iban del amarillo al verde empezaron a brotar y a explotar antes de terminar el segundo plato y un olor nauseabundo lo inundó todo. Las cosas ocurrieron demasiado rápido como para poder asimilarlo. Martín cayó al suelo entre temblores y una espuma blanca saliendo de su boca y, aunque Roxana sacó a relucir todo sobre primeros auxilios que sabía, el hombre murió. Todos se miraron horrorizados durante unos segundos sin articular palabra, hasta que una Úrsula fuera de sí, se lanzó sobre el cuerpo de su marido gritando su nombre. Roxana intentó consolarla. Como robot, no podía permitir que un humano sufriera, ya fuera por dolor físico o emocional. Había sido también programada para ello, pero no contaba con que en un momento dado Martín resucitara y de un bocado, le arrancara la nariz a su esposa. A partir de ese momento, el caos se apoderó de la estancia. Roxana no sabía qué hacer por primera vez en su existencia. No podía dejar que su madre fuera atacada por su padre, pero tampoco podía atacar a su padre. 

Cuando a las doce de la noche se retransmitían las Campanadas desde la Puerta del Sol, Rebeca y Miguel habían salido huyendo de la casa sin mirar atrás y dejando la puerta abierta de par en par. Todos los demás, convertidos en zombis, pero humanos a ojos de la IA Roxana R6NFR18, salieron detrás. La niña salió a la calle, a ella los zombis no la atacaban porque no era humana. Por inercia, fue hacia su colegio. Aunque no lo necesitaran, a los humanos con niños robot les hacía especial ilusión sentirse como aquellos padres de antes que llevaban a sus hijos a la escuela. Allí, se encontró con otros como ella, androides infantiles que, ante la degeneración de sus humanos se habían quedado huérfanos. Sin quererlo, el mundo acabaría estando bajo el dominio de las máquinas, simplemente por uno de los virus que la humanidad esparció.


06/11/2022

Simple curiosidad

Microrreto: Personajes antagonistas
Blog: El Tintero de Oro


Mis padres, tan idiotas buenos, me lo han consentido todo. Cierto es que me tuvieron cuando ambos rozaban los 45 años y ahora están a punto de jubilarse. Toda una vida dedicada a la docencia, presumiendo de su inteligentísima hija. 
Ellos no sabían por qué no duraban nada los peces del acuario. O por qué el periquito que tuvimos un verano apareció muerto una mañana. O Mochi, el cuqui y gordito hámster que un día dejó de correr en su rueda. 
Ellos no sabían por qué no duraban nada los peces del acuario. O por qué el periquito que tuvimos un verano apareció muerto una mañana. O Mochi, el cuqui y gordito hámster que un día dejó de correr en su rueda. 
Siempre he tenido mucho carisma y gente queriendo ser amiga mía. La que más, Laura. Era mi sombra, mi perrito faldero. 
Hace cuatro años, cuando teníamos quince, quedamos con la excusa de hablar de los chicos. El descampado que elegí era un sitio por el que no pasaba nadie normalmente. Por fin sabría qué se siente al dar el siguiente paso. Quitarle la vida a una persona.
La empujé y la hice caer, me tiré de rodillas a su lado y le di la vuelta para aprisionarla  entre mis piernas y cerré mis manos en torno a su cuello. Sus ojos muy abiertos me miraban sin comprender y su boca se abría intentando coger aire. Pero yo apretaba su cuello viendo como su mirada perdía el brillo de la vida. 
Al terminar me levanté y la dejé allí, no había sentido nada. Ni felicidad o euforia, ni pena, ni ira u odio. Tampoco remordimiento alguno. 
Encontraron su cuerpo al día siguiente y aún nadie comprende por qué lo hice.