Para entrar en este nuevo año, quiero empezar con este reto titulado: RETO DE ESCRITURA INCÓMODA (Siete días, siete giros. No puedes reescribir...) que puede encontrarse AQUÍ. Me ha parecido una muy buena idea con la que poder sacudirse el bloqueo del que adolecemos quienes escribimos, y no pasa nada aunque la fecha del reto haya caducado, ya que las premisas siguen vigentes en este lugar llamado HISTORIAS DONDE VIVO.
Estas son las consignas para los siete días del reto:
- Inicio: Cuando Helena entró en el salón, él ya estaba allí, oculto entre las sombras, preparado para hacer lo que debía... (Escena 1)
- Consigna 1: Escribirás la segunda escena en la que deberás incluir un personaje temido por ambos. Se trata de una figura inestable. (Escena 2)
- Consigna 2: Deberás incluir un objeto que desvele un secreto. Una información que solo uno de los personajes conocía. (Escena 3)
- Consigna 3: Tendrás que incluir una carta cuyo contenido revele una verdad distinta y desconcertante para todos. (Escena 4)
- Consigna 4: Uno de los personajes que has creado debe morir (Escena 5)
- Consigna 5: Introducirás un elemento simbólico que anticipe lo que está por venir. Realizarás un esfuerzo especial en componer la atmósfera, el espacio psicológico, de manera que resulte inquietante. (Escena 6)
- Consigna 6: La escena final deberá comenzar del modo sigueinte: A medianoche, llegó al camposanto provisto/a de picos y palas. Después de cavar durante dos horas, el ataúd quedó a la vista. Cuando descerrajó la tapa descubrió que el cadáver había desaparecido. (Escena 7, FINAL)
Así que aquí va mi reto incómodo...

Cuando Helena entró en el salón, él ya estaba allí, oculto entre las sombras, preparado para hacer lo que debía…
Habían pasado más de tres años, pero el tiempo se había alargado y pegado como un chicle del que no quedaba ni aroma ni sabor. Desde el rincón junto a la librería, Henrik observó cómo Helena dejaba el bolso sobre el zapatero de la entrada, el mismo gesto de siempre, la misma costumbre que tantas veces vio cuando él llegaba desde Suecia para visitar a su novia española.
Helena encendió la calefacción y se dirigió a su dormitorio y Henrik respiró despacio desde su escondite. El salón olía a algo dulce, sutil, probablemente la vela con aroma a vainilla apagada a medias… Él contuvo el impulso de pronunciar su nombre. Había ensayado ese momento durante meses, convenciéndose de que no era un intruso, de que aquel espacio seguía perteneciéndole de algún modo. No había venido a suplicar, pero tampoco a marcharse con las manos vacías.
La mujer se cambió de ropa sin advertir la presencia de Henrik. Con su pijama y sus pantuflas cenaría algo ligero, se pondría al día con sus redes sociales y vería en su televisor el último vídeo de su youtuber favorita. Ella no tenía ni idea que él lo había estado vigilando durante todo este tiempo: las entradas nuevas con sus relatos en el blog, los silencios prolongados, la manera en que evitaba ciertos lugares. Nada de eso era casual.
Henrik apretó los dedos alrededor del objeto que llevaba en el bolsillo de su chaqueta. No aún. Todavía no. Primero necesitaba verla de cerca y confirmar que seguía siendo ella… y que aún no sabía hasta qué punto él nunca la había olvidado. Ni querido hacerlo.
Cuando Helena encendió la lámpara del salón, la luz avanzó y la sombra de Henrik se tensó contra la pared. Ya no había vuelta atrás.
**************
Helena se detuvo en mitad del recibidor. De pronto, se dio cuenta de que algo había cambiado. Su cuerpo se lo hizo saber con una corriente fría subiéndole por la espalda. Fue entonces cuando la escuchó.
—Llegas tarde —dijo Nadia.
La voz no venía del salón ni del dormitorio, tampoco de ningún otro lugar de la casa o fuera de ella, sino que estaba instalada en ella, y de vez en cuando la incomodaba.
—No empieces —murmuró Helena.
Desde su escondite, Henrik se tensó. No entendía las palabras, pero reconoció el gesto: la forma en que Helena ladeaba la cabeza cuando se sentía acorralada, esa manera de quedarse quieta, escuchando algo que no estaba allí. Lo había visto antes. Pero aún así la amaba y quería estar con ella para siempre.
—Sabes que él no es bueno para ti—continuó Nadia—. Sabes que no debería saber tanto.
—No hay nadie —dijo en voz baja, como si necesitara convencerse—. Estoy cansada, eso es todo.
—Eso decías la última vez. Y la anterior.
Henrik tragó saliva. Helena dialogaba con alguien que solo ella podía escuchar, y ese diálogo era lo único que él no podía controlar.
—Te vigila —dijo Nadia—. Porque no soporta que sigas adelante.
Helena miró hacia las sombras del salón sin fijar la vista en nada concreto. Henrik sintió, sin saberlo muy bien cómo, que había sido señalado aunque nadie pudiera verlo.
—No es real —susurró Helena algo enfada.
—Yo tampoco lo era, y mírame ahora.
El silencio se espesó y Helena fue al fin a prepararse un pequeño bocadillo con lechuga, pollo y mayonesa. Henrik notó que su respiración se había vuelto irregular.
Nadia no hablaba siempre, y Helena no podía negar que solo lo hacía cuando el peligro se acercaba demasiado.
**************
Un pegote de mayonesa manchó la camiseta de Helena mientras cenaba, y después de dejar el plato vació en la cocina, se dirigió a su cuarto para coger una limpia del cajón. Se decidió por la rosa, y al agarrarla, vio aquel aparato de plástico en blanco y negro. Sencilla y manual. La que Henrik utilizaba abriendo, colocando el filtro, deslizando el tabaco y volviéndola a cerrar. Él se la había dejado allí a propósito porque en su testarudez, creía que volvería a pisar la casa de Helena. Pero no fue así porque ella rompió la relación cuando él no estaba cerca, ya que le aterraba tener que hacerlo cara a cara.
Ella no sabía porqué no se había deshecho de aquel artilugio. No tenía necesidad porque jamás había fumado. Cogió la maquinita y el mecanismo cedió sin resistencia. No había restos secos en las ranuras, ni ese tacto pegajoso que dejaba el tabaco cuando pasaba el tiempo.
—Nadie la usa y no debería estar aquí—dijo Nadia.
Helena frunció el ceño y se dispuso a devolverlo al cajón y entonces lo notó: algo rectangular y de cartón. Era una pequeña etiqueta que no había visto en la vida. En ella había escrito a mano el año 2015 y una palabra en sueco.
Alltid.
Siempre.
Helena cerró el cajón de golpe, retumbando más de lo esperado. No recordaba que aquello estuviera ahí cada vez que metía o sacaba cualquier prenda de aquel lugar de la cómoda. Sus manos temblaban. Alguien lo había metido en su cajón porque juraría que en el cambio de armario, dos meses atrás, aquella etiqueta no estaba.
**************
Después de tomar una valeriana para relajarse y poder, pese a las circunstancias, dormir algo aquella noche, Helena se dispuso a reposar su cabeza sobre la almohada.
Nada más hacer contacto su oreja con la tela notó algo extraño. Extrañada, metió la mano entre el cojín y la funda. Era un sobre en blanco y cerrado. Dentro había una carta…
Nadia no dijo nada. Pareciera que ella sí había podido iniciar el sueño. Así que Helena sí estaba bien sola para leer aquella fría misiva escrita en inglés. Solo con Henrik hablaba en aquel idioma.
Sabes que no quiero hacerte daño porque si quisiera, ya lo habría hecho hace tiempo.
Escribo esto porque te sigo queriendo, y porque nunca fuiste clara conmigo. Decías que te dejara en paz, pero nunca dijiste que no volviera… Decías que necesitabas tu tiempo y tu espacio, pero no cerraste la puerta.
Yo siempre te escuchaba cuando hablabas, pero tú nunca parecías tener tiempo para escucharme a mí. Sé que hice algunas cosas mal, pero tienes que saber que tú tampoco actuaste correctamente.
No te seguí ni te busqué. Solo miré desde donde aún me dejabas mirar. Me asomaba siempre a ver qué nueva cosa habías escrito en tu blog de relatos. Era la manera de creer que aún estaba cerca de ti. Si hubiera sabido que para ti el silencio significaba desaparecer, lo habría hecho. Pero tú sabes tan bien como yo que no fue así.
Te amo todavía después de tanto tiempo. Nada hará cambiar lo que siento por ti, bien sabes que eres la mujer de mi vida, y siempre serás mi señorita.
**************
Helena había vuelto a la cocina a por agua mientras todo le daba vueltas por la ansiedad cuando escuchó un ruido sordo. Un golpe seco. Se detuvo. Todo estaba en silencio absoluto mientras su corazón latía desbocado, pero no podía respirar.
El salón estaba vacío, en apariencia. Se acercó con cautela siguiendo el eco del golpe y entonces lo vio: Henrik yacía inmóvil junto a la mesa de centro. La sien apoyada contra la punta de la mesa de Ikea que él mismo había montado. Un accidente absurdo, fruto de su torpeza de una alfombra mal colocada.
Ella cerró los ojos un instante porque todo era una locura. El terror se mezclaba en su interior con el alivio y la incredulidad. La amenaza se había extinguido por caprichosa suerte, como si el destino hubiera decidido que ya era suficiente.
Nadia permaneció callada porque ya no necesitaba hablar. El peligro había terminado y no tenía que decirle a Helena su temido: “lo sabía”. Y Helena, por primera vez en mucho tiempo, pudo sentir que volvía a tener de nuevo el control.
**************
Helena lo miró por última vez sin acercarse demasiado. Lo mejor que podía hacer con él era dejarlo allí sin que se le ocurriera tocarlo.
—Siempre la estás liando —dijo en voz baja, con una mueca amarga—. Hasta cuando te mueres.
Dio media vuelta y salió del comedor cerrando la puerta con cuidado. El clic de la cerradura resonó en el pasillo. Durante un instante se quedó apoyada en la madera, con los ojos cerrados y respirando hondo. Después llamó por teléfono.
Explicó lo sucedido sin adornos, con una voz que no parecía la suya. Contestó a todas las preguntas que le hicieron, sin gritos ni lágrimas, solo cansancio. Más tarde vendrían más preguntas, más personas y miradas ajenas recorriendo su casa. En la autopsia no hallaron signos de violencia y nadie podía decir que ella había intervenido porque todo apuntaba a un accidente absurdo.
Cuando por fin se quedó sola de nuevo, Helena se dio cuenta de un detalle que la puso nerviosa. La lámpara del salón estaba encendida, pero estaba segura de no haberla prendido. Aún era de día cuando se había metido en la ducha. Sin embargo, una franja de luz se filtraba por debajo de la puerta cerrada del comedor. Aquello la aterrorizó tanto que Helena la apagó de golpe, desenchufándola de la pared.
Esa noche durmió fatal, con la sensación persistente de que algo seguía en su casa, aunque ya no quedara nadie.
—Creo que él no se ha ido del todo —dijo la voz de Nadia tras días de ausencia.
**************
A medianoche, llegó al camposanto provista de picos y palas. Después de cavar durante dos horas, el ataúd quedó a la vista. Cuando descerrajó la tapa descubrió que el cadáver había desaparecido.
Helena se quedó mirando el interior vacío aún sin saber si debía estar sorprendida o no. No había rastro de Henrik. Ni ropa, ni huesos. Nada.
—Te dije que no bastaba con que muriera —susurró Nadia, muy cerca, tan dentro que Helena no supo si la voz le rozaba el oído o el pensamiento—. Nunca fue suficiente.
Helena soltó el pico y se dejó caer de rodillas bajo la lluvia. El olor a tierra mojada le perforó las fosas nasales. Sin el cuerpo de él, ella solo tenía una certeza amarga: la misma sensación que había tenido al ver la luz encendida bajo la puerta cerrada del comedor.
—Entonces… ¿qué fue lo que enterraron? —preguntó Helena en voz baja.
Nadia no respondió de inmediato. El viento movió las ramas de los cipreses, y por un instante Helena pensó que aquello era todo, que había llegado demasiado lejos. Pero la voz volvió, paciente.
—Lo que él quería que vieran.
Helena se levantó y dio un paso atrás. Comprendió que no había venido a comprobar si el cuerpo estaba allí, sino a confirmar algo mucho peor: que la ausencia podía ocupar más espacio que cualquier presencia. Que algunas cosas no se marchan porque nunca estuvieron del todo fuera.
Volvió a cerrar el ataúd vacío.
—Ahora ya lo sabes —dijo Nadia—. Y saberlo también es una forma de control.
Helena empezó a cubrir la tumba con tierra porque dejar las cosas abiertas siempre había sido el verdadero problema. Cuando terminó, se quedó un momento de pie, respirando el petricor en la madrugada. Nadia guardó silencio. No hacía falta decir nada más.
Al alejarse del camposanto, Helena no miró atrás, no porque no tuviera miedo, sino porque había aprendido a reconocerlo cuando susurraba.
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