Ahora ya no temía a las batas blancas. Montse y su cantarina voz, Gabriel y su sonrisa tranquila, Blanca y su gracejo gaditano, e incluso Rosa con su seriedad, habían fomentado que la pequeña Valeria se sintiera segura.
Valeria aprendió a medir sus miedos tan bien que a veces, con sus pequeñas travesuras hacía que los adultos se rieran mientras ella recuperaba un poco de control sobre el mundo que le parecía tan grande y extraño.
Y llegó un día en que el sol brillaba con fuerza y coloreaba la habitación de tonos dorados, en el que Valeria le guiñó un ojo a Gabriel: “¿Sabes que hoy me dijeron que no necesito más quimios?” Y él, sin perder su calma, asintió. En ese instante, entre palabras y cuidados, la bata blanca no era una amenaza, sino un gran refugio. A punto de dejar los nueve años, Valeria podría soplar las diez velas en su casa, rodeada de toda su familia, y con una tarta que tuviera el bonito dibujo de un unicornio azul.

Una pena los niños que tienen que sufrir una enfermedad grave. Saludos
ResponderEliminarLa verdad es que es injusto. Gracias, Federico.
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