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Vadereto Octubre 2023
El cumpleaños
Octubre de 1950. Purita se despertó temprano aquella mañana, ansiosa por el día que tenía por delante. Era su décimo cumpleaños y no tenía ni idea de lo que iba a pasar, ya que en su pobre familia no eran muy dados a tener demasiadas expectativas, ni grandes eventos. Y así, mientras la niña peinaba su corta melena ante el espejo, empezaron a aflorar poco a poco cada uno de los siete pecados capitales.
Envidia
Marina lo tenía todo. Era la niña más guapa de la escuela. Tenía un nombre precioso, lucía siempre bonitos vestidos hechos a medida y sus largos tirabuzones negros, resaltaban su pálida piel y sus ojos azules. La envidiaba la mayor parte del tiempo, aunque le costase admitirlo.
Lujuria
Sin ir más lejos, a principios de año, Marina se atrevió a ir a clase con la Mariquita Pérez que le habían traído los Reyes Magos, nada más volver de las vacaciones de Navidad.
Era la muñeca más bonita que Purita hubiese visto jamás. La quería para ella. ¿Por qué Marina había recibido aquel regalo y ella no? ¿A caso ella no era la buena niña que obedecía a sus padres, a su maestra, sor Luciana, y a cualquier adulto como era menester?
Ira
No escuchó a su madre las tres veces que la llamó para que bajase a desayunar. Tampoco sus pisadas por las escaleras de madera al subir. Sólo saltó como un resorte con la cara roja por el enfado, al oír el crujido de la puerta.
—¿Se puede saber qué haces, Purita? Tu padre y tu hermano ya están sentados a la mesa.
Soberbia
Altiva, la enojada Purita se alisó la falda que ya empezaba a ser demasiado corta y a apretarle en la cintura. Necesitaba ropa nueva. Pero no dejaría que nadie notase lo miserable que se sentía por pertenecer a una familia con tan escasos recursos económicos.
Y con esos pensamientos divagando en su mente, su madre la dejó pasar y bajaron para dirigirse a la cocina.
Avaricia
En la mesa había leche con cacao y zumo de naranja recién exprimido. También vio galletas danesas, barquillos y cruasanes de mantequilla. Todo dispuesto en la vajilla que su madre sólo sacaba para conmemorar algo muy importante.
Purita empezó a servirse de todas las cosas, antes incluso de sentarse ante su plato.
Gula
Con una mano bebía un sorbo de la leche chocolateada y con la otra le hincaba el diente a un delicioso cruasán, mientras no perdía de vista al vaso de zumo que tenía ante sí y calculaba cuántos barquillos y galletas sería capaz de digerir antes de ir al colegio.
Su padre, visiblemente contento, se dirigió a su hija que, comía a dos carrillos.
—Tranquila, hija. Que te vas a ahogar. Hay de sobras. Me han ascendido a encargado de la fábrica y ya no soy un peón más. No es mucho el aumento pero, iremos un poco más desahogados a partir de ahora. Además, tu hermano empezará también a arrimar el hombro. ¿A qué sí, hijo?
Pereza
Pero Purita no le escuchaba, pues cuando su padre empezaba a hablar, no había quien lo parase. Le entraba un sopor inenarrable y simplemente veía a su padre mover la boca. Le entraban ganas de dormir, pero ahora no podía, pues debía ir al colegio.
Aquel día la acompañaron los dos, su padre y su madre. Ambos la abrazaron y besaron mientras le deseaban un feliz día de nuevo y Purita se sintió la niña más querida y feliz.
Por su parte, Marina llegó a la escuela cabizbaja. Todos los juguetes que poseía, o sus bonitos vestidos con el lazo para el pelo a juego no le servían para nada.
En casa de Marina se respiraba un aire enrarecido cada vez que su padre llegaba más tarde por la noche. Casi siempre cuando ella ya dormía, y su madre lloraba amargamente mientras suplicaba al marido que no se marchase de nuevo. Pero él, cada vez pasaba más tiempo fuera porque decía que un jefe tenía que ser siempre el primero en entrar y el último en salir. Pero la realidad era que el padre de Marina había decidido que le gustaba pasar más tiempo con Dolores, su secretaria, que con su familia. La cual estaba embaraza en aquel momento de siete meses.
Cuando Purita se enteró de aquello, no dudó entonces en abrazar a su amiga/enemiga y consolarla.
Aquella noche, antes de ir a dormir sólo quiso decirle una cosa a su padre. Que se quedase como encargado, pues no era necesario que aspirase a ser jefe de nada. Que ella ya era feliz así. Que ni la lujuria o la envidia, la avaricia o la soberbia podrían con ella. De la ira, no estaba segura de no enfadarse jamás, y de la gula o la pereza, era algo en lo que le costaría bastante más, por lo que no se lo tuviese demasiado en cuenta 🤗