08/09/2024

Bajo las nubes de Berlín


VadeReto Septiembre 2024

¡Buenos días, Claudia! 

Pero mujer… cada día estás más guapa y radiante. 

¿Qué a dónde voy? me tienes calado ¿eh? 

Voy a ver si consigo algo de carne para hacer a la parrilla. No sé, alguna ardilla o pájaro, o aunque sea una lagartija… ya ves que el huerto no da para más. 

¿Qué? ¿Qué si podré traerte algo bonito para ti? ¿Un vestido, una pulsera o un perfume?

No sé… No tenía pensado ir a ver tiendas.

A ver, yo necesito comer.

Ya sé que tú con tu dieta nomedalagana, no necesitas más. Pero yo necesito mis calorías. Sino ¿Quién te haría compañía? 

Bueno, mi preciosa Claudia. Me voy pero llegaré como siempre, antes de que te des cuenta. 

_____________________


Hans se abrochó el chaquetón y se aventuró en las solitarias calles de Berlín. Silbando feliz, con su rifle cargado a la espalda, le daba igual que el brote comenzase hace diez años, que el último humano que viese fuera de su casa, hiciese cinco, y que los infectados se hubiesen desintegrado por completo, dos años atrás. Él tenía a su Claudia para él solo. 


Caminando en busca de algo para cazar, babeó al ver un pequeño ciervo en medio de la ciudad. Tenía tantas ganas de proteína animal que no se percató de un gran bache en medio del asfalto. La punta de su bota tropezó, con la mala suerte de fracturarse el tobillo. El aullido de Hans rompió el silencio de la vacía urbe. 

El cervatillo, corrió asustado y, de entre algunos coches abandonados, salió un imponente ciervo que no dudó en cornearle para proteger al pequeño. 

Hans no tuvo tiempo a disparar su rifle. Con la fractura y la cornada, nada podía hacer. Claudia no podía salvarle. Ni siquiera sabía su ubicación. 


En la casa, todo parecía estar como siempre. Nada se había movido. Ni el televisor que no funcionaba, ni el sofá o las cortinas. Tampoco el standee, la figura a tamaño real de cartón de Claudia Schiffer, el amor platónico de la adolescencia de Hans, que había encontrado en una de sus incursiones en busca aprovisionamiento.


04/09/2024

La youtuber

Microrreto: Las Redes Sociales


«¡Buenos días chicas y chicos! Como ya sabéis... ¡Cada día, es una nueva alegría! 
​Bueno, bueno. No vais a creer lo que os tengo preparado en el video de hoy pero, antes que nada... ¿eres de los que miran sin suscribirse? Pues dale a la campanita, que a mí me sirve un montón y a ti no te cuesta nada...»

Cuatro de la mañana.
​Ezequiel aún podría dormir dos horas más antes de trabajar, pero su vecina había decidido ponerse a grabar. Increíble. La primera noche en aquel apartamento y tenía pared con pared a una maleducada youtuber. 
​Con ojeras y arrastrando los pies, se plantó en la puerta de al lado para hacerle sentir su descontento a la vecina pero, nadie abrió aunque el jaleo cesó.
​Durante toda la semana, se repitió la misma historia. El sueño de Ezequiel se sacudía de madrugada por la enérgica voz de su vecina y, el resultado era el mismo. Nadie abría y todo volvía a su ser silencioso. 
​Cansado, agotado y sobre todo asqueado por la situación, Ezequiel pudo al fin hablar con el presidente de la comunidad. 
​—Hola, Francisco... ¿Quién vive al lado de mi apartamento? ¿Es una influencer o algo así? No me deja dormir. 
—¿Tú también la oyes? ponte tapones para dormir. Es lo único que podemos hacer. Ahí ya no vive nadie. Lo que escuchamos es al fantasma de Nagore, una youtuber que murió de un ataque al corazón en pleno directo con sus seguidores.



249 palabras

01/09/2024

Si no tiene alma, dispara al cerebro

Relato presentado al I Certamen «Cuentos del Bosque Oscuro» Ed. 2024


«Cuando en la tierra habitan seres sin alma, nunca puedes estar seguro de nada. En ningún sitio».


John y Clarissa cargaban con Connor y Chloe, sus mellizos de dos años y medio, tras cuatro meses de intensa huida y caótica supervivencia escapando de los zombis. Habían perdido a todos sus familiares y amigos, ya fueran muertos o vagando por ahí, convertidos.

En este tiempo, la pareja había tenido que aprender a sobrevivir por las bravas, dejando sus prejuicios a un lado, disparando sin contemplación a los no muertos. Unos seres  desposeídos de su humanidad.

Las ciudades, desde el comienzo de todo, se convirtieron en ratoneras con sus altos edificios. Las urbanizaciones de las afueras, no eran una mejor idea. Querían y necesitaban llegar al punto fortificado del que habían oído hablar por radio. Ya no les quedaba mucho, pero debían parar a descansar. A lo lejos, vieron una agradable casita con una humeante chimenea. Caminaron hasta ella y al llamar a la puerta, un hombre que por su morfología, su pelo blanco y su frondosa barba del mismo color, les recordó a Santa Claus.

—¿Qué queréis? —dijo sin amabilidad el dueño de la casa, mientras portaba su escopeta.

—Pasar la noche, si es posible. —respondió John con tono tranquilo—. Mañana, sin falta, nos marcharemos temprano, pero los niños tienen que descansar.

La cara del viejo cambió por completo.

—¡Niños! ¡Hace tanto tiempo que no veo ninguno! Pasad, pasad.


La casa era acogedora. Todo estaba ordenado y limpio. Kram, el hombre, les dio de cenar, un lugar para asearse y les proporcionó unos colchones, almohadas y mantas para dormir.

La cena fue agradable, pues Kram era muy simpático con los pequeños. Sabía un montón de canciones y cuentos.

—¿Sabéis? Yo, antes de que todo cambiara y mis expectativas se evaporaran, tenía una tienda de golosinas al lado de un colegio. Os ofrecería encantado, pero tuve que salir corriendo y no se me ocurrió hacerme con provisiones de chucherías.

—No pasa nada. La sopa estaba muy rica y también los filetes —dijo Clarissa amablemente.


El hombre que se parecía a Santa Claus, era la primera persona no muerta que había visto en mes y medio. La pareja le ayudó a recoger la mesa y le agradeció su hospitalidad una vez más. La familia se fue a acostar mientras el hombre se quedó fregando los platos. 

Pese a que Kram les había dicho que la casa tenía tres habitaciones y que Clarissa y John podían dormir en una de las dos que estaban libres, y los niños en la otra, los padres declinaron la oferta, pues era mejor que durmieran todos juntos, dadas las circunstancias. Desde que todo empezó, siempre lo habían hecho así. 

—En el mundo animal, los progenitores deben cuidar y proteger a sus cachorros —dijo John, mirando directamente a los ojos de Kram.

—Clarissa dijo que antes del virus, era modista en una tienda de vestidos de novia pero… No recuerdo a qué te dedicas tú, John —contestó Kram, bajando levemente su mirada.

—Nada demasiado importante, amigo. Me pasaba el día conduciendo por las calles. 

—¿Taxista? 

—No. Pero sigue pensando y mañana me lo dices —dijo sonriendo el joven padre—, no te molestamos más que nos vamos a descansar.

—Ningún problema. Seguiré pensando en trabajos en donde la gente conduzca mucho.


Ya acostados en la habitación, los niños cayeron dormidos, extenuados y con la barriga llena. Clarissa se dirigió a su marido.

—Tanto tiempo sin patrullar y aún sigues en modo policía, John. ¿Te puedes relajar un poco? Estamos bien.

—Lo siento, pero no. Si algo ha añadido toda esta maldita pandemia a mi vida, es a desconfiar aún más de las personas. Mucho más de los vivos que de los muertos. Así que, pasemos esta noche y continuemos con nuestra vida.


John y Clarissa se abrazaron y se fundieron en un profundo beso de buenas noches. Ella no tardó en dormirse, sin embargo él, siempre alerta, no podía dejar de darle vueltas a la cabeza cada vez que cerraba los ojos.

Una hora más tarde, cuando John ya estaba cayendo en brazos de Morfeo, unos sonidos roncos le alertaron. La luz de la luna llena que entraba por la ventana no dejaba lugar a dudas. El viejo de la blanca barba estaba de pie junto a los dormidos mellizos, con los pantalones y calzoncillos bajados hasta los tobillos. John, un policía con mucha calle, amable y con ganas de ayudar a las personas pero que de primeras, nunca se fiaba de nadie. Una náusea llena de bilis le llegó hasta la garganta. Aquel malnacido estaba en trance mientras se tocaba sin dejar de mirar a las inocentes criaturas. Era un pedófilo. El hombre que les había dejado pasar a su casa, era un jodido pedófilo. Un personaje mucho más abominable que cualquier pútrido zombi. John, cogió su pistola y se levantó de un salto tan rápido, que Kram, ensimismado en su trance y sin libertad de movimiento por su ropa en los tobillos, no pudo hacer nada. El padre de familia le sacó de su habitación de un empujón y le llevó a la del propio Kram. Un dormitorio cuyas paredes estaban llenas con fotografías de niños y niñas, nunca mayores de seis años. En una esquina, encima de un escritorio, un ordenador abierto, mostraba más imágenes de otros infantes. 

—¿Qué es esto, asqueroso de mierda? ¿Qué repugnante cosa es esta?

—Yo… A mí me gusta la gente pequeña. No es nada malo. Nunca les haría daño. Son tan bonitos, tan suaves, tan achuchables.

—Tú eres un mierdas. Un ser sin alma que no se merece nada, ni siquiera el aire que respira. Por eso nos dejaste entrar en tu casa. De haber ido sin niños, ya nos podríamos haber muerto mi mujer y yo ahí afuera.


John, como el agente que había visto demasiado sobre la decadencia del ser humano, pero más aún como padre de dos criaturas inocentes, y a pesar de los últimos tiempos convulsos que habían vivido, intentando minimizarlos todo lo posible, gracias a los buenos adultos que habían encontrado hasta la fecha, sacó su pistola. Hizo que el hombre, el dueño de una tienda de dulces, un lugar perfecto para estar  a diario en contacto con niños, se arrodillara. Mentalmente, mientras el cañón de su arma se apoyaba en la frente de aquel barbudo, contó hasta tres y le descerrajó un tiro. El mundo ya estaba demasiado devastado y lleno de caminantes sin alma por culpa del virus, así que el lugar sería un poco menos atroz sin un monstruo como Kram.

Los pasos de alguien que corría se oyeron por el pasillo. Clarissa no pudo contener el grito que escapó de su boca al ver la escena: su marido con la pistola en la mano, el dueño de la casa muerto con un disparo en la cabeza y, un montón de ojos infantiles mirando desde las paredes y el ordenador.

Abandonaron aquella casa muy apesadumbrados pero antes, rompieron el ordenador tirándolo al suelo, quitaron las fotografías para prenderles fuego e hicieron buen acopio de comida y agua. Si todo iba bien, su destino estaba a medio día de dura caminata.

28/08/2024

Cómo es eso

Poema presentado a #veranoenverso
Zendalibros.com


Cómo es eso
De echar de menos
Algún que otro beso, 
Recuerdos y añoranza
Que al rato se me pasan
Porque decidí con templanza
Dejarme ir, dejarlo atrás, 
Romper nuestra alianza. 

Dije, avisé y enseñé
Tanto y por tanto tiempo, 
Que me alejé para no volver. 

Cómo es eso
Que aunque ya no quiera
Añore de ti, algún beso.

Cómo es que a veces sin querer
Tu nombre vuelve a aparecer
En cada rincón de mi piel
Como un tatuaje que no se ve. 
Pero sé que ya no hay regreso
Que lo que quedó fue el proceso
De aprender a decir adiós
Y quedarme sola con mi voz.

Cómo es eso
Que aunque ya no quiera
Añore de ti, algún beso,
Y algún beso.

Cómo es eso
Que aunque ya no quiera
Añore de ti, algún beso,
Si ya aprendí a dejarlo ir
A ser quien soy sin pedir permiso,
A vivir sin volver a ti.

20/08/2024

Abejas a la colmena


Bees to a beehive. Active Shooter Drill for toung children
Abejas a la colmena. Simulacro de tirador activo para niños
BY Autism Little Learners
Relato presentado al IV Concurso de Relatos QueLeerHoy


Topeka, Nebraska

08:35 a.m.

Casa de los Sanderson


Jacob metió todo lo que iba a necesitar aquel día en su mochila negra. También, él iba vestido de negro de pies a cabeza. Y aunque estaba listo para salir de su casa, le echó un vistazo a la habitación de sus padres, viendo que aún seguían en la cama.


09:12 a.m.

Clase de preescolar de la señorita Michelle


—¡Niños! Hoy vamos a jugar a un nuevo juego que se llama "Abejas a la colmena".

Los niños, que no tenían más de cinco años, le prestaron atención a su maestra. Michelle sabía ganarse a sus pequeños alumnos.

—Sabéis que a veces tenemos unos juegos que son simulacros. Ya hemos aprendido el que es para incendios, y también el de los tornados —prosiguió Michelle—. Pues bien. También tenemos un juego al que llamamos "abejas a la colmena". Y es muy fácil.

Al escuchar la palabra "abeja", algunos de los niños quisieron preguntar cosas sobre ellas.

—Sí, niños. Vamos a aprender muchas cosas sobre ellas. Nosotros vamos a ser las abejitas….

A veces, las abejas necesitamos zumbar hasta nuestra colmena para escondernos de personas o de animales desconocidos. Así que, ¡vamos allá! Es el juego del escondite de las abejas. 

Por eso, vamos a dejar lo que estamos haciendo e ir a la colmena todos juntos. Venid conmigo que la señorita Michelle os dirá donde está. Es como un lugar que las abejas necesitan para estar en silencio y hacer la miel. Y nosotros ahora somos abejas que la vamos a hacer. Yo soy la Abeja Reina y vosotros me seguís. 

Los veintiún niños iban detrás de la señorita, ajenos a todo. Riendo entre dientes, nerviosos y felices por aquel juego que les sacaba de la rutina del horario escolar. 

—Ahora llegamos a la colmena todos juntos y debemos estar en silencio. ¡Shhh! Calladitos. Sobre todo, estad muy calladitos, por favor. Así la señorita Michelle y vuestros papás, mamás y familias, estarán muy contentas si hacemos rica miel así, estando en silencio. Y nos quedaremos en la colmena hasta que se haga toda, todita la miel. Yo os diré cuando esté lista. A veces se hace enseguida, y otras veces, tarda un poquito más.


09:27 a.m.

Instalaciones de una escuela pública cualquiera de Topeka


Jacob había sacado el AR-15 de su bolsa negra, el rifle con el que su padre alardeaba ante sus amigos como gran tirador, y había dirigido sus disparos hacia las personas que se encontraban en la entrada, secretaría y dirección, por este orden, a las 09:08 de aquella mañana soleada.

En menos de veinte minutos, había herido a más de siete personas. Dos de ellas, fallecieron en el acto: la señorita Gladys Johnstone y el bedel, Alonso Ferrer. 

Jacob iba por los pasillos sembrando el terror. Abriendo las puertas que no se encontraban cerradas o bloqueadas y, se asomaba por los cristales, para poder ver si en las aulas había gente.


09:30 a.m.

Una de las clases de preescolar


La señorita Michelle se había escondido junto a sus niños en el rincón más apartado del aula, el que no era visible desde el pasillo. Antes había cerrado la puerta con llave desde dentro, como desde el primer día le enseñaron como profesora. Dispuso las pequeñas mochilas escolares, así como también su propio bolso, a modo de barrera o protección, simulando ser la colmena donde las abejitas obreras fabricarían la miel. 

Los niños se portaron muy bien, pese a que alguno hizo el amago de llorar al escuchar los primeros disparos. La sangre fría y el buen hacer de la profesora, los mantuvo con vida. 


10:50 a.m.

Escuela pública de Topeka


La terrorífica mañana en la hasta aquel día, tranquila escuela de Topeka, se había saldado con seis muertos y diez heridos. Uno de los fallecidos era el propio Jacob Sanderson, a quien la policía tuvo que abatir para poder parar aquella matanza. 

Poco después, empezaría a salir aquella agradable localidad en las noticias de todo el mundo. Se homenajearían a las víctimas improvisando altares con flores, peluches y velas. Todo cosas, que no pararían jamás las balas en otra situación similar. 


15:32 p.m.

Casa de los Sanderson


La policía se personó en casa de los Sanderson para informarles de lo ocurrido con su hijo. No necesitaron llamar al timbre. Tras identificarse, entraron por la puerta que se encontraba abierta a su llegada. La casa parecía en orden. Una vivienda normal, con el típico desorden de unos vasos en el fregadero de la cocina o unos cojines mal puestos en el sofá. Lo que no cuadraba, es que los Sanderson no respondieran y la casa estuviera abierta de par en par a merced de cualquiera.

Los policías, Carpenter y Smith, subieron las escaleras tras comprobar que no había nadie en la planta baja. 

Arriba, parecía no haber nadie pero, al acercarse al dormitorio principal, vieron los cuerpos de Benjamin y Linda, los padres de Jacob, con un disparo en sus cabezas. Había muerto sin enterarse de nada.




En un país como España, nos es difícil entender ciertas cosas, como que en las escuelas de Estados Unidos, tienen unos cuentos que enseñan a los más pequeños a actuar ante cualquier calamidad. Estos cuentos son simulacros. 

Los tienen de incendios, tanto en edificios como al aire libre, de tornados, de huracanes, y uno llamado ABEJAS EN LA COLMENA. Que es, nada más y nada menos, para ponerlo en práctica en el caso de un ataque con armas de fuego. Lo que viene siendo, un tiroteo. 

Si bien, a nuestros ojos es desgarrador que deban preparar a los niños para una situación así, una gran mayoría de las familias creen que es una excelente manera de abordarla si se presenta una situación real. 

Para concluir este relato, quiero aclarar que, esto no va de juzgar a una sociedad totalmente diferente a la nuestra respecto al uso y la disposición para cualquiera con las armas. Simplemente es algo sobre lo que reflexionar. 

05/08/2024

Mi primer plot twist

VadeReto Agosto 2024


1968, Playa de Cofete, Fuerteventura. España.

Un hombre va montado a caballo por la playa, que anda despacio, sin prisa. Detrás lleva a su nueva compañera de vida agarrada a su cintura. A su derecha, las olas del mar llegan y mojan las patas del equino. De pronto detienen su marcha y el hombre baja del caballo. Delante de él se erige algo inaudito que le rompe todos sus esquemas mentales. Entonces cae de rodillas, abatido, incrédulo. Durante todo el tiempo que había estado en aquel lugar, era como si hubiese estado viviendo una realidad paralela. 
—¡Oh, dios mío! He vuelto. Estoy en casa. Durante este tiempo… al final lo logré. ¡Maníacos! Lo habéis destruido. Os maldigo. ¡Os maldigo a todos! 
El hombre llora y maldice mientras golpea a la arena mojada y su puño se hunde en la espuma del mar. En frente, una semienterrada Estatua de la Libertad, le mira impasible...

El director dice corten. Acaban de rodar la escena final de la película «El Planeta de los Simios» Charlton Heston Y esta escena en la playa, se quedarán para siempre en la retina de mucha gente, entre quienes me incluyo.
Este fue mi primer plot twist o giro de guión.


04/07/2024

Comida china con salsa agridulce

 
VadeReto Julio 2024
Precuela de: EL CUIDADOR


Estoy satisfecho porque hoy hice una receta de cerdo agridulce sin cerdo.

Esta mañana bajé al Sol Naciente, mi restaurante chino de confianza, para abastecer mi despensa con algunas provisiones, pero sólo pude coger algunos paquetes de fideos y varias botellas de salsa de soja.

El arcón de la carne se había estropeado y todo se había echado a perder, pero pude rescatar un par de cebollas y algunos pimientos y zanahorias. 

Anduve por el restaurante, creyéndome a solas con la bolsa de la comida en una mano y uno de mis cuchillos en la otra. No quería encontrarme con algún indeseable devorador, como yo los llamo. Aunque por como me rugían las tripas con el hambre que tenía, seguramente fuera yo más peligroso que ellos. 

En un momento dado, escuché un ruido detrás de mí y a alguien tocándome la espalda. Entonces, todo sucedió muy rápido. Me giré y clavé el cuchillo en la cabeza de quien fuera. El restaurante debería haber estado vacío. 

Un gritito salió de la boca de aquel pequeño cuerpo que cayó como un saco de patatas. La señora Ming yacía sin vida ante mí. Había matado a la curranta y estupenda dueña del restaurante. 

Me arrodillé junto a su cadáver y saqué el cuchillo. Mientras limpiaba la sangre de la hoja en su propia ropa, lo tuve claro. 


Comida china con salsa agridulce

(faltan ingredientes, pero para las circunstancias en las que estamos, me doy con un canto en los dientes)


Ingredientes para 4 raciones:

600 g de carne magra

2 zanahorias

2 cebollas

2 pimientos (verde y rojo)

3 cucharaditas de salsa de soja

2 cucharaditas de vinagre

4 cucharadas de aceite de girasol

Sal y azúcar


Preparación:

Cortar la carne en tiras finas; pelar y picar las cebollas; cortar el resto de las verduras en trocitos.

Mezclar la salsa de soja, el vinagre y 1 cucharadita de azúcar en un bol y salar.

Poner la carne en adobo durante una hora.

Calentar el aceite en el wok y rehogar la cebolla picada hasta que esté transparente; agregar el resto de las verduras y rehogarlas; calentar y añadir agua; cocer durante 20 minutos.

Servir acompañado de arroz blanco. 


He de decir que pese a no tener todos los ingredientes que requiere la receta original, me salió a pedir de boca. La señora Ming, aunque ya con una edad, tiene una carne increíble. Tierna, jugosa y con un toque salado. 

A mí mujer y a mi hijo también les gustó, aunque ellos la prefieren cruda y sin condimentar. 

Y con esto y un bizcocho… 


18/06/2024

Cuando se rompe la pecera

 
Relato presentado para el VIII PREMIO DE ESCRITURA BREVE Diario de Madrid


«Todos los personajes y situaciones descritas en este texto son ficticios. Cualquier parecido con personas reales, ya sean vivas o fallecidas,

como con eventos reales, es pura coincidencia».


La entusiasta y bella Rebeca, nació media hora antes de la entrada a 1980. Bella de cara y con un cuerpo en excelente forma a base de sana alimentación, ejercicio y mucho esfuerzo, echaba de menos cualquier tiempo pasado pues según ella, siempre fue mejor.

Ella siempre había sido la niña de papá y podría decirse que el complejo de Electra nadaba con ella en el agua de su pecera particular. Era la forma en la que ella percibía y afrontaba la vida. Su difunto padre, un hombre exitoso, fue su referente masculino de niña y adolescente. Él que siempre la protegía ante los regaños de su madre. Su marido, al que conoció muy joven y con quien llevaba casi veinticinco años de matrimonio, era un hombre fantástico. Él era diez años mayor que ella y su nueva figura de poder, estatus y protección. Su estandarte ahora que su padre había muerto. Un gran abogado de extenso currículum y sueldo desahogado que mantenía a su mujer e hijos. Rebeca también presumía de los buenos estudiantes que eran sus dos hombretones. 

Rebeca no era feminista. Es más, sus interacciones en redes sociales, se centraban cada vez más en opinar sobre otras mujeres. O mejor dicho, disparar ataques con tintes misóginos disfrazados bajo capas de condescendencia, falsa modestia y controlada crispación. Ella decía estar preocupada por las mujeres que se enseñaban demasiado y proclamaban su libertad a los cuatro vientos pero que luego se quejaban públicamente de no encontrar a un hombre de "alto valor" para ellas. Entonces, Rebeca escupía todo su veneno en sus réplicas. Ella opinaba aunque nadie pidiera su opinión, dejando entrever que ella era mejor que aquellas mujeres. Más inteligente y más digna porque tenía un marido que le proporcionaba la vida que quería y necesitaba, del cual se conocía su aspecto porque Rebeca se encargaba bien de subir fotos de ellos dos mirando a cámara felices y sonrientes. Eran la viva imagen de una bonita y perfecta pareja.

Sí. Rebeca era tan feliz con su marido que se veía en la obligación de mostrar a todo el mundo lo bien que les iba para que todas las feministas o quienes no pensaran como ella, rabiaran al verlos. Ella era tan feliz con su hombre, abanderando lo que para ella era la única felicidad a la que una mujer podía aspirar. Rebeca creía firmemente que las mujeres al pasar los cuarenta, se daban contra un muro de realidad, cuando los hombres dejaban de mirarlas como mujeres que podían darles estabilidad y niños para formar una familia. Que una mujer soltera o divorciada era lo peor para un hombre y si tenía hijos, aún más, porque ¿qué hombre en su sano juicio las iba a querer? Que las mujeres tenían siempre la culpa por no hacerse respetar y a las que violaban, era porque iban provocando al instinto de los hombres. Rebeca decía esto y mucho más en sus redes sociales, incluso la habían baneado alguna vez por sus formas. Pero ella luchaba contra viento y marea. Si no pensaban como ella, es que estaban contra ella. Algo que no podía soportar. 

 

Pero quería el destino que aquella noche Rebeca tuviera que irse a dormir sola. La casa estaba en silencio porque sus hijos pasaban el fin de semana en la costa con sus tíos. Su marido, un hombre incansable y fiel al trabajo, debía quedarse trabajando hasta tarde aunque fuera viernes. Pero aunque los hombres, como ella bien sabía, no eran monógamos por naturaleza y había que respetarlo, su marido no era así y confiaba plenamente en él porque como buena esposa, ella le daba lo que necesitaba. Ella creía que una señora de bien era: una dama en la calle y una puta en la cama, para que el marido no tuviera que buscar fuera lo que no tenía en casa. 

**********

Antes de meterse en la cama, vio que la bolsa de la basura estaba llena y olía mal, así que se calzó sus deportivas y salió a la calle con las mallas grises y una ancha camiseta que vestía para estar en casa. El vecindario estaba en silencio porque la mayoría había empezado las vacaciones. Mientras se dirigía hacia los contenedores su mente se quejó de lo lejos que estaban. Normalmente aquello lo hacía alguno de sus hijos. Al lanzar la basura dentro suspiró y volvió sobre sus pasos. Mientras caminaba por la calle poco iluminada, un desconocido se le acercó de no se sabe dónde y comenzó a chistarle. Rebeca se sobresaltó y aceleró el paso, pero el hombre la siguió. 

—Oye guapa. Ven aquí.

El hombre la agarró del brazo y a ella se le encogió el estómago. Rebeca se sintió atrapada, consciente de que estaba sola en la oscuridad con un extraño cuyas intenciones no aparecían nada buenas. La estaba agarrando con fuerza, impidiéndole escapar. Rebeca estaba bloqueada y no podía reaccionar. Era la primera vez que le ocurría algo así. Sintió un escalofrío recorrió su cuerpo cuando al fin intentó zafarse, pero el hombre era mucho más fuerte que ella.  Él comenzó a hacer comentarios lascivos mientras la magreaba con una mano por encima de la ropa. Una lágrima empezó a rodar por la mejilla de la mujer mientras él metió la otra mano por debajo de la camiseta para darse cuenta de que no llevaba sujetador. Luego, bajó hasta la cinturilla de las mallas y palpó el vientre plano de Rebeca. Justo cuando iba a adentrarse en sus bragas el perro de una casa cercana empezó a ladrar. Eso pilló desprevenido al hombre y Rebeca aprovechó para salir corriendo. Las luces de un porche se encendieron y de la casa salió un hombre que sacaba a su perro, así que el acosador se retiró y no fue tras Rebeca.


Ya en casa, la mujer se derrumbó y empezó a llorar mientras temblaba. Cogió su móvil para llamar a su marido pero tras unos tonos, saltó el contestador. Aunque no hubo golpes físicos ella sintió que había sido agredida y una experiencia traumática. Jamás se había sentido tan vulnerable y con tanta falta de control. Qué iba a pensar la gente. Cómo le había podido ocurrir algó así precisamente a ella, si no iba maquillada, tampoco escotada o con minifalda. Si no iba pidiendo guerra. ¿Cómo le iba a contar lo sucedido a su marido? 

Al fin dejó de llorar tras darle infinitas vueltas a aquella pesadilla cuando dos horas más tarde, su marido entraba la puerta visiblemente cansado, ojeroso y despeinado. 


—¡Por fin llegas, cariño! 

—Perdona, nena. No miré la hora pero al fin dejé todo el trabajo zanjado para poder irnos a Miami. ¿Qué haces despierta? Te hacía durmiendo. ¿Has llorado? 


Ella estaba intentando encontrar la manera de contarle el mal trago que había pasado cuando vio el rojo de lo que parecía pintalabios en el cuello de la camisa de su marido, pero Rebeca no quería hacer ningún drama con lo que a todas luces, podría parecer una deslealtad a su matrimonio. Miraría hacia otro lado porque al fin y al cabo, los hombres eran así. Se engañó pensando que habría sido un pequeño desliz sin mayor importancia y rompió a llorar al narrarle el encuentro con el desconocido.

En cuanto la noticia del asalto a Rebeca se esparció entre su círculo social, las mujeres en especial, la miraban con una mezcla de condescendencia, morbo y desdén. De la noche a la mañana era blanco de rumores, comentarios despectivos y miradas juzgadoras de quienes antes consideraba amigas y conocidas. La misma comunidad en la que solía encontrar apoyo ahora no la creían. Su marido le pidió el divorcio porque aquello estaba manchando su nombre. Totalmente abatida, Rebeca estaba experimentado en carne propia el peso del escrutinio público y la hipocresía de sus propias acciones pasadas y ahí fue cuando la ya resquebrajada pecera en la que Rebeca vivía terminó por romperse, clavándose los añicos en sus carnes y explotando sus burbujas de tranquilidad.