11/06/2024

Caníbales

Relato presentado a T.ERRORES: METAMORFOSIs
(DENTRO DEL MONOLITO)


Lo que primero me llamó la atención de Celia fueron sus clavículas. Podía mirar sus bellos ojos mientras me hablaba y detenerme en sus jugosos labios cuando me decía cosas pero irremediablemente seguía bajando, encontrándome absorto con mis pensamientos apoyados en sus huesos cual elegante percha. 

Celia era bella, inteligente y pulcra, y se hizo mi amiga el primer día. Tampoco es que aquello fuera algo extraordinario, pues nada más vivían cinco familias en aquella aldea a la que mi madre y yo nos acabábamos de trasladar. Podíamos hablar de series, música o libros durante toda la tarde pero, de lo que más le gustaba hablar era sobre la comida. Siempre tenía hambre, pensando en la merienda junto después de comer, y en la cena tras merendar, y aún así, Celia era como un maniquí. Como una bailarina en puntas, delgada y fibrosa, en el borde de un peso inferior a lo médicamente aconsejable.

Al mes de nuestra llegada a aquellas tierras, Celia me dijo que su familia nos invitaba a su casa a mi madre y a mí, para celebrar el final de las vacaciones de verano con una gran cena. Entusiasmado por lo bien que nos iba por fin en la vida, fui corriendo a contárselo a mi madre. 

—¡Mamá! Celia y su familia nos han invitado este viernes a cenar a su casa. 

—¿Sí? Vaya… Qué majos son. Les llevaré nuestra miel para que la prueben y quizás puedan ayudarnos a que se corra la voz. Si puedo venderla por la zona al tiempo que sigo con la venta online, pues mejor. 

—Es demasiado bueno todo lo que nos está pasando, mamá. Nunca antes nos habían recibido tan bien, la gente de ciudad suele ser más estirada. Es más, todo el mundo nos mira con ojos brillantes y enormes sonrisas. 

—Sí. Ahora que lo dices… Seamos cautos, hijo. Normalmente siempre hemos sido los raros e incluso perseguidos por nuestra forma de vida, tan ligados a la naturaleza y sobre todo, al influjo de la luna y a los animales. 

—Ojalá papá estuviera aquí y no tuviéramos que estar huyendo de los cazadores. 

—Lo sé cariño. Pero piensa que gracias a él, nosotros estamos aquí y tú tienes toda la vida por delante.


El viernes estábamos puntuales en casa de Celia. Nos abrió la puerta Martín, su padre, que nos dio un fuerte abrazo. Mateo, el hermano pequeño, estaba viendo la tele justo cuando Claudia, la madre, aparecía en el salón limpiándose las manos en el delantal. 

—¡Bienvenidos! ya podéis sentaros todos a la mesa  que ahora mismo sirvo la cena. 

—Muchas gracias por la invitación. Os he traído un poco de la miel que hago yo misma para que la probéis. 

—¡Ay, qué lástima! Jacobo, ¿no le dijiste a tu madre que somos veganos? Lo siento, Manuela. No comemos nada de origen animal. 

—¡Ay! Siento enormemente este malentendido. 

—No pasa nada, mujer. Y ahora, vamos a comer. 
Mi madre me echó una extraña mirada. Yo sabía que no estaba enfadada conmigo por no haberle dicho nada sobre el veganismo de la familia. De hecho, era la primera vez que escuchaba que eran veganos y aunque la cena transcurriera apaciblemente, mi madre y yo sentíamos que algo no cuadraba en el ambiente.

El primer plato consistió en crema de puerros, que comí con desgana, pero de segundo, me sorprendieron de buena manera unas sabrosas hamburguesas a base de lentejas cocidas y tofu. De postre hubo sorbete de limón y grosellas. Al final, mi madre y yo teníamos el estómago tan lleno que podíamos salir rodando. 

Celia estaba bellísima aquella noche, sus labios me sonreían, sus ojos me miraban con una chispa que no lograba descifrar, sus clavículas se le notaban más que nunca y sus platos acabaron casi intactos… los suyos y los de su familia. 

—Oye, Claudia —dijo de pronto mi madre—. 

—¿Sí? —contestó la mujer arqueando su ceja derecha. 

—La cena ha sido apta para veganos y dices que los sois pero, ¿vosotros no tenéis chorizos y jamones en la despensa? Aparte que en la cocina he visto una máquina para hacer carne picada.

—Pero qué observadora eres, Manuela. No se te escapan los detalles. 

De pronto, Celia y su padre se pusieron detrás de nosotros que nos amordazaron y ataron con cuerdas a nuestras sillas. 

—Nosotros no comemos animales, pero eso no quiere decir que no probemos la carne —habló el padre—. Normalmente nos alimentamos de viajeros descarriados, ya que muchos se pierden haciendo el Camino de Santiago. Pero vosotros habéis decidido vivir aquí en medio de la nada. Y si no hemos probado la cena de hoy es porque lo bueno, para nosotros al menos, viene ahora. Vosotros seréis nuestro alimento.
Mi madre y yo nos lo decíamos todo a través de los ojos, teníamos que estar seguros de los pasos a seguir, pues si elegíamos mal, todo podía irse al traste. Claudia cogió un enorme cuchillo. Su padre había decidido que ella se encargaría de hacerme el corte en el cuello de tal manera que me desangrara. Pero en el instante en el que la punta pinchó mi carne, el destello en los ojos de mi madre dio el pistoletazo de salida a nuestro plan. Desde la punta de la cabeza hasta las plantas de mis pies, me fui desvaneciendo ante la incredulidad de la familia caníbal, transformándose mi cuerpo en cientos de gusanos. Esos gusanos blancos que se comen la carne corrompida de los cadáveres. Mi madre procedió a sufrir la misma metamorfosis que yo. Las cuerdas y nuestras ropas cayeron al suelo. Celia y su hermano empezaron a gritar. La madre se llevó la mano a la boca asqueada ante la visión de las lombrices y el padre sacó a la familia de allí. Los gusanos se juntaron de nuevo y nosotros cogimos la forma de dos murciélagos logrando salir por una ventana hasta llegar a nuestra casa, donde volvimos a asumir nuestras formas humanas. Cerramos puertas y ventanas, asegurándonos de estar a salvo. Nos dimos cuenta de que habíamos subestimado a aquella gente. Estábamos agotados y sin tiempo para procesar lo que acababa de suceder pero sabiendo que debíamos huir.
Con urgencia apremiante, me transformé en caballo y mi madre empezó a empacar algo de ropa y comida en mi negro lomo. Sabíamos que nuestra forma humana nos hacía vulnerables, y necesitábamos recurrir a nuestra capacidad para transformarnos, así que ella asumió también la forma de una majestuosa yegua. Nuestros relinchos resonaron en mitad de la noche y emprendimos la huida al galope. La velocidad y el viento nos hacía sentir libres mientras escapábamos y la luna iluminaba nuestro camino sin saber por qué dos buenas personas con el don de la metamorfosis animal no podían vivir en paz. Pero ahora estoy aquí, quince años después, donde encontramos la felicidad. Fuimos dando algunos tumbos más hasta llegar a esta isla en donde todos tienen el mismo poder sobrenatural que nosotros.
Ahora estoy absorto con las clavículas, los ojos, los labios y la personalidad de Irene, mi mujer, y miro a nuestra niña mientras duerme y sonrío al recordar que cuando estornuda, se transforma en colibrí, luciérnaga o mariposa, y que es una cosa que debemos trabajar con ella.

04/06/2024

Conjuntivitis

 
CONCURSO DE RELATOS 42ª Ed.
La metamorfosis de Kafka
Blog: El Tintero de Oro


La llave giró dos veces, se abrió la puerta y volvió a cerrarse con llave. Mario entró en el salón y dejó caer su bolsa de trabajo con gran fastidio porque no le gustaba lo que veía. Su mujer y su hija dormían en el sofá mientras el suelo estaba abarrotado de juguetes y cachivaches de la bebé.

Mario torció el morro. En los dos años que tenía su hija, su mujer se había abandonado y no hacía demasiado en casa. 

—¡Alicia! ¿Te parece que son horas para dormir?

La mujer se despertó sobresaltada y la niña comenzó a llorar. Mario puso cara de asco al ver los ojos de Alicia. 

—¿Otra vez los tienes así? 

—¿Y qué puedo hacer? La niña está siempre pegada a mí. No me deja ni a sol ni a sombra y le gusta besarme en los jitos, como dice ella, y no me libro de la conjuntivitis. 

—No, Alicia. Así no son las cosas. Yo me mato a trabajar y tú sólo debes cuidar de nuestra hija y mantener la casa ordenada. ¿Pido tanto? ¡Que estoy casi diez horas fuera de casa!

—¿Te parece poco poner lavadoras, hacer la comida, las camas, ir a la compra, barrer, limpiar y fregar mientras la cuido? ¡Hasta hago de vientre con ella dentro del baño! ¡No tengo tiempo para mí! Ni dibujos, ni tablet. Nada. Sólo quiere a mamá.

—Eso es. Antes te arreglabas y te ponías guapa. Ahora pareces una chacha, Alicia. 

—Ese es el problema y tú no lo ves. Ya no soy Alicia, sino la mamá de Aitana. 

—¿Y qué quieres ser? ¿Astronauta? No me hagas reír. Mírate. Da angustia verte.


Alicia cogió a su hija y la sentó en el sofá para ir a encerrarse al baño del dormitorio. Echó el pestillo y dejó correr el agua del lavabo para mojarse el sofoco y la rabia. Sus ojos estaban rojos y las pestañas pegadas por legañas amarillentas. Su cabello estaba enmarañado, sin brillo ni forma y, aquel michelín, recuerdo del embarazo, permanecía ahí después de 24 meses.

Antes hubiera roto a llorar, pero ya no le quedaban lágrimas en aquellos ojos enfermos que le devolvía el reflejo. 

La verdad es que Mario tenía razón. Ella daba pena, miedo y asco. Era difícil encontrar a la bella Alicia de antaño bajo aquella apariencia. Su matrimonio estaba muerto, como muerta estaba ella. 

Alicia salió del lavabo para dirigirse al salón y hablar con Mario.


—Si no te importa. Déjame dormir sola en nuestra cama. Tú puedes hacerlo con la niña y así estás con ella. Mañana es sábado sin madrugones para tí. Matamos dos pájaros de un tiro. Tú compartes tiempo con tu hija, y no tienes que estar con esta horrible mujer. 

—Como quieras. Tú siempre tan dramática. Pasemos una noche tranquila y mañana te pones las pilas. ¿Vale? 

Alicia murmuró algo e hizo una mueca que quería parecerse a una sonrisa, sin lograrlo, y se fue a la cama sin cenar. 

Mario y Aitana cenaron, vieron un poco la televisión y se fueron al dormitorio infantil, donde el padre leyó un cuento a la niña hasta que ambos cayeron dormidos. 


Alicia, pasó una noche llena de pesadillas y delirios. Su temperatura corporal la hacía sudar tanto que parecía que acababa de salir de la ducha. Su pelo y su piel estaban empapados, y su camisón pegado al cuerpo. Su corazón andaba tan taquicárdico que le dolía el pecho. Alicia parecía estar adherida a la cama mientras sus ojos no dejaban de excretar una pus espesa y maloliente. Temblaba, y la cabeza le iba de derecha a izquierda mientras esputos de sangre oscura salían por su boca. Sólo con los primeros rayos de sol, dejó de moverse. 


Casi medio día y Alicia no había salido de la habitación. Mario y Aitana se habían despertado un par de horas antes, desayunaron y se fueron al parque para dejar a la madre dormir. Al llegar de la calle, Mario volvió a cabrearse para sus adentros con Alicia. ¿Cuándo iba a despertar de su letargo? ¿Es que no se daba cuenta de que se estaba cargando a la familia? Mujer vaga y egoísta. Tenía una vida por las que muchas suspirarían.

El hombre dejó a Aitana en su parquecito y fue al dormitorio. La persiana estaba subida completamente y la luz era cegadora. El balcón estaba cerrado y Alicia se daba cabezazos contra su puerta. 

—Alicia, ¿qué haces? 

Alicia se giró. Su camisón tenía restos de sudor, pus, sangre, orina y excrementos. La cama y el suelo que iba desde ella hasta el balcón, estaban llenos de aquel mejunje que embadurnaba a la mujer. Estaba lívida y con los ojos cerrados por una insultante cantidad de legañas. Sus ojos, eran costras. 

Estaba ciega pero podía oír. Al escuchar la voz de Mario fue directa hacia él dispuesta a morderle. Por suerte para él, pudo esquivar aquella boca sanguinolenta y nauseabunda, salir, cerrar la puerta y ponerse a salvo junto a su hija…


Poco después, los informativos de todas las cadenas del mundo, hablaban de lo mismo. La extraña infección de conjuntivitis que estaba afectando a mujeres. Generalmente jóvenes y con hijos a su cargo, aunque también podía verse en adolescentes y mujeres mayores, sin importar su condición social. También decían que lo más alarmante era que podría derivarse de depresiones sin diagnosticar ni tratar.



897 palabras

01/06/2024

Líneas colapsadas

VadeReto Junio 2024
El oráculo


Aureliana tenía ganas de divertirse aquel fin de semana, por lo que al ver la feria, dio marcha atrás en la autovía con su Harley Davidson, y cogió la salida que se había pasado para poder llegar hasta ella.

Era temprano, así que prácticamente el recinto estaba vacío de visitantes. Una caseta llamó la atención de Aureliana. La pequeña tienda era de rayas, intercalando los colores rosa, violeta y amarillo, y en cuya entrada podía leerse:

«Descubre tu Futuro con Madame Rose»

La cortina de cuentas se abrió de golpe cuando la mujer entró haciendo una especie de pirueta, pues casi se cae al haberse tropezado en la entrada. Madame Rose, no pudo ahogar un pequeño y agudo grito.

—Buenas tardes. Siento asustarla, pero deberían arreglar esa madera de ahí fuera.

—¡Ay! Lo siento mucho. ¿Se encuentra bien? Puede pasar y sentarse. ¿Quiere que le mire el futuro? 

—Sí. A esto venía. Jamás visité un lugar así pero como dice el refrán, nunca es tarde si la dicha es buena. 

La mujer se sentó frente a Madame Rose que miró detenidamente la mano derecha de Aureliana. Después la izquierda. Escrutó ambas manos tanto juntas como por separado mientras la vidente negaba con la cabeza y murmuraba algo para sí misma. Luego, sacó su baraja de tarot favorita para ver si así, podía descubrir algo sobre el porvenir de la señora que tenía delante.

—¿Qué pasa? ¿Ve algo o no? 

—Es que no entiendo qué está pasando. Es la primera vez que me ocurre algo así. 

—Bueno. Le pagaré igualmente. Dígame lo típico que le dice a todo el mundo. Que voy a hacer un bizcocho para mis nietos y que hasta mi nuera me adora. 

—Usted sabe que no puedo decirle eso, ¿verdad? Porque no tiene nietos, ni hijos y nunca ha estado casada.

—Sorprendente. No es una charlatana pero, ¿qué hay de mi futuro? 

—No me sale nada y estoy tan sorprendida como usted. Las cartas me dicen que se dirigía a encontrarse con dos amigas pero que la feria hizo que le dieran ganas de acercarse un rato. 

—Impresionante. Todo eso también es cierto.

Aureliana estaba con la boca abierta. Madame Rose no era ninguna vendehumos sacacuartos, pero le empezaba a hartar que no le dijera nada de lo que iba a ocurrirle después de aquel día. 

—Por último —prosiguió la tarotista—. El oráculo revela que al intentar coger la salida, usted ha sufrido un accidente…

—¿Accidente? Yo no lo llamaría accidente a lo ocurrido. Sólo me tropecé al entrar aquí.


De pronto, la cortina de la tienda se abrió. Era Míchel, el del puesto de la pesca de patitos, que llegaba bastante nervioso. 

—¡Rosa, Rosa! Creo que esta tarde está medio perdida.

—¿Y eso? ¿Qué pasa? 

—La policía ha cerrado el acceso a la feria por un accidente mortal. Un camión se ha llevado por delante a una señora mayor que estaba dando marcha atrás con su Harley. 

Madame Rose se quedó consternada. La silla de la clienta estaba vacía y la tirada seguía encima del mantel negro, junto a un billete de diez euros.

—¿Qué te pasa Rosa? ¿Estás bien? Te has quedado lívida.

—¡Ay, Míchel! Creo que además de echar las cartas y leer las manos, tengo un nuevo don, y no sé si me gusta. 


25/05/2024

La casita del árbol

Relato presentado a la
I Jornada de literatura de terror
Miedo en casa: La arquitectura del terror

La patrulla había entrado en la parcela a través de la valla derribada por los zombis. Los cuatro soldados habían terminado con los últimos que aún pululaban por la zona. Al encontrarse en aquel jardín, no pudieron evitar llevar la mirada hacia la pequeña edificación del árbol que se erigía ante ellos. Al lado, una silla de ruedas estaba caída y con restos de sangre. 

—Sánchez, ¡mira!

Álvarez y Casado también miraron hacía donde Lastra estaba señalando. Unos enormes ojos verdes bajo un largo y revuelto flequillo castaño, les estaba observando. 

—¡Hola! Somos soldados en busca de supervivientes. Somos de los buenos. ¿Estás sola? 

—No… Estoy con mi hermano pequeño. 


Los militares ayudaron a bajar a los niños que estaban visiblemente deshidratados y muy delgados. Martina le entregó una carpeta con papeles y documentos a Lastra, la única mujer de los soldados, que les había dado su madre.

Siempre vigilando alrededor, cargaron a los niños hacia el camión verde, pues tenían dificultades para andar a causa del hambre y por haber estado durante una semana entera en su casita del árbol. 

Ya dentro del vehículo, Rocío Lastra empezó a leer una suerte de diario o carta. 


"Parecía mentira que en dos semanas todo se hubiera ido al traste de aquella manera. Mi marido se había quedado atrapado, como tantos otros, en el trabajo. Me llamó para decirme que haría todo lo posible por llegar a casa en cuanto pudiera. Aún no ha vuelto y, dudo mucho que lo haga. Todo se ha venido abajo y la comunicación es misión imposible. 

En este tiempo, la comida ha ido menguando ante nuestros ojos y aunque he intentado hacer raciones cada vez más pequeñas para nosotros, ya no sé qué hacer para sacar adelante a mis hijos mientras el hedor de los no muertos se cuela por la valla. 

Antes de que puedan echarla abajo a base de incesantes empujones y golpes, no tengo más que el desesperado remedio de mandar a los niños a su casita del árbol. Mi hija me pregunta que si yo no subo con ellos, y con pesar le digo que no puedo. Le insisto a que suba con su hermano y recoja la escalera para que nadie pueda trepar por ella. Ella intenta resistirse y tengo que ponerme seria mientras mi corazón se hace trizas.

Llevan día y medio subidos en su casita y se me parte el alma por ver a mis hijos en esta situación. Martina y Bruno son mi vida. Así que la daré por ellos si es menester.

Todos estábamos llorando cuando les dije que dejaran el suelo, pero no podía romperme delante de ellos. Ya me sentía lo bastante mal por tener que ir a todos lados en mi silla de ruedas pensando que, demasiado había durado el apocalipsis para mí. 

En las películas nadie cuenta quienes son los primeros en caer. Se olvidan de los bebés, niños y ancianos. También de las personas con algún tipo de problema, como movilidad reducida, ceguera u otro condicionante físico o psíquico. Los vulnerables la palman fijo y nadie quiere ser uno de ellos. Siempre se quiere ser el protagonista. El héroe o la heroína de la historia o por lo menos, alguien que pueda hacer cosas y ser útil. Así que aquí estoy yo, sentada frente al árbol, mirando hacia la casita que mi marido había construido durante el primer verano tras nuestra mudanza a esta vivienda. Una base cuadrada alrededor del tronco, con tu tejado, todo de madera. El pequeño habitáculo que mis hijos transforman dentro de su imaginación en castillo, platillo volante, caverna o lo que sea, según el día. Con una cesta atada a una cuerda les hago llegar la comida y nada más que entro en casa para eso, pues mal duermo aquí, a la intemperie del jardín. 

Sé que no aguantaré demasiado, y temo que sin mí, mis hijos van a morir. Por eso escribo. Para no acabar desquiciada y para que quien lea esto, sepa que pese a mis problemas, he hecho todo lo que ha estado en mi mano para cuidarlos y protegerlos. 

A quien los encuentre, le digo que por favor, cuide de mi Martina y de mi Bruno. Pues son nada más que unas criaturas con diez y seis años de edad.


María Isabel González Bueno."


—¿Qué te pasa, Rocío?

Sánchez le preguntó a su compañera y amiga al ver que las lágrimas habían empañado sus ojos. Ella simplemente le entregó una fotografía en la que aparecía una familia feliz de cuatro miembros. Los niños, Martina y Bruno, junto a sus padres. 

—La madre se llamaba María Isabel —susurró Rocío con infinita tristeza.

Ambos se acordaron que antes de entrar en el jardín donde encontraron a los niños, habían tenido que darle la muerte definitiva a una zombi que sólo conservaba su descompuesto cuerpo hasta la cintura, pues se había aferrado con sus manos al tobillo de Rocío. La soldado se había fijado en la bonita pulsera de su atacante y se la guardó, pues aquello que antes había sido una mujer, ya no la necesitaba. La misma pulsera que la mujer de la fotografía, lucía junto a su marido y sus hijos. 

Entonces, Rocío cogió la pulsera de uno de los bolsillos de su uniforme y la puso alrededor de la muñeca de Martina que se había dormido junto a su hermano, por el traqueteo del camión. Era la pulsera de su madre y por eso le pertenecía.


23/05/2024

Salvación

Microrrelato presentado al
II Certamen Literario Metrorrelatos


Estaba justo enfrente. Las vías nos separaban pero eso no le impidió saltar a ellas y, pese a fracturarse un tobillo, se levantó y las atravesó. Los pasajeros de aquel metro estaban histéricos y yo, me había quedado mirando aquellos ojos sin vida. 
Cuando la puerta del vagón se cerró, cercenó la mano de aquel hombre que pretendía entrar. El conductor nos  dirigió a la estación más alejada del centro y eso fue nuestra salvación.
Ahora, echando la vista atrás, puedo decir que fui una superviviente del apocalipsis y que aquel fue el primer zombi que vi tan cerca.

05/05/2024

Animales de compañía

VadeReto Mayo 2024


Viernes

05:59 de la mañana.

Tic-tac

Tic-tac

La hora cambió a las 06:00 y sonó el despertador.

Uno, dos, tres, cuatro… 

—¡Gervasioooooooooooo! ¡Me cago en tus muelas!


Cuatro segundos tardó Candela en enfadarse conmigo. Yo ya no sabía qué hacer con esta mujer. Mira que la quiero mucho, pero me lo ponía muy difícil.

Sus pasos descalzos resonaron por el pasillo. Estaba muy cabreada.


—¿Se puede saber por qué haces estas cosas, Ger? Jolines, tío. ¡Dos! Hoy han sido dos las cucarachas muertas en mis zapatillas. Pero a tí te da igual, ¿eh? Y te quedas mirándome como si la cosa no fuera contigo.


¿Qué podía hacer? Estiré mis músculos y me subí al respaldo del sofá para lamerme la pata izquierda. Se me había quedado enganchado algo de cucaracha.


—Bueno, Ger. Pórtate bien mientras estoy trabajando. No te subas al sofá, que ahí tienes tu rascador. Bendito el día en el que decidí tener un gato… 


Candela, como siempre, se había preparado en tiempo récord y salió de casa sin desayunar, y sin seguir entendendiendo que, los pequeños animalillos que le dejaba en sus pantuflas, eran para que comiera algo antes de su jornada laboral. Y no sólo no se los comía, sino que encima se enfadaba conmigo. Pero aun así era mi humana favorita. 


19:37 de la tarde. 

Me había pasado todo el día haciendo cosas de gato. Dormité, me aburrí, jugué a atrapar el haz de luz que da directamente a mi cama justo antes del mediodía, cacé una mosca, y volví a dormir. Entonces Candela llegó a casa sudando y roja como un tomate. Subir tres pisos sin ascensor es agotador para un humano, y si lleva una caja bastante grande, pues aún más. De un salto me planté delante de ella para olisquear el contenido de aquella caja.


—Aparta. Jolines, Gervasio. Déjame por lo menos descalzarme y que suelte el bolso.


Mientras ella hacía todo aquello e iba a la cocina para apagar su sed, aquella caja en medio del recibidor empezó a moverse. Con mi naturaleza curiosa, le dí unos toques con la pata y la caja comenzó a ladrar.


—¿Ger? ¿Ya estás haciendo de las tuyas? Deja a Bú en paz que ahora os presento. 


¿Bú? ¿Qué clase de nombre era ése? El mío, por lo menos, podía ser un tipo guay como Ger, o un distinguido señor como Gervasio. Pero Bú, francamente me sonaba como cuando un bebé intenta darte un susto.


—¡Quién me mandará a mí! Si es que de buena soy tonta. No tengo bastante con un gato, que encima me traigo a un perro. 


Pues bien, Bú era uno de esos perros nerviosos. Un chihuahua negro a quien le faltaba un par de cocidos. Yo también soy negro, así que con el color no tenía problema, pero es que, nada más verme, empezó a gruñirme y claro, yo le bufaba. 


—Ger, hombre… no seas así. ¿No ves que está nervioso por llegar a un lugar nuevo? Pero mira qué bonito es. No me he podido negar. Mi prima Cristina no puede hacerse cargo por el bebé porque le cela demasiado —dijo Candela poniendo voz de niña pequeña—. Por eso está así de nervioso y tiene problemas con uno de sus ojitos…


¿Perro bonito? ¿En serio? Puede que con ella se mostrara cariñoso, pero a mí me miraba con un odio que no era ni medio normal. 


23:53 de la noche. 

Candela se fue a dormir y empezaba la hora en la que me gustaba pasearme por la casa como un centinela. El perro roncaba en su nueva cama. Una que antes había sido mía. Pero a este gato que está aquí, aquello no le importaba.


Sábado

03:33 de la madrugada.

Me había quedado dormido, hasta que un ruido de estertores me sobresaltó sobremanera. Con el sigilo que me caracteriza, seguí aquel lúgubre sonido que llegaba de la habitación de Candela. La puerta estaba entreabierta, cosa rara, pues ella siempre la cierra para que yo no la moleste mientras duerme. Por otro lado, cosa que yo no haría jamás, ya que sólo doy vueltas por el comedor, el pasillo, la cocina y de vez en cuando, el baño. Nunca por las habitaciones.

El caso es que me colé en donde Candela y ví al perro sentado sobre el pecho de ella. El morro de Bú estaba a escasos centímetros de la boca de Candela y entre esa escasa distancia, vi una especie de neblina roja saliendo del chihuahua, intentando entrar en el cuerpo de mi humana. De ahí provenía el ruido y la reafirmación de mis sospechas hacia el horrible ser.

Tres, dos, uno… Me lancé sobre Bú y le arañé varias veces en la cara, incluso le mordí en el culo. Con la pelea, tiramos una de las lámparas de Candela, que se hizo trizas. Con el alboroto era normal que ella se despertara. Nos pilló en el momento en el que el maldito chihuahua me tenía medio ahogado por tener sus colmillos en mi cuello, y eso que yo le doblaba en tamaño. 


—¡Ah, no! ¡Esto sí que no! ¡Hasta aquí hemos llegado! A buenas horas se me ocurrió meter a otro animal en mi casa. ¿Cómo voy a fiarme de dejaros en casa a los dos juntos mientras tenga que irme a trabajar? 


Candela cogió a Bú por el cuello, que iba dando dentelladas al aire para morderle la mano. Se dirigió al armario empotrado de la entrada y le encerró con llave. Ninguno de los dos pudimos pegar ojo. Candela me llevó al baño para ver si yo estaba herido, y al ver que no, respiró aliviada y nos encerramos en su habitación. Estuvimos esperando hasta la mañana escuchando los horribles sonidos guturales de Bú mientras no paraba de rascar la puerta del armario con sus garras. 


08:00 de la mañana.

Al principio del fin de la pesadilla, recuerdo que mi dueña cogió su teléfono. 

—Buenos días, Cristina. Por decir algo. El chihuahua que me has endosado es un demonio de perro. ¿De dónde lo sacaste?

—Nos lo dejó la antigua inquilina de nuestro piso. Decía que no podía hacerse cargo de él. Al principio, bueno. Yo estaba embarazada y el perro, pues lo que pensábamos que era un chihuahua. Un perrillo nervioso y ya está. Pero desde que el bebé nació, hace quince días, estaba como loco por el día. Y por las mañanas, aunque el bebé dormía del tirón por la noche, se pasaba el día llorando y, tanto su padre como yo, nos levantábamos sin fuerzas. Era como si la energía se nos escapara durante el sueño, en vez de descansar. 


Las primas siguieron hablando un poco más y la cosa quedó en que Candela iría con el perro a casa de Cristina.


15:30 de la tarde.

Después de lo ocurrido, Candela no me quiso dejar solo en casa. Me metió en mi trasportín y lo acomodó en el coche. A Bú le metió en otro, más viejo. Durante todo el tiempo, nunca dejó de portarse mal. Incluso su trasportín acabó encajado entre el asiento trasero y el respaldo delantero. 


16:06 de la tarde.

Cristina abrió la puerta nerviosa. Candela, con un trasportín en cada mano, entró hacia el salón. 


—Y la vecina de la que me hablaste… ¿te dijo algo relevante respecto a este perro? ¿O te lo dio sin más? porque lo más normal, digo yo, es decirle al nuevo propietario, algo sobre las peculiaridades del animalillo. No puede ser que le pillara queriendo morder a Ger en el cuello. Y con mi Gervasio, sólo puedo meterme yo. Es intocable. 

—No. Solamente nos dijo que debía marcharse a Nueva Orleans y ya está. Se fue a Estados Unidos. Eso sí. Nos dejó un par de cajas con un montón de libros, y nos dijo que podíamos hacer con ellos lo que quisiéramos. Pero ni los hemos mirado porque, entre la mudanza, los últimos meses de embarazo y el nacimiento del bebé, estábamos algo desbordados. 

—Pues creo que es hora de ver esos libros. 


En aquella casa, Bú pareció calmarse un poco. Pero a su vez, el bebé que estaba en medio de una de sus siestas, se puso a llorar desconsolado.

Al cabo de unos minutos, Cristina y Candela llegaron descompuestas.


—¿Tu marido a qué hora termina su turno, Cris?

—A las seis. 

—Vamos a hacer una cosa. El niño y tú os venís a casa con Ger y conmigo. 

—Pero… 

—Pero nada. Le dejas un mensaje de voz a Miguel para que sepa qué hacer. Aquí dejamos a este perro del demonio junto a estos libros asquerosos y que se deshaga de todo. Si tiene que pedir ayuda a sus amigos, pues que lo haga. 


21:22 de la noche.

El timbre resonó en toda la casa. Manuel dio dos besos y un abrazo a Candela y luego, le dio uno más largo a su mujer acompañado de muchos besos en el pelo. Después, hizo lo propio con su bebé. 

—¿Os habéis deshecho de aquella basura? —preguntó Candela.

—Sí. Menos mal que mi compañero Walter sabe de esas cosas y me ayudó. En su país son muy creyentes y es frecuente la santería e incluso la magia negra como esta. Así que lo mejor es que no volvamos a casa hasta el lunes, para poder hacer una buena limpieza. El perro seguramente fue utilizado en los ritos de aquella desquiciada y por eso le llamó Bú. En honor a Belcebú.


Y así, es como fue el más loco fin de semana que jamás hayan visto mis ojos gatunos. Y es que... no siempre el gato es el malo.


01/05/2024

La manzana

Mujer visigoda, 550  d.C. (Girona) Fuente: My True Ancestry
 Microrreto: A vueltas con el tiempo

Girona.

Año 550 d.C.

Teodosia vio como a un hombre que corría y que casi se la lleva por delante, se le cayó algo. No pudo verle bien, pues iba como una exhalación. Las pocas personas que se encontraban allí se quedaron mirando la escena sin saber qué ocurría. Tres hombres iban persiguiendo a aquel extraño forastero.

La mujer recogió el objeto caído. Algo rectangular y al parecer, roto. Se lo guardó en su bolsa para verlo mejor al llegar a casa.


Año 2005 d.C.

Los trabajos de inhumación en la necrópolis visigoda continuaban sin sobresaltos, aunque unos días antes se habían topado con algo insólito. 

—¿Ya se sabe qué es lo encontrado en la tumba de aquella mujer?

—Sí te soy sincero, Alfredo… Vamos dando palos de ciego. Aunque algo electrónico de  la manzana, es seguro.

—¿Qué manzana ni qué manzano, Rodri? 

—Sí, hombre. Es algún artilugio de Apple.

—Pues a ver si rodarán cabezas por aquí por contaminar los hallazgos.


Año 2023 d.C.

Arnau, aún con las piernas temblando, salió de la máquina. 

—¡Sí que has tardado! —exclamó Abril— Me tenías preocupada. ¿Y qué? ¿Cómo ha ido?

—Por poco me pillan. Menos mal que estoy en buena forma y pude correr el kilómetro que había hasta la cápsula. 

—¿Pudiste grabar algo? ¿O al menos sacar fotos? 

El chico se palpó todos los bolsillos y al no encontrar lo que buscaba, su rostro se desencajó. Había perdido su iPhone 14, comprado unos meses atrás.


248 palabras

23/04/2024

23 de abril

Publicado en Poemasdelalma.com
2 3 d E A B R I L


Hoy es el día del libro y de la rosa,
Otro más, en el jardín, tan olorosa,
Y los susurros de un viento muy sutil
Embriagan suavemente mi nariz,
Serpenteando hasta adentrarse en mí.
 
Versos y flores en un mundo por vivir
El papel donde anidan letras por descubrir,
Ideas plasmadas que nos cuentan historias,
Nubes de imaginación, sueños y  memorias,
Tratando de encontrar refugio entre sus laberintos.

Imaginando al dragón y  al caballero
Tirando de ingenio para que la princesa,
Reciba su rosa, con aroma pero sin espinas
En este día, de abril, veintitrés
Símbolo de la pasión y del amor eterno.
 
Decidiendo la vida en lugar de la muerte,
Este año el dragón disfrutará de su suerte
Al no ser atravesado por la hoja de la espada
Bienvenido junto al caballero y la princesa,
Rosas y libros regalarán su recuerdo.

Inocencia y experiencia, adultos y niños,
Llenad vuestras vidas con rosas y libros.