14/02/2025

Sanguijuelas

Relato presentado a
San Valentín de Terror 5


El pequeño pero profundo lago estaba junto a la cabaña heredada por los padres de Nereida, en un bosque escondido. A simple vista, parecía un paraíso que rara vez era visitado. Los rumores contaban de sombras bajo el agua y de voces ahogadas, pero aquella chica rebelde y obstinada, no creía en supersticiones.
Tumbada en su habitación, la adolescente abrió su WhatsApp para hablar con Hugo, su eterno enamorado.

Nereida: Holis!!!  Ya estoy en el lago. Es como un cuento 😍
Hugo: Vaya, ¿y no me invitas? Suena genial… pero cuidado con los caimanes.
Nereida: No seas lelo. Sólo hay ranas y bichos raros.
Hugo: Bichos raros… igual hay un monstruo en el lago que te secuestra. Muajaja 🤡
Nereida: Sí, una babosa hambrienta de chicas guapas como yo 😜
Hugo: Al menos, sé dónde buscarte si desapareces. Aunque no prometo ser tu héroe salvador.
Nereida: ¿No saltarías por mí? Qué pena.
Hugo: Ok. Si desapareces, haré un TikTok épico buscándote. “Chico arriesga su vida por su crush en el bosque”. ¿Qué tal?
Nereida: Gracioso es, pero te dejo porque he de deshacer la maleta 🤗
Hugo: Hasta luego 😘

Esa tarde, cansada de sudar, Nereida decidió refrescarse en el lago. Se desnudó y se sumergió en el agua. Soltó un pequeño grito porque el agua helada contrastaba con el calor del ambiente. En el agua se olvidó del mundo y flotó en silencio. Pero al poco rato, unas negras sanguijuelas se pegaron a su piel. Nereida intentó quitárselas, pero pegadas en su carne, se hundían cada vez más. Lo extraño era que no sentía dolor, sino un calor recorriendo todo su cuerpo, como si las criaturas inocularan algún tipo de anestesia.
Tambaleándose, salió del agua al borde del vómito, con la piel llena de marcas rojas. Al llegar a casa, se sentía distinta. Sus sentidos se habían agudizado. Podía oír los insectos bajo la tierra y ver con claridad en la oscuridad. Nunca había experimentado algo así, pero no dijo nada e intentó ocultar lo ocurrido a sus padres, y aunque la notaron rara, lo achacaron a la edad del pavo.
Después de la cena, sin que Nereida hubiera comido nada, dijo que se iba a dormir. Dos minutos después, su madre aparecía preocupada.
—Cariño, ¿va a bajarte la regla?
—No creo…. aún no me toca.
—Quizás hayas sufrido un golpe de calor. Descansa y cualquier cosa, nos llamas a papá o a mí. ¿Vale, cariño?
—Sí, mamá.

La casa dormía, aunque el sueño de Nereida comenzó a agitarse. Su piel era ahora de color ceniza y sus ojos, antes verdes, eran completamente negros. Sus dedos se alargaron, con uñas que parecían garras, y de su espalda emergieron unas protuberancias viscosas. Su lengua había crecido más de lo normal, volviéndose rasposa como la de las sanguijuelas. Contrariada, saltó de la cama sintiendo una insaciable necesidad de agua. No era sed; era algo más profundo, una llamada ineludible. Su cuerpo y su mente estaban cambiando. Los recuerdos de quién era comenzaron a borrarse, siendo reemplazados por un hambre que no era normal.
Nereida salió de la cabaña y se paró frente al lago. Las aguas negras se agitaron y de ellas emergieron unas figuras deformes como ella, con piel viscosa y largas extremidades. Eran las hijas del lago que habían caído en la misma trampa que ella, siendo ahora depredadoras que atrapaban a cualquiera que se acercara. Aquel era un lugar maldito donde sus aguas ocultaban horrores.
Al día siguiente, los padres de Nereida se preocuparon cuando vieron que su hija había desaparecido. Su madre recorrió el sendero hacia el lago llamándola a gritos, mientras su padre encendía un fuego en el patio, confiado en que la luz guiaría a su hija de vuelta. Pero cayó la noche y Nereida no aparecía. Entonces, alertaron al pueblo y organizaron una batida en la que vecinos y forasteros revisaron el bosque a fondo. Sólo hallaron un trozo de tela de su camisón flotando en el lago. Su madre vio en ello la confirmación de algo terrible, pero su padre, negándose a perder la esperanza, no aceptaría lo peor. Tres días después de la desaparición, Hugo y sus padres fueron a apoyar a los padres de Nereida. Todos se conocían desde que los chicos iban a preescolar.

Una tarde, recién entrada la noche, Hugo estaba junto al lago, cuando creyó escuchar un murmullo. La voz era baja y distorsionada, pero supo que era Nereida. Él se metió en el agua, ignorando el frío que helaba sus huesos. Aquella voz le llamaba con dulzura, pero cuando llegó al centro del lago, la superficie se rompió y emergió Nereida, aunque ya no parecía ella. Su piel era gris y sus ojos, dos pozos oscuros. Una boca inmensa con dientes afilados, sonreía con una expresión antinatural. Su cuerpo, cubierto de lodo, se movía de forma malsana bajo el agua.
“Hugo…” dijo Nereida con una voz gutural, estirando los brazos hacia él.
El chico retrocedió aterrado, pero una fuerza invisible le acercaba a ella. Quería huir pero no podía. Cuando estuvo al alcance de sus garras, Nereida lo hundió en el agua con una fuerza sobrehumana. No era odio ni rencor, sólo la necesidad de su nueva existencia. El hambre.
Al día siguiente, el cuerpo sin cabeza de Hugo apareció en la orilla. El pecho estaba perforado por decenas de marcas de dientes. El pueblo se llenó de miedo, y la madre de Nereida, al borde de la locura, comenzó a advertir a todos sobre el lago. Dijo que sus sueños le dijeron que su hija seguía allí, pero que se había convertido en un monstruo.
Poco después, sólo la madre de Nereida quedó en el lago, sentada en el porche, esperando a su hija. No le importó que su marido se rindiera y volviera a la ciudad. Y una noche, cuando la niebla flotaba en el lago, le parecía ver una figura a lo lejos. Una figura grotesca, que de alguna manera, seguía siendo Nereida.

04/02/2025

La reina del mar

 
CONCURSO DE RELATOS 45ª Ed.
La isla del tesoro de R. L. Stevenson
Blog: El Tintero de Oro


Un sol rojo caía como fuego sobre el horizonte. En la proa del Reina Indomable, la bucanera Mel Morgan se mantenía erguida mientras el viento enredaba sus salvajes rizos cobrizos. Sus ojos, oscuros como el café más amargo, oteaban el mar con la ferocidad de quien había sobrevivido a demasiadas tormentas. Su corsé de cuero marrón, adornado con hebillas de bronce, sus botas hasta la rodilla y su porte, le daban el aspecto de una capitana que exigía respeto. Llevaba buscando desde siempre lo que su padre no pudo encontrar: el Trono de las Mareas. Se juró encontrarlo con ayuda de su singular tripulación: 
Lucho Mano Rápida, esgrimista y duelista mortal. Criado en las costas de Cádiz, su simpatía y destreza eran ya una leyenda.
Quino el Silente, el cartógrafo siempre callado. Algunos decían que el diablo le había robado el habla. Nadie le había escuchado hablar, pero sus mapas eran los más precisos.
Tico, un loro que maldecía en siete idiomas. Se rumoreaba que había pertenecido a un arruinado y mujeriego noble francés.
Finn el Rojo, artillero del barco, de rubia barba trenzada y un parche que cambiaba de ojo según el día. Según él uno de sus ojos veía el futuro y el otro el pasado.
Akiko la Hafu, una curandera mitad japonesa, mitad española versada en todo tipo de venenos y pócimas. Su calma era tan afilada como el puñal que llevaba oculto en la manga.
Marco el Pálido, el timonel experto en leer las estrellas. Su albinismo le daba un aire sobrenatural, y sus ojos reflejaban la melancolía de quien había amado y perdido demasiado en la vida.
Las siete almas se habían embarcado para encontrar el Trono de las Mareas, un artefacto capaz de controlar los océanos. Según la leyenda, el Trono se encontraba en la Isla Negra, un lugar rodeado perpetuamente de niebla y bajo el manto de antiguas maldiciones.
Cuando llegaron, tras pasar mil aventuras y contratiempos, la isla les recibió llena de niebla y rocas negras como obsidiana. No les fue difícil encontrar el Trono,  pero tras ellos también había llegado el Capitán Dorian Crow, el traidor y antiguo mentor de Mel, deseoso por poseer el tesoro.
La caverna del Trono de las Mareas, era una catedral de piedra viva recubierta de musgo fosforescente donde las olas chocaban con ritmo irregular y agitado.
El Reina Indomable estaba anclado a lo lejos, apenas visible entre la niebla. La batalla empezó en la caverna con el choque de las espadas de Mel y Dorian, los gritos de la tripulación y una estruendosa tormenta en el exterior. Dorian, con su chaqueta deshilachada y el cabello negro pegado a la frente por el sudor, irradiaba una furia casi animal. Sus ojos grises y desesperados ardían con rabia. Mel tenía una herida en su mejilla que le ardía, pero no se inmutó, manteniendo su espada curva con la precisión de una maestra.
—¿Tanto quieres un trono que jamás podrás sostener? —espetó Dorian con su voz ronca y cansada, escupiendo sangre al suelo.
—No soy yo quien está arrodillado ante su propio fracaso, —respondió Mel con una voz tan cortante como el filo de su espada. Se lanzó hacia él con sus botas resonando en la piedra húmeda.
El choque de sus hojas fue un estallido metálico que reverberó por todo el lugar. Dorian contraatacó con una serie de rápidas estocadas con técnica impecable, pero Mel esquivaba con la gracia de una ola sobre la superficie del mar. Sus movimientos eran como un baile letal.
—Tú eras mi mejor aprendiz, —bramó Dorian mientras su espada rozaba y hería el hombro de Mel.
Ella retrocedió para limpiarse la sangre con el dorso de la mano.
—Y tú eras alguien a quien alguna vez respeté, —dijo, girando sobre sí misma y lanzando un tajo que Dorian apenas pudo bloquear—. Pero el respeto se pierde más rápido que la lealtad en el mar.
Dorian embistió cegado de ira y la derribó al suelo. Su espada descendió en un arco mortal, pero Mel rodó hacia un lado y la hoja chocó contra el suelo. Ella se incorporó de un salto con su respiración agitada y sus ojos oscuros brillaban con determinación. Con un grito desafiante, la pirata se abalanzó contra él. Sus espadas chocaron de nuevo en un crescendo implacable. Dorian flaqueaba y sus golpes eran cada vez más desesperados. Mel, en cambio, parecía más fuerte con cada paso hasta que, en un giro rápido, desvió la espada de Dorian y le clavó la suya justo debajo de las costillas, atravesando su corazón. El hombre soltó su arma y cayó de rodillas, boqueando como un pez varado en la orilla.
—No entendías que yo nunca quise ser como tú, —susurró Mel, inclinándose para sostener su mirada hasta el último aliento.
Al principio, Mel Morgan se quedó quieta con el eco de la lucha muriendo en la distancia. Se giró hacia el Trono de las Mareas, tallado en coral rojo y nácar, irradiando un poder crudo y antiguo. Caminó hacia él, haciendo resonar sus pasos. Se sentó despacio, y las aguas alrededor de la isla se arremolinaron. El mar la reconocía y aceptaba, pero ella no sonrió y se levantó. No se sentía cómoda.
Giró sobre sus talones y se marchó junto a su tripulación. Mel Morgan no necesitaba un trono para ser una reina. El mar ya era suyo.


897 palabras

03/01/2025

Ley de vida


Microrreto: En torno a la vejez
Blog: El Tintero de Oro
Desvarío: Vejez

Se deteriora el coche, la casa, o el lápiz con el que ya es imposible escribir de lo gastado que está.
Esto puede solucionarse arreglando, reformando, o adquiriendo otro nuevo como reemplazo. Pero todo tiene un límite, y llega un momento en el que algo no puede arreglarse, reformarse o reemplazarse.
Todo ser vivo envejece, incluidos nosotros los humanos. Hacerse mayor es ver tu cuerpo cambiar a más velocidad que tu propia mente. Tu cabeza se siente más joven que tus huesos que crujen y articulaciones agarrotadas. Te miras en el espejo y las líneas comienzan a acompañar tu cara, cada vez con más tendencia a la flacidez. Tus canas traviesas se lo dificultan cada vez más al tinte, y te replanteas si continuar con ello o dejarlas en libertad.
Tu hija se hace una mujer delante de ti, pero es algo imperceptible porque la ves cada día. Pero miras las fotos de cuando era pequeña y no te lo puedes creer.
Tu perro cada vez se cansa más y ya no corre tanto. Está más tranquilo, con más ganas de dormir. También en su cara aparecen pelos blancos. Ahora ladra menos, se excita menos. Quiere más tranquilidad.
Pero tus padres… ¡Ay tus padres, si los tienes! Te niegas a ver que ya están en la etapa final de sus vidas… La cosa es saber cuántos años estarán a tu lado y en qué circunstancias lo harán. Si tú, alrededor de los cincuenta, ya tienes achaques, imagínate ellos que pasan con creces la setentena.
No todo el mundo envejece de igual manera. Muchos ancianos tienen una mente prodigiosa pero, no nos engañemos. Hacerse mayor no es emocionante ni especial. Es simplemente haber llegado vivo a cierta edad.
Me he fijado que cuando envejecemos, tenemos una especie de regresión a la niñez, o pasotismo. De ahí que no sepamos muy bien cómo tratar a nuestros mayores.
Ves a tus padres hacerse mayores y te cabreas porque te asustas al ser consciente, por primera vez en tu vida, de que algún día te dejarán huérfana. Maldita ley de vida.

347 palabras

02/01/2025

Las 4 estaciones

Primavera

¿Y tú quién eres? te estarás preguntando. Yo soy la prima Vera. 
Fuera bromas, soy Primavera, la primera.
La que está entre el serio Invierno y el alocado Verano, sin contar al melancólico señor Otoño.
Soy la única fémina de las estaciones del año, tan bonita, tan inquieta, tan caprichosa.
Cuando yo estoy, empieza a subir la temperatura, aunque también pueden caer unos buenos chaparrones y aguaceros.
A veces aún hace frío. Invierno puede llegar a ser un incordio que se resiste a marchar y Verano ¿qué decir de Verano? Es un ansioso que cada vez quiere llegar antes, dejándome menos espacio. 
Algunos me tendréis marcada con una cruz porque traigo conmigo a vuestras alergias. Creedme, no es culpa mía.
Yo soy el despertar de la sangre, el desprenderse de algunas capas de ropa tras el letargo del frío. La que devuelve la luz a los días y aparta a la oscuridad. La que trae las ganas de salir fuera de casa, las de disfrutar de un sol que aún no quema. Del "sol bueno" como dicen  los que en verano se achicharran, y huyen raudos hacia los toldos. 
Cuando yo llego, ya no queda tanto para terminar el colegio. Lo más duro ya ha pasado. Venga, un último empujón y ya lo tenéis, que pronto llegará don Verano Sofocante y tendréis que tirar de aire acondicionado, cuando conmigo casi ni hace falta la calefacción.
Yo soy Primavera, la primera. La que siempre te espera, la risueña, la altanera.
—de la Flor, ¿dónde estás? —dijo el profesor a una joven Noelia.
Aquella niña de doce años no contestó, y sintió como la vergüenza encendía sus mejillas.
Y continuó el maestro:
—Como ya es primavera... ¿Eh, de la Flor? Sus compañeros rieron y ella no supo dónde meterse.
¡Ay, primavera!


Verano

¡Ya estoy aquí!
Soy el calor que te golpea sin permiso, el aliento que sofoca y seca tu garganta. Entro con fuerza, sin que me esperes del todo, barriendo los restos de mi querida Primavera. Mis días son largos, interminables, y mis noches, un remolino de estrellas, promesas y sudor.
Hago que vayas en busca de agua bien fría, refrescos, horchata, helado, hasta de cubitos de hielo, pero sé que en el fondo me quieres. Quizás te guste la playa, o a lo mejor la piscina. Eso sí, elige una buena crema para el sol abrasador. Soy la chispa que enciende tus sentidos, el roce del viento cálido sobre tu piel desnuda. No hay sombra que escape de mi presencia. Incluso cuando te resguardas, sigo ahí, colándome por las rendijas, recordándote que no es nada fácil escapar de mí.
Te traigo fruta madura que gotea entre tus dedos, siestas lentas bajo el canto incesante de las cigarras y cielos que arden en colores al atardecer. Soy la arena que se queda entre tus dedos y el salitre en tus labios tras un día en el mar. Soy vacaciones, guiris, chiringuitos y luz. Un poco golfo.
Sé que a veces me maldices, sobretodo cuando crees que todo parece arder. Pero soy así… Intensidad, exceso, la vida desbordándose en cada esquina. Porque soy un punto sin retorno, el clímax del año, el resplandor que anuncia que, después de mí, todo comienza a apagarse.
Mírame bien. Soy el sol alto en el horizonte, soy el tiempo que se dilata. Soy las risas en los parques, las hogueras en la arena y las tormentas eléctricas que refrescan lo que yo mismo calcino. Soy Verano, y aunque siempre vuelvo, jamás seré igual dos veces.
Ahora dime… ¿Qué harás conmigo antes de que me desvanezca hasta el año que viene?


Otoño

Permítanme que me presetne: soy Don Otoño, el caballero que entra después de los excesos de Verano y antes de las penurias de Invierno. No me verán llegar alborotando; prefiero el arte de lo sutil. Me deslizo con elegancia con mis colores colóres y con días algo más frescos que seguro agradecen después del ardor del sol.
Saludo con la primera hoja que cae al suelo, con ese viento que acaricia las ramas y obliga a los pájaros a prepararse para sus largos viajes. Soy un viejo amigo que viene a recordar que todo en la vida es cambio, pero que incluso la transición puede ser hermosa. Los árboles desnudan sus ramas en un gesto sabio de desapego, y los campos, agotados después de la cosecha, se preparan para un merecido descanso. ¿No lo sienten en el aire? Ese olor a tierra húmeda y madera quemada, ese crujir bajo tus pies, soy yo, dándoles la bienvenida a mi reinado.
Pero no piensen que sólo traigo nostalgia. También porto momentos de recogimiento y plenitud. Soy el custodio de las cosechas abundantes, de las cenas alrededor de mesas con frutos y moscate. Soy las tardes en las que el sol aún calienta, pero el viento ya susurra historias de lugares lejano.
Y cuando la lluvia comienza a caer con más frecuencia, no es para entristecer a nadie, sno para dar de beber a la tierra. Les invito a caminar conmigo entre los árboles dorados, a saborear la calidez de un café mientras escuchan cómo el viento canta en las ventanas.
Este soy yo, don Otoño, el poeta de las estaciones, el puente entre la vida exuberante y el sueño que se avecina. Quédense conmigo un rato más, y dejen que mi presencia les envuelva. Prometo no defraudarles.



Invierno

¡Hola! 
Creo que no sabes quién soy. 
¿Eres de los que me quieren? 
¿O eres de quienes me odian? 
Sé que cada vez, nuestra linda Primavera y el señor Otoño tienen menos protagonismo y que, la "lucha" está entre don Verano y yo.
Don Invierno, ese soy. 
La gente se empeña en que esto sea un Barça vs Madrid. ¿Y tú con quién vas? ¿Con invierno o con verano? Y digo yo... ¿para qué elegir? pues todos tenemos nuestras cosillas. 
El verano es más jolgorio y diversión a lo grande, con sus interminables días de sol, luz y calor. De mojitos y sangrías, de paella en el chiringuito, de montaña, de playa, de guiris. 
Yo soy más de casa, de recogimiento, de Navidad, de lotería, de magia, de juguetes y sueños. Reconozco que traigo esa sensación de melancolía por la gente que ya no está con nosotros sentada en la mesa. 
Conmigo acaba un año y comienza otro. hay nieve, o quizás no. Puede haber lluvia, niebla, hielo, escarcha... 
Sentarse frente a una chimenea o acurrucarse frente al televisor en una hogareña tarde de palomitas, película, sofá y manta. 
En verano, si no eres de los que soportas el calor, lo tienes crudo. O estás con el aire acondicionado todo el tiempo,o en remojo como las habichuelas. Y no es plan de ir desnudo, por no decir de lo pegajoso que es en los lugares con mucha humedad. 
Sin embargo, en invierno, puedes ponerte capas y capas de abrigo hasta que le encuentres el punto. Y admítelo, duermes mejor conmigo bajo ese mullidito edredón.
Tengo fama de serio, pero te digo que no lo soy. Intenta disfrutar me así como a las otras tres estaciones. La vida es muy corta, aprovéchala y que tengas un buen Yo. O sea, invierno.

25/12/2024

El alma de las muñecas

Relato narrado en el Programa de radio Martes de Terror
Navidad de Terror 5; Volumen 3


Hoy, en el día de Navidad, traigo de regalo un relato inédito seleccionado por Lux Ferre Audio para su su programa de Martes de Terror. Lo encontraréis en el tercer episodio del especial Navidad de Terror 5, narrado por las voces de Rebeca G. BrionesToni López, Nieves G. Briones e Inés Vega.
Programa completo AQUÍ.
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Una vez conocí a una persona obsesionada con las muñecas. Tenía tres de las cuatro habitaciones de su casa abarrotadas por ellas. Lo sé porque ella, Beverly, me compró un domingo en un mercadillo de segunda mano.

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Al llegar a casa me dejó sobre una mesita en el centro de una sala llena de muñecas.
—Cariño, ¿Aún no tienes suficiente con tantas? Casi no cabemos en casa —dijo con preocupación su marido Mark.
—Tranquilo, amor. Siempre hay hueco para más, aunque de momento, esta réplica de Laura Ingalls es la última —susurró Beverly acariciándole la cara.

Mark se marchó al salón para ver las noticias y Beverly me colocó entre una muñeca japonesa con kimono rosa y moño perfecto, y otra vestida y peinada como una militar al estilo de las Andrew Sisters.
Las estanterías eran de caoba y de entre todas las muñecas, fue la dispuesta enfrente de mí, al otro lado de la sala, la que me escamaba. Su pelo era muy largo, liso y negro, con un perfecto flequillo recto enmarcando su belleza. El vestido de estilo victoriano, era de un chillón color amarillo y sus negros ojos contrastaban con su palidez, pareciendo esconder algo aún más oscuro.
Yo no podía dejar de mirarla mientras notaba como el aire se enrarecía. Intenté ignorarlo, pero su voz me hizo dudar.
—Acabarás obedeciéndome, como todas —dijo la muñeca de amarillo con la mirada. —Mi nombre es Raven. La reina de todo. ¿O quizás te crees mejor que yo con tus trenzas pelirrojas y tu carita de buena. Una cateta es lo que eres. ¡Cateta!

Beverly estaba todavía frente a la estantería, mirándome. Observaba a Laura, su muñeca de la «Casa de la Pradera». Estaba tan absorta que ni notó como Mark la miraba desde la puerta del salón, preocupado. Ella había empezado a cambiar de forma alarmante. Lo que iba a ser una simple colección de muñecas, pronto se transformó en algo más sombrío. Pasaba tantas horas con sus juguetes… incluso saltándose comidas porque decía no tener hambre. Su rostro perdía color, sus mejillas se hundían y tenía problemas para dormir. A veces Mark la encontraba allí en plena noche, de pie frente a Raven. Sus ojos enrojecidos y cansados, parecían perdidos, como si estuviera atrapada en un mundo invisible. 
Pero lo más perturbador eran los extraños cortes que habían aparecido en sus dedos y manos. Mark los notó un día mientras desayunaban, pero al preguntarle, Beverly se encogió de hombros, diciendo que se cortó accidentalmente limpiando las muñecas. Sin embargo, él sabía que no eran cortes casuales; sino como hechos adrede y que siempre aparecían después de estar con Raven.

Al tiempo, los cortes fueron más frecuentes y profundos mientras en Beverly crecía una extraña devoción. Mark la encontraba en la sala con Raven en su regazo con pequeños hilos de sangre corrían por sus dedos y Beverly murmuraba cosas, meciéndose y manteniendo la mirada fija en los ojos oscuros de la muñeca. Él no podía soportar más que aquello socavase la salud y la cordura de Beverly y la él mismo.

El sonido del televisor de fondo apenas cubría el silencio pesado de la casa. Mark apretó los dientes sabiendo que cada muñeca añadida a la colección era un paso más hacia el control total de Raven. 
Aunque había intentado destruirla, siempre tenía la forma de aparecer intacta y más dominante, vigilante y peligrosa, manipulando a Beverly para debilitarla y poseerla. Pero desde que Mark vio mi expresión serena, mis trenzas y mi vestido de flores rosas y verdes, le llegó un soplo de esperanza. Por eso pensó que yo podría ser la salvación de Beverly. Y así fue.

Aquella misma noche mientras Beverly dormía gracias a los somníferos, su marido vino a la sala. La luna iluminaba directamente a Raven, que aunque ella no se movía, Mark notó que no le quitaba ojo. Él se acercó a mí y con un susurro, preguntó:
—¿Eres tú quien puede ayudarme?

Sin moverme, Mark sintió un leve escalofrío recorrer su espalda cuando mi voz se coló en su mente.
—Sí. Sabes que no he llegado aquí por casualidad y, aunque Raven no me quiere, pude entrar— respondí.

Mark dio un paso atrás. Pues hasta entonces, ninguna muñeca le había hablado.
—¿Qué debo hacer? He intentado destruirla pero siempre vuelve.

Entonces, incliné levemente mi cabeza hacia Raven, estática en su estante, y Mark vio una fina grieta cruzando la perfecta cara de la muñeca.
—Raven tiene una debilidad, pero algunas muñecas también están bajo su control. Ten cuidado también con ellas.
—¿Pero cómo lo haremos?

*****
Tras contarle el plan a Mark, se acercó a Raven y sacó una cuchilla de afeitar. Le dije que los cortes de Beverly eran la clave, un vínculo de sangre entre Beverly y Raven que debía romperse.
Entonces, las muñecas comenzaron a moverse para atacar a Mark. Pero le di la orden y él se hizo un corte en la palma con la cuchilla, dejando que la sangre goteara al suelo. Raven siseó furiosa, Levantándose mientras  su rostro se agrietaba.
Mark agarró a Raven mientras pequeñas manos arañaban su piel. Aún así, cortó la maldición sobre su esposa y un chillido agudo y monstruoso llenó la habitación, mientras la muñeca convulsionaba violentamente se hizo añicos. Yo me levanté al fin y me acerqué a Raven, posando una mano sobre lo que quedaba de ella.
—Es tu fin —musité.

Los restos de Raven se desintegraron y las muñecas cayeron inertes. Mark cayó arrodillado en la sala en silencio y sin el poso maligno. Yo me volví hacia él con una leve sonrisa.
—Has ganado, pero ten cuidado porque pueden haber otras como ella —dije antes de volver a ser una simple muñeca.

Mark respiró hondo, sintiendo alivio y terror al saber que el mundo de las muñecas, escondía una oscuridad que jamás hubiera imaginado. Pero para nuestra suerte, todo fue un remanso de paz durante los cuarenta años que permanecí en aquella casa.

13/12/2024

Reina de la noche

Relato publicado en
Revista Nocturna Nº3
Diciembre 2024

En la entrada de hoy quiero hablaros de la Revista Nocturna. Una revista que llega de Bogotá, Colombia, de la mano de Black Pages Bogotá, o lo que es lo mismo, Néstor Cortés Ibarra.
Tengo el honor de haber sido seleccionada junto a otros escritores de Argentina, Colombia, España, México, Portugal, USA y Venezuela. Entre compañeros y compañeras que a algunos ya les conozco por otras participaciones y colaboraciones.


Mi relato «Reina de la noche» aparece en la página 20, en este tercer número de la respuesta que se puede descargar gratuitamente AQUÍ o AQUÍ

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Reina de la noche

Queridos invitados, hoy es la noche. Mi ansiada noche.
He estado esperando tanto que ya ni me acordaba del tiempo en el que fui una simple y deambulante mortal. 
He visto nacer, crecer, reproducirse y morir a incontables generaciones, pues mi no vida no la cuento por años, sino por siglos.
Hoy a media noche, alzaremos nuestras copas llenas de nuestro más preciado y caliente líquido rojo, y en cada sorbo, el mundo se arrodillara ante nuestra soberanía liderada por mí, vuestra reina.
Junto a mí se encuentra el ser más cautivador del mundo, a parte de mí misma. La sangre será nuestro pacto y la oscuridad será nuestro reino, solamente pudiendo elegir pertenecer a uno de los bandos. Aquí ya os encontráis un gran número de seguidores llegados de todas partes, soy yo vuestra líder, soy yo vuestra reina. Ahora además, también le tenéis a él, que decidió que no quería simplemente morir para poder vivir toda la eternidad a mi lado.
Lo recuerdo como si hubiese pasado ayer. Se paró frente a mí y se atrevió a mírame a los ojos para adentrarse en mi oscuridad, atraído por la poderosa belleza que emano. ¿Cómo podía resistirse a ser mi consorte? Ahora ambos tendremos el mundo a nuestros pies.
Yo soy la reina de la noche encarnada, la del eterno destierro, y mientras todos duermen ignorantes ante lo que está sucediendo, yo les vigilo desde las sombras, tranquila, pues sé con certeza que todos van a terminar siendo míos.
Esta es la noche en la que os presento a vuestro nuevo rey. Un valiente ser que no le temió a tocar mi fría piel y a enredar sus dedos entre mi ondulado cabello rojo como un rubí.
No dejó escapar lo que yo le ofrecía, ser dueño de mi corazón sin latidos y del mundo entero por siempre jamás. Nunca sin dejar de ser jóvenes, fuertes y permanecer unidos. Ha venido y se ha quedado junto a mí para que podamos ser los emperadores de la noche.
Así que ahora sí, celebremos todos los aquí reunidos con este brindis tan especial que lo cambiará todo.
El brindis sangriento recordará a la humanidad la existencia de los vampiros.

10/12/2024

Zed y la Navidad

VadeReto Diciembre 2024
Cuéntame un cuento

Para Zed iban a ser sus segundas navidades con su nueva familia adoptiva. Aunque algo torpe y bastante asustado y desubicado al principio, sentía que estaba viviendo de nuevo junto a los Caray. Peter y Martha, junto al pequeño Max le habían abierto su casa de par en par, así que quería sorprenderlos con algo especial para agradecerles el amor y la paciencia que le demostraban cada día.

Pero aunque Zed vivía feliz con su familia, notaba cómo los demás humanos de la comunidad le miraban cuando salía a hacer cualquier recado. Y es que ser un joven zombi en la nueva realidad postapocalíptica, no era tan fácil. La cosa era que la Navidad se acercaba y tenía que pensar en tres regalos y demostrarles cuánto los apreciaba. Pero despistado como era, lo había dejado para el último día. 

En una tienda en la calle mayor del pueblo, en donde se podía comprar de todo, Zed compró un balón de fútbol para jugar con Max, y una cajita de madera con un juego de dominó para Peter. Ya por último y después de dar un par de vueltas por el negocio, el pequeño zombi descubrió el regalo perfecto para Martha, un adorno navideño antiguo. Una preciosa bola de nieve en cuyo interior había las cinco figuras de unos niños cantando villancicos delante de una iglesia.

Zed se había disfrazado para caminar por el pueblo, más bullicioso de lo normal por las fechas. Quería pasar lo más desapercibido posible porque los zombis no eran demasiado bienvenidos. Se había puesto maquillaje de su madre para darle un toque más vívido a su grisácea piel, y también se había lavado y perfumado bien para contrarrestar su característico olor a rancio. Pese a que las medicinas que les habían dado a sus padres adoptivos en el hospital, para contrarrestar y parar el deterioro de un cuerpo no vivo, aún se tardaría un tiempo en que los zombis tuvieran una apariencia más humana. Habían conseguido que una cantidad considerable de ellos pudieran razonar, hablar, valerse por sí mismos y no ser un peligro para las personas. Zed no sentía la necesidad atroz por la carne humana. Su nueva dieta, por el bien de todos, debía ser vegetariana. O mejor aún, vegana.

Cuando ya había pagado sus compras y se dirigía a la puerta para irse de la tienda, el tendero se fijó en el pie izquierdo de Zed.

—¡Oye, muchacho! ¿No eres tú el niño adoptado de los Caray? ¿Uno de los supervivientes de la zona cero?

—…

—¿Te llegaron a morder los zombis?

—No, señor. Soy sólo un niño.

—Pero ese pie zambo, completamente mirando hacia dentro. Cuando entraste caminabas mejor.

—Es que ya es tarde y necesito mi pastilla para los huesos. Mi madre dice que me falta calcio. Por eso soy más bajito que los niños de mi edad, pero tengo casi once años.

Zed sintió miedo. No le había dicho a sus padres que iba a ir al centro porque se lo habrían prohibido. Por un momento pensó en salir corriendo, pero recordó las lecciones de Martha: “Siempre responde con calma, Zed. No todos entienden, pero eso no significa que no puedan cambiar”.

—Sí, señor. Vivo con los Caray desde hace un tiempo. Ellos me adoptaron —Zed levantó la barbilla, tratando de sonar más seguro de lo que se sentía.

El viejo lo miró pensativo, cruzando los brazos. A pesar de su tono desconfiado, había algo en sus ojos que parecía más curioso que hostil.

—Dicen que algunos de vosotros ya no… ya no coméis gente.

Zed se estremeció y asintió.

—Es verdad. Ya no somos peligrosos. Tenemos los cuidados necesarios. Ahora como muchas verduras… y también avena. Mucha avena. —Intentó sonreír, pero sabía que su sonrisa era un poco torcida por culpa de su mandíbula rígida.

El tendero masculló algo entre dientes, pero Zed no supo el qué, así que después de unos segundos que parecieron horas, el niño decidió que era mejor irse ya a casa.

—Gracias por todo, señor. Que tenga una feliz Navidad.

Zed con la bolsa de regalos colgada al hombro se apresuró a salir a la calle, sintiendo las miradas de otros clientes clavadas en su espalda. El frío de diciembre le golpeó en la cara como las miradas recelosas de los desconocidos, pero antes de doblar la esquina, escuchó algo en el callejón junto a la tienda. Su curiosidad infantil le hizo asomarse con cuidado. En la penumbra, vio a un niño humano, un poco más pequeño que él, acurrucado junto a unas cajas. Su ropa estaba desgastada y tiritaba de frío.

—¿Qué te pasa? ¿Estás bien? -preguntó Zed, acercándose poco a poco.

—No te acerques… Eres un zombi de esos, ¿verdad? —dijo el niño con ojos asustados mientras retrocedía.

Zed se detuvo y levantó las manos en señal de paz.

—Te juro que no voy a hacerte daño. ¿Tienes dónde ir?

—Mis padres ya no están. Me escondo donde puedo.

Una punzada recorrió el cuerpo de Zed. Recordó cómo se sintió cuando perdió a su familia antes de que los Caray lo encontraran.

—Ven conmigo -dijo, ofreciéndole la mano-. Mi familia puede ayudarte.

Algo en los ojos de Zed lo hizo confiar.

—¿De verdad? ¿No les importará que vaya contigo?

—Si pudieron aceptarme a mí, también podrán aceptarte a ti —contestó Zed, sonriendo con más confianza-. ¿Cómo te llamas?

—Mi nombre es Milo.

Cuando Zed llegó con Milo a casa, Peter, Martha y Max lo recibieron con calidez. Martha se arrodilló frente al niño y le pasó la mano por el cabello despeinado y le preguntó si tenía hambre. Milo asintió tímidamente, y la mujer lo condujo adentro,seguida por Peter. Max se quedó atrás, mirando a Zed con los brazos cruzados.

—¿Siempre tienes que ser el Héroe Justiciero? —preguntó Max sarcásticamente pero con un destello de admiración en sus ojos.

—No sé. Supongo que alguien tiene que hacerlo —dijo Zed cogiéndose de hombros.

Max rodó los ojos, pero no pudo evitar sonreír mientras seguía a los demás.

Aquella noche, Zed entregó los regalos que había comprado. A Max le encantó el balón y prometió enseñarles a Zed y a Milo a jugar bien. Peter le agradeció el dominó, diciendo que haría un torneo en familia. Y Martha, al ver la bola de nieve, abrazó fuertemente al niño con emoción y lágrimas en sus ojos.

Mientras cenaban todos juntos, incluido el nuevo miembro sentado con ellos, Zed miró alrededor de la mesa y sintió que aquello era la prueba irrefutable de que la vida podía ser como la que tenía antes de convertirse en zombi.

Afuera, la nieve había comenzado a caer, cubriendo el mundo con su blanco manto. Y aunque la vida seguía siendo complicada, Zed sabía que había esperanza para los zombis y los humanos. Al menos, en aquella pequeña casa llena de amor.



02/12/2024

Daños Colaterales


CONCURSO DE RELATOS 44ª Ed.
El jardinero fiel de John le Carré
Blog: El Tintero de Oro


Carla estaba cortando leña para alimentar la chimenea de la cabaña. El paisaje que la rodeaba estaba nevado y el bosque a escasos metros, parecía en calma. Tenía borrajas, algunas setas, muchas latas de conserva y hasta un conejo que había caído en uno de sus cepos. Su rutina en los últimos cinco meses era aquella. Pero un extraño sonido y un movimiento en la vegetación, hizo que Carla entrara en la casa como una exhalación y se pertrechara con el hacha en la ventana, detrás de las tupidas cortinas.

La memoria llevó a la doctora en bioquímica, Carla Aponte, a su despacho en la empresa Genetic Corp, donde no paraba de darle vueltas a varias cosas que habían sucedido últimamente y que no le gustaban.

Su equipo había estado desarrollando el revolucionario medicamento llamado NeuroCalm,  para tratar el estrés crónico y los trastornos por ansiedad, patologías cada vez más extendidas por todo el globo terráqueo. NeuroCalm ya estaba en el mercado y su éxito había sido rotundo, pero Carla se había dado cuenta de que algo extraño sucedía. Algunos pacientes de los que tomaron el medicamento, habían presentado pérdida de memoria, fallos de coordinación y comportamientos violentos.

Una tarde, Carla se encontraba revisando los informes clínicos internos. Masajeaba la parte frontal de su cabeza porque la migraña la estaba matando. Había encontrado unos registros que revelaban que en las primeras fases de los ensayos hubo unos efectos adversos muy graves, incluyendo casos de agresividad extrema. Aquellos datos habían sido ocultados para acelerar la aprobación del medicamento por las autoridades sanitarias.

Ante esto, Carla no tuvo más remedio que llevar sus preocupaciones a Isaac Toro, su jefe directo, que intentó tranquilizarla asegurando que aquellos casos eran una mera anécdota que no representaban ningún riesgo generalizado para la población. Sin embargo, con la mosca detrás de la oreja, ella comenzó a notar como algunos de sus colegas de profesión evitaban hablar del tema y que documentos clave estaban desapareciendo del sistema. 

Viendo que nadie iba a ayudarla, Carla no tuvo más remedio que investigar por su cuenta, descubriendo así que NeuroCalm contenía un compuesto experimental que afectaba al sistema nervioso central de forma impredecible. En casos extremos, los pacientes desarrollaban un síndrome neurodegenerativo que los transformaba en criaturas sin raciocinio, controladas por un hambre insaciable. Con este hallazgo, la doctora Aponte se enfrentaba a un desasosegante dilema. O exponer la verdad, lo que supondría arriesgar su carrera y su vida. Ya que Genetic Corp era muy hábil en silenciar a los empleados disidentes. O no decir nada, ya que el medicamento estaba generando miles de millones de beneficios a la empresa y por ende, beneficios para ella misma. Además, revelar la verdad podría provocar pánico a nivel mundial. una catástrofe.

Cuando llegó a casa ya sabía que estaba decidida a actuar. el código deontológico y su conciencia no le permitían hacer otra cosa. Después de darse un baño relajante y cenar, Carla llamó a su amigo Leo Vives, un periodista independiente especializado en destapar escándalos corporativos. Juntos, planearon una estrategia para filtrar los documentos incriminatorios sin que Genetic Corp pudiera rastrearlos. Pero les salió el tiro por la culata cuando Genetic Corp se dio cuenta de la filtración, lo que desató una cacería para dar con Carla. Entonces Leo la ayudó a esconderse en la pequeña cabaña que había heredado de su tía Milagros en la montaña. Paralelamente, empezaron a salir a la luz pública multitud de casos de pacientes infectados, provocando revueltas y llevando el caos a los hospitales y centros sanitarios que rápidamente se extendió a las calles.

Pero mientras la noticia se iba difundiendo, el medicamento seguía en circulación y los infectados empezaron a multiplicarse exponencialmente. La empresa, en un último intento por controlar la narrativa, culpó a los pacientes y negó cualquier responsabilidad lavándose las manos, aun viendo que la doctora y el periodista habían logrado reunir las pruebas suficientes para demostrar que Genetic Corp conocía los riesgos desde el primer momento. Carla y Leo publicaron los informes justo cuando la situación se volvía insostenible, enfrentándose a la persecución tanto de la empresa como de los afectados, o mejor dicho, de los infectados.

A pesar de todos los esfuerzos de la doctora Carla Aponte, la verdad se enterró bajo capas y capas de burocracia y corrupción mientras la infección se propagaba, Carla se convertía al principio en una fugitiva en un escenario cada vez más hostil. Y después en superviviente en un mundo inmerso en un Apocalipsis Zombi…

Conteniendo la respiración, Carla apuntaba con su mirada hacia los árboles. De ellos emergió la figura de un hombre moreno con el pelo descuidado y una tupida barba. Cojeaba, pero no parecía herido. se acercó sin miedo y sin ira a la ventana. Carla identificó aquellos ojos verdes antes de que el hombre estampara un papel en el cristal:

《Carla, soy Leo, y no he parado hasta llegar aquí. Te quiero. No estoy enfermo pero sí exhausto》

Leo se reunió con ella como le había prometido. No habían podido parar el desastre pero habían logrado sobrevivir y reunirse. Decirse al fin lo que tenían guardado en sus corazones.


859 palabras

18/11/2024

Cenizas, hogar perdido

IX Concurso de Poesía. Tragedias poéticas
Diversidad Literaria



Todo lo amado se hizo vapor,
El fuego hambriento lo devoró.
Quedan cenizas, sombras, dolor,
En un silencio que es puro ardor.
Las paredes gritan en su calcinación,
Memorias quemadas, piel que se va.
Un eco triste, la nada y más,
Nada que arrulle el desolador temblor.
Sólo el humo queda, triste testigo,
De un hogar perdido en un cruel destino.