24/06/2025

28 años después

Desvarío: Zombis

Este domingo fui a ver la película 28 años después, y por si alguien no lo sabe, es la tercera entrega de la saga iniciada con 28 días después (2002) y 28 semanas después (2007).
Esta tercera parte, como la primera, está dirigida por Danny Boyle y escrita por Alex Garland.

Sinopsis principal

Tres décadas después del brote del virus de la rabia, un pequeño grupo de supervivientes vive aislado en una isla fortificada en Gran Bretaña. Jamie (Taylor-Johnson) y su mujer enferma Isla (Jodie Comer), junto a su hijo Spike (Alfie Williams) forman parte de este grupo de supervivientes.
Spike es iniciado por su padre en el arte del tiro al arco para defenderse de los infectados que habitan en la Escocia interior, allí el chico verá una hoguera humeante que le llenará de curiosidad, y será así como sepa de la existencia del Doctor Kelson (Ralph Fiennes).



Opinión

Personalmente me ha encantado el papel que se marca Ralph Fiennes, un personaje que nos deja una buena enseñanza que, si bien en algunas de las cosas que hace no logramos entenderlas en un principio, después, podemos llegar a entenderlo precisamente al juramento hipocrático a la que se debe como médico. También me ha gustado el joven Alfie Williams y la actriz que da vida a su madre, Jodie Comer.

Y lo que menos me ha gustado es un aspecto del Infectado Alpha, y la manera en la que han decidido darle cierre a la película. Para mi gusto, creo que se le fue la pinza más de lo necesario. Mención especial a una escena que en la sala se transformó en carcajada entre Alfie y el soldado sueco Erik (Edvin Ryding). Quien vea la película sabrá a qué me refiero.

Para quienes nos gusta este subgénero ya tenemos confirmada su secuela: 28 años después: El Templo de los Huesos, cuyo estreno está previsto para enero de 2026 y estará dirigida por Nia DaCosta y contará con Cillian Murphy retomando su rol de Jim de la primera película de la saga.

Merece la pena verla si te gustan las películas de zombis, o como en este caso, de infectados, y si te gusta que se cuente la historia de esos supervivientes que tienen que continuar en un mundo post apocalíptico. Por mi parte espero a que la siguiente película no me decepcione y que todo vaya bien para que pueda hacerse la tercera parte de la que parece ser la trilogía definitiva, dotando a la saga de cinco películas.

05/06/2025

No conforme


Tintero Anónimo
Blog: El Tintero de Oro
CONCURSO DE RELATOS 47ª Ed.

Hoy es un lunes lluvioso. El colofón perfecto, nótese la ironía, para el peor fin de semana de mi vida…
He vuelto al trabajo aunque el viernes, a última hora y después de hacerme pasar a un despacho, me plantaran delante el finiquito y me dieran las gracias por los tres años en los que su empresa, va a constar para siempre en mi vida laboral.
Aún no ha llegado nadie. Falta poco más de media hora para que empiece la jornada en esta empresa. Desde el viernes por la noche, sobre las nueve y diez concretamente, mi mente ha estado embutida en una especie de enajenación. En estos momentos me siento como si estuviera en una resaca constante, aun sin haber bebido ni una gota de alcohol. El cuerpo lo tengo que me duele todo. No he pisado mi casa desde el viernes por la mañana. Estoy empapada, embarrada y muy cabreada. ¿Cómo han podido hacerme esto a mí? Ni un sólo día de baja me cogí. Llegaba la primera y me iba casi la última, dejándome hasta las pestañas en la pantalla del ordenador. ¿Y así me lo pagan? Simplemente porque estoy soltera y sin hijos que mantener. Según ellos, aún soy joven y no me será difícil encontrar un nuevo trabajo. Además tuvieron la indecencia de decirme que estarían encantados de dar muy buenas referencias sobre mí… Simplemente me han echado porque soy la que sale con el despido más barato a pagar por ellos. Pero a mí no me van a timar porque no firmé y puse que no estoy conforme.
El caso es que cogí el coche con el alma llena de rabia y los ojos de lágrimas. También el viernes estuvo lluvioso. Yo diría que todo desde el mediodía de aquel viernes, no ha parado de caer agua del siniestro cielo gris que encapota la ciudad. Pero ya todo me da igual. Miento. No todo. No me da igual lo que me han hecho estos hijos de la gran… Me callo.
Me callo pero voy a vengarme. Voy a esperar agazapada entre las sombras a que lleguen para darles un día que no olvidarán.
Al llegar, he ido dejando un rastro de barro, como si hubiera salido de una ciénaga. Todo está igual que el viernes. Y ahí está mi mesa. Mi puta mesa. Con su silla ortopédica y la alfombrilla eléctrica a los pies. No me llevé nada. Me olvidé de todo, embuída por la rabia.
No he podido descansar en todo el finde y algo me zumba dentro del cráneo. Un ruido apagado, como si alguien me estuviera hablando desde muy, muy lejos. Entonces oigo abrirse la puerta principal. El reloj marca las ocho menos diez.
Me escondo en la sala de reuniones sin hacer ruido. Desde la rendija de la puerta, veo entrar a Maca, la de administración. Viene con el paraguas chorreando, el moño torcido y el móvil en la oreja.
—No, tía, aún no se sabe nada. Aquí no están ni su coche ni ella. Dicen que Alicia no ha parado en casa. Su padre me llamó el sábado para ver si había quedado conmigo. Pero ya sabes que ella y yo no nos llevamos… El caso es que no la localizan.
Silencio. Se ha quedado quieta mirando hacia donde estoy. La sala de reuniones. Pero no puede verme. ¿Verdad? No me ve. Pero algo ha notado porque da un paso atrás. Y otro más. Y entonces sale corriendo hacia los despachos del fondo. Genial. Una cobarde menos.
Yo no puedo soportarlo más y salgo de la sala. Voy directamente a mi mesa aunque me cuesta. Me cuesta horrores moverme, como si arrastrara cadenas invisibles. Pero llego. Y entonces doy rienda suelta a mi ira.
Primero lanzo el monitor contra el suelo, explotando en una lluvia de cristales y plástico. Luego, levanto la silla por encima de mi cabeza y la estampo contra la pared. La planta del rincón sale volando. el armario de las carpetas tiembla y se abre solo, vomitando papeles como si se hubiera hartado de guardar secretos.
Oigo voces, pasos corriendo y más gente llegando. Entonces pongo ambas manos sobre mi mesa. Mi trinchera. Mi calvario. El altar de mi humillación… Me hago más fuerte y grito como si se me desgarrara el alma. Y la mesa se parte crujiendo con un sonido seco. Como si chillara conmigo. La mesa se dobla hacia un lado, se quiebra en dos, y algunas aristas saltan como insectos mutilados. Todos están mirando pero nadie dice nada. Hasta que el jefe entra con una cara que, por primera vez, muestra algo que no sea superioridad o indiferencia.
—Es el padre de Alicia —dice. Su voz suena vacía—. Han encontrado su coche a la altura del kilómetro 13. Está completamente destrozado.
Su nuez sube y baja para tratar de tragar algo de saliva porque tiene la garganta seca y continúa.
—Dice que… que Alicia yace dentro. Muerta.
¿Muerta yo?
Y es entonces cuando recuerdo el golpe. El chasquido. Cristal en los ojos. Mis gritos. Un árbol. La lluvia. La oscuridad.
Estoy muerta pero estoy aquí. Y ellos también. Los que sabían. Los que se rieron. Los que miraron a otro lado cuando lloré en el baño, cuando pedí ayuda y justicia.
Estoy muerta pero aún con cosas que hacer. Y si estoy muerta, ya no tengo nada que perder.


899  palabras

30/05/2025

Club 48

 
Relato presentado a la
V edición de Relato 48

El lobo se fijó en mí. No un lobo de cuatro patas y de los que aúllan a la luna. De esos ya no quedan. Me refiero a un lobo con piel de cordero. Y no le culpo, la verdad. Si yo me viera desde fuera, también me habría equivocado al prejuzgarme.

El caso es, que yo iba al salir de trabajar, en esta nueva normalidad, con mi coleta rubia y mi mochila roja, de esas baratas que aún venden en una famosa cadena de tiendas enfocadas al deporte y al tiempo libre. Mujer, mediana edad, baja estatura y cara de no haber roto nunca un plato. Esa soy yo. Pero ya os digo, por si no había quedado claro, que las apariencias engañan.

Yo seguía trabajando de lo mío en este nuestro tiempo de post apocalipsis, es decir, limpiando oficinas. Diez años después de que todo colapsara, parecía que las cosas iban tomando su buen rumbo. Yo ganaba un sueldo muy bueno, mucho más bueno que antes de la mortífera pandemia. Trabajaba directamente para el gobierno y no debía preocuparme por mi alquiler o por el alto coste de mis medicamentos. Gracias a algo que no sé lo que es, la verdad, mi vida ahora era mejor de lo que jamás había sido. 

Ya casi había anochecido cuando salí del edificio para dirigirme a casa. No estaba lejos, en el mismo pueblo, a unos quince minutos caminando. Estaba refrescando y agradecí haberme llevado una chaqueta que me coloqué nada más pisar la calle. Saqué mi móvil de la mochila antes de ponerme en marcha y marqué el número de mi hermana.

—¡Ya tardabas, hija!
—Con un “¿qué tal, Estrella?”, creo que estaría mejor como apertura a mi llamada. ¿No crees, Patricia?
—Bueno, bueno. No te pongas así, hermanita. Es que normalmente me llamas antes. ¿Vas a venir mañana a la finca?
—No sé… estoy muy cansada. Esta semana se me ha acumulado el trabajo.
—Te digo, Estrella, que deberías venir y así papá también te ve mientras comemos todos unas costillas de cordero. Que ya sabes que salen bien ricas en la parrilla del patio. ¿Qué dices, Paco?
—¿Eh? ¿Qué?
—No, nada… Paco. Que me dice que te vengas, que va a hacer su espectacular “all i oli” para chuparte los dedos.
—Ay, Patricia. Iré gracias a tu marido. No puedo resistirme a la salsa que hace mi cuñado favorito.
—El único que tienes.
—Ñi, ñi, ñi, el único que tienes. Tú sí que necesitas relajarte.

Fue en aquel momento cuando noté un olor muy conocido. E del de alguien que ya está podrido por dentro. Al dejar de hablar pude escuchar sus pasos, lentos y arrastrados.

—Patricia… ¿Puedes esperar un momento pero siguiendo al teléfono?
—¿Qué pasa? Me estoy poniendo nerviosa.
—Te necesito tranquila, ¿vale? Pero creo que alguien me está siguiendo.
—¿Detrás de ti? ¿Ves quién es? Si a estas horas no suele haber casi nadie por esas calles.

Entonces, apreté el paso. Mi hermana estaba conteniendo la respiración al otro lado de la línea. El sonido del caminar resonaba con más claridad, y aquel olor que conocía demasiado bien, inundaba mis fosas nasales. Me giré sin ningún pudor para poder ver quién me seguía pero, no pude distinguir su cara oculta entre las sombras. Pero lo cierto era que una figura tambaleante venía a mi dirección.

—Estrella, dime qué está pasando.
—Confirmado. Alguien me sigue. Alguien tambaleante que podría ser un…
—¿Estás segura? ¿No podría ser alguien que ha bebido de más y está borracho?
—No lo creo. El olor… Es ese olor… Creo que es uno de ellos.
—¿Pero qué dices? ¿No es algo imposible? Hace años que no…
—Si eso yo lo sé. Se supone que todo esto está controlado. Pero tengo que ponerme a salvo, y para eso, tengo que colgar. Se está acercando y si estoy pendiente del móvil, no tendré el control total para lo que pueda pasar.

Por mi mente cruzaban un montón de pensamientos atropellados. Recordar el hedor que desprendían los primeros infectados, antes de que se implementaran los controles y la medicación para los portadores como yo. Colgué la llamada después de decirle a Patricia que la quería mucho. Y a papá. Y a Paco.

Me paré en una esquina para hacer ver que buscaba algo en el bolsillo de mi mochila, y cerciorarme de si aquel individuo, aquel lobo que se fijó en la mujer de la mochila roja, venía de verdad a por mí o seguía su camino. Quizás, a pesar de todo, era un pobre diablo que iba a casa a dormir la mona… Pero eso no ocurrió.

Con su aliento casi en mi nuca, aquel olor dulzón y pútrido me revolvió el estómago. Con todo mi cuerpo en tensión, me giré con brusquedad hacia mi perseguidor. Frente a frente, aquel hombre con enormes ojeras negras bajo sus ojos. Aún no era un zombi aunque no le quedaba mucho para la transformación.

—¿Se puede saber qué quieres de mí? —Dije con más miedo que convicción.

Aquella era la primera vez que estaba delante de alguien así completamente a solas. Éramos solo él y yo en una pequeña calle vacía y de noche. Él se quedó mirándome fijamente durante unos largos segundos. Sus ojos oscuros tenían una expresión desesperada, mezclada con una especie de anhelo retorcido. Fue entonces cuando habló y al fin supe qué quería.

—Siempre quise entrar en el exclusivo club 48.
—¿Y qué tengo yo que ver?

Aquellas palabras parecían no tener sentido hasta que por fin entendí a qué se refería y qué pintaba yo en todo aquello.

—¡Oh, no! ¿O sí? ¿Estás queriendo decir, lo que creo que estás queriendo decir?
—Quiero ser uno de los cuarenta y ocho. Solo eso. Lo merezco. ¿Acaso no puedo?
—¿De dónde eres? ¿Y por qué has venido precisamente a por mí? No te había visto nunca por este barrio. Además… ¿Qué sabes de los 48?
—¿Qué más da eso ahora? —dijo visiblemente alterado—. Sé de la existencia de ese club y de su número reducido, que solamente pueden componerlo cuarenta y ocho agraciados que no se corromperán, ni se convertirán en los asquerosos zombis a los que todo el mundo odia.

Cogí aire y retrocedí instintivamente dos pasos para alejarme un poco más de él. Tenía el cuerpo listo para las dos opciones en estos casos: huída o lucha. El hombre continuó hablando.

—Te vi salir del edificio. De hecho, llevo un par de semanas siguiendo tus movimientos y rutinas. —Carraspeó, y parecía que la garganta le dolía. Tosió espasmódicamente llevándose una mano a su boca y un esputo de sangre oscura le resbaló entre los dedos.
—Mírate. Estás muy enfermo. En las últimas, diría yo.
—Y por eso estoy aquí. Porque quiero salvarme y quiero tu puesto en ese club. Sé que eres una de ellos. De los bendecidos.
—Estás loco, ¿sabes? Loco y enfermo. Necesitas ayuda para acabar con tu agonía.
—Lo huelo aunque intentes ocultarlo. Ese sutil olor. No la hediondez de los que ya caímos, pero tenéis el rastro de lo que nosotros perdimos.

Entonces él empezó a acercarse de forma amenazante. Todo el tiempo sus ojos estaban fijos en los míos. Yo reculé como si estuviéramos en medio de un tétrico baile. Me aferré a mi mochila y busqué en ella las llaves de casa mientras él continuaba con su charla.

—Y además… los rumores cada vez son más fuertes. Se habla de vosotros y vuestro club. De cómo os mantenéis intactos… Que la clave está en vuestra sangre. De algo que podría detener la progresión hasta la despersonalización zombi.

No tuve dudas cuando aquel infectado abrió la boca. El lobo estaba dispuesto a abalanzarse sobre su presa. Yo intentaba mantener la calma y cogí con fuerza las llaves. Apreté el botón del llavero, aparentemente una suerte de mando de garaje. No hubo ni ruidos ni luces. Pero la alarma silenciosa que el gobierno nos da a cada uno de los miembros del club, hizo su trabajo. Nunca había tenido que usarla hasta aquel momento y un sudor frío me heló las sienes.

En menos de dos minutos, llegaron cuatro agentes especiales en dos coches negros blindados y con cristales tintados. Dos minutos que se me habían hecho eternos, intentando mantenerme alejada de aquel hombre que poco a poco, se iba precipitando hacia el final de su vida como persona no muerta. Yo daba gracias infinitamente porque aquel pobre diablo era débil y lento…

Una hora después, tras cerciorarse los agentes de que yo no había sufrido ningún daño, me llevaron a casa. Les di un par de bolsas de la nevera con mi sangre para que extrajeran de ahí el antisuero. Quizás aún no fuera tan tarde para aquel lobo. Quizás, al fin y al cabo, solo fuera un cordero con mala suerte. El caso es que los cuarenta y ocho continuamos siendo los mismos, y que yo no perdí mi puesto en el selecto club español. Sé que en otros cuarenta y siete países cuentan con su propio club y, curiosamente solo hay cuarenta y ocho personas inmunes y que pueden curar en cada uno de ellos. En total somos 2.304 en el mundo con esta condición.

****

Al mediodía siguiente el olor de las costillas de cordero y los pimientos escalibados inundaban el patio. Paco llevaba ya unos cuantos lamparones en su delantal al dar la vuelta a la carne que chisporroteaba. Mi hermana y yo estábamos sentadas bajo la sombra del todo azul y bebiendo té helado. Papá, siempre fiel a sus costumbres, hojeaba el Marca.

—Qué bien que hayas podido venir después de lo de anoche —dijo mi hermana.
—¡Uf! Tiemblo al recordarlo. Aún no me creo lo rápido que pasó todo. Solo necesitaron una pistola táser… Creo que me haré con una, por si acaso me pasa esto otra vez.
—Para eso pagamos los impuestos religiosamente, ¿no? —gritó Paco para que le oyéramos.
—Solo faltaba que no valiese el aparatito ese de las llaves. Si no funcionara, yo si que les iba a dar una descarga y no digo dónde.
—¡Papá! No seas cenizo. Estrella está bien. Y al hombre al menos, han podido contenerle.
—Lo que me escama es que quisiera mi puesto. Aún no sé cómo sabía nada de eso, y cuánto se ha corrido la voz.
—Misterios de la vida, cuñada ——dijo Paco sirviendo los chuletones—. O de la no-vida, según se mire. Lo importante es que la cosa no fue a más. Así que… ¡a zampar! Que este manjar no se come solo.

Paco colocó la fuente en el centro de la mesa. Teníamos escalibada y patata asada como guarnición, además de su famosa salsa “all i oli”. Los cuatro empezamos a comer y hacemos que la tensión de la noche anterior parezca lejana pero, entre trago y trago a mi té helado, sigo viendo los dos ojos negros como pozos de aquel hombre, sin dejar de pensar cuántos más querrán mi plaza y venirme con el sambenito de es que… Siempre quise entrar en el exclusivo club 48.

11/05/2025

Mi vida perruna


Micro Mayo: Vida de perros
de catanddogtank.com




Yo no sé a quién se le ocurrió, nótese la ironía, la frase “vida de perros” para referirse a una llena de calamidades… Yo vivo en una casa con agua y comida infinitas, un patio enorme, largos paseos, recogen mis cacas y me dan amor. Estoy encantada con mi vida de perruna.

01/05/2025

Quien espera, desespera

Microrreto: La espera

La vida no es más que una concatenación de cosas que pasan, o no, mientras esperamos. Esto es irrefutable.

Y aquí me encuentro, esperando a no sé el qué, con mi espalda apoyada en una vieja puerta de hierro mientras mi cordura intenta escaparse elucubrando sobre esperar. Y es que suele decirse que quien espera, desespera.

Todos hemos esperado una llamada, los resultados de una analítica, a ser despachados o atendidos en la cola de cualquier banco, supermercado, en correos, en la parada de bus o en cualquier andén. Esperamos tanto de pie como dentro de algún vehículo, ya sea esperando a que el semáforo cambie al verde o al ámbar parpadeante. Peor aún es esperar en mitad de un atasco sin saber qué hay más adelante, y sin saber si continuar o dar media vuelta si es posible.

Quienes tengan hijos habrán padecido lo que llaman “la dulce espera”. Y ya luego, esperar sus primeros pasos, sus primeras palabras, su primer día de escuela o su mayoría de edad. Esperar a que digan que ya han llegado o que ya están de camino a casa. Nada en el mundo desespera más que el saber de tu retoño.

En definitiva, vivir es hacer cosas mientras la muerte con su guadaña, nos espera en algún lado. Ella espera y nunca se cansa. No tiene prisa.

Como dije antes, estoy esperando, quizás a ser rescatada antes de que un puñado de zombis tire la puerta abajo.

244 palabras

08/04/2025

Ara Malikian. Intruso

 
ARA MALIKIAN. INTRUSO
Desvarío: Concierto


"En el Líbano no me consideraban suficiente “Libanés” porque era de origen Armenio; los Armenios no me consideraban suficiente “Armenio” porque había nacido en Líbano; cuando me establecí en Europa no me consideraban “Europeo” porque no había nacido en Europa. Me costó años estar en paz conmigo por lo que soy y aceptar ser el eterno “Intruso” y abrazar la riqueza de mi identidad multicultural.


*Unos videos que grabó mi hija durante el concierto.

Lo único que sabía de él, era porque le había visto un par de veces que fue invitado a un concurso de televisión que antes estaba en una cadena, y ahora, creo que continúa en pantalla en otra y con otro presentador.

Con sus locos rizos, su sosegada voz y la electrizante energía tocando su violín, supe que era un ser humano especial.

El abuelo de Ara Malikian sobrevivió al genocidio armenio al hacerse pasar por violinista, cruzando la frontera en busca de un futuro. Su padre intentó ganarse la vida con el violín, pero no tuvo tanta suerte, aunque vio aptitudes en su hijo y fue riguroso con él para que aprendiera a tocarlo.

La familia de Ara procedía de Armenia, nació en Líbano en 1968, y a mediados de los setenta, época de guerra civil, ser músico podía ser una forma para salvarse. Así que con su talento, consiguió una beca de perfeccionamiento en Alemania, con apenas 15 años- Empezando en la música clásica, con concursos, conciertos como solista o en orquesta, que tiempo después tomó otros derroteros y otras músicas.

Es una persona que puede tocar en Nueva York, París o Londres, como luego en Burriana, Palencia o en mi ciudad, Lérida.

Su mujer, Nata Moreno, es actriz, directora, productora, dramaturga y la artífice del documental sobre la vida de Ara, que ganó el Premio Goya 2020 a la mejor película documental.

Lo que yo vi este pasado domingo, fue a un hombre tranquilo al hablar y tremendamente enérgico y pasional en cuanto su arco roza las cuerdas de su violín. Quedé fascinada. Tampoco me olvido de los cuatro músicos que le acompañan. Simplemente excepcionales los cinco sobre el escenario, los instrumentos, la música, el humo y el juego de luces.

06/04/2025

Las crónicas de Nati: Lentejas en un apocalipsis zombi

VadeReto Abril 2025
El Libro

Madre mía… salvo que no soy policía, no tengo un compañero buenorro y, gracias a la vida, mi ex marido no es mi superior, me siento tan identificada con el personaje de Laura Lebrel...

Yo soy Nati, o Natividad cuando me pongo seria. Ama de casa de toda la vida, madre de dos trastos a los que quiero demasiado y fan acérrima del misterio y los zombis. Acabo de ver la serie por segunda vez para refrescarme la memoria, ahora que está en Netflix, porque siempre me ha gustado su manera en la que resuelve los misterios, con la cabeza en las nubes y los pies en la tierra. Así me gusta verme a mí también.
La cosa es que jamás pensé que acabaría usando los consejos de Max Brooks y su “ZOMBI: GUÍA DE SUPERVIVENCIA”. Un libro que da las indicaciones para una protección completa contra los muertos vivientes, ese libro que tengo casi subrayado entero desde que lo compré en 2008.

Todo empezó el jueves pasado por la mañana. El cerezo del patio comunitario había florecido ya, y los gorriones andaban revolucionados como cada primavera. Yo estaba regando las macetas del balcón cuando vi al vecino del 2ºB arrastrándose por la acera. No caminando lento. Arrastrándose. Con un brazo colgando y una expresión vacía como la de mi ex marido viendo el fútbol. Me llevé la regadera y el susto al pecho, y pensé: “Nati, tranquilízate. Esto tiene que tener una explicación lógica.” Y luego recordé en dónde Max Brooks habla sobre la DETECCIÓN, y así tomar precauciones hacia un posible brote zombi. No lo dudé. Cerré la puerta con llave y echando los dos cerrojos, bajé las persianas, y puse a cargar el walkie que compré por si acaso, como decía Laura: “Nunca subestimes una intuición”. Aunque lo que pasó después todavía me cuesta contarlo sin que se me erice el vello.

Primero, escuché golpes en la puerta de la vecina del bajo. Luego, un chillido de esos que te cortan el aliento. Bajé el volumen de la tele y me acerqué con sigilo. Los pasos, cada vez más arrastrados, pasaban por el rellano. Di gracias al cielo porque los gemelos no habían ido al colegio al estar en la cama con gastroenteritis. Una de las pocas veces que estaban sin armar jaleo. Entonces hice lo que haría Laura: coger apuntes. Cogí mi cuaderno de recetas y en la última página empecé a anotarlo todo. Hora. Sonidos. Dirección. Me sentía como ella, resolviendo el caso desde casa, entre la colada lista para tender y las lentejas a medio hacer.

Al mediodía, el vecindario estaba sumergido en un silencio absoluto. Ni un solo coche, ni niños en el parque. Saqué la guía zombi y repasé las instrucciones sobre hacer barricadas. Coloqué la cómoda contra la puerta, reforcé las ventanas con los estores de madera del salón y hasta escondí el jamón en la bañera, por si había que resistir unos días. Y en medio del caos, sonó el teléfono fijo, y eso sólo significaba una cosa. Mi madre, que vive en las afueras. “Nati, ¿tú también los has visto? Están por todos lados. Me recuerda a las películas esas horrorosas que te gustan a ti…”. Y así nos pasamos un cuarto de hora compartiendo teorías. Que si un virus raro, que si una nueva droga, que si un reality extremo de esos que hacen ahora. Pero yo lo sabía. Lo sabía desde que vi al vecino del 2ºB. Esto era de zombis. De los de verdad. Y si quería sobrevivir y salvar a mi familia, tenía que pensar como Laura y actuar como Brooks.

Por la tarde, después de tomarme un té, me armé con el recogedor pequeño que tengo para los rincones, la linterna del camping y una cacerola de hierro fundido. No tenía katana, pero la imaginación es el mejor arma de una ama de casa. Decidí bajar al trastero porque necesitaba provisiones, y allí guardaba mis conservas de tomate y melocotón. Al abrir la puerta del piso, el pasillo estaba vacío. Sólo el eco de pasos lejanos y un olor dulzón, como a flores marchitas.

—Primavera... —murmuré. Hasta el apocalipsis tiene su estación.

Llegué al ascensor, pero bajé por las escaleras, despacio, escuchando cada crujido. En el segundo rellano vi al portero. O lo que quedaba de él. Llevaba aún su gorra, pero sus ojos vacíos y un trozo de brazo colgando lo delataban. Me agaché detrás del carrito de la señora del 5º, que por suerte aún tenía dentro una revista vieja del corazón. Con eso le hice un señuelo que lancé por el pasillo, y mientras el pobre se arrastraba hacia Isabel Pantoja, yo bajé corriendo hasta el trastero. Y allí, entre latas y cajas, lloré. Dos lágrimas recorrieron mis mejillas. Sólo dos, y luego, me sequé con el trapo mientras me decía:

—Nati, tú no vas a ser la siguiente. Tienes lentejas, instinto y sabes usar la olla exprés como nadie.

Y entonces supe que debía organizar un refugio de barrio. Si Laura podía con tres crímenes mientras eliminaba los piojos de las cabezas de sus gemelos, yo podía con esto. Así que salí de allí con el cazo como escudo y la determinación en los ojos. Porque, mientras en el mundo todo se venía abajo, en primavera… las guerreras florecen.

Continuará...

03/04/2025

Conectados

 
CONCURSO DE RELATOS 46ª Ed.
Momo de Michael Ende
Blog: El Tintero de Oro


Nenúfar y Amapola eran dos hermanas gemelas que siempre iban juntas a todas partes. Vivían en el Bosque Verde, donde los árboles susurraban canciones antiguas y los ríos reflejaban la luna y las estrellas, ya que aquel era uno de los pocos lugares en donde aún se podía ver un cielo estrellado.
Desde bien pequeñas, las jóvenes habían soñado con visitar el mundo más allá de su bosque, un territorio extraño del que sólo conocían rumores y cuentos prohibidos, ya que los mayores de la aldea no querían escuchar nada sobre ello.

–Debemos encontrar la manera de cruzar –dijo Nenúfar con rotundidad.

La sabia Junco, la guardiana del bosque que estaba recolectando setas, las escuchó y sonrió a la vez que les lanzaba una propuesta, ya que creía que serían algo difícil para las chicas.

–Mirad, niñas. Si podéis resolver el acertijo que os voy a decir, os encontraréis con el secreto para atravesar la barrera. Así que escuchad atentamente:

“No tengo boca, pero hablo sin cesar.
No tengo oídos, pero siempre escucho. 
No tengo cuerpo, pero vivo y muero con el tiempo.
¿Qué soy?”

Las hermanas se miraron pensativas durante un buen rato hasta que al fin, se fueron a recorrer el bosque que tanto conocían, observando los hongos luminiscentes, las luciérnagas danzantes y las hojas que susurraban palabras en el viento.
Una suave brisa sopló alrededor de Nenúfar y Amapola, y sus melenas color caoba se movieron al son de un eco de palabras muy antiguas. Entonces, Amapola cerró los ojos y sonrió.

–La respuesta es el eco, Nenúfar. Ni más ni menos que el eco. –dijo con seguridad.
–¡Claro! –Exclamó Amapola. –Porque no tiene boca, pero “habla” repitiendo sonidos. No tiene oídos, pero “escucha” porque necesita un sonido original para repetirse…
–Y no te olvides de que no tiene cuerpo, pero “vive” mientras el sonido resuena y “muere” cuando se desvanece.

Entonces, la barrera del bosque se desvaneció, revelando un mundo desconocido lleno de luces y sombras. A su vez, la luz de la luna iluminó sus delicadas alas y las hermanas fueron conscientes de lo diferentes que se veían al resto de seres. Eran dos bellas y atrevidas hadas dispuestas a descubrir los secretos del mundo de los humanos. Aunque rápidamente, lo que encontraron las llenó de horror y desazón. La ciudad estaba sumida en un silencio antinatural, roto nada más que por el zumbido incesante de pantallas brillantes. Aquellas personas caminaban con pasos torpes, y sus rostros iluminados por la luz azulada de sus dispositivos poseían unos ojos vacíos, sin chispa, sin vida. Como unos zombis errantes.

–Esto no es lo que imaginábamos, hermana… –susurró Amapola, aferrando la mano de Nenúfar.

Las criaturas de las que se decía que eran humanas, se movían como espectros atrapados en un trance perpetuo. No hablaban ni reían. Simplemente deslizaban sus dedos sobre las pantallas táctiles, consumidos por las imágenes y palabras sin sentido. Unos pocos alzaban la vista por un instante, pero al encontrarse con las hadas, sus miradas eran frías y vacías antes de volver a posarse en sus móviles, tablets u ordenadores.

–Debemos irnos –instó Nenúfar con su corazón latiendo tan fuerte que pareciera que se le fuera a salir por la boca.

Pero antes de que pudieran volver atrás, una sombra se alzó detrás de ellas. Un ser más grande con cables serpenteando desde su cabeza y con una voz mecánica que susurraba:

“Conectados. Debéis estar todos conectados”.

Nenúfar y Amapola gritaron. Desplegaron sus alas para elevarse en el aire, y volar hacia la barrera del bosque comenzaba a cerrarse. Se apresuraron hacia la apertura con el eco de unas voces monótonas persiguiéndolas.
Justo cuando cruzaban el portal, escucharon un último susurro:

–Sólo es cuestión de tiempo… porque tarde o temprano, todos acaban conectados.
Cuando finalmente volvieron al bosque, supieron que nunca más abandonarían el Bosque Verde para volver a cruzar a aquel desgraciado mundo.


650 palabras

19/03/2025

La garganta de Alardos

VadeReto Marzo 2025
Información sobre la Garganta de Alardos AQUÍ


La mente de Débora viajó hasta sus ojos que se llenaron con un recuerdo de su niñez. Aquellos ojos que cuarenta años antes se habían metido en la bolsa con las cosas para el baño, encontrándose de lleno con el vivo color rojo de su bañador.

En su recuerdo, la mujer convertida en niña de nuevo, se vio embutida en aquel bañador y pisando con sus cangrejeras azules, las alfombrillas del Simca 1200 de su padre. También el coche era de color azul. Su padre al volante, su madre de copiloto y, sus dos hermanos y ella en el asiento de atrás, se pusieron en marcha bajando las cuestas de Madrigal de la Vera  para llegar hasta Cuatro Caminos, coger la carretera y en menos de diez minutos, adentrarse en los dominios de la Garganta de Alardos.

El cerebro de Débora iba dando botes al recordar los badenes de la pista hasta llegar a la zona de baño. Sus ojos se abrían viendo los coches de los veraneantes con matrículas de diferentes lugares del país, incluso algunos con las de otros países. CC de Cáceres, M de Madrid, AV de Ávila, TO de Toledo, eran las que más abundaban. Bastantes B de Barcelona, para lo lejos que estaban. Y su Simca, como un rebelde, el único L de Lérida. Pero ella se sentía en casa. Estaba en casa. Ella no era una simple turista porque la familia de su padre era de allí y todo el mundo le conocía. Todos les conocían. Sus abuelos vivían en el pueblo, y sus bisabuelos habían vivido también allí hasta no hacía mucho.

La familia de Débora bajó del coche. Caminaron entre las piedras de la garganta y colocaron las toallas a la orilla de un charco. Había que meterse con cuidado en las frías y cristalinas aguas, pues venían de la Sierra de Gredos, en donde aún en julio, podían quedar restos de invierno en forma de nieve. Agua limpia sin sal y sin cloro, en donde refrescarse del calor del verano. Jugar, chapotear, nadar, ver los pequeños pececillos que se acercan sin vergüenza y espantarlos para verlos salir nadando con rapidez.

Tras toda la tarde en la garganta y cenar en uno de los bares del sitio, los recuerdos de Débora le trajeron el cansancio por tanta diversión, la piel roja por el sol y el olor a After Sun para mitigarlo. La mente de Débora cambió el rojo de su bañador por el negro de la noche cuarenta años después, para sumirse en un reparador sueño, durmiéndose pensando si alguna vez iría a aquel lugar donde que no visitaba desde hacía más de treinta años.


01/03/2025

A, de, ene


Microrreto: Tintero derramado
Blog: El Tintero de Oro
Desvarío: ADN


Cuando nos enamoramos, la mayoría de las veces, no nos paramos a pensar en las consecuencias de ese amor, y mucho menos, en las consecuencias del desamor que quizás llegue también con el tiempo… Ese tiempo cíclico y caprichoso que gira como una rueda y hace volver modas pasadas, lo vintage, incluso repetirse tremebundos capítulos de la historia de la humanidad.
Pero cuando un amor se acaba, ¿qué nos queda? ¿Son todas las parejas pasadas iguales? Pues ya os digo yo que: rotundamente no. Todos nuestros ex han dejado una impronta en nosotros, ya sea buena, mala, regular o con matices. De todas aprendemos algo aunque al principio seamos incapaces de verlo. En la mayoría de las veces no quedamos con su recuerdo en nuestra memoria. Hay quienes lo guardan todo, incluso las fotos. Personalmente, a mi no me gusta guardarlas, ya que en mi recuerdo quedan sus caras.
A veces te gustaría no tener ni que acordarte de ese ex que te dejó en la estacada cuando más lo necesitabas. Querrías olvidarte de su cara, pero no puedes, ya que no solamente compartes aún una hipoteca a treinta años. Le ves aunque no esté. Le ves apareciendo en la cara de tu hija que ya es una mujer. Sale a relucir en alguna mueca, su cara es una mezcla de ti y de él, y entonces te acuerdas de que un día os quisisteis y tuvisteis un deseado bebé. Dieciocho años de genética compartida y pensamiento propio te miran con sus ojos, esos que sí son heredados de ti, y aunque su padre a veces pueda llegar a desesperarte, no le odias. Querrías odiarlo, pero no lo haces porque hace mucho tiempo que pasaste todas las etapas de aquel duelo que parecían la muerte misma… y porque te ha dado lo más preciado que tienes en esta vida, tu hija.


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