24/06/2025
28 años después
05/06/2025
No conforme
30/05/2025
Club 48
El lobo se fijó en mí. No un lobo de cuatro patas y de los que aúllan a la luna. De esos ya no quedan. Me refiero a un lobo con piel de cordero. Y no le culpo, la verdad. Si yo me viera desde fuera, también me habría equivocado al prejuzgarme.
El caso es, que yo iba al salir de trabajar, en esta nueva normalidad, con mi coleta rubia y mi mochila roja, de esas baratas que aún venden en una famosa cadena de tiendas enfocadas al deporte y al tiempo libre. Mujer, mediana edad, baja estatura y cara de no haber roto nunca un plato. Esa soy yo. Pero ya os digo, por si no había quedado claro, que las apariencias engañan.
Yo seguía trabajando de lo mío en este nuestro tiempo de post apocalipsis, es decir, limpiando oficinas. Diez años después de que todo colapsara, parecía que las cosas iban tomando su buen rumbo. Yo ganaba un sueldo muy bueno, mucho más bueno que antes de la mortífera pandemia. Trabajaba directamente para el gobierno y no debía preocuparme por mi alquiler o por el alto coste de mis medicamentos. Gracias a algo que no sé lo que es, la verdad, mi vida ahora era mejor de lo que jamás había sido.
Ya casi había anochecido cuando salí del edificio para dirigirme a casa. No estaba lejos, en el mismo pueblo, a unos quince minutos caminando. Estaba refrescando y agradecí haberme llevado una chaqueta que me coloqué nada más pisar la calle. Saqué mi móvil de la mochila antes de ponerme en marcha y marqué el número de mi hermana.
—Con un “¿qué tal, Estrella?”, creo que estaría mejor como apertura a mi llamada. ¿No crees, Patricia?
—Bueno, bueno. No te pongas así, hermanita. Es que normalmente me llamas antes. ¿Vas a venir mañana a la finca?
—No sé… estoy muy cansada. Esta semana se me ha acumulado el trabajo.
—Te digo, Estrella, que deberías venir y así papá también te ve mientras comemos todos unas costillas de cordero. Que ya sabes que salen bien ricas en la parrilla del patio. ¿Qué dices, Paco?
—¿Eh? ¿Qué?
—No, nada… Paco. Que me dice que te vengas, que va a hacer su espectacular “all i oli” para chuparte los dedos.
—Ay, Patricia. Iré gracias a tu marido. No puedo resistirme a la salsa que hace mi cuñado favorito.
—El único que tienes.
—Ñi, ñi, ñi, el único que tienes. Tú sí que necesitas relajarte.
Fue en aquel momento cuando noté un olor muy conocido. E del de alguien que ya está podrido por dentro. Al dejar de hablar pude escuchar sus pasos, lentos y arrastrados.
—¿Qué pasa? Me estoy poniendo nerviosa.
—Te necesito tranquila, ¿vale? Pero creo que alguien me está siguiendo.
—¿Detrás de ti? ¿Ves quién es? Si a estas horas no suele haber casi nadie por esas calles.
Entonces, apreté el paso. Mi hermana estaba conteniendo la respiración al otro lado de la línea. El sonido del caminar resonaba con más claridad, y aquel olor que conocía demasiado bien, inundaba mis fosas nasales. Me giré sin ningún pudor para poder ver quién me seguía pero, no pude distinguir su cara oculta entre las sombras. Pero lo cierto era que una figura tambaleante venía a mi dirección.
—Confirmado. Alguien me sigue. Alguien tambaleante que podría ser un…
—¿Estás segura? ¿No podría ser alguien que ha bebido de más y está borracho?
—No lo creo. El olor… Es ese olor… Creo que es uno de ellos.
—¿Pero qué dices? ¿No es algo imposible? Hace años que no…
—Si eso yo lo sé. Se supone que todo esto está controlado. Pero tengo que ponerme a salvo, y para eso, tengo que colgar. Se está acercando y si estoy pendiente del móvil, no tendré el control total para lo que pueda pasar.
Por mi mente cruzaban un montón de pensamientos atropellados. Recordar el hedor que desprendían los primeros infectados, antes de que se implementaran los controles y la medicación para los portadores como yo. Colgué la llamada después de decirle a Patricia que la quería mucho. Y a papá. Y a Paco.
Me paré en una esquina para hacer ver que buscaba algo en el bolsillo de mi mochila, y cerciorarme de si aquel individuo, aquel lobo que se fijó en la mujer de la mochila roja, venía de verdad a por mí o seguía su camino. Quizás, a pesar de todo, era un pobre diablo que iba a casa a dormir la mona… Pero eso no ocurrió.
Con su aliento casi en mi nuca, aquel olor dulzón y pútrido me revolvió el estómago. Con todo mi cuerpo en tensión, me giré con brusquedad hacia mi perseguidor. Frente a frente, aquel hombre con enormes ojeras negras bajo sus ojos. Aún no era un zombi aunque no le quedaba mucho para la transformación.
—¿Se puede saber qué quieres de mí? —Dije con más miedo que convicción.
Aquella era la primera vez que estaba delante de alguien así completamente a solas. Éramos solo él y yo en una pequeña calle vacía y de noche. Él se quedó mirándome fijamente durante unos largos segundos. Sus ojos oscuros tenían una expresión desesperada, mezclada con una especie de anhelo retorcido. Fue entonces cuando habló y al fin supe qué quería.
—¿Y qué tengo yo que ver?
—¡Oh, no! ¿O sí? ¿Estás queriendo decir, lo que creo que estás queriendo decir?
—Quiero ser uno de los cuarenta y ocho. Solo eso. Lo merezco. ¿Acaso no puedo?
—¿De dónde eres? ¿Y por qué has venido precisamente a por mí? No te había visto nunca por este barrio. Además… ¿Qué sabes de los 48?
—¿Qué más da eso ahora? —dijo visiblemente alterado—. Sé de la existencia de ese club y de su número reducido, que solamente pueden componerlo cuarenta y ocho agraciados que no se corromperán, ni se convertirán en los asquerosos zombis a los que todo el mundo odia.
Cogí aire y retrocedí instintivamente dos pasos para alejarme un poco más de él. Tenía el cuerpo listo para las dos opciones en estos casos: huída o lucha. El hombre continuó hablando.
—Mírate. Estás muy enfermo. En las últimas, diría yo.
—Y por eso estoy aquí. Porque quiero salvarme y quiero tu puesto en ese club. Sé que eres una de ellos. De los bendecidos.
—Estás loco, ¿sabes? Loco y enfermo. Necesitas ayuda para acabar con tu agonía.
—Lo huelo aunque intentes ocultarlo. Ese sutil olor. No la hediondez de los que ya caímos, pero tenéis el rastro de lo que nosotros perdimos.
Entonces él empezó a acercarse de forma amenazante. Todo el tiempo sus ojos estaban fijos en los míos. Yo reculé como si estuviéramos en medio de un tétrico baile. Me aferré a mi mochila y busqué en ella las llaves de casa mientras él continuaba con su charla.
—Y además… los rumores cada vez son más fuertes. Se habla de vosotros y vuestro club. De cómo os mantenéis intactos… Que la clave está en vuestra sangre. De algo que podría detener la progresión hasta la despersonalización zombi.
No tuve dudas cuando aquel infectado abrió la boca. El lobo estaba dispuesto a abalanzarse sobre su presa. Yo intentaba mantener la calma y cogí con fuerza las llaves. Apreté el botón del llavero, aparentemente una suerte de mando de garaje. No hubo ni ruidos ni luces. Pero la alarma silenciosa que el gobierno nos da a cada uno de los miembros del club, hizo su trabajo. Nunca había tenido que usarla hasta aquel momento y un sudor frío me heló las sienes.
En menos de dos minutos, llegaron cuatro agentes especiales en dos coches negros blindados y con cristales tintados. Dos minutos que se me habían hecho eternos, intentando mantenerme alejada de aquel hombre que poco a poco, se iba precipitando hacia el final de su vida como persona no muerta. Yo daba gracias infinitamente porque aquel pobre diablo era débil y lento…
Una hora después, tras cerciorarse los agentes de que yo no había sufrido ningún daño, me llevaron a casa. Les di un par de bolsas de la nevera con mi sangre para que extrajeran de ahí el antisuero. Quizás aún no fuera tan tarde para aquel lobo. Quizás, al fin y al cabo, solo fuera un cordero con mala suerte. El caso es que los cuarenta y ocho continuamos siendo los mismos, y que yo no perdí mi puesto en el selecto club español. Sé que en otros cuarenta y siete países cuentan con su propio club y, curiosamente solo hay cuarenta y ocho personas inmunes y que pueden curar en cada uno de ellos. En total somos 2.304 en el mundo con esta condición.
****
Al mediodía siguiente el olor de las costillas de cordero y los pimientos escalibados inundaban el patio. Paco llevaba ya unos cuantos lamparones en su delantal al dar la vuelta a la carne que chisporroteaba. Mi hermana y yo estábamos sentadas bajo la sombra del todo azul y bebiendo té helado. Papá, siempre fiel a sus costumbres, hojeaba el Marca.
—Para eso pagamos los impuestos religiosamente, ¿no? —gritó Paco para que le oyéramos.
—Solo faltaba que no valiese el aparatito ese de las llaves. Si no funcionara, yo si que les iba a dar una descarga y no digo dónde.
—¡Papá! No seas cenizo. Estrella está bien. Y al hombre al menos, han podido contenerle.
—Lo que me escama es que quisiera mi puesto. Aún no sé cómo sabía nada de eso, y cuánto se ha corrido la voz.
—Misterios de la vida, cuñada ——dijo Paco sirviendo los chuletones—. O de la no-vida, según se mire. Lo importante es que la cosa no fue a más. Así que… ¡a zampar! Que este manjar no se come solo.
Paco colocó la fuente en el centro de la mesa. Teníamos escalibada y patata asada como guarnición, además de su famosa salsa “all i oli”. Los cuatro empezamos a comer y hacemos que la tensión de la noche anterior parezca lejana pero, entre trago y trago a mi té helado, sigo viendo los dos ojos negros como pozos de aquel hombre, sin dejar de pensar cuántos más querrán mi plaza y venirme con el sambenito de es que… Siempre quise entrar en el exclusivo club 48.
11/05/2025
Mi vida perruna
01/05/2025
Quien espera, desespera
08/04/2025
Ara Malikian. Intruso
"En el Líbano no me consideraban suficiente “Libanés” porque era de origen Armenio; los Armenios no me consideraban suficiente “Armenio” porque había nacido en Líbano; cuando me establecí en Europa no me consideraban “Europeo” porque no había nacido en Europa. Me costó años estar en paz conmigo por lo que soy y aceptar ser el eterno “Intruso” y abrazar la riqueza de mi identidad multicultural.
Lo único que sabía de él, era porque le había visto un par de veces que fue invitado a un concurso de televisión que antes estaba en una cadena, y ahora, creo que continúa en pantalla en otra y con otro presentador.
Con sus locos rizos, su sosegada voz y la electrizante energía tocando su violín, supe que era un ser humano especial.
El abuelo de Ara Malikian sobrevivió al genocidio armenio al hacerse pasar por violinista, cruzando la frontera en busca de un futuro. Su padre intentó ganarse la vida con el violín, pero no tuvo tanta suerte, aunque vio aptitudes en su hijo y fue riguroso con él para que aprendiera a tocarlo.
La familia de Ara procedía de Armenia, nació en Líbano en 1968, y a mediados de los setenta, época de guerra civil, ser músico podía ser una forma para salvarse. Así que con su talento, consiguió una beca de perfeccionamiento en Alemania, con apenas 15 años- Empezando en la música clásica, con concursos, conciertos como solista o en orquesta, que tiempo después tomó otros derroteros y otras músicas.
Es una persona que puede tocar en Nueva York, París o Londres, como luego en Burriana, Palencia o en mi ciudad, Lérida.
Su mujer, Nata Moreno, es actriz, directora, productora, dramaturga y la artífice del documental sobre la vida de Ara, que ganó el Premio Goya 2020 a la mejor película documental.
Lo que yo vi este pasado domingo, fue a un hombre tranquilo al hablar y tremendamente enérgico y pasional en cuanto su arco roza las cuerdas de su violín. Quedé fascinada. Tampoco me olvido de los cuatro músicos que le acompañan. Simplemente excepcionales los cinco sobre el escenario, los instrumentos, la música, el humo y el juego de luces.
06/04/2025
Las crónicas de Nati: Lentejas en un apocalipsis zombi
Yo soy Nati, o Natividad cuando me pongo seria. Ama de casa de toda la vida, madre de dos trastos a los que quiero demasiado y fan acérrima del misterio y los zombis. Acabo de ver la serie por segunda vez para refrescarme la memoria, ahora que está en Netflix, porque siempre me ha gustado su manera en la que resuelve los misterios, con la cabeza en las nubes y los pies en la tierra. Así me gusta verme a mí también.
La cosa es que jamás pensé que acabaría usando los consejos de Max Brooks y su “ZOMBI: GUÍA DE SUPERVIVENCIA”. Un libro que da las indicaciones para una protección completa contra los muertos vivientes, ese libro que tengo casi subrayado entero desde que lo compré en 2008.
Todo empezó el jueves pasado por la mañana. El cerezo del patio comunitario había florecido ya, y los gorriones andaban revolucionados como cada primavera. Yo estaba regando las macetas del balcón cuando vi al vecino del 2ºB arrastrándose por la acera. No caminando lento. Arrastrándose. Con un brazo colgando y una expresión vacía como la de mi ex marido viendo el fútbol. Me llevé la regadera y el susto al pecho, y pensé: “Nati, tranquilízate. Esto tiene que tener una explicación lógica.” Y luego recordé en dónde Max Brooks habla sobre la DETECCIÓN, y así tomar precauciones hacia un posible brote zombi. No lo dudé. Cerré la puerta con llave y echando los dos cerrojos, bajé las persianas, y puse a cargar el walkie que compré por si acaso, como decía Laura: “Nunca subestimes una intuición”. Aunque lo que pasó después todavía me cuesta contarlo sin que se me erice el vello.
Primero, escuché golpes en la puerta de la vecina del bajo. Luego, un chillido de esos que te cortan el aliento. Bajé el volumen de la tele y me acerqué con sigilo. Los pasos, cada vez más arrastrados, pasaban por el rellano. Di gracias al cielo porque los gemelos no habían ido al colegio al estar en la cama con gastroenteritis. Una de las pocas veces que estaban sin armar jaleo. Entonces hice lo que haría Laura: coger apuntes. Cogí mi cuaderno de recetas y en la última página empecé a anotarlo todo. Hora. Sonidos. Dirección. Me sentía como ella, resolviendo el caso desde casa, entre la colada lista para tender y las lentejas a medio hacer.
Al mediodía, el vecindario estaba sumergido en un silencio absoluto. Ni un solo coche, ni niños en el parque. Saqué la guía zombi y repasé las instrucciones sobre hacer barricadas. Coloqué la cómoda contra la puerta, reforcé las ventanas con los estores de madera del salón y hasta escondí el jamón en la bañera, por si había que resistir unos días. Y en medio del caos, sonó el teléfono fijo, y eso sólo significaba una cosa. Mi madre, que vive en las afueras. “Nati, ¿tú también los has visto? Están por todos lados. Me recuerda a las películas esas horrorosas que te gustan a ti…”. Y así nos pasamos un cuarto de hora compartiendo teorías. Que si un virus raro, que si una nueva droga, que si un reality extremo de esos que hacen ahora. Pero yo lo sabía. Lo sabía desde que vi al vecino del 2ºB. Esto era de zombis. De los de verdad. Y si quería sobrevivir y salvar a mi familia, tenía que pensar como Laura y actuar como Brooks.
Por la tarde, después de tomarme un té, me armé con el recogedor pequeño que tengo para los rincones, la linterna del camping y una cacerola de hierro fundido. No tenía katana, pero la imaginación es el mejor arma de una ama de casa. Decidí bajar al trastero porque necesitaba provisiones, y allí guardaba mis conservas de tomate y melocotón. Al abrir la puerta del piso, el pasillo estaba vacío. Sólo el eco de pasos lejanos y un olor dulzón, como a flores marchitas.
—Primavera... —murmuré. Hasta el apocalipsis tiene su estación.
Llegué al ascensor, pero bajé por las escaleras, despacio, escuchando cada crujido. En el segundo rellano vi al portero. O lo que quedaba de él. Llevaba aún su gorra, pero sus ojos vacíos y un trozo de brazo colgando lo delataban. Me agaché detrás del carrito de la señora del 5º, que por suerte aún tenía dentro una revista vieja del corazón. Con eso le hice un señuelo que lancé por el pasillo, y mientras el pobre se arrastraba hacia Isabel Pantoja, yo bajé corriendo hasta el trastero. Y allí, entre latas y cajas, lloré. Dos lágrimas recorrieron mis mejillas. Sólo dos, y luego, me sequé con el trapo mientras me decía:
—Nati, tú no vas a ser la siguiente. Tienes lentejas, instinto y sabes usar la olla exprés como nadie.
Y entonces supe que debía organizar un refugio de barrio. Si Laura podía con tres crímenes mientras eliminaba los piojos de las cabezas de sus gemelos, yo podía con esto. Así que salí de allí con el cazo como escudo y la determinación en los ojos. Porque, mientras en el mundo todo se venía abajo, en primavera… las guerreras florecen.
Continuará...
03/04/2025
Conectados

CONCURSO DE RELATOS 46ª Ed.
Momo de Michael Ende
Blog: El Tintero de Oro
No tengo oídos, pero siempre escucho.
No tengo cuerpo, pero vivo y muero con el tiempo.
¿Qué soy?”
650 palabras
19/03/2025
La garganta de Alardos
Blog: Acervo de Letras
La mente de Débora viajó hasta sus ojos que se llenaron con un recuerdo de su niñez. Aquellos ojos que cuarenta años antes se habían metido en la bolsa con las cosas para el baño, encontrándose de lleno con el vivo color rojo de su bañador.
En su recuerdo, la mujer convertida en niña de nuevo, se vio embutida en aquel bañador y pisando con sus cangrejeras azules, las alfombrillas del Simca 1200 de su padre. También el coche era de color azul. Su padre al volante, su madre de copiloto y, sus dos hermanos y ella en el asiento de atrás, se pusieron en marcha bajando las cuestas de Madrigal de la Vera para llegar hasta Cuatro Caminos, coger la carretera y en menos de diez minutos, adentrarse en los dominios de la Garganta de Alardos.
El cerebro de Débora iba dando botes al recordar los badenes de la pista hasta llegar a la zona de baño. Sus ojos se abrían viendo los coches de los veraneantes con matrículas de diferentes lugares del país, incluso algunos con las de otros países. CC de Cáceres, M de Madrid, AV de Ávila, TO de Toledo, eran las que más abundaban. Bastantes B de Barcelona, para lo lejos que estaban. Y su Simca, como un rebelde, el único L de Lérida. Pero ella se sentía en casa. Estaba en casa. Ella no era una simple turista porque la familia de su padre era de allí y todo el mundo le conocía. Todos les conocían. Sus abuelos vivían en el pueblo, y sus bisabuelos habían vivido también allí hasta no hacía mucho.
La familia de Débora bajó del coche. Caminaron entre las piedras de la garganta y colocaron las toallas a la orilla de un charco. Había que meterse con cuidado en las frías y cristalinas aguas, pues venían de la Sierra de Gredos, en donde aún en julio, podían quedar restos de invierno en forma de nieve. Agua limpia sin sal y sin cloro, en donde refrescarse del calor del verano. Jugar, chapotear, nadar, ver los pequeños pececillos que se acercan sin vergüenza y espantarlos para verlos salir nadando con rapidez.
Tras toda la tarde en la garganta y cenar en uno de los bares del sitio, los recuerdos de Débora le trajeron el cansancio por tanta diversión, la piel roja por el sol y el olor a After Sun para mitigarlo. La mente de Débora cambió el rojo de su bañador por el negro de la noche cuarenta años después, para sumirse en un reparador sueño, durmiéndose pensando si alguna vez iría a aquel lugar donde que no visitaba desde hacía más de treinta años.
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01/03/2025
A, de, ene

Microrreto: Tintero derramado
Blog: El Tintero de Oro
Desvarío: ADN





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