21/02/2026

Siempre serás mía


Relato presentado a
San Valentín de Terror 6 (Amor tóxico)

El certamen ha sido suspendido tras el reciente comunicado de Toni, su director, y la séptima temporada del programa queda en pausa por ahora. Pero las palabras no dependen de una convocatoria para existir y la comparto tal y como fue escrita para ser leída.


Ella todavía se sobresaltaba por cualquier cosa porque en tres meses, no se había acostumbrado a aquella rutina. Aunque Débora ya no escuchaba aquella risa pegada a su nuca, cuando él le decía que estaba loca y la humillaba insultándola y golpeándola cuando tenía ocasión. Pero al fin había escapado y solo su hermana Claudia conocía su nueva dirección. Un lugar donde creerse a salvo.

Febrero. Martes 13. La noche trajo un viento áspero que se colaba por todas partes. Débora se preparaba una tila cuando notó como si alguien la observara desde la calle. Descorrió la cortina y vio una sombra en la acera, inmóvil, mirando directamente hacia su ventana. El corazón le martilleaba las costillas. “Será un vecino”, se dijo. “Un transeúnte o un borracho. Tranquila.” Pero no se tranquilizó. Cuando ella se apartó de la ventana, la sombra pareció seguirla. Ella respiró hondo y marcó el número de Claudia, pero en ese preciso momento estaba comunicando. Agotada y contrariada, se fue a la cama sin cenar y dejando la tila a medio beber.

A las doce y un minuto del catorce de febrero, un número oculto vibró sobre la mesita de noche. Pero Débora ignoró la llamada.

Después llegó un mensaje: “Sé que estás despierta.”

Un grito se le congeló en la garganta y lo borró sin abrirlo. Pero llegó otro: ”No puedes esconderte de mí.”

Su cerebro quiso hacerla creer que sería alguien que se había equivocado. Que no podía ser él. Pero cada átomo de Débora temblaba y terminó por beberse la tila, ya helada. Entonces alguien golpeó su puerta. Aterrorizada, pudo escuchar unos pasos en el rellano. Después, otro golpe sonó aún más fuerte.

Con más miedo que valor, Débora se asomó a la mirilla. Nadie. Tragó saliva y dio media vuelta. ¿Y si él siempre tuvo razón y estaba loca? Su teléfono volvió a vibrar. Esta vez sí contestó.

—¿Diga? —dijo temblando.

—Abre. Hablemos.

La voz de él sonaba más ronca y más cruel de lo que imaginaba.

—Débora… ábreme. No hagas que me enfade.

El móvil cayó al suelo como si le quemara en la mano. Y entonces, el nombre de CLAUDIA apareció en la pantalla.

—¿Clau…?

—Débora, escucha —dice su hermana con urgencia. Tu exmarido ha muerto hace tres horas en un accidente de coche. Me llamaron del hospital porque no tenían tu nuevo número.

—¿Cómo? ¡Pero si él acaba de llamarme para que le abra la puerta!

—Eso es imposible, Débora —suspira—. Como no tenía familia, he ido yo misma a certificar que el fallecido era él. No he querido llamarte hasta estar segura. Y créeme que lo estoy.

Un golpe más fuerte que los anteriores rompe la noche y Débora ahoga un sollozo.

—¿Qué ha sido eso? —pregunta Claudia.

—Él está aquí. Quiere entrar.

—Vale. No abras. Ahora voy.

Tras la llamada, retumbó otro golpe y luego la voz de él al otro lado de la puerta, como si tuviera los labios apoyados contra la madera:

—Déboraaaa… Ábreme.

—Tú acabas de morir… —balbuceó.

—¿Y qué? ¿Crees que la muerte va a impedirme verte?

Débora se acurrucó en el sofá intentando no escuchar aquella voz y entonces, sonaron tres golpes seguidos y se fue la luz.

—Débora —la llamó él a través de la cerradura—. No me tengas miedo. Soy tu marido…

La voz rió con la risa que ella llevaba grabada como una cicatriz. El viento arremetía cada vez más fuerte contra la casa y Débora retrocedió sin dejar de mirar la puerta hasta chocar con el mueble del recibidor. El miedo que le quemaba la garganta, empezaba a mezclarse con la rabia. El animal herido que llevaba dentro comenzaba a despertarse.

—No eres real… —dijo sin sonar muy convincente.

—¿No? ¿Por qué no me abres y lo compruebas?

Entonces las luces parpadearon y volvió la electricidad. Un sonido metálico recorrió la cerradura: clac… clac… clac. Como si alguien pasara las uñas por los engranajes, tanteando el mecanismo.

La mente de Débora revivió lo que había sucedido en su antigua casa cuando él volvía tarde, y borracho la buscaba reclamando lo que él consideraba que ella le debía. Forzándola.

—¿Por qué no me dejas en paz? —logró gritar ella.

—La muerte es mi aliada y me trajo de vuelta para estar contigo.

Entonces la llave giró dos veces y la puerta se abrió. Una ráfaga de aire entró congelando el ambiente y Débora le vio entrar. Su piel estaba macilenta y un golpe de su cabeza dejaba ver parte de su cerebro. Ella no podía apartar sus ojos de aquello.

—No te preocupes por esto —dijo él con sorna. —Ya sabes como soy. Se me olvidó ponerme el cinturón.

—Ya no me importas. Puedes irte al infierno.

—El infierno quiere que te vengas conmigo. Eres mía.

Tras esto último, las baldosas se resquebrajaron y se abrió una entrada al inframundo. Débora sintió el calor que emanaba de ella, como el de un horno, y comenzó a llorar. Él la alzó del suelo sin tan siquiera tocarla, retorciendo los músculos de ella, haciendo crujir  las vértebras para atraerla hacia él.

Entonces Débora le miró fijamente a aquellos ojos vacío, y sin dudar le gritó: 

—¡Nunca más!

Aquello hizo que él soltara un alarido inhumano y se retorciera como si le estuvieran matando por segunda vez.

—¡Imposible! ¡Tú eres mía! ¡Míiiiiiiaaaaa!

Y un instinto que creía no tener, hizo que Débora empujara a su exmarido en aquel momento de debilidad y fuera arrastrado hacia el averno. Entonces, todo se fundió en negro.

La policía encontró a Débora sentada en el suelo, mirando fijamente las baldosas agrietadas. No había nadie más, pero en su puerta había rastro de profundos arañazos. Cuando le preguntaron qué había pasado, ella no respondió.

En el hospital, su hermana la acompañó mientras los médicos la revisaban y por un momento, Claudia creyó ver una extraña mueca en la cara de Débora que le daba el mismo aire siniestro que su excuñado. No. Imposible… ¿O sí?


04/02/2026

Las quintillizas Dionne

1. Las hermanas recién nacidas junto a su madre. 2. Junto al primer ministro provincial Mitchell Hepburn. 3. Las quintillizas en una de sus últimas fotos juntas.  4. Las tres hermanas vivas donde contaron su historia en el libro publicado en 1997.

CONCURSO DE RELATOS 50ª Ed. La vida de los más
excelentes artistas de Giorgio Vasari

Blog: El Tintero de Oro

El 28 de mayo de 1934, el aire frío del norte de Ontario, más concretamente en Callander, olía a tierra húmeda y a leña quemada. Elzire respiraba con violencia en la humilde cabaña donde sin electricidad ni comodidades, cinco pequeñas vidas se abrían paso. El doctor Allan Roy Dafoe, con manos firmes y voz tranquila, tomó cada pequeño cuerpecito, y los metió en mantas calientes junto a botellas de agua hirviendo. Nadie sabía entonces que estaban ante una hazaña médica, un prodigio e incluso, ante el nacimiento de un fenómeno.
Habían llegado al mundo a los siete meses de gestación y tenían el peso de unos pajarillos, y aún así, sobrevivieron. Ellas eran Emilie, Marie, Anette, Yvonne y Cécile. Las hermanas Dionne.
Poco tiempo después, pasó. Las palabras sonaban bien: protección, seguridad y bienestar. Surgió la Quintuplets’ Guardianship Act, 1935, y los padres vieron cómo les retiraban la custodia mientras alegaban que estaban negociando con un promotor su exhibición en la Exposición Canadiense de aquel año.
Las bebés, siempre bajo la atenta mirada del doctor Dafoe, fueron expuestas como si fueran maravillas en una vitrina. El cristal que se alzó frente a ellas no era un espejo común. Permitía al mundo ver hacia adentro como las niñas jugaban, reían o dormían, pero impedía que las quintillizas miraran hacia fuera. Solo veían el reflejo de sí mismas, como si el mundo no existiera más que en ellas.
Cada día podían pasar por delante del vidrio cuatro mil, cinco mil, hasta seis mil personas, como si contemplaran animales en un recinto, como si su existencia fuera una exhibición más de la Gran Depresión. El parque al que llamaban Quintland se convirtió en la atracción más visitada de Ontario, más concurrida incluso que las cataratas del Niágara.
Un color y un símbolo marcaban lo que era de cada una: rojo con una hoja de arce; verde con un pavo; blanco con un tulipán; azul con un oso; rosa con un pájaro. Los visitantes las señalaban como quien señala a los maniquíes del escaparate. Sin embargo, tras el cristal, ellas no podían ver a nadie del otro lado.
El doctor que había ayudado a traerlas al mundo, ahora hablaba de ellas con cifras, estadísticas y anécdotas para la prensa. Firmaba acuerdo, sonreía en conferencias, salía en fotos junto a las cinco niñas que él había “salvado”. Y mientras la gente compraba postales de sus caras, el dinero rodaba sin impunidad. La provincia se enriqueció a costa del turismo mientras los padres, que vivían a un paso, no obtenían rédito. Ningún ingreso que generaban las niñas fue para ellas; todo se repartía entre el erario público, los negocios y los acuerdos ajenos a la familia Dionne.
Pasaron nueve años y las hermanas ya no eran el espectáculo novedoso de antaño, cuando finalmente regresaron a la casa familiar, la presencia de sus padres les resultaba demasiado extraña, que a su vez, también querían sacar tajada y enriquecerse a costa de sus hijas.
Tiempo después, cuando crecieron y tomaron distancia, contaron lo que nunca nadie había escuchado: que se sintieron criadas en un circo disfrazado de protección, que la fama, las autoridades, e incluso sus padres, les había robado la infancia.
Las Dionne aparecieron en numerosos anuncios, postales e incluso cartas.
Nueve años después de su nacimiento, mediante un juicio entre la Gobernación y los padres, las niñas fueron devueltas a su familia en 1943 y la fundación Dionne les construyó y equipó una casa de veinte habitaciones. El doctor Dafoe murió poco después y los padres, eran ahora quienes las hacían publicitar todo tipo de productos y eventos, hasta que al cumplir los dieciocho años abandonaron el hogar familiar para vivir por sí mismas en el anonimato.

Anuncios en revistas de la época con la imagen de las pequeñas hermanas

_______________________________________________________

En 1995, las tres hermanas que seguían con vida, tuvieron la fortaleza  para afirmar que su padre había abusado sexualmente de ellas durante la adolescencia.
Émilie Marie Jeanne falleció en agosto de 1954 por la asfixia que le provocó un ataque de epilepsia en el convento donde había tomado los hábitos.
Marie Reina Alma vivió hasta febrero de 1970. Su fallecimiento se debió a un aparente infarto cerebral.
Yvonne Edouilda Marie falleció de cáncer en junio de 2001.
Cécile Marie Emilda vivió hasta julio de 2025, y Annette Lillianne Marie murió en diciembre del mismo año.
Puede ser que no sean unas figuras muy conocidas, pues ellas mismas se encargaron de salirse de aquel zoo mediático que los demás habían tejido a su alrededor, por eso he querido escribir sobre estas niñas de quienes supe a través de la enciclopedia Durvan que mis padres aún conservan en su casa.


770 palabras

01/02/2026

Reto incómodo: Alltid. Siempre

Quiero empezar febrero con este el: RETO DE ESCRITURA INCÓMODA (Siete días, siete giros. No puedes reescribir...) que puede encontrarse AQUÍ. Me ha parecido una muy buena idea con la que poder sacudirse el bloqueo del que adolecemos quienes escribimos, y no pasa nada aunque la fecha del reto haya caducado, ya que las premisas siguen vigentes en este lugar llamado HISTORIAS DONDE VIVO.
Estas son las consignas para los siete días del reto:

  1. Inicio: Cuando Helena entró en el salón, él ya estaba allí, oculto entre las sombras, preparado para hacer lo que debía... (Escena 1)
  2. Consigna 1: Escribirás la segunda escena en la que deberás incluir un personaje temido por ambos. Se trata de una figura inestable. (Escena 2)
  3. Consigna 2: Deberás incluir un objeto que desvele un secreto. Una información que solo uno de los personajes conocía. (Escena 3)
  4. Consigna 3: Tendrás que incluir una carta cuyo contenido revele una verdad distinta y desconcertante para todos. (Escena 4)
  5. Consigna 4: Uno de los personajes que has creado debe morir (Escena 5)
  6. Consigna 5: Introducirás un elemento simbólico que anticipe lo que está por venir. Realizarás un esfuerzo especial en componer la atmósfera, el espacio psicológico, de manera que resulte inquietante. (Escena 6)
  7. Consigna 6: La escena final deberá comenzar del modo sigueinte: A medianoche, llegó al camposanto provisto/a de picos y palas. Después de cavar durante dos horas, el ataúd quedó a la vista. Cuando descerrajó la tapa descubrió que el cadáver había desaparecido. (Escena 7, FINAL)
Así que aquí va mi reto incómodo...

Reto Incómodo
Historias donde vivo

Cuando Helena entró en el salón, él ya estaba allí, oculto entre las sombras, preparado para hacer lo que debía…
Habían pasado más de tres años, pero el tiempo se había alargado y pegado como un chicle del que no quedaba ni aroma ni sabor. Desde el rincón junto a la librería, Henrik observó cómo Helena dejaba el bolso sobre el zapatero de la entrada, el mismo gesto de siempre, la misma costumbre que tantas veces vio cuando él llegaba desde Suecia para visitar a su novia española.
Helena encendió la calefacción y se dirigió a su dormitorio y Henrik respiró despacio desde su escondite. El salón olía a algo dulce, sutil, probablemente la vela con aroma a vainilla apagada a medias… Él contuvo el impulso de pronunciar su nombre. Había ensayado ese momento durante meses, convenciéndose de que no era un intruso, de que aquel espacio seguía perteneciéndole de algún modo. No había venido a suplicar, pero tampoco a marcharse con las manos vacías.
La mujer se cambió de ropa sin advertir la presencia de Henrik. Con su pijama y sus pantuflas cenaría algo ligero, se pondría al día con sus redes sociales y vería en su televisor el último vídeo de su youtuber favorita. Ella no tenía ni idea que él lo había estado vigilando durante todo este tiempo: las entradas nuevas con sus relatos en el blog, los silencios prolongados, la manera en que evitaba ciertos lugares. Nada de eso era casual.
Henrik apretó los dedos alrededor del objeto que llevaba en el bolsillo de su chaqueta. No aún. Todavía no. Primero necesitaba verla de cerca y confirmar que seguía siendo ella… y que aún no sabía hasta qué punto él nunca la había olvidado. Ni querido hacerlo.
Cuando Helena encendió la lámpara del salón, la luz avanzó y la sombra de Henrik se tensó contra la pared. Ya no había vuelta atrás.

**************
Helena se detuvo en mitad del recibidor. De pronto, se dio cuenta de que algo había cambiado. Su cuerpo se lo hizo saber con una corriente fría subiéndole por la espalda. Fue entonces cuando la escuchó.
—Llegas tarde —dijo Nadia.
La voz no venía del salón ni del dormitorio, tampoco de ningún otro lugar de la casa o fuera de ella, sino que estaba instalada en ella, y de vez en cuando la incomodaba.
—No empieces —murmuró Helena.
Desde su escondite, Henrik se tensó. No entendía las palabras, pero reconoció el gesto: la forma en que Helena ladeaba la cabeza cuando se sentía acorralada, esa manera de quedarse quieta, escuchando algo que no estaba allí. Lo había visto antes. Pero aún así la amaba y quería estar con ella para siempre.
—Sabes que él no es bueno para ti—continuó Nadia—. Sabes que no debería saber tanto.
—No hay nadie —dijo en voz baja, como si necesitara convencerse—. Estoy cansada, eso es todo.
—Eso decías la última vez. Y la anterior.
Henrik tragó saliva. Helena dialogaba con alguien que solo ella podía escuchar, y ese diálogo era lo único que él no podía controlar.
—Te vigila —dijo Nadia—. Porque no soporta que sigas adelante.
Helena miró hacia las sombras del salón sin fijar la vista en nada concreto. Henrik sintió, sin saberlo muy bien cómo, que había sido señalado aunque nadie pudiera verlo.
—No es real —susurró Helena algo enfada.
—Yo tampoco lo era, y mírame ahora.
El silencio se espesó y Helena fue al fin a prepararse un pequeño bocadillo con lechuga, pollo y mayonesa. Henrik notó que su respiración se había vuelto irregular.
Nadia no hablaba siempre, y Helena no podía negar que solo lo hacía cuando el peligro se acercaba demasiado.

**************
Un pegote de mayonesa manchó la camiseta de Helena mientras cenaba, y después de dejar el plato vació en la cocina, se dirigió a su cuarto para coger una limpia del cajón. Se decidió por la rosa, y al agarrarla, vio aquel aparato de plástico en blanco y negro. Sencilla y manual. La que Henrik utilizaba abriendo, colocando el filtro, deslizando el tabaco y volviéndola a cerrar. Él se la había dejado allí a propósito porque en su testarudez, creía que volvería a pisar la casa de Helena. Pero no fue así porque ella rompió la relación cuando él no estaba cerca, ya que le aterraba tener que hacerlo cara a cara.
Ella no sabía porqué no se había deshecho de aquel artilugio. No tenía necesidad porque jamás había fumado. Cogió la maquinita y el mecanismo cedió sin resistencia. No había restos secos en las ranuras, ni ese tacto pegajoso que dejaba el tabaco cuando pasaba el tiempo.
—Nadie la usa y no debería estar aquí—dijo Nadia.
Helena frunció el ceño y se dispuso a devolverlo al cajón y entonces lo notó: algo rectangular y de cartón. Era una pequeña etiqueta que no había visto en la vida. En ella había escrito a mano el año 2015 y una palabra en sueco.
Alltid.
Siempre.
Helena cerró el cajón de golpe, retumbando más de lo esperado. No recordaba que aquello estuviera ahí cada vez que metía o sacaba cualquier prenda de aquel lugar de la cómoda. Sus manos temblaban. Alguien lo había metido en su cajón porque juraría que en el cambio de armario, dos meses atrás, aquella etiqueta no estaba.

**************
Después de tomar una valeriana para relajarse y poder, pese a las circunstancias, dormir algo aquella noche, Helena se dispuso a reposar su cabeza sobre la almohada.
Nada más hacer contacto su oreja con la tela notó algo extraño. Extrañada, metió la mano entre el cojín y la funda. Era un sobre en blanco y cerrado. Dentro había una carta…
Nadia no dijo nada. Pareciera que ella sí había podido iniciar el sueño. Así que Helena sí estaba bien sola para leer aquella fría misiva escrita en inglés. Solo con Henrik hablaba en aquel idioma.

“Helena: 

Sabes que no quiero hacerte daño porque si quisiera, ya lo habría hecho hace tiempo. 

Escribo esto porque te sigo queriendo, y porque nunca fuiste clara conmigo. Decías que te dejara en paz, pero nunca dijiste que no volviera… Decías que necesitabas tu tiempo y tu espacio, pero no cerraste la puerta. 

Yo siempre te escuchaba cuando hablabas, pero tú nunca parecías tener tiempo para escucharme a mí. Sé que hice algunas cosas mal, pero tienes que saber que tú tampoco actuaste correctamente. 

No te seguí ni te busqué. Solo miré desde donde aún me dejabas mirar. Me asomaba siempre a ver qué nueva cosa habías escrito en tu blog de relatos. Era la manera de creer que aún estaba cerca de ti. Si hubiera sabido que para ti el silencio significaba desaparecer, lo habría hecho. Pero tú sabes tan bien como yo que no fue así. 

Te amo todavía después de tanto tiempo. Nada hará cambiar lo que siento por ti, bien sabes que eres la mujer de mi vida, y siempre serás mi señorita.

Henrik."

**************
Helena había vuelto a la cocina a por agua mientras todo le daba vueltas por la ansiedad cuando escuchó un ruido sordo. Un golpe seco. Se detuvo. Todo estaba en silencio absoluto mientras su corazón latía desbocado, pero no podía respirar.
El salón estaba vacío, en apariencia. Se acercó con cautela siguiendo el eco del golpe y entonces lo vio: Henrik yacía inmóvil junto a la mesa de centro. La sien apoyada contra la punta de la mesa de Ikea que él mismo había montado. Un accidente absurdo, fruto de su torpeza de una alfombra mal colocada.
Ella cerró los ojos un instante porque todo era una locura. El terror se mezclaba en su interior con el alivio y la incredulidad. La amenaza se había extinguido por caprichosa suerte, como si el destino hubiera decidido que ya era suficiente.
Nadia permaneció callada porque ya no necesitaba hablar. El peligro había terminado y no tenía que decirle a Helena su temido: “lo sabía”. Y Helena, por primera vez en mucho tiempo, pudo sentir que volvía a tener de nuevo el control.

**************
Helena lo miró por última vez sin acercarse demasiado. Lo mejor que podía hacer con él era dejarlo allí sin que se le ocurriera tocarlo.
—Siempre la estás liando —dijo en voz baja, con una mueca amarga—. Hasta cuando te mueres.
Dio media vuelta y salió del comedor cerrando la puerta con cuidado. El clic de la cerradura resonó en el pasillo. Durante un instante se quedó apoyada en la madera, con los ojos cerrados y respirando hondo. Después llamó por teléfono.
Explicó lo sucedido sin adornos, con una voz que no parecía la suya. Contestó a todas las preguntas que le hicieron, sin gritos ni lágrimas, solo cansancio. Más tarde vendrían más preguntas, más personas y miradas ajenas recorriendo su casa. En la autopsia no hallaron signos de violencia y nadie podía decir que ella había intervenido porque todo apuntaba a un accidente absurdo.
Cuando por fin se quedó sola de nuevo, Helena se dio cuenta de un detalle que la puso nerviosa. La lámpara del salón estaba encendida, pero estaba segura de no haberla prendido. Aún era de día cuando se había metido en la ducha. Sin embargo, una franja de luz se filtraba por debajo de la puerta cerrada del comedor. Aquello la aterrorizó tanto que Helena la apagó de golpe, desenchufándola de la pared.
Esa noche durmió fatal, con la sensación persistente de que algo seguía en su casa, aunque ya no quedara nadie.
—Creo que él no se ha ido del todo —dijo la voz de Nadia  tras días de ausencia.

**************
A medianoche, llegó al camposanto provista de picos y palas. Después de cavar durante dos horas, el ataúd quedó a la vista. Cuando descerrajó la tapa descubrió que el cadáver había desaparecido.
Helena se quedó mirando el interior vacío aún sin saber si debía estar sorprendida o no. No había rastro de Henrik. Ni ropa, ni huesos. Nada.
—Te dije que no bastaba con que muriera —susurró Nadia, muy cerca, tan dentro que Helena no supo si la voz le rozaba el oído o el pensamiento—. Nunca fue suficiente.
Helena soltó el pico y se dejó caer de rodillas bajo la lluvia. El olor a tierra mojada le perforó las fosas nasales. Sin el cuerpo de él, ella solo tenía una certeza amarga: la misma sensación que había tenido al ver la luz encendida bajo la puerta cerrada del comedor.
—Entonces… ¿qué fue lo que enterraron? —preguntó Helena en voz baja.
Nadia no respondió de inmediato. El viento movió las ramas de los cipreses, y por un instante Helena pensó que aquello era todo, que había llegado demasiado lejos. Pero la voz volvió, paciente.
—Lo que él quería que vieran.
Helena se levantó y dio un paso atrás. Comprendió que no había venido a comprobar si el cuerpo estaba allí, sino a confirmar algo mucho peor: que la ausencia podía ocupar más espacio que cualquier presencia. Que algunas cosas no se marchan porque nunca estuvieron del todo fuera.
Volvió a cerrar el ataúd vacío.
—Ahora ya lo sabes —dijo Nadia—. Y saberlo también es una forma de control.
Helena empezó a cubrir la tumba con tierra porque dejar las cosas abiertas siempre había sido el verdadero problema. Cuando terminó, se quedó un momento de pie, respirando el petricor en la madrugada. Nadia guardó silencio. No hacía falta decir nada más.
Al alejarse del camposanto, Helena no miró atrás, no porque no tuviera miedo, sino porque había aprendido a reconocerlo cuando susurraba.