03/04/2025

Conectados

 
CONCURSO DE RELATOS 46ª Ed.
Momo de Michael Ende
Blog: El Tintero de Oro


Nenúfar y Amapola eran dos hermanas gemelas que siempre iban juntas a todas partes. Vivían en el Bosque Verde, donde los árboles susurraban canciones antiguas y los ríos reflejaban la luna y las estrellas, ya que aquel era uno de los pocos lugares en donde aún se podía ver un cielo estrellado.
Desde bien pequeñas, las jóvenes habían soñado con visitar el mundo más allá de su bosque, un territorio extraño del que sólo conocían rumores y cuentos prohibidos, ya que los mayores de la aldea no querían escuchar nada sobre ello.

–Debemos encontrar la manera de cruzar –dijo Nenúfar con rotundidad.

La sabia Junco, la guardiana del bosque que estaba recolectando setas, las escuchó y sonrió a la vez que les lanzaba una propuesta, ya que creía que serían algo difícil para las chicas.

–Mirad, niñas. Si podéis resolver el acertijo que os voy a decir, os contaré el secreto para atravesar la barrera. Así que escuchad atentamente:

“No tengo boca, pero hablo sin cesar.
No tengo oídos, pero siempre escucho. 
No tengo cuerpo, pero vivo y muero con el tiempo.
¿Qué soy?”

Las hermanas se miraron pensativas durante un buen rato hasta que al fin, se fueron a recorrer el bosque que tanto conocían, observando los hongos luminiscentes, las luciérnagas danzantes y las hojas que susurraban palabras en el viento.
Una suave brisa sopló alrededor de Nenúfar y Amapola, y sus melenas color caoba se movieron al son de un eco de palabras muy antiguas. Entonces, Amapola cerró los ojos y sonrió.

–La respuesta es el eco, Nenúfar. Ni más ni menos que el eco. –dijo con seguridad.
–¡Claro! –Exclamó Amapola. –Porque no tiene boca, pero “habla” repitiendo sonidos. No tiene oídos, pero “escucha” porque necesita un sonido original para repetirse…
–Y no te olvides de que no tiene cuerpo, pero “vive” mientras el sonido resuena y “muere” cuando se desvanece.

Entonces, la barrera del bosque se desvaneció, revelando un mundo desconocido lleno de luces y sombras. A su vez, la luz de la luna iluminó sus delicadas alas y las hermanas fueron conscientes de lo diferentes que se veían al resto de seres. Eran dos bellas y atrevidas hadas dispuestas a descubrir los secretos del mundo de los humanos. Aunque rápidamente, lo que encontraron las llenó de horror y desazón. La ciudad estaba sumida en un silencio antinatural, roto nada más que por el zumbido incesante de pantallas brillantes. Aquellas personas caminaban con pasos torpes, y sus rostros iluminados por la luz azulada de sus dispositivos poseían unos ojos vacíos, sin chispa, sin vida. Como unos zombis errantes.

–Esto no es lo que imaginábamos, hermana… –susurró Amapola, aferrando la mano de Nenúfar.

Las criaturas de las que se decía que eran humanas, se movían como espectros atrapados en un trance perpetuo. No hablaban ni reían. Simplemente deslizaban sus dedos sobre las pantallas táctiles, consumidos por las imágenes y palabras sin sentido. Unos pocos alzaban la vista por un instante, pero al encontrarse con las hadas, sus miradas eran frías y vacías antes de volver a posarse en sus móviles, tablets u ordenadores.

–Debemos irnos –instó Nenúfar con su corazón latiendo tan fuerte que pareciera que se le fuera a salir por la boca.

Pero antes de que pudieran volver atrás, una sombra se alzó detrás de ellas. Un ser más grande con cables serpenteando desde su cabeza y con una voz mecánica que susurraba:

“Conectados. Debéis estar todos conectados”.

Nenúfar y Amapola gritaron. Desplegaron sus alas para elevarse en el aire, y volar hacia la barrera del bosque comenzaba a cerrarse. Se apresuraron hacia la apertura con el eco de unas voces monótonas persiguiéndolas.
Justo cuando cruzaban el portal, escucharon un último susurro:

–Sólo es cuestión de tiempo… porque tarde o temprano, todos acaban conectados.
Cuando finalmente volvieron al bosque, supieron que nunca más abandonarían el Bosque Verde para volver a cruzar a aquel desgraciado mundo.


649 palabras

19/03/2025

La garganta de Alardos

VadeReto Marzo 2025
Información sobre la Garganta de Alardos AQUÍ


La mente de Débora viajó hasta sus ojos que se llenaron con un recuerdo de su niñez. Aquellos ojos que cuarenta años antes se habían metido en la bolsa con las cosas para el baño, encontrándose de lleno con el vivo color rojo de su bañador.

En su recuerdo, la mujer convertida en niña de nuevo, se vio embutida en aquel bañador y pisando con sus cangrejeras azules, las alfombrillas del Simca 1200 de su padre. También el coche era de color azul. Su padre al volante, su madre de copiloto y, sus dos hermanos y ella en el asiento de atrás, se pusieron en marcha bajando las cuestas de Madrigal de la Vera  para llegar hasta Cuatro Caminos, coger la carretera y en menos de diez minutos, adentrarse en los dominios de la Garganta de Alardos.

El cerebro de Débora iba dando botes al recordar los badenes de la pista hasta llegar a la zona de baño. Sus ojos se abrían viendo los coches de los veraneantes con matrículas de diferentes lugares del país, incluso algunos con las de otros países. CC de Cáceres, M de Madrid, AV de Ávila, TO de Toledo, eran las que más abundaban. Bastantes B de Barcelona, para lo lejos que estaban. Y su Simca, como un rebelde, el único L de Lérida. Pero ella se sentía en casa. Estaba en casa. Ella no era una simple turista porque la familia de su padre era de allí y todo el mundo le conocía. Todos les conocían. Sus abuelos vivían en el pueblo, y sus bisabuelos habían vivido también allí hasta no hacía mucho.

La familia de Débora bajó del coche. Caminaron entre las piedras de la garganta y colocaron las toallas a la orilla de un charco. Había que meterse con cuidado en las frías y cristalinas aguas, pues venían de la Sierra de Gredos, en donde aún en julio, podían quedar restos de invierno en forma de nieve. Agua limpia sin sal y sin cloro, en donde refrescarse del calor del verano. Jugar, chapotear, nadar, ver los pequeños pececillos que se acercan sin vergüenza y espantarlos para verlos salir nadando con rapidez.

Tras toda la tarde en la garganta y cenar en uno de los bares del sitio, los recuerdos de Débora le trajeron el cansancio por tanta diversión, la piel roja por el sol y el olor a After Sun para mitigarlo. La mente de Débora cambió el rojo de su bañador por el negro de la noche cuarenta años después, para sumirse en un reparador sueño, durmiéndose pensando si alguna vez iría a aquel lugar donde que no visitaba desde hacía más de treinta años.


01/03/2025

A, de, ene

Microrreto: Tintero derramado


Cuando nos enamoramos, la mayoría de las veces, no nos paramos a pensar en las consecuencias de ese amor, y mucho menos, en las consecuencias del desamor que quizás llegue también con el tiempo… Ese tiempo cíclico y caprichoso que gira como una rueda y hace volver modas pasadas, lo vintage, incluso repetirse tremebundos capítulos de la historia de la humanidad.
Pero cuando un amor se acaba, ¿qué nos queda? ¿Son todas las parejas pasadas iguales? Pues ya os digo yo que: rotundamente no. Todos nuestros ex han dejado una impronta en nosotros, ya sea buena, mala, regular o con matices. De todas aprendemos algo aunque al principio seamos incapaces de verlo. En la mayoría de las veces no quedamos con su recuerdo en nuestra memoria. Hay quienes lo guardan todo, incluso las fotos. Personalmente, a mi no me gusta guardarlas, ya que en mi recuerdo quedan sus caras.
A veces te gustaría no tener ni que acordarte de ese ex que te dejó en la estacada cuando más lo necesitabas. Querrías olvidarte de su cara, pero no puedes, ya que no solamente compartes aún una hipoteca a treinta años. Le ves aunque no esté. Le ves apareciendo en la cara de tu hija que ya es una mujer. Sale a relucir en alguna mueca, su cara es una mezcla de ti y de él, y entonces te acuerdas de que un día os quisisteis y tuvisteis un deseado bebé. Dieciocho años de genética compartida y pensamiento propio te miran con sus ojos, esos que sí son heredados de ti, y aunque su padre a veces pueda llegar a desesperarte, no le odias. Querrías odiarlo, pero no lo haces porque hace mucho tiempo que pasaste todas las etapas de aquel duelo que parecían la muerte misma… y porque te ha dado lo más preciado que tienes en esta vida, tu hija.


211 palabras

14/02/2025

Sanguijuelas

Relato presentado a
San Valentín de Terror 5


El pequeño pero profundo lago estaba junto a la cabaña heredada por los padres de Nereida, en un bosque escondido. A simple vista, parecía un paraíso que rara vez era visitado. Los rumores contaban de sombras bajo el agua y de voces ahogadas, pero aquella chica rebelde y obstinada, no creía en supersticiones.
Tumbada en su habitación, la adolescente abrió su WhatsApp para hablar con Hugo, su eterno enamorado.

Nereida: Holis!!!  Ya estoy en el lago. Es como un cuento 😍
Hugo: Vaya, ¿y no me invitas? Suena genial… pero cuidado con los caimanes.
Nereida: No seas lelo. Sólo hay ranas y bichos raros.
Hugo: Bichos raros… igual hay un monstruo en el lago que te secuestra. Muajaja 🤡
Nereida: Sí, una babosa hambrienta de chicas guapas como yo 😜
Hugo: Al menos, sé dónde buscarte si desapareces. Aunque no prometo ser tu héroe salvador.
Nereida: ¿No saltarías por mí? Qué pena.
Hugo: Ok. Si desapareces, haré un TikTok épico buscándote. “Chico arriesga su vida por su crush en el bosque”. ¿Qué tal?
Nereida: Gracioso es, pero te dejo porque he de deshacer la maleta 🤗
Hugo: Hasta luego 😘

Esa tarde, cansada de sudar, Nereida decidió refrescarse en el lago. Se desnudó y se sumergió en el agua. Soltó un pequeño grito porque el agua helada contrastaba con el calor del ambiente. En el agua se olvidó del mundo y flotó en silencio. Pero al poco rato, unas negras sanguijuelas se pegaron a su piel. Nereida intentó quitárselas, pero pegadas en su carne, se hundían cada vez más. Lo extraño era que no sentía dolor, sino un calor recorriendo todo su cuerpo, como si las criaturas inocularan algún tipo de anestesia.
Tambaleándose, salió del agua al borde del vómito, con la piel llena de marcas rojas. Al llegar a casa, se sentía distinta. Sus sentidos se habían agudizado. Podía oír los insectos bajo la tierra y ver con claridad en la oscuridad. Nunca había experimentado algo así, pero no dijo nada e intentó ocultar lo ocurrido a sus padres, y aunque la notaron rara, lo achacaron a la edad del pavo.
Después de la cena, sin que Nereida hubiera comido nada, dijo que se iba a dormir. Dos minutos después, su madre aparecía preocupada.
—Cariño, ¿va a bajarte la regla?
—No creo…. aún no me toca.
—Quizás hayas sufrido un golpe de calor. Descansa y cualquier cosa, nos llamas a papá o a mí. ¿Vale, cariño?
—Sí, mamá.

La casa dormía, aunque el sueño de Nereida comenzó a agitarse. Su piel era ahora de color ceniza y sus ojos, antes verdes, eran completamente negros. Sus dedos se alargaron, con uñas que parecían garras, y de su espalda emergieron unas protuberancias viscosas. Su lengua había crecido más de lo normal, volviéndose rasposa como la de las sanguijuelas. Contrariada, saltó de la cama sintiendo una insaciable necesidad de agua. No era sed; era algo más profundo, una llamada ineludible. Su cuerpo y su mente estaban cambiando. Los recuerdos de quién era comenzaron a borrarse, siendo reemplazados por un hambre que no era normal.
Nereida salió de la cabaña y se paró frente al lago. Las aguas negras se agitaron y de ellas emergieron unas figuras deformes como ella, con piel viscosa y largas extremidades. Eran las hijas del lago que habían caído en la misma trampa que ella, siendo ahora depredadoras que atrapaban a cualquiera que se acercara. Aquel era un lugar maldito donde sus aguas ocultaban horrores.
Al día siguiente, los padres de Nereida se preocuparon cuando vieron que su hija había desaparecido. Su madre recorrió el sendero hacia el lago llamándola a gritos, mientras su padre encendía un fuego en el patio, confiado en que la luz guiaría a su hija de vuelta. Pero cayó la noche y Nereida no aparecía. Entonces, alertaron al pueblo y organizaron una batida en la que vecinos y forasteros revisaron el bosque a fondo. Sólo hallaron un trozo de tela de su camisón flotando en el lago. Su madre vio en ello la confirmación de algo terrible, pero su padre, negándose a perder la esperanza, no aceptaría lo peor. Tres días después de la desaparición, Hugo y sus padres fueron a apoyar a los padres de Nereida. Todos se conocían desde que los chicos iban a preescolar.

Una tarde, recién entrada la noche, Hugo estaba junto al lago, cuando creyó escuchar un murmullo. La voz era baja y distorsionada, pero supo que era Nereida. Él se metió en el agua, ignorando el frío que helaba sus huesos. Aquella voz le llamaba con dulzura, pero cuando llegó al centro del lago, la superficie se rompió y emergió Nereida, aunque ya no parecía ella. Su piel era gris y sus ojos, dos pozos oscuros. Una boca inmensa con dientes afilados, sonreía con una expresión antinatural. Su cuerpo, cubierto de lodo, se movía de forma malsana bajo el agua.
“Hugo…” dijo Nereida con una voz gutural, estirando los brazos hacia él.
El chico retrocedió aterrado, pero una fuerza invisible le acercaba a ella. Quería huir pero no podía. Cuando estuvo al alcance de sus garras, Nereida lo hundió en el agua con una fuerza sobrehumana. No era odio ni rencor, sólo la necesidad de su nueva existencia. El hambre.
Al día siguiente, el cuerpo sin cabeza de Hugo apareció en la orilla. El pecho estaba perforado por decenas de marcas de dientes. El pueblo se llenó de miedo, y la madre de Nereida, al borde de la locura, comenzó a advertir a todos sobre el lago. Dijo que sus sueños le dijeron que su hija seguía allí, pero que se había convertido en un monstruo.
Poco después, sólo la madre de Nereida quedó en el lago, sentada en el porche, esperando a su hija. No le importó que su marido se rindiera y volviera a la ciudad. Y una noche, cuando la niebla flotaba en el lago, le parecía ver una figura a lo lejos. Una figura grotesca, que de alguna manera, seguía siendo Nereida.

04/02/2025

La reina del mar

 
CONCURSO DE RELATOS 45ª Ed.
La isla del tesoro de R. L. Stevenson
Blog: El Tintero de Oro


Un sol rojo caía como fuego sobre el horizonte. En la proa del Reina Indomable, la bucanera Mel Morgan se mantenía erguida mientras el viento enredaba sus salvajes rizos cobrizos. Sus ojos, oscuros como el café más amargo, oteaban el mar con la ferocidad de quien había sobrevivido a demasiadas tormentas. Su corsé de cuero marrón, adornado con hebillas de bronce, sus botas hasta la rodilla y su porte, le daban el aspecto de una capitana que exigía respeto. Llevaba buscando desde siempre lo que su padre no pudo encontrar: el Trono de las Mareas. Se juró encontrarlo con ayuda de su singular tripulación: 
Lucho Mano Rápida, esgrimista y duelista mortal. Criado en las costas de Cádiz, su simpatía y destreza eran ya una leyenda.
Quino el Silente, el cartógrafo siempre callado. Algunos decían que el diablo le había robado el habla. Nadie le había escuchado hablar, pero sus mapas eran los más precisos.
Tico, un loro que maldecía en siete idiomas. Se rumoreaba que había pertenecido a un arruinado y mujeriego noble francés.
Finn el Rojo, artillero del barco, de rubia barba trenzada y un parche que cambiaba de ojo según el día. Según él uno de sus ojos veía el futuro y el otro el pasado.
Akiko la Hafu, una curandera mitad japonesa, mitad española versada en todo tipo de venenos y pócimas. Su calma era tan afilada como el puñal que llevaba oculto en la manga.
Marco el Pálido, el timonel experto en leer las estrellas. Su albinismo le daba un aire sobrenatural, y sus ojos reflejaban la melancolía de quien había amado y perdido demasiado en la vida.
Las siete almas se habían embarcado para encontrar el Trono de las Mareas, un artefacto capaz de controlar los océanos. Según la leyenda, el Trono se encontraba en la Isla Negra, un lugar rodeado perpetuamente de niebla y bajo el manto de antiguas maldiciones.
Cuando llegaron, tras pasar mil aventuras y contratiempos, la isla les recibió llena de niebla y rocas negras como obsidiana. No les fue difícil encontrar el Trono,  pero tras ellos también había llegado el Capitán Dorian Crow, el traidor y antiguo mentor de Mel, deseoso por poseer el tesoro.
La caverna del Trono de las Mareas, era una catedral de piedra viva recubierta de musgo fosforescente donde las olas chocaban con ritmo irregular y agitado.
El Reina Indomable estaba anclado a lo lejos, apenas visible entre la niebla. La batalla empezó en la caverna con el choque de las espadas de Mel y Dorian, los gritos de la tripulación y una estruendosa tormenta en el exterior. Dorian, con su chaqueta deshilachada y el cabello negro pegado a la frente por el sudor, irradiaba una furia casi animal. Sus ojos grises y desesperados ardían con rabia. Mel tenía una herida en su mejilla que le ardía, pero no se inmutó, manteniendo su espada curva con la precisión de una maestra.
—¿Tanto quieres un trono que jamás podrás sostener? —espetó Dorian con su voz ronca y cansada, escupiendo sangre al suelo.
—No soy yo quien está arrodillado ante su propio fracaso, —respondió Mel con una voz tan cortante como el filo de su espada. Se lanzó hacia él con sus botas resonando en la piedra húmeda.
El choque de sus hojas fue un estallido metálico que reverberó por todo el lugar. Dorian contraatacó con una serie de rápidas estocadas con técnica impecable, pero Mel esquivaba con la gracia de una ola sobre la superficie del mar. Sus movimientos eran como un baile letal.
—Tú eras mi mejor aprendiz, —bramó Dorian mientras su espada rozaba y hería el hombro de Mel.
Ella retrocedió para limpiarse la sangre con el dorso de la mano.
—Y tú eras alguien a quien alguna vez respeté, —dijo, girando sobre sí misma y lanzando un tajo que Dorian apenas pudo bloquear—. Pero el respeto se pierde más rápido que la lealtad en el mar.
Dorian embistió cegado de ira y la derribó al suelo. Su espada descendió en un arco mortal, pero Mel rodó hacia un lado y la hoja chocó contra el suelo. Ella se incorporó de un salto con su respiración agitada y sus ojos oscuros brillaban con determinación. Con un grito desafiante, la pirata se abalanzó contra él. Sus espadas chocaron de nuevo en un crescendo implacable. Dorian flaqueaba y sus golpes eran cada vez más desesperados. Mel, en cambio, parecía más fuerte con cada paso hasta que, en un giro rápido, desvió la espada de Dorian y le clavó la suya justo debajo de las costillas, atravesando su corazón. El hombre soltó su arma y cayó de rodillas, boqueando como un pez varado en la orilla.
—No entendías que yo nunca quise ser como tú, —susurró Mel, inclinándose para sostener su mirada hasta el último aliento.
Al principio, Mel Morgan se quedó quieta con el eco de la lucha muriendo en la distancia. Se giró hacia el Trono de las Mareas, tallado en coral rojo y nácar, irradiando un poder crudo y antiguo. Caminó hacia él, haciendo resonar sus pasos. Se sentó despacio, y las aguas alrededor de la isla se arremolinaron. El mar la reconocía y aceptaba, pero ella no sonrió y se levantó. No se sentía cómoda.
Giró sobre sus talones y se marchó junto a su tripulación. Mel Morgan no necesitaba un trono para ser una reina. El mar ya era suyo.


897 palabras